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LA CONSTITUCIÓN DEL SUJETO
HOMOSEXUAL MASCULINO EN LA NARRATIVA LATINOAMERICANA: UN BREVE RECUENTO En
este ensayo intentaré un breve resumen de la constitución del sujeto
masculino homosexual tal y como aparece
en la narrativa latinoamericana, siguiendo la idea de David Bergman
de que “la ficción no es sólo reportaje. No importa cuan realista una obra
de ficción sea, está fundamentalmente unida al mito, y pide que sus
lectores emulen las acciones del protagonista, eviten sus errores y
acepten su suerte predestinada” (208).
El sujeto masculino en la narrativa latinoamericana es parte de un
mito cultura de género que incluye a homosexuales tanto como a
heterosexuales. Mi propia
investigación se movió de uno al otro al darme cuenta que para poder
crear un análisis de lo “anormal” necesitaba una descripción de
“lo normal.” Dada la
brevedad del estudio, no exploraré los problemas que he encontrado al
seguir esta corriente de
estudio pero intentaré dar un descripción
global de mis hallazgos. La
cultura latinoamericana fetichiza la masculinidad, equiparándola con la
identidad nacional a través del concepto de “pureza cultural,’ que
mantiene que cualquier desviación de la norma llega a la cultura desde afuera. Silvia
Molloy, escribiendo sobre el pánico homosexual en José Martí y Rubén
Darío, apunta que en la Argentina de fin de siglo se atribuía la
homosexualidad a la migración italiana, tal y como Donna Gay, en su
estudio sobre la sexualidad porteña,
señala que la prostitución se atribuía a la migración judía. Richard
Parker, en su estudio sobre la sexualidad brasileña, ha encontrado que
las prácticas homosexuales de los indios brasileños fueron imputadas
históricamente a la nefasta influencia portuguesa. Por otro lado, los cronistas
portugueses y españoles atribuyen
la corrupción (homo)sexual
de los colonos a la no menos nefasta influencia indígena . De
esta forma la cultura se protege el trasero con la explicación “foránea”
para la existencia de la homosexualidad entre las poblaciones indígenas y
criollas en Latinoamérica. Muchas
veces se descarta la evidencia antropológica a favor de una versión políticamente
correcta de la realidad. Todavía
recuerdo un viaje con el poeta Chicano Francisco X. Alarcón, quien
indignado rechazaba la idea que los Aztecas hubieran mostrado intolerancia
hacia la homosexualidad (al igual que rechazaba el presunto canibalismo
ritual de sus antepasados). Un
segundo estereotipo cultural rutinariamente asocia la homosexualidad con
la feminidad o el afeminamiento. Por
lo tanto, me fue de suma importancia examinar los parámetros de la masculinidad normativa, en
particular su manifestación más virulenta, el macho. También quise, siguiendo las
ideas de Eve Sedgewick, explorar las configuraciones que ha llamado “homosociales,’
esto es, relaciones libidinales entre hombres mediadas a través de un
cuerpo femenino o de jerarquías sociales. Freud proveyó el punto de
partida en su interesante pero en último caso incompleto análisis del
componente libidinal presente como elemento cohesivo en grupos y
sociedades masculinas. Al
examinar Jauría, del argentino David Viñas,
encontré que existe en el
hombre macho un pavor obsesivo a lo femenino, comenzando por sus propios
cuerpo. Partes del cuerpo
masculino se perciben como “femeninas,’ sobre todo sus orificios. En términos de la topografía del
cuerpo, el frente/abajo es masculino, el atrás/abajo es femenino. Cualquier tipo de penetración, no
importa el modo, aún con un cuchillo o una bala, feminiza al cuerpo
masculino. Por lo tanto, el
matar es una forma de penetrar y conlleva una carga libidinal. El conquistar, ya sea un enemigo,
una ciudad o una mujer quiere decir penetrar sexualmente. Existe una forma peculiar de pánico
homosexual en juego, ya que se manifiesta en el cuerpo del propio macho. En otras palabras, el macho
desconfía de partes de su cuerpo que pueden feminizarlo. Aun en el juego sexual de carácter
heterosexual existen partes del cuerpo masculino que se consideran
intocables. En Dar la cara, también de
Viñas, una mujer intenta acariciar las tetillas de su amante, Éste la
rechaza indignado, alegando que tales caricias “son para maricones.” Abundan
configuraciones homosociasles trianguladas.
En Jauría, la relación entre Simón, el protagonista, y su
superior en el ejercito, un general, ocurre a través del cuerpo de
Arminia, la prostituta novia de simón, quien la comparte con el general. En Canaima,
del venezolano Rómulo Gallegos, Marcos
Vargas comenta sobre el parecido entre su mejor amigo, Manuel Ureña, y la
novia de éste, Maigualida, a quien Marcos también desea. El
hombre macho no da muestras de sentir ni dolor físico ni emoción alguna,
su meta siendo evitar a toda costa el “femenino interno.” La única mujer en su vida es la
madre, objeto de adoración fetichista.
Dado el código operante, cualquier intento de cohesividad entre
machos tiene por fuerza que terminar en confrontación violenta y/o muerte,
como se demuestra en la relación entre el Sute Cúpira y Marcos Vargas en
Canaima. Dos hombres machos
no pueden ocupar un mismo espacio, tal y como no puede haber dos gallos en
un gallinero. Los machos son
entes solitarios, pero cuando se juntan en grupos, se organizan de acuerdo
a estrictas jerarquías que admiten un solo macho en la cumbre, cuya
precaria posición siempre se encuentra amenazada por otros machos. Las
jerarquías, como apuntó Freud, suministran un escape aprobado
culturalmente para las pulsiones pasivas del varón. En la cultura latinoamericana, las
instituciones castrenses proveen el mejor ejemplo de lo que he llamado
‘relaciones de vasallaje,” en las que un “macho” puede mostrar comportamientos
culturalmente pasivos y por ende ‘femeninos” —tales como lealtad,
obediencia, dependencia y sumisión absoluta—sin romper el tabú
homosexual. Al vencedor, de la argentina Marta Lynch, muestra tal
configuración en la descripción que hace de los lazos libidinales que
existen entre su protagonista, un soldado raso, y su superior, un teniente. El líder, para poder originar y
manejar tales comportamientos pasivos de sus subalternos, necesita probar
su masculinidad superior, ya sea intelectualmente, como el teniente, o físicamente, Existe un episodio en Doña Bárbara en el que Santos Luzardo, cuya masculinidad es puesta en entredicho por sus
peones porque es educado y viene de la ciudad, les demuestra que es tan o
más macho que ellos al domar un potro salvaje. El
hombre macho también aparece en novelas que explorar relaciones
masculinas interraciales. Tanto
en Bom-Criolho, del brasileño
Adolfo Caminha, y en Hombres sin mujer, del cubano
Carlos Montenegro, aparecen protagonistas negros que se enamoran de
adolescentes blancos. El
modelo literario es nada menos que el Otelo y como éste, termina
trágicamente. Ambos
protagonistas asesinan por celos a sus amantes. Las dos novelas muestran como ciertos escritores toman
ventaja de los parámetro de un género literario—en este caso la novela
naturalista—para introducir temas marginados del canon. Hombres sin mujer va más allá al
trazar el desarrollo emocional y espiritual de su protagonista bajo la
influencia del amor que siente por el jovencito que eventualmente mata. En
varias novelas, incluyendo las dos que acabo de mencionar, los varones que
son objeto del deseo masculino comparten varias características físicas
que la cultura clasifica de “feminizantes.” Son blancos, rubios, de ojos
azules. Por otro lado, no se percibe como homosexuales a los hombres
morenos e hirsutos. Todavía
recuerdo haber llevado a un amigo peruano a “ver los gay’ en la calle
Christopher de Nueva York. No
podía creer que aquellos tipos musculosos, barbudos, trajeados en cuero,
fueran maricones. Comentó
que parecían policías o soldados, señalando a un punto ciego de la
cultura, y enfatizando hasta que punto se asocia a la masculinidad con los
uniformes y el ejercito en Latinoamérica. Uno de
los lugares comunes de la literatura occidental determina que los
homosexuales no pueden sobrevivir en las novelas que tratan sobre ellos. Algunos se suicidan, como en La
pasión y muerte del cura Deusto, del chileno Augusto D’Halmar,
y El ángel de Sodoma, del cubano Alfonso Hernández Catá. Otros
desaparecen o son asesinados, como en
El lugar sin límites del
chileno José donoso, y Sergio, del argentino Manuel Mujica Lainez. Los homosexuales también sirven
de convenientes chivos expiatorios para toda clase de males sociales. En Mal don, la argentina Silvina Bullrich “expone” a la mafia
homosexual que, según ella, rige los círculos literarios argentinos. También examina la estructura jerárquica
de las relaciones homosexuales. Las
parejas homosexuales en su novela siguen unos parámetros sociales, económicos
y educacionales asimétricos. El
“dominante” en la relación
es usualmente mayor, más educado y de mejor posición social que el
“subordinado”—el mismo patrón que Cornelia Butler Flora ha
detectado en las fotonovelas latinoamericanas como deseado para las
mujeres en relaciones heterosexuales.
