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Madre Bwana

por © Jan Brash/Enkidu.

 

Veo las huellas de mis sandalias sobre la delgada arena. Huellas curvadas, como la media luna de anoche. