¿Eres
Queer?
Antes de los programas
“Queer as Folk” y “Queer Eye for the Straight Guy”, la palabra
queer era utilizada por quienes buscaban insultarte justo antes de
golpear tu cara en la puerta del casillero escolar [locker]. Eso aún
sucede. Así que ¿por qué este joven gay de Oklahoma se llama a sí
mismo con esta palabra tan fea [ugly word]?
Una colega mía así proclamó
su orientación el verano pasado. Mi incomodidad fue evidente cuando
me cambié de posición en mi silla. Se debió a la humedad de Atlanta
combinada con mi inquietud. Queer no era un autoidentificador positivo
para mí; formaba parte de los insultos y de una juventud vivida en el
Sur [de Estados Unidos N/E], Queer era el término despectivo
reservado para la gente incapaz de construir un clóset [armario] para
ellos mismos.
Mi compañera, al parecer
sintiendo mi inquietud, comenzó una diatriba sobre la naturaleza de
lo que abarca el término Queer. Era, después de todo, el eufemismo
realmente universal para los no-heterosexuales, arguyó ella. Gay y
lesbiano son términos trillados, bisexual y transgénero
innecesariamente complicados. Ya no tenía que velar mi orientación
en cuanto a sus restricciones. Debía abrir mi mente, me dijo. ¡No
odies el término Queer! ¿Por qué GLBT era el término que yo
utilizaría en mi camino por la vida, cuándo había algo mucho más
simple?
Esta conversación ocurrió
como inicié mi internado para una organización internacional de
derechos humanos. Como estudiante gay graduado de 24 años de
Oklahoma, la diversidad era un asunto poco común en una vida llena de
trabajos finales e investigación. Casi todos mis compañeros eran
blancos. Los hombres y las mujeres de este grupo se dividieron muy
bien en los campos de gay y lesbiana. Seguramente había algunos pocos
bisexuales, y algunos gays y lesbianas, quienes parecieron considerar
hasta esto una aberración. Yo no conocía a una sóla persona “Queer”.
Pero mi colega me desafió:
¿Yo era Queer? ¿Encontraba sustancia en la pansexualidad más bien
que en la homosexualidad? Como consideré estas preguntas un despertar
abrumador que me golpeaba: Odié el término Queer.
Lo odié por lo que
significaba, y por su misma definición. Queer [Extraño] era un
juicio de valor en cuanto sostiene toda-aceptación [all-accepting].
Aunque no tenía ninguna experiencia previa con una persona Queer, mis
sentimientos se habían concretado. No había ninguna necesidad de
alterar mi pensamiento sobre la sexualidad.
Yo mismo me consideraba un
activista, siempre tolerante. Realmente, sin embargo, dibujé una línea
en cuanto al término Queer. Seguramente si otros se identificaban
como Queer, yo no era quién para protestar. Pero yo nunca me auto-identificaría
de aquella manera. Ningún argumento fuerte en defensa de la
recuperación me convencería: reclamar “faggot” [maricón] era ya
bastante malo.
Primero tomé medidas para
salir del clóset en 1994 durante mi año de estudiante de segundo año
de la preparatoria en Texas. Una amiga lesbiana me proporcionó el
incentivo para salir, aunque en secreto. Ella y yo pasamos apuntes y
vistazos de complicidad y pasamos muchas noches hasta tarde en una
librería local en busca de nuestra cultura. Estas actividades
continuaron hasta que, inevitablemente, los rumores comenzaron. Pronto
las miradas de reprimenda fueron dirigidas hacia nosotros mientras
caminábamos por los pasillos. “Faggot “ [maricón], “Dike “ [marota-tortillera
(lesbiana)], y en última instancia “Queer” fueron las groserías
que eran lanzadas contra nosotros por nuestros pares. Rápidamente me
retiré al clóset [armario], esperando olvidar mi breve liberación.
La Universidad [college]
marcó mayor represión pues me hice activo en ministerios de
estudiante cristianos. Este miedo sólo terminó cuando estuve
dispuesto a dejar de lado las opiniones de otros. Finalmente y con
orgullo di un paso fuera del clóset unas semanas antes de la graduación.
Pronto encontré a otros gays y lesbianas, y felizmente me fui de una
pequeña ciudad a una ciudad más grande para asistir la escuela de
graduados. Mi vida, sin embargo, fue interrumpida hace un año por una
llamada de mis padres. En tonos entrecortados, detallaron el suicidio
de una joven de mi universidad. Su carta de suicidio culpaba a su
lesbianismo y ante todo a los gritos de “Queer” que otros le hacían,
en su decisión de suicidarse. De inmediato recordé mi experiencia en
la preparatoria. La homofobia de una ciudad del Sur que dejó una
impresión indeleble sobre mi vida. Queer no tenía mayor relevancia
para mí.
Pero considerando estos
acontecimientos, algo imprevisto pasó: Reclamé mi pasado. Despacio
abracé el dolor de los años idos. Los insultos de la preparatoria y
el suicidio de un amigo se hicieron recuerdos que yo pude aceptar. Lo
que alguna vez fue doloroso ahora me dio fuerzas. Por esto comprendí
el poder del término Queer. Ya no es más un término peyorativo
utilizado en las incursiones de la policía [razzias]. Ahora Queer
forma parte del cántico de un movimiento unido. Aceptando Queer al
fin y al cabo, finalmente me acepto a mí mismo. 10 Dic.
“Are you queer?” Charles
Coley, Advocate.com, December 10, 2003.