LA PLAYA DE RIIS PARK, 1980

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Nada mejor que tirarse al mar en cueros.  Nada mejor que las playas donde nadie siente la necesidad o la vergüenza de las ropas. Todos los veranos hacemos el engorroso viaje desde nuestro apartamento en una punta lejana de Brooklyn al fabuloso e infame Riis Park, donde se encuentra una sección informalmente reservada para nudistas de todas clases. 

El tal viaje de marras envuelve el tomar dos trenes y un autobús, pero no nos importa. La fila en la parada de Flatbush donde se aborda el vehículo es ya el comienzo de una saturnalia.   Musculosos homosexuales con voces exageradamente aflautadas y grupos de chillonas adolescentes semidesnudas de todas las razas y colores  se confunden con familias hispanas, los chiquillos gritando a todo pulmón, la madre furibundamente batallando por espacio para sus cuatro bolsas de comida y artefactos playeros, el padre tambaleándose bajo el peso de tres sillas, una sombrilla y una enorme radio-casetera portátil a toda boca. A medida que nos acercamos a la costa cambia la luz, el cielo se vuelve más intensamente azul, el aire huele a salitre, la excitación de los pasajeros aumenta la casi intolerable cacofonía, exacerbada por una mezcolanza de tufos, varios sabores  de sudor, crema de bronceado, pollo asado, papas fritas, un sospechoso dejo de ron y hasta el perfume de un ocasional pernil.

Una vez en la playa, se disuelve la olla étnica y cada cual agarra para su  sitio.  Nosotros nos dirigimos a la punta mas alejada, donde se congregan los nuestros.  Escogemos siempre un lugar estratégico, un paisaje marino que incluya cuerpos machos bien formados. Después de las primeras cervezas y un par de pases de yerba, nos desvestimos y nos entregamos, acostados  boca abajo, al fuego intenso del sol del mediodía. Nos ponemos las pantalonetas para correr al agua, y una vez adentro nos  las colgamos del cuello mientras jugamos entre las olas.

Existe entre los que comparten este bucólico espacio la camaradería de los que se saben rompiendo la ley en público y en grupo.  La única nota discordante surge de ciertos hombres, solos o con amigos, completamente vestidos, con las pupilas enrojecidas por el licor y la lujuria, que caminan entre la multitud escudriñando desorbitadamente a las mujeres sin corpiño mientras se acarician la conspicua erección hinchándoles los pantalones.  Mas cuando se dan cuenta que docenas de miradas masculinas siguen el espectáculo con marcado interés, se amoscan y se largan murmurando amenazas y obscenidades.

Uno de esos domingos me he quedado dormido con el pantalón de baño sobre la cabeza.  A mi lado, el Rubio, en iguales condiciones.  De repente, una sombra a mi lado.  Una voz me llama.  “Profesor.  Profesor.  ¿Es usted? ”  Abro los ojos y para mi horror me encuentro a una de mis estudiantes de la Hostia, arrodillada frente a mí,  tal como la echaron al mundo.  Caigo en piloto automático, me incorporo, sonrío, y pregunto, “Muchacha, ¿y tú que haces aquí?”  Desenfadamente contesta: “He estado viniendo por años a esta playa con mi amiga y mis nenes.  Mírelos, bajo aquella sombrilla.”  En efecto,  allí están, un par de rollizos angelitos morenos industriosamente abriendo un agujero en la arena bajo la indulgente supervisión de una robusta machorra latina que me guiña el ojo pícaramente.  Tranquilizado, respondo: “Pues  éste es el Rubio, mi novio. Nosotros también venimos a esta playa todos los veranos.  Ya sabes, este es nuestro secreto.  ¡Ni yo te he visto ni tú me has visto!”  Acercamos las toallas y pasamos el resto de la tarde juntos, como cualquier  familia burguesa.

 

Alfredo Villanueva-Collado

Nueva York