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193. EL UNO Y EL OTRO
por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu
Fueron
rivales por su amor y su atención. Uno,
el hijo de la querida de su marido; el Otro, el hijo de su amada hermana Ambos muy solitarios,
aterrorizados por la voz tronando desde el garaje en la planta baja,
siempre amenazando al Uno y burlándose del Otro. Jugaban juntos y estudiaban juntos,
a veces enemigos a muerte, otras veces compinches panitas. Habían descubierto juntos el
placer tres años antes, cuando retozaban en la bañera con sus juguetes
bajo la mirada no muy cuidadosa pero indulgente de la madre vicaria. El
Otro recordaba. Por eso, el
mismo día que llego a vivir de nuevo con sus parientes, mientras la
familia celebraba en la terraza, lo había
llamado al dormitorio y allí, a unos cuantos pies de padres y
amigos, le había enseñado la intoxicación de un verdadero beso,
haciendo que sus sentidos se entregaran el frenesí del deseo.
Durante
el día, aun cuando peleaban, sus cuerpos les traicionaban, revelando sus
lazos, hechos más fuertes por la competencia hostil. Sus dormitorios quedaban uno al
lado del otro, conectados por un balcón exterior. Por las noches, cada uno yacía en
su cama, con el corazón en la boca, esperando que el señor de la casa y
su sufrida consorte se encerraran en la ruidosa comodidad del aire
acondicionado. Después de lo
que siempre parecía una eternidad, Uno se levantaba y, cruzando el balcón
exterior, llegaba hasta el cuarto del Otro, se metía en la cama y se rendía
a las caricias de su lengua, su boca, sus manos. Los domingos, el señor de la casa
se iba de pesca en su yate macho con sus compadres machos mientras la
sufrida cónyuge permanecía en tierra, cocinando para todos. Muchas veces,
para que no se aburrieran, les permitía a los chicos sacar un botecito no
tan macho. Seguros entre los
manglares, bajo el cielo intensamente azul
y el ardiente resplandor, mecidos por el suave vaivén del oleaje, apaciguaban de nuevo sus
adolescentes ardores. Y así pasaron dos años, hasta que el Otro se marchó
de nuevo. Para siempre.
Una
vez más volvieron a encontrarse. Uno,
ya casado, divorciado, con una niña; el Otro, académico abiertamente
declarado, con un amante. Hicieron
el amor extáticamente una noche en un cuarto helado mientras la madre del
Otro agonizaba en un dormitorio de la planta baja. Al otro día, Uno
anunció a la familia reunida para el desayuno que permanecería en
contacto con la Hermana del Otro, pero que a éste no lo volvería a ver,
quizás nunca. La Hermana
llamo al Otro aparte y le habló secamente: “Así que parece que lo
hicieron. No prestes atención
a lo que dice. Repite la
fantasía de su padre, que algún día su hijo se casaría conmigo. Pero me di cuenta de lo que venía
buscando desde que entró por esa puerta.
No vino por mami, ni por mí, sino por ti. No te quitaba los ojos de encima.”
El
Otro, experimentando ese dolor peculiar que médicos y románticos asocian
a las condiciones crónicas del corazón, confesó: “Qué extraño. Cuando ya habíamos terminado, se
apareció el Rubio. Los dejé solos, permití que el Rubio le hiciera el
amor para comprobar que su experiencia había incluido a otros. Lo primero que me preguntó
cuando llegué a su cuarto fue ‘¿Cómo te diste cuenta?’ Contesté que mi cuerpo llevaba su
imborrable marca. Sonrió y
me dijo: “Hace demasiado frío allá afuera. Vente a la cama, que está
caliente. Y ya sabes que
cuando me caliento, prendo de medio maniguetazo.’ .Nunca he dejado de quererlo,
hermana. Es más de los míos
que toda esa mal llamada familia consanguínea. Y lo voy a querer hasta mi último
suspiro.”
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