|

Dolor en nombre de la castidad
Joyce Mulama
NAROK, Kenia, sep (IPS) - Judy Santeyan, de
16 años, y su hermana Dorcas Keiwa, de 14, fueron obligadas por ocho
adultos a someterse a la mutilación genital tradicional en este poblado
rural de Kenia. Ahora sufren las gravísimas consecuencias.
Santeyan y Keiwa lloran al recordar la experiencia
que sufrieron el 30 de agosto. Están ahora en el no gubernamental Centro
Tasaru de Rescate de Niñas en Narok, a unos 150 kilómetros de Nairobi,
en la provincia del Valle del Rift.
El Centro Tasaru tenía tres niñas víctimas de mutilación genital a su
cuidado el 23 de septiembre, cuando IPS visitó el local. Pero en
temporada de vacaciones escolares, cuando esta práctica recrudece, llega
a albergar 43.
Santeyan sufría fuertes dolores cuando llegó al Centro. No podía
sentarse como consecuencia de las heridas, descriptas por los médicos
como severas. Los daños deberían ser corregidos en un quirófano en el
futuro.
La niña fija la mirada en un punto fijo en el aire, solloza y respira
profundamente antes de comenzar a hablar.
”Nuestra madre salió aquella noche a rezar. Nos dejó con nuestro
hermano de 18 años, que nos despertó y nos dijo: 'Hoy es el día. Vamos
a circuncidarlas, y no quiero escuchar ningún ruido'.”
Hace cuatro años, el hermano las había amenazado con circuncidarlas,
pero ellas huyeron al Centro Tasaru. Permanecieron allí dos años, hasta
que los responsables de la institución alcanzaron un acuerdo con la
familia de las niñas.
El hermano no cumplió con su parte del trato. ”Me abofeteó. Fuimos al
comedor. Ya estaban ahí sentados ocho vecinos: cinco ancianas y tres
hombres de la edad de mi hermano.”
”Las mujeres me ataron con sogas para asegurarse de que no me moviera.
Intenté resistirme y me golpearon. Entonces, me cortaron con rudeza, y
mis ruegos para que se detuvieran cayeron en oídos sordos. Cuando todo
terminó, me llevaron a la cama, que quedó hecha un charco de sangre.”
Mientras hablaba, Santeyan se secaba las lágrimas con un pañuelo.
Entonces, los agresores se encargaron de Keiwa. ”Cuando vi cómo
golpearon a Santeyan, no tuve más opción que cooperar. Nuestra madre nos
encontró casi muertas, desangradas. Nos llevó al hospital e informó a
las autoridades.”
Las niñas fueron mutiladas con instrumentos sin esterilizar, en un país
donde dos millones de personas viven con el virus de inmunodeficiencia
humana, que causa el sida, según estadísticas oficiales.
Pero sólo dos mujeres fueron arrestadas por tan brutal acto de violencia.
Luego, la policía las liberó tras recibir el pago de una fianza de unos
641 dólares, dijo a IPS Agnes Pareyio, fundadora del Centro Tasaru.
”Depositaron los títulos de propiedad de sus tierras y recuperaron la
libertad, mientras las niñas luchan por sobrevivir”, indicó.
El resto de los sospechosos están prófugos. ”El Centro y otras
organizaciones femeninas exigen el arresto de todos los culpables.
Queremos justicia y el juzgamiento de las dos mujeres”, dijo Pareiyo.
Treinta y ocho por ciento de las keniatas han sido sometidas a mutilación
genital, según la ministra del Interior Linah Kilimo. Amnistía
Internacional eleva esa proporción a 50 por ciento.
Se trata de una práctica generalizada en muchos países africanos, tanto
en el norte de predominio árabe como en la región subsahariana.