El miembro menor de la pareja puede ocupar una posición de
servicio doméstico en relación a su pareja, quien puede ser casada y con
niños, como ocurre en Conversación en la Catedral,
del peruano Mario Vargas Llosa. Son
pocas las relaciones entre iguales. Es
esencial mantener la apariencia de heterosexualidad. Se exige una bisexualidad
estrictamente endorsada como la única forma que tienen los homosexuales
de llevar cualquier tipo de vida pública, siempre que su “desviación
de la norma” se mantenga en el mayor secreto posible, como ocurre en No se lo digas a nadie, del peruano Jaime Bayly. Las relaciones inter pares son tan
escasas que Ian Lumsden, escribiendo en Homosexualidad, sociedad y el
Estado en México, señala que a los homosexuales que insisten en exigir
derechos tales como el compartir responsabilidades y roles sexuales
flexibles en una relación, se les llama “los internacionales’ término
que subraya la creencia que cualquier cosa que tenga que ver con la
homosexualidad, para bien o para mal, viene de afuera de la cultura. El
concepto de una homosexualidad culturalmente impuesta también se
encuentra en la crucial cinta de Humberto hermosillo, “Doña Herlinda y
su hijo,” donde la relacion entre el protagonista, un médico, y su
amante, un estudiante de música, es mediada por la madre del primero, una
verdadera dea ex machina en términos
del desarrollo de la acción. Es
ella quien arregla un matrimonio para el hijo y le resuelve el
“problema” haciendo que
tanto la esposa como el amante viva con ellos bajo el mismo techo materno. Este utópico arreglo
familiar apunta a tres aspectos importantes de las relaciones entre los
homosexuales y sus familias. No
se espera que los hijos solteros abandonen el hogar paterno, pero que
permanezcan para cuidar de los padres.
Se espera que el homosexual que aspire a una posición social
satisfaga el requisito de la heterosexualidad. In casos excepcionales, un amante
puede incorporarse a la unidad familiar y se busca una explicación social
aceptable. Pero lo más
probable es que suceda lo opuesto. Tanto
en Colombia como en Brasil existen escuadrones paramilitares dedicados al
exterminio de homosexuales en nombre de la “pureza cultural,” y se ha
documentado ampliamente la persecución de homosexuales en la Cuba
socialista. Una
variante del estereotipo homosexual asocia la desviación sexual con la
criminalidad, como se puede observar en las novelas colombianas El Divino de Gustavo Álvarez
Gardeazabal y Nuestra señora de los sicarios,
de Fernando Vallejo, o Plata quemada, del argentino Ricardo Piglia. No es coincidencia, creo yo, que
éstas dos últimas hayan sido llevadas al cine. La única cinta latinoamericana
con un mensaje positivo acerca de las relaciones homosexuales que he visto
hasta ahora es la valerosa “Una historia de amor,” de Argentina. La
chilena Marta Brunet prefiere la explicación psicoanalítica, y en Amasijo nos ofrece un
protagonista cuya homosexualidad es trazable a la madre quien lo vistió
de niñita, le hizo llevar rizos largos (también era rubio) y lo amamantó
hasta que tenía cuatro años. El
mismo enfoque aparece en Cien años de soledad en la figura del último José Arcadio,
quien es pedófilo (y rubio), muere ahogado en su alberca por sus compañeritos
de juegos, y representa la decadencia moral y física de los Buendía. Dos autores peruanos de izquierda
han hecho una explícita conexión entre decadencia nacional y desviación
sexual : José Diez Canseco
en Duque y Oswaldo Reynoso en En octubre no hay milagros. En ambas novelas se responsabiliza
a protagonistas homosexuales
de la clase dirigente por
todos los males sociales existentes,
ilustrando a la vez el catálogo de perversiones sociales que la
ideología izquierdista asocia con el capitalismo burgués. Existen
muy pocas novelas latinoamericanas que presenten una visión positiva de las relaciones homosexuales. Entre las mejores podemos contar
algunas mexicanas. Después de todo, de José
Ceballos Maldonado nos introduce a un protagonista que al terminar de
escribir en su diario el
recuento de sus aventuras sexuales, se jacta de haber sobrevivido, como lo
indica el título de la novela. En esto, contrasta con En
jirones, de Manuel Zapata, una lacerante descripción, también en
forma de diario, de una intensa relación sadomasoquista. Zapata ofrece en
necesario antídoto en su delicioso Melodrama, la única novela
latinoamericana que he leído hasta ahora donde se le da a una pareja
homosexual la oportunidad de “vivir felices para siempre,” Las Memorias
de Amadís, de Luisa Josefina Hernández, contrapone una infuncional pareja
heterosexual con una mucho mejor ajustada .pareja homosexual El
protagonista homosexual es para colmo un general del ejército, rompiendo
así con el esquema que asume una masculinidad heterosexual para los
miembros de las fuerzas castrenses. El
hecho de que tantos escritores latinoamericanos y caribeños hayan
emigrado hacia los Estados Unidos ha producido una literatura más abierta
sobre el tema de la sexualidad en general y la homosexualidad en
particular. El desarrollo y
crecimiento de los estudios Queer en la academia norteamericana ha
proporcionado a su vez un marco teórico/crítico con el que estudiar las
producciones culturales por/para homosexuales sin embargo, la obra de estos
escritores—Manuel Ramos Otero, Emilio Bejel, Pedro Monge, Moisés Agosto,
Miguel Falqués Certain, Sonia Rivera Valdés, Carlos Rodríguez Matos
entre otros--, a pesar de ser conocida en los círculos de la diáspora
latinoamericana en Estados Unidos, todavía
lucha por entrar a un canon ya de por sí marginal. Aún queda mucho por hacer en
cuanto a darle forma al canon inclusivo de la literatura homosexual
latinoamericana. Alfredo
Villanueva Collado Nueva
York
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