EL REGIO

En mis correrías por esos mundos de Dios, el avión fantasma me ha traído de nuevo a Santiago de Chile.

Aquí he conocido el no tan extraño caso de “el Regio”, un chico que me fuera presentado por intermedio de un amigo mutuo. Lo que me ha contado de su vida me ha llevado a reflexionar sobre el amargo destino de los homosexuales dentro de tantas culturas tradicionalistas: la internalización de una imagen autodestructiva, que les implanta en lo más profundo del ser la idea, o peor que eso, la certeza, de que son seres no sólo marcados por la noción cristiana de pecado sino irrelevantes al conjunto social; seres cuya existencia no importa, y cuyas vidas están determinadas por el signo de una interiorizada banalidad.

El Regio acaba de cumplir veintiún años.  Abandonado, con su hermano, a las puertas de una iglesia protestante, fue recogido por una familia de esa iglesia y criado como hijo de la casa, junto con otros cinco hermanos, hasta que un DIA, hace tres años atrás, la madre, registrándole sus pertenencias, le descubrió un boleto de entrada para una discoteca de reputación “gay”. Después de una violenta discusión, en la que se le informó que no-tenia cabida en el núcleo familiar hasta que no estuviera dispuesto a cambiar su orientación sexual, lo echaron de la casa. Le dieron un mes para que se largara.  Durante ese mes, la madre le siguió obsesivamente con una botella de desinfectante.  Era peligroso para la salud de la familia.  Nadie levantó la voz en su defensa.  Ni siquiera su hermano de sangre.

Consiguió empleo en una empresa comercial, a pesar de que no había completado la educación secundaria.  Sufrió un accidente y fue despedido sin compensación.  No ha podido conseguir otro trabajo, aunque dice que anda buscando.  No es de extrañar, dada su falta de educación formal.  Le indico que es necesario que  termine sus estudios.  Me responde que cuesta dinero, que puede que consiga un trabajo que le pagaría unos ciento setenta mil pesos, apenas lo suficiente para sobrevivir regiamente, lo que encuentro curioso, ya que otros amigos viven con mucho menos.  Las necesidades del Regio son diferentes, y ha desarrollado otras estrategias de supervivencia que tienen que ver con los cánones socioculturales a los que responde.

Al Regio lo rige un código social para el que las apariencias, con respecto a los apellidos y los abolengos, reinan supremas.  Por lo tanto, miente; no a mí, el extraño extranjero que lo escucha, sino a esa sociedad en la que existe periféricamente.  Se hace llamar por otro apellido, de más categoría. Dice que vive con su abuela en lugar de decir que alquila una piecita en una casa particular. No deja saber que es huérfano, adoptado, arrojado a la calle, desempleado, falto de educación.  Sus amigos son “regios”, como lo son las discotecas que frecuenta y el barrio en que vive.  Comienzo a sospechar que su relación conmigo tiene que ver con el hecho de que, yo siendo extranjero, le doy a la vida social del Regio un cierto exotismo muy consonante con su visión de mundo.

            El Regio se ha envuelto con hombres mayores, de buenas familias, con sólidas posiciones económicas, pero que no se han ocupado de él nada más que en el terreno de la diversión, social y sexual.  No les ha interesado el mejorar su estatus socioeconómico, ni proporcionarle los instrumentos (las armas) para que él mismo pueda hacerlo.  Por otra parte, no se le ha ocurrido al Regio que tales instrumentos son algo que tiene derecho a esperar de una relación, o a exigir de ella.            

Cuando le pregunto por qué rompió con su última pareja me explica: “no pude seguir la farsa”.  Le digo: “¿ cuál, la tuya o la suya?”  Admite: “la mía.  Sabía que algún día iba a descubrir que yo no era lo que le había contado.  Teníamos amigos en común. No podía  a darme el lujo de ser descubierto”.  Le pregunto entonces qué espera sacar de tanta mentira.  “Contactos, quizás un trabajo”. me contesta.  Sonrío y le digo: “ ¿Y si te piden partida de nacimiento?”  Me mira como si no comprendiera.  Insisto: “ ¿Y sabes tú quien eres?”  Súbitamente serio, aparta la mirada.

            El Regio tiene pocos sueños; quisiera emigrar a los Estados Unidos pero se da cuenta de que no tiene nada que ofrecer en ningún mercado laboral, ni de ninguna clase, aparte de su juventud. Por el momento, el sobrevivir regiamente de día en día constituye su única preocupación.  Cualquier relación que encuentre tiene que añadir a esta condición de “regiedad”, código internalizado que le dicta patrones de conducta de los que no se aparta.  Por ejemplo, no me acompaña a una cervecería que, por lo popular, no es “regia”.

