UN ACERCAMIENTO A LA PARTICIPACION SOCIAL DE LAS
MUJERES.
Por © María de Jesús
González Pérez/Enkidu*
Nuestra manera de observar a
la sociedad civil es a través de la participación de sus actores
sociales y políticos, en este caso queremos resaltar la presencia de la
mujer, actor social determinante e indispensable que le imprime vida al
espacio público en construcción.
Ámbito doméstico
La noción de género da
sustento a la cultura patriarcal que predomina en nuestra sociedad. Al género
lo podemos definir como el sistema de conductas, creencias, valores,
actitudes y subjetividades construidas socialmente y que diferencian las
actividades humanas según las realicen hombres o mujeres, estos elementos
que constituyen al género marcan una dicotomía entre lo femenino y lo
masculino. Judith Astelarra explica que el sistema de género también se
refiere “a los procesos y factores que regulan y organizan a la sociedad
de modo que ambos sexos sean, actúen y se consideren diferentes, al mismo
tiempo que determina cuáles áreas sociales serán de competencia de uno
y cuáles de otro. La política forma parte del sistema de género; sus
actividades y sus organizaciones no están al margen de la división
sexual del trabajo que, determina las formas de participación
diferenciada que tendrán mujeres y hombres”. 1
La diferenciación entre lo
masculino y lo femenino está muy marcada en la sociedad mexicana, dado
que los individuos actúan y conforman sus esquemas de percepción y
pensamiento dependiendo del género al que se pertenece y negando al
contrario, lo cual determina formas de comportamiento como el patriarcado
y el machismo, al sobre valorar el papel del hombre sobre el de la mujer.
Este proceso comienza en la familia cuando se dan patrones de trato
diferencial a los hijos de acuerdo a su sexo que consisten en “formas
específicas de castigos, recompensas, asignación de quehaceres, depósito
de expectativas, límites de permisividad en sus acciones”. 2 Con esta
visión, regularmente, al niño se le viste de azul, se le permite tener
juegos más rudos, se le reprime cualquier muestra de ternura y pasividad;
se celebra la agresividad, la competencia, la ausencia del miedo y las
habilidades deportivas; en cambio a la niña la visten de rosa, si tiene
hermanos (as) que están más pequeñitos se le delega la función de
cuidarlos y se le indica jugar con muñecas para ensayar el rol de futura
ama de casa. Estas pautas de conducta han sido evidentes a lo largo de
nuestra historia y reproducidas a través del cine y la televisión, sólo
basta recordar a Jorge Negrete, Pedro Infante y la dinastía Soler fieles
representantes del machismo mexicano y a Marga López entre muchas
actrices que personificaron la imagen típica de la mujer abnegada y
sufrida. Medios de comunicación que han fomentado por muchos años estos
estilos de vida en las familias mexicanas.
La polarización genérica
establece los denominados estereotipos que se refieren a que, el trabajo
doméstico así como la crianza de los hijos se le asigna a la mujer (espacio
privado) y el de proveedor de la familia al hombre (espacio público). Es
decir, “la esfera privada es considerada como el mundo de lo doméstico,
de la reproducción biológica, la crianza y la educación de los niños,
el trabajo no remunerado y no reconocido como tal, las relaciones íntimas,
el parentesco, los afectos y la satisfacción de las necesidades básicas
en particular y la especie en general. Es el espacio identificado como el
de la vida cotidiana, la reproducción. La esfera pública es todo aquello
que acontece fuera del hogar, y en donde se desarrollan el trabajo
generador de dinero y valor de cambio, la acción colectiva y el poder. Es
la dimensión macro social; el lugar donde transcurre la historia, la
producción y la política”. 3
En efecto, la mujer se encuentra
en el seno mismo de la vida cotidiana de la familia, es la pieza clave que
estructura la vida diaria del grupo doméstico, a la vez que sus
inquietudes y quehaceres giran y se adaptan al orden cotidiano de la
escuela, el trabajo, la comunidad y a las actividades que realicen los
miembros que integran el hogar ya sean de orden público o privado. Así
también realiza una multiplicidad de tareas domésticas, administra y
transforma el salario en bienes de consumo, salud, educación y servicios
de la vivienda. “Día con día, sin retribución monetaria, lidia con
sus hijos, con los precios, con los servicios. Es ella quien transforma lo
crudo en cocido, lo sucio en limpio, el desorden en orden, lo desarreglado
en planchado y cosido, la escasez en satisfacción, el vástago humano en
persona”. 4
Funciones que desafortunadamente
no tienen un reconocimiento al interior de la familia ni socialmente y que
por desgracia en el imaginario colectivo de la mayoría de los hombres
sigue arraigada la idea de que este espacio es el de no trabajo y sí
mucho ocio.
Ahora bien, los hogares no están
desconectados del todo de los campos que conforman la esfera pública, al
contrario, cada hogar establece redes de intercambio de bienes y servicios:
la mujer va a la escuela por sus hijos, se dirige a cubrir los servicios
de agua, luz, teléfono y renta a las instancias públicas
correspondientes, uso continuo de los servicios de salud. De igual manera,
hay otras rutas que llevan a la mujer desde el ámbito de la familia, ya
sea en sus roles de hija, madre o esposa a relacionarse con otras
dimensiones de lo público: centros de aprendizaje, clubes, gimnasios,
patronatos de padres de familia, grupos religiosos o vecinales. Así pues,
“la mujer, aunque sólo se dedique al trabajo doméstico, no queda
aislada en ese ámbito, en virtud de que las tareas que realiza son
socializadas en múltiples formas y su quehacer cotidiano transcurre en un
ir y venir del hogar a las diferentes instituciones que facilitan o
entorpecen su tarea, satisfacen o transforman sus expectativas y reconocen
o niegan su participación”. 5
Ámbito laboral
A partir del trabajo doméstico
que realiza y la interacción constante que tiene con diversas
instituciones, se va anulando la disparidad entre lo meramente público y
lo privado. Aún más cuando la mujer tiene la posibilidad de acceder a un
trabajo remunerado. Ya que, la acción de las mujeres no se restringe únicamente
a las labores domésticas, al campo familiar, sino que ya tienen una
preparación técnica o universitaria que las capacita para obtener un
trabajo.
De este modo, las esferas de lo
público y lo privado parecen complementarse. A pesar de que las
actividades las llevan a cabo fuera del hogar o que en ocasiones es una
extensión del mismo, -porque son mujeres que instalan algún negocio
fuera de su casa- el trabajo gira en torno a la familia y para satisfacción
de sus expectativas de bienestar económico y estabilidad social.
Cabe anotar que, el grado de
este alcance se debe en parte al trabajo teórico y práctico que ha
realizado el movimiento feminista, al cuestionar conceptos y normas que
parecían inamovibles, como la equidad de género, la división sexual del
trabajo, la sexualidad y la reproducción; proponiendo cambios en las
formas de vida de las mujeres, desafiando con ello el orden social y
valorativo. 6 Por su parte, las crisis económicas y políticas que
experimenta el país, afectan irremediablemente la estructura de las
familias, lo que origina que las mujeres se inserten en el campo laboral,
bajo las siguientes premisas:
“a) El empleo femenino
se constituye en una reserva, es decir, es susceptible de movilizarse
cuando las necesidades de la familia se amplían, o cuando la pareja las
abandona o quedan desempleados sus miembros; o cuando el poder adquisitivo
se reduce. Aquí la vida cotidiana es interrumpida por eventos
extraordinarios, y una vez superados éstos, la mujer parece reintegrarse
a su anterior estilo de vida.
b)
Períodos prolongados y frecuentes en el que la esposa-madre
desempeña trabajos remunerados, a lo largo de la mayor parte del ciclo
familiar y para ayuda del grupo. En estos casos, el empleo se interrumpe
en diferentes lapsos de tiempo por acontecimientos tales como embarazos,
partos, primeros meses en la vida de un niño, procesos migratorios de la
familia, etc. Toda vez que la mujer asimila ese acontecimiento y lo
incorpora a una nueva manera de ser en su vida cotidiana, busca una
ocupación que se adapte a tales circunstancias.
c)
Casos en que el trabajo remunerado de la mujer constituye el
recurso básico - a veces único - para la satisfacción de las
necesidades a lo largo del ciclo familiar o como situación permanente”.
7
A parte de que se integran al ámbito
del trabajo remunerado para mejorar la calidad de vida de su familia,
también existe la búsqueda del desarrollo profesional, lo cual es un
tanto difícil de llevar a cabo en nuestra sociedad, aunque no imposible.
En la mayoría de los casos y según sea la clase social a la que
pertenezca, generalmente media y popular, la mujer al integrar una familia
da prioridad a cubrir las necesidades económicas de su hogar más aún si
hay hijos, buscando o consiguiendo trabajos que en ocasiones no
corresponden a su preparación en detrimento de su carrera profesional,
pero que les reditúan más dinero y una mayor estabilidad económica.
