El
armario

Una
hilera de hormigas apareció un día de mayo, según creo, cuando apenas
tenía nueve años de edad, cruzaban el corredor de la casa, subían,
bajaban sin perder la fila, también por los escalones que llevan al
jardín, metiéndose por las uniones de los mosaicos, pasando por debajo
de la puerta de mi habitación, que es grande y espaciosa, con un ropero
estilo antiguo de cedro macizo, que se encuentra colocado a la derecha
conforme se entra, una cama, que perteneció a mis abuelos, también de
cedro; sobre la cama, una colcha azul, tejida de gancho, ya muy
descolorida, que hizo mi mamá aún de soltera y que ahora es mía.
Mi
papá mandó hacer estos muebles con el mejor carpintero de la ciudad,
esto, cuando mi mamá quedó embarazada. Tanta madera envió al taller,
que alcanzó también para hacer una mesita de noche, con un cajón, que
por culpa del tiempo, el uso y por la cantidad de juguetes que en él
guardábamos siempre se atascaba al cerrarlo.
Allí
guardaba una muñeca de pocos pelos, que le faltaba un ojo, y su boca se
abría al yo oprimir sus mejillas y por ella introducía comida que me
robaba de la cocina a escondidas. Había también, algunas revistas de
cuentos que leía junto con mis amigos a la salida de la escuela. Mis
amigos eran Memo y Pepe.
Mi
papá era muy protector, apenas me dejaba salir solo, y siempre me
hablaba diciéndome que debía ayudar en las tareas caseras -cosa que yo
odiaba-, como limpiar los muebles con un trapo húmedo, o arreglar las
dichosas camas. Mi mamá estaba muy delicada, por unas piedrecillas que
se le formaron en la vesícula, y que a cada rato le molestaban, trayéndole
dolores muy intensos y que además iban blanqueando sus cabellos.
Me
escapaba cada vez que podía. Me iba a llamar a Memo y a Pepe, que sus
papás no los tenían tan atrapados en casa, además, sus hermanas
intercedían para que los dejaran salir conmigo.
Entraron
en la habitación. No sé por qué, pero estaban irreconocibles. Se habían
cambiado de ropa. Desde donde estaba, pude ver como mi papá traía un
brazalete de color negro en el brazo, que resaltaba encima de su camisa
blanca almidonada, que mi mamá seguramente le había planchado por la
mañana muy temprano.
Veo
a todos, aquí, agachado, tengo los pies en el techo del armario. Siento
frío en la piel que se pega a la cal de la pared y mi cuerpo se sacude
por olas de temblores, de la cabeza a los pies. Cierro los ojos tratando
de imaginar... pero hay ruido afuera, infinitos murmullos que se
confunden con pasos, escucho lamentaciones que vienen de fuera y llegan
hasta la habitación. Ahora percibo más nítidamente los sollozos, los
gritos, lamentaciones descontroladas, veo pañuelos blancos que se
mueven en el aire, no sé qué es esto. Abro los ojos e intento
encogerme un poco más, no sea que me descubran que me he escondido aquí,
y venga mi mamá y me saque de las orejas, porque con este frío que
hace, debe doler más.
Hace
unos momentos estaba con Memo y Pepe jugando por el puente, por donde
decíamos que era el bosque, nuestro bosque, estábamos buscando
pajaritos; Memo se fue corriendo de momento, desapareciendo detrás de
un arbusto de zarzamora y nos gritó que fuéramos hacía él, que las
moras ya estaban maduras y que estaban muy dulces. Yo fui el último en
llegar. Me entretenía mirando hacia arriba de los árboles, buscando
nidos. Cuando llegué, ya estaban Memo y Pepe, recogiéndolas. Se las
metían en la boca, llenándoselas completamente, y la tela de nuestras
ropas, comenzó a pintarse con las gotitas que brincaban para todos
lados, después de cada mordida, era de un color morado, de momento,
comenzó una guerra de moras, y yo, recibía los proyectiles de ambos, y
para no mancharme la ropa que me había lavado mi mamá, corrí por los
senderos que teníamos ya hechos en nuestro bosque.
Debí
correr mucho. Mi corazón palpitaba tan fuerte, que casi no escuchaba
los gritos de mis amigos. Me quedé quieto por un momento. Vi que venían
hacia mi y, descubrí un arbusto a mi derecha, era muy tupido, así que
me metí, como si entrara en una habitación verde. Me quedé agazapado
hasta que las risas de ambos y el eco de mi nombre a sus gritos, se
fueron apagando.
El
silencio vino sin más. La brisa del aire me traía sonidos que trataba
de identificar: el aleteo de algún pájaro, el movimiento de las hojas,
el sonido lejano de la ciudad. Ahí, bajo las sombras y con los ojos muy
abiertos, empecé a ver a mi alrededor. El arbusto era bien grande, sus
ramas bajaban casi hasta tocar la tierra por el peso de sus frutos, eran
como las moras, pero más redondas. Corté unas, las probé: eran
amargas, pero me sentí tremendamente atraído por ellas, no sé cuantas
comí, pero fueron muchas.
Sentía
la piel áspera de estas frutas arrastrándose bajo mi garganta. Pensé
que el sabor era parecido al de las uvas cuando están verdes.
El
sueño, como el silencio, como los aleteos de los pájaros y el
movimiento de las hojas, llegó sin avisar. Entré por un pasillo ancho,
húmedo y vacío, al fondo de éste, se entreveía una luz encendida. No
lograba identificarla, era como si se hubiese encendido un sol, tan
intenso que no podía ver más allá de mis manos. Al intentar tocarla,
mis manos se encuentran con un cristal. Es el espejo de la luna del
ropero. Al otro lado, veo las sillas que están por alguna razón cerca
de la cama, y por entre muchas cabezas tapadas con chalinas y velos
negros, reconozco a mi mamá, que con una mano arregla las arrugas de la
colcha y, que al movimiento de caminar al derredor de la cama, mueve la
flama de unas velas que han colocado sobre la mesita de noche. Han traído
la Virgen Bendita, de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, aunque
yo recuerdo que no es tiempo de rezarle. De nuevo, escucho un revuelo de
susurros, ayes y oraciones. Memo y Pepe con los ojos llorosos se acercan
a la cama para ver los dibujos de la colcha... ¡Qué tontos! No saben
que estoy aquí en el ropero, observándolos sin dejar un solo detalle,
viendo cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos...
Dos
personas acaban de llegar. Mi papá se acerca y les susurra algo que no
llego a comprender, escucho el arrastrar de sillas, un crujir de ropas,
un rumor mayor de pasos. La habitación se va haciendo más grande, más
espaciosa y queda de repente vacía. Veo el hueco de la cama. La luz, me
sigue deslumbrando nuevamente y, cierro los ojos.
Ahora
comprendo lo que va a pasar. El juego va a terminar. Oiré de nuevo los
rezos de allá fuera, los llantos de mi mamá, la voz del sacerdote, sin
poder hacer nada para callarlos, oiré el rodar de piedrecillas sobre la
parte de arriba del ropero, escucharé ese río de arena que cae justo
encima de mi habitación. Y, aunque sé que mi mamá me va a dar una
sarta de pellizcos y manazos por haberme escondido aquí, empezaré a
dar de golpes para que me saquen de aquí adentro, porque creo que sin
querer, alguien se ha llevado la llave de la puerta...
Jan
Brash 2005