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Espiritualidad
y Diversidad
por
J. Álvaro Olvera Ibarra, Comunidad Católica Vino
Nuevo/Enkidu
Sé lo que estás pensando. Seguro que te
parece de lo más extraño encontrar la palabra “espiritualidad” en un
informativo sobre cuestiones gay. No te preocupes, a muchos les parece que
la espiritualidad y la orientación sexual diversa son como el agua y el
aceite, así que no es rara tu sorpresa. A propósito, permíteme
compartir contigo una historia.
- “No puede haber homosexuales con
vida espiritual”
“Eso me enseñaron, eso aprendí y con esa
“verdad” crecí. Pero vayamos por partes
Provengo de un hogar católico
tradicional – de esos donde se va a misa cuando “nace” y nace muy
pocas veces al año – desde pequeño recibí algo de instrucción
religiosa de manos de mi abuela materna, ya sabes, cosas sanas como si
no te portas bien va a venir el diablo a llevarte.
Dios me fue presentado por mi
abuela con todas las características de un rey poderoso que vivía entre
las nubes, a quien poco le interesaba lo que les pasaba a los seres
humanos, salvo cuando éstos faltaban a misa, comían carne los viernes de
cuaresma o decían mentiras, entonces sí que ese Dios se interesaba en la
vida de uno.
Crecí lleno de miedo al diablo y a sus demonios – mi
conducta no era el modelo de niño tranquilo – Para mí el diablo era
una figura presente en todos lados y a todas horas. Dios era un viejo
malhumorado, al que nunca se le tenía contento con nada y el que se podía
enojar por todas las cosas buenas y divertidas de la vida de un niño: no
comer la sopa, robar dinero a la abuela, hacer travesuras, jugar con lodo...
Más tarde, descubrí la sexualidad
o más bien, ella irrumpió en mi vida con toda su fuerza. La masturbación
se hizo una práctica común, lo mismo que el sentimiento de culpa, la
gran vergüenza de hacer algo sucio y el sentimiento de ser observado por
Dios cuando estaba a solas en el baño. Más o menos por esa época
descubrí mi propia atracción por otros chavos. Entonces sí que fue el
acabose, no sólo me masturbaba, sino que lo hacía pensando el mis compañeros
de salón.
En medio de todo esto, yo sentía
un gusto tremendo por ciertas cuestiones religiosas, me gustaba rezar y
muy en el fondo de mi corazón sabía que Dios existía y que no podía
ser como me decía mi abuela. Imagínate que a los 5 años me salí a
predicar la Palabra de Dios en las casas de los vecino. No recuerdo qué
decía, pero todo mundo quedaba fascinado por el niño que segurito iba a
ser sacerdote cuando llegara a mayor.
Me fascinaba estar ratos a solas,
mirando las nubes. Uno de mis pasatiempos favoritos era sentarme junto a
la ventana y ver la puesta del sol, cuyos rayos iluminaban una pequeña
iglesia situada en una colina frente a casa. Me imaginaba que esos rayos
– que parecían salir de la cruz que estaba en la cima del templo –
eran el amor de Dios que me daba calor en el rostro.
Cuando iba a la playa, me sentaba
en las rocas para escuchar el sonido de las olas romper. Entonces pensaba
que ese ruido era la voz de Dios que cantaba cosas solo para mí. De
verdad que fui un niño con mucha sensibilidad espiritual.
Podrás imaginar mi drama interior
cuando mi gusto por la espiritualidad se vio envuelto en mi orientación
sexual recién descubierta. Yo sentía cosas padres en mi corazón y en mi
cuerpo, pero todos me decían que mis sentimientos eran malos, sucios,
pecaminosos.
Claro que la confesión no me ayudó
en nada, porque reforzó en mi el sentimiento de culpa y de indignidad
ante Dios. No pudiendo más con el conflicto interno, me alejé de toda
forma de espiritualidad, abandoné la oración y me convertí en un católico,
pero no fanático, como solía decir para justificar mi abandono
religioso.
Así pasaron 10 años en los que
viví mi vida como mejor pude. Sin embargo, a pesar de que no iba a la
iglesia ni oraba, no pude arrancarme el sentimiento de culpa y de
frustración por no ser heterosexual.
Yo decía que Dios no me importaba,
pero en el fondo sí que me importaba, simplemente no podía acercarme de
nuevo a él porque era indigno, porque yo no valía la pena, porque yo era
homosexual.”
o
Pesando un poco
Tal vez te has reconocido en
algunas partes esta historia (prometo contarte el final en otra ocasión)
No sería extraño pues en un país mayoritariamente católico y con un
catolicismo que tiene olor a siglo XVI, muchos gays hemos pasado por
situaciones semejantes.
La actitud de rechazo de la
sociedad hacia nosotros tiene profundas raíces religiosas judeocristianas,
así que los sentimientos de culpa y vergüenza, de indignidad y frustración
y el abandono religioso son manifestaciones muy comunes. Más el hecho de
que sean comunes no quiere decir que no sean reacciones homofóbicas
contra nosotros mismos que nacen de pensar que Dios NO PUEDE amarnos como
somos.
Pero... ¿qué pasaría si esa idea
fuera un error predicado por nuestros líderes religiosos, creído por
nuestros padres y asumido como verdad por nosotros mismos? ¿Qué pasaría
si Dios fuera el primero en reclamar nuestros derechos, en devolvernos
nuestra dignidad robada, en alentarnos para luchar por una sociedad
incluyente? ¿Y qué si descubriéramos que la relación con Dios – la
vida espiritual – es una de las cosas a las que tenemos derecho como
personas gay y que nos ha sido robada por nuestros líderes religiosos
para mantenernos en la postración?
o
¿Por qué una columna sobre espiritualidad?
La idea nace porque algunos estamos
convencidos de que todas las preguntas anteriores tienen un SÍ como
respuesta y queremos compartir este notición con otras personas gay y
lesbianas. Nosotros estamos convencidos de que la espiritualidad – es
decir, una sana relación con un Dios que es Amor – es un derecho y una
oportunidad gigantesca de sanar nuestro corazón y para recuperar las
fuerzas y seguir luchando por un mundo mejor.
Personalmente creo que la
espiritualidad es parte básica de nuestra felicidad y de nuestro
desarrollo personal por eso quiero hablarte de ella. Estoy convencido de
que el Dios-Amor está esperando a que sus hijos gay y sus hijas lesbianas
hagan una experiencia profunda de su amor-sin-límites, de su aceptación-universal,
de su gozo-por-la-diversidad.
Por todo esto, podremos
encontrarnos en este rincón de la espiritualidad para compartir
nuestras reflexiones y la oportunidad de decidir si quieres ejercer el
derecho a una vida espiritual sana que te ayude a ser mejor persona. Ojalá
que quieras acompañarme en este camino, no pierdes nada y puedes ganar
mucho.
Hasta la próxima. Cuídate y lucha
por ser auténticamente feliz.
J. Álvaro Olvera Ibarra
Comunidad Católica Vino
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