Este problema que ha generado
frustración en muchas mujeres, se deriva del sistema de género, la mujer,
aún antes de nacer, encuentra un mundo ya hecho, con condiciones
socioculturales que determinan el lugar a ocupar en la sociedad y que
asuma ciertas pautas de comportamiento que variarán según su edad y
estado civil. Lo que hace pensar que, lo primordial en la sociedad es el
desarrollo y mantenimiento de la familia y lo secundario el crecimiento
integral de la mujer. Quizás las mujeres solteras desarrollen con más
libertad su profesión, teniendo en cuenta que todavía no tienen la
responsabilidad económica de sostener un hogar, pero aun así, la presión
social por que la joven se case y tenga hijos lo más pronto posible, es
muy latente en nuestra sociedad.
En movimientos u organizaciones sociales
Como hemos visto la mujer
desplaza su desempeño del trabajo doméstico al remunerado o viceversa,
dependiendo de las necesidades que hay cubrir en la familia. Sin embargo,
la casa y el trabajo no son los únicos ámbitos de actuación y
participación de las mujeres; hay otros espacios que las unen a partir de
intereses y preocupaciones comunes como son los movimientos sociales:
“para muchas mujeres la organización se constituye, además de una
instancia asociada a su estrategia de supervivencia material, en un
espacio afectivo, de pertenencia e identidad grupal, de expresividad,
socialización e intercambio de experiencias”. 8
Estas agrupaciones se conforman
a partir de dos aspectos: el originado por las crisis económicas, políticas
y sociales y el que concierne a la problemática de género. Estos
contenidos estructuran lazos de solidaridad entre las mujeres que las
lleva a organizarse y a desafiar esquemas valorativos del sistema social.
Los planteamientos de estos movimientos son muy variados, a pesar de que
comparten implícitamente las exigencias que implican las relaciones de género;
sus problemáticas son muy diferentes dependiendo del contexto social,
cultural, económico, político, laboral, regional que esté viviendo la
mujer.
De hecho a partir de sus
demandas encontramos movimientos feministas que ponen énfasis en las
reivindicaciones de género, resaltan la desigualdad que viven las mujeres
y las formas específicas en que esta condición se expresa y movimientos
de mujeres que luchan por objetivos muy concretos que suelen articular
cuestiones de género, por ejemplo: por una vivienda digna, mejores
salarios, respeto a los derechos de las mujeres que migran a Estados
Unidos, contra la discriminación para aquellas “del color de la tierra”
o por la construcción de las escuelas en el campo, etc.
Sus formas de participación política
y social son heterogéneas, debido a que participan en organizaciones que
trabajan por intereses propios de la mujer y también encontramos su
actuación colectiva en los movimientos de los maestros, ecologistas,
estudiantes, campesinos que encaminan su trabajo a otras problemáticas
que atañen tanto a hombres como a mujeres. Entre los más representativos
están el movimiento zapatista y el movimiento urbano popular (MUP) los
cuales cuentan con un significativo número de mujeres que están en las
bases y como activistas. 9
Bajo un contexto de globalización
y acelerados cambios, la actuación social de las mujeres se va rediseñando
constantemente de acuerdo con sus experiencias concretas de vida; la
ingerencia en las movilizaciones es por demandas e inquietudes cada vez más
específicas y diversas, lo cual manifiesta la pluralidad de una sociedad,
como describimos a continuación:
·
La participación institucionalizada. Los
movimientos feministas y de mujeres han tenido influencia en partidos y
organizaciones políticas, donde son miembros y candidatas a puestos de
representación popular. Han logrado incorporar al programa político
varias de sus demandas: representación proporcional, debate sobre la
legalización del aborto, lucha contra la violencia etcétera.
·
Se involucran en la defensa de los
derechos humanos, ésta es una amplia causa de su participación en la
sociedad civil; denuncian la desaparición, la tortura y forman parte de
importantes organizaciones no gubernamentales.
·
También existe el trabajo colectivo de
mujeres lesbianas y bisexuales que luchan por el respeto a su preferencia
sexual, por un marco jurídico que proteja sus derechos, por la defensa de
su identidad y autonomía frente a instituciones y a organizaciones de
gays y feministas.
·
Participación en las luchas armadas, las
mujeres indígenas y campesinas se involucran en las formas de acción que
tienen estos movimientos sociales demandando mejores condiciones de vida,
justicia e igualdad para sus pueblos.