Noventa y ocho por ciento de las somalíes, entre 90 y 98 por ciento de
las mujeres de Djibouti, 97 por ciento de las egipcias, entre 90 y 94 por
ciento de las habitantes de Malí, 90 por ciento de las eritreas y etíopes
y 89 por ciento de las sudanesas han sido sometidas a la mutilación, según
Amnistía.
También sufrieron la intervención entre 89 y 90 de las mujeres de Sierra
Leona, entre 60 y 90 por ciento de las gambianas, 70 por ciento de las
habitantes de Burkina Faso, 60 por ciento de las de Chad y Costa de Marfil,
entre 50 y 60 por ciento de las liberianas y la mitad de las mujeres de
Benín, República Centroafricana, Guinea Bissau y Nigeria, informó
Amnistía.
La brutal agresión contra Judy Santeyan y Dorcas Keiwa ocurrió poco
antes de que una conferencia internacional considerara en Kenia del 16 al
18 de este mes la implementación del Protocolo de Maputo, que tiene el
objetivo de erradicar la mutilación genital femenina en toda Africa.
Las mutilaciones aplicadas en Africa van de la extirpación del prepucio
del clítoris --la variante menos grave-- hasta la extirpación total o
parcial de este órgano así como de los labios menores y mayores de la
vagina.
En Kenia, muchos la consideran un rito de pasaje de la niñez a la edad
adulta. En este país implica la remoción total o parcial del clítoris y
de los labios vaginales, seguida de la costura de la vulva, en ocasiones
utilizando instrumentos toscos, como espinas.
Lo usual es dejar un pequeño orificio para permitir el pasaje de orina y
de sangre menstrual.
La cumbre de la Unión Africana celebrada en Maputo en julio de 2003 adoptó
la Carta de Derechos de las Mujeres de Africa, cuyo artículo 5 prohíbe y
condena esta brutal práctica.
Para que el Protocolo de Maputo entre en vigencia, debe ser ratificado por
al menos 15 de los 53 miembros de la Unión Africana. Pero, en el año
siguiente a su aprobación, sólo tres países --Comoros, Libia y Ruanda--
lo ratificaron.
La conferencia en Nairobi, a la que asistieron unos 700 participantes de
todo el mundo, resolvió presionar a los gobiernos africanos para que
consagren la norma continental.
La Ley Infantil aprobada en Kenia en 2001 prohíbe la mutilación genital
femenina de niñas menores de 18 años y prevé penas de prisión para los
violadores de la norma, que, de todos modos, no se cumple.
Además, ”la ley permite que una mujer sea mutilada al casarse si no lo
fue cuando era joven. Necesitamos una ley que prohíba la mutilación a
toda edad”, dijo Agnes Yiapan, coordinadora de la organización femenina
Maendeleo Ya Wanawake (Mujeres en Desarrollo).
La sociedad civil exige al gobierno instalar mecanismos para controlar el
cumplimiento de la ley. De lo contrario, según los activistas, las buenas
intenciones quedarán en el papel.
”Si el gobierno es serio en la protección de las mujeres y de las niñas
keniatas, que despliegue funcionarios en el terreno para controlar que
todos cumplan con la ley. Si se hubiera hecho eso, Santeyan y Dorcas no
habrían sufrido lo que sufren”, dijo Yiapan.
La pobreza también contribuye con la propagación de esta brutal práctica.
”La mayoría de las mujeres que realizan las 'circuncisiones' mutilan a
tantas niñas como les sea posible para ganarse un sustento. En Narok y en
áreas vecinas, les pagan alrededor de 13 dólares cada intervención. Si
la joven tiene 20 años, la paga es de unos 250 dólares”, dijo Pareiyo.
Y 56 por ciento de los keniatas viven con menos de un dólar por día, según
cifras oficiales.
El Centro Tasaru inició hace dos meses un proyecto piloto que consiste en
facilitar financiamiento a las mutiladoras para que se dediquen a otros
quehaceres. ”Desde entonces, cinco dejaron sus instrumentos”, aseguró
Pareiyo. ( (FIN/2004)
|