            El Regio informa que intentó visitar a su familia el 31 de diciembre, pero que le pidieron que se marchara antes de la medianoche; que el día de su cumpleaños no recibió una llamada, un
regalo, una tarjeta.  Se le humedecen los ojos mientras juega con su Coca Cola y confiesa algo que le molesta aceptar: que echa de menos a su familia, a su mamá, a su hermano de sangre, quien, como los otros, le ha dado la espalda.

            Hablo con una amiga.  Le explico el caso del Regio.  Le pregunto si, a través de una organización de derechos homosexuales a la que pertenece, se puede ayudarlo.  Explica: “En Chile no existe protección laboral.  El problema de la cesantía es tan grande que no podemos atacarlo en estos momentos.  Tenemos otras prioridades.  Además, creo que tu Regio se hace la víctima, como muchos de estos cabros.  Si verdaderamente quisiera, podría trabajar y estudiar”.  Por otro lado, cuando el Regio visita  el  Centro Homosexual conmigo, me comenta que no le ha caído demasiado bien.  Parece que los activistas no son gente regia.

            Hablo con un amigo.  Le explico el caso del Regio.  Le digo que quisiera ayudarlo, y no sé cómo.  Me indica que el Regio tiene un terrible problema de identidad; que hasta que no se acepte como lo que es, hasta que no arroje la máscara, no se puede hacer nada por él; describe la subcultura gay en Chile como poco seria, poco solidaria, llena de depredadores y “víctimas profesionales” actuando como las mitades de un ying/yang perverso.

            Puede que mis amigos tengan razón.  Puede que al Regio le sea más cómodo vivir una mentira, esconderse en el mito que ha creado acerca de sí mismo.  Pero seríamos injustos si no lo reconociéramos también como el producto de unas fuerzas socioculturales que han implantado en él las semillas de su posible autodestrucción, y después, como Poncio Pilatos, se han lavado las manos.  La familia, autodenominada cristiana y sin embargo ignorante de la lección admonitoria: ¿Y quién se atreverá á a tirar la primera piedra?  Una ideología que evalúa el abolengo por encima del individuo, la apariencia como norma fundamental de la identidad tanto social como personal. La presión hacia el conformismo sociosexual, la noción  de una “naturaleza humana” normativa de la cual toda desviación constituye algo más que una anormalidad, una abominación.  Y, finalmente, chicos como el Regio, que han internalizado tal ideología, creen en ella y actúan desde ella, sin darse cuenta de que, no importa cuán fielmente la sigan, mientras lo hagan nunca conseguirán trascender el lugar que les asigna: la periferia, la marginación.

            Una noche de fin de semana hemos salido a los bares, al “Fausto” con su clientela regiamente hermosa y frígida, a la discoteca en la periferia, llena de “proles” que hacen sentir incómodo al Regio. Va al baño. El tipo que tengo al lado entabla conversación, no pasa mucho tiempo sin que comencemos a explorarnos mutuamente.  El Regio regresa, nos mira ofendido, no en sus sentimientos pero en su sentido de lo propio y lo impropio.  Llegamos al departamento donde un antiguo amante me deja dormir en el sofá á de la sala. No encendemos la luz, nos acostamos uno al lado de otro, llego a palpar sus muslos musculosos y velludos, nos calentamos pero no se decide. Se levanta y me dice que no quiere ir más allá, soy un turista y me voy, estoy haciéndole perder su tiempo.

            Otra noche de un día de semana me viene a buscar para que lo lleve a una regio local donde se da un regio show y lo esperan unos amigos regios.  Sé que el lugar no abre esa noche, pero insiste y lo acompaño, preguntándome qué faceta perversa de mí mismo le sigue el juego.  Nos tenemos que regresar. Se encuentra totalmente humillado por su equivocación. Al bajarnos de la  micro me dice: “te siento cambiado, ya no eres el de antes” (¿el que lo hacia sentir regio?)  Murmuro unas palabras, pero no sé qué responder, o no quiero dar explicaciones. Llega a la esquina, la cruza, y mientras se aleja sin romper el paso escucho su “nos vemos... “  El Regio se pierde en la oscuridad de la alameda, su regiedad intacta.  Camino solo el trecho que me resta, sabiendo que me voy y que él se queda, sintiendo un cansancio que es a la vez rabia, mezclada con los fragmentos de una ternura inútil.

 

Alfredo Villanueva-Collado

Nueva York