·
Movilizaciones femeninas que implican la
promoción y desarrollo social. Se tienen activistas en la educación e
información de los derechos reproductivos de las mujeres, en la lucha por
la igualdad de oportunidades entre los géneros y por crear una nueva
conciencia ciudadana. 10
Consideraciones finales
Se puede decir que de cara al
siglo XXI las mujeres mexicanas han redefinido su papel en la sociedad
civil, debido a dos aspectos: primero, las circunstancias históricas y
sociales que se vivieron en los años setenta y que dejaron como legado la
lucha del movimiento feminista el cual dejo marcas significativas no sólo
en el desarrollo del feminismo y los movimientos de mujeres en el país,
sino también en otras múltiples manifestaciones culturales y sociales. Y
segundo, la percepción que hace la mujer de sí misma al enfrentarse
individualmente con crisis económicas, políticas y con un sistema de
valores cuestionado precisamente por las mujeres, actores sociales que
interiorizan nuevas pautas de comportamiento que desafían al orden
establecido.
Así con esta visión la mujer
se integra contra viento y marea a todos los ámbitos de la vida social,
tenemos empresarias, ejecutivas, atletas en los deportes que se
consideraban eran de hombres, diputadas, senadoras, intelectuales en todas
las ramas, mujeres policías, en el mando militar, en las secretarías de
Estado, propietarias de negocios, directoras de cine y ahora la primera
gobernadora del estado de Zacatecas. En este tiempo las mujeres ya no se
objetivan sólo en ser madres, esposas o amas de casa, sus ideales van más
allá, lo cual no significa que se menosprecie el trabajo doméstico, al
contrario, se debe dignificar, hacerlo importante y con un reconocimiento
amplio ante la sociedad. Ya que aunque se ejerza otra actividad laboral o
de activismo en un movimiento social, la familia y la realización de las
faenas domésticas se amalgaman con esos dos espacios. De tal modo que
realiza doble esfuerzo en la dedicación y rendimiento que pone a cada uno
de ellos, esfuerzo que la mujer enfrenta de manera particular y diversa,
según sea el trabajo o el organismo social al que pertenezca.
Con respecto a esto último, es
evidente la presencia colectiva e individual que la mujer tiene tanto en
un trabajo remunerado como en una organización social, lo que hace
replantear su identidad y su papel como actor social ineludible en la
sociedad civil. No obstante, en medio de este avance siguen subsistiendo
actitudes de subordinación de género en el ámbito laboral que se
manifiestan concretamente en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo
femenina, salarios y condiciones de trabajo inferiores al sexo masculino,
despidos por encontrarse embarazadas y el constante hostigamiento sexual,
a pesar de que ya está tipificado como un delito. También en los
movimientos sociales suele expresarse la ausencia de equidad de género,
cuando las mujeres, además de trabajar colectivamente por la obtención
de ciertas demandas inmediatas que encabeza el movimiento, quieren
integrar a esa misma lucha problemáticas referidas a la perspectiva de género;
al interior del grupo surgen serias discrepancias y contradicciones que se
derivan de un serio problema de las relaciones de género, al no aceptar
en su misma base de lucha que se agreguen las necesidades de las mujeres
que en ocasiones tienen la dirección política del movimiento.
A pesar de que
institucionalmente contamos con las Comisiones de Equidad de Género en
las cámaras y asambleas, el Instituto Nacional de la Mujer y los
Institutos de las Mujeres en el Distrito Federal y el Estado de México,
resultados precisamente de la participación social de las mujeres en
distintas organizaciones sociales y en diversas áreas laborales; todavía
nos falta mucho camino por recorrer, es muy significativo que las mujeres
participen políticamente en estos espacios, incluso es reconocido, más aún
con la prevaleciente discriminación de la mujer, pero sería más
plausible que encaminaran cien por ciento su trabajo político en una
perspectiva de género, para garantizar el respeto de los derechos de la
mujer, la equidad y la inclusión en cualquier lugar o actividad en la
cual se desenvuelva, tal vez esta responsabilidad se exija a las
funcionarias públicas por su cercanía con las esferas de poder y con la
posibilidad que ellas tienen de modificar el orden patriarcal con el que
se rige el sistema social. Sin embargo, las tareas que realicen las
mujeres individual o colectivamente en cualquier área social, tienen que
estar orientadas bajo una conciencia de género, ya que cotidianamente se
enfrenta un contexto de subordinación, injusticia y marcada diferenciación
de roles. La reivindicación por la igualdad de condiciones para hombres y
mujeres, debe pensarse no sólo como una demanda, sino como un principio
político y social que consolide la construcción de una democracia
participativa y no sólo electoral.
·
Socióloga.
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