La globalización es peor que Mao
Ranjit Devraj
NUEVA DELHI, dic (IPS) - Casi medio siglo
después de que el Dalai Lama cruzara el Himalaya para refugiarse en
India, los exiliados tibetanos encuentran cada vez más difícil mantener
sus tradiciones y seguir comprometidos con la causa por un Tíbet libre.
”No estamos en contra de la modernización, pero
sí muy preocupados por las formas alienantes del progreso. Después de
todo, cada tibetano debe saber por qué está en el exilio”, dijo a IPS
Phuntsok Tsundu, jefe de la oficina de planeamiento del gobierno del Tíbet
en el exilio, en la septentrional ciudad india de Dharamsala.
En esa pintoresca ciudad del Himalaya se encuentra la sede del gobierno en
el exilio, conocido con el nombre de Administración Central Tibetana.
Quizás nadie entiende mejor la preocupación de los líderes tibetanos
que Tsetin Norbhu, quien se exilió con sus padres en la nororiental
localidad india de Darjeeling en los años 50.
Ahora tiene una hija que estudia odontología en el septentrional estado
de Uttar Pradesh y un hijo más pequeño que va a la escuela en
Darjeeling.
Además del inglés, Norbhu y su esposo Riwo hablan hindi, y trabajan
juntos en la empresa de transporte aéreo Air India. En casa, la familia
habla nepalí, la lengua más común en la zona del Himalaya. El tibetano
quedó atrás.
”Es toda una lucha hacer que los niños hablen tibetano, y más aun que
lo lean o escriban”, dijo Norbhu, quien tiene una hermana viviendo todavía
en el Tíbet y otra, a quien nunca ha visto, en alguna ciudad de China.
La familia de Norbhu, como muchas otras tibetanas, se desintegró en medio
del caos que sacudió en los años 50 esa región ubicada entre China,
Nepal e India.
El Ejército Popular de China invadió Tíbet en 1951. China reprimió el
sistema religioso y la cultura tradicionales. También abolió la
explotación agrícola feudal y se crearon las primeras comunas.
En 1959, la secta tibetana Sombrero Amarillo inició una fallida sublevación,
y ese mismo año su líder espiritual, el Dalai Lama, y sus seguidores
huyeron a India.
Desde Dharamsala, el Dalai Lama ha librado la lucha por la independencia
del territorio y propuesto la celebración de un plebiscito sobre la
autodeterminación, iniciativa rechazada por Beijing.
Galardonado con el premio Nobel de la Paz, el Dalai Lama es reverenciado
dentro y fuera de Tíbet como ”dios viviente”.
Pero en los últimos 20 años, sus demandas de independencia se diluyeron
en un reclamo de tolerancia y de autonomía regional similar a la que
gozan otros territorios de China.
Ahora parece que los tibetanos que lograron huir de la ”revolución
cultural” lanzada por el líder comunista chino Mao Zedong en los años
50 son absorbidos lentamente por la cultura india y por una globalización
que no respeta identidades.
En Dharamsala hay 21.000 tibetanos, en la meridional ciudad de Karnataka
viven más de 20.000, en las nororientales Darjeeling y Sikkim unos
10.000, y cerca de 50.000 están distribuidos en el resto de India.
De los 131.000 tibetanos en el exilio, 100.000 están en India, 25.000 en
Nepal y el resto en Bután y Suiza.
”La mayoría de los tibetanos de segunda y tercera generación no han
conocido otra tierra que India (o el vecino Nepal) y han adoptado la
cultura pop dominante en este país a través del cine y la televisión”,
dijo Norbhu.
Con sus pómulos altos, ojos almendrados y piel clara, los tibetanos son
claramente diferentes a los indios, que tienden a ser más oscuros, de
cabelleras abundantes y ojos y narices más prominentes.
Pero esas diferencias no separan a los jóvenes de ambos grupos, que
comparten puntos de vistas similares por haber asistido juntos a la
escuela, mantienen vínculos afectivos y hasta se casan entre sí, pese a
la resistencia de los mayores en las dos comunidades conservadoras.
Muchos jóvenes tibetanos consiguen becas para estudiar en Occidente y,
aunque siguen comprometidos con la causa del Dalai Lama, prefieren
radicarse en países con mejores oportunidades económicas.
Tsundu, quien estudió geología en Alemania, y luego regresó a
Dharamsala para colaborar con el gobierno en el exilio, señaló que está
en marcha un ”segundo éxodo” de tibetanos, esta vez a Estados Unidos,
Canadá y Europa.
”En muchos sentidos, la globalización es más destructiva para la causa
tibetana que la revolución cultural” de Mao, dijo Tsundu.
Como muchos exiliados tibetanos, Tsundu es políglota, y se lamenta pues
cada vez que lo invitan a participar de seminarios sobre el Tíbet debe
hablar en inglés.
Tsundu está diseñando una política educativa que, según él, no sólo
ayudará a los actuales exiliados tibetanos, sino que servirá de guía
para un eventual gobierno autónomo en el Tíbet.
La política ”procura enseñarle a los tibetanos a que abandonen los
extremos del capitalismo y el comunismo, pues son extremos incorrectos de
forma de vida”, explicó.
Pero otros, como la joven Youdon Aukatsang, quien regresó a India en 2000
luego de estudiar leyes y relaciones internacionales en Estados Unidos,
tienen una visión más práctica sobre el exilio.
”No hay escasez de escuelas tibetanas en India. Pero cuando llega el
momento de decidir sobre la educación terciaria, los padres naturalmente
tienden a inclinarse por lo más práctico para sus hijos y a prepararlos
para los desafíos de este mundo cada vez más competitivo”, dijo a IPS.
”Al fin de cuentas, los tibetanos en India no son diferentes de otras
comunidades de expatriados en el resto del mundo. Los niños indios que
crecen en Estados Unidos y Canadá, por ejemplo, hablan muy poco sus
lenguas maternas”, añadió. (FIN/2004)
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