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Muerte de Arafat, prueba para
Bush
Jim Lobe
WASHINGTON, 12 nov (IPS) - La muerte del
presidente palestino Yasser Arafat pone a prueba al presidente de Estados
Unidos, George W. Bush. ¿Estará dispuesto a mantener su apoyo
incondicional a Israel, a riesgo de contrariar a sus aliados europeos y la
opinión pública islámica?
También permitirá apreciar si la coalición de
”halcones” que ha dominado la política exterior de Washington desde
el 11 de septiembre de 2001 (neoconservadores nacionalistas y miembros de
la Derecha Cristiana aliados con el gobernante Partido Likud de Israel)
conservará o incluso ampliará su influencia en el segundo mandato de
Bush.
El día antes de la muerte de Arafat, ocurrida el jueves en París, Bush
dijo a la prensa que veía ”una oportunidad de paz” en la desaparición
del líder.
La mayoría de los analistas coinciden en que el equilibrio de fuerzas
dentro del gobierno todavía favorece a los halcones, y que Washington no
hará nada que afecte los planes del primer ministro israelí Ariel Sharon
para retirar unilateralmente los asentamientos judíos de la franja de
Gaza y consolidar el control israelí sobre Cisjordania.
Por lo tanto, lo más probable es que el reclamo del primer ministro británico
Tony Blair de una posición más equilibrada de Washington en cuanto al
conflicto palestino-israelí sea rechazado.
Blair declaró esta semana, en vísperas de una cumbre de dos días con
Bush, que la restauración del proceso de paz entre palestinos e israelíes
”es el cambio político más necesario en el mundo actual”.
”Dado que el gobierno (de Bush) y una enorme mayoría del Congreso
apoyaron explícitamente el plan de Sharon, las perspectivas de un cambio
de política del tipo que pretende Blair son bastante reducidas”, opinó
Stephen Zunes, un experto en Medio Oriente de la Universidad de San
Francisco.
Además, la prevista salida del gobierno del secretario de Estado (canciller)
Colin Powell, considerado un moderado, fortalecerá las posiciones
unilateralistas de la administración, en particular en el Consejo de
Seguridad Nacional, la oficina del vicepresidente Dick Cheney y los líderes
civiles del Departamento de Defensa, señaló Zunes.
Bush y sus más influyentes asesores demonizaron como ”patrocinador del
terrorismo” a Arafat, quien fue el mandatario extranjero que más
frecuentemente visitó al presidente Bill Clinton (1993-2001) tras la
firma de los acuerdos de paz de Oslo en los jardines de la Casa Blanca, en
septiembre de 2003, con el primer ministro israelí Yitzhak Rabin.
Cheney llegó a decir al ministro de Defensa de Israel que Arafat, elegido
presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) por casi 90 por ciento
de la ciudadanía, debería ser ”colgado”.
Cuando Sharon confinó definitivamente a Arafat en su pequeño cuartel
general en Ramalá, hace más de tres años, Washington se limitó a
insistir en que las fuerzas israelíes no arrestaran ni hicieran daño físico
al líder palestino.
Poco después, en junio de 2002, el gobierno de Bush anunció que ya no
trataría con Arafat, sino sólo con líderes ”moderados” que pudieran
organizar nuevas elecciones, controlar a todas las fuerzas de seguridad
palestinas y detener todos los ataques terroristas contra objetivos israelíes.
Sin embargo, cuando el primer ministro palestino aprobado por Estados
Unidos, Mahmoud Abbas, tomó medidas para cumplir con esas condiciones,
Bush no le exigió a Sharon que adoptara medidas recíprocas, por ejemplo
la liberación de cientos de prisioneros palestinos, el retiro gradual de
las fuerzas israelíes de los territorios ocupados o el desmantelamiento
de asentamientos judíos ilegales en Cisjordania.
Todos esos objetivos figuran en la ”hoja de ruta”, como se llama al
plan de paz para Medio Oriente impulsado por la Unión Europea, la
Organización de las Naciones Unidas, Rusia y Estados Unidos.
”Pese a sus promesas, Sharon no hizo nada”, afirmó Henry Siegman,
especialista en Medio Oriente del Consejo de Relaciones Exteriores, un
gabinete de expertos que tuvo un papel clave en el proceso de paz de Oslo.
”Y pese a la promesa de Bush de presionar a Sharon para cumplir esas
promesas, él tampoco hizo nada. Sharon no le dio nada a Abu Mazen” (Abbas),
dijo Siegman.
Como resultado, Abbas, quien sucederá a Arafat como presidente de la
Organización para la Liberación de Palestina, renunció a la jefatura de
gobierno en septiembre de 2003. Esto frustró las esperanzas de revivir el
proceso de paz y permitió a Sharon insistir en que, con Arafat al mando,
no tenía un ”socio palestino” con quien negociar.
Blair, como uno de los principales impulsores de la hoja de ruta, se
propone presionar a Bush para que use su influencia sobre Sharon para
reanudar el proceso de paz, en especial ahora que líder ”moderados”,
como Abbas y su sucesor en la jefatura de gobierno, Ahmed Qureia, parecen
formar la esencia del gobierno provisional, hasta las elecciones previstas
para el año próximo.
Pero ”nada pasará a menos que los israelíes y Estados Unidos así lo
quieran”, advirtió Shibley Telhami, experto en Medio Oriente de
Brookings Institution, otro gabinete de expertos.
Sharon y sus socios de la administración Bush, vaticinó Telhami,
argumentarán que la capacidad de los líderes palestinos moderados para
hacer cumplir su voluntad es incierta, y que por tanto cualquier nuevo
esfuerzo diplomático de Washington sería prematuro.
Sin embargo, la desaparición de Arafat resta argumentos a Washington para
no involucrarse en el proceso de paz.
”Mientras Arafat estaba en el poder, la cuestión era si había un socio
palestino para la paz”, recordó Siegman.
”Si Arafat es reemplazado por un líder palestino opuesto a la violencia,
¿habrá un socio israelí para la paz, y qué hará Estados Unidos para
que así sea?”, preguntó. ( (FIN/2004)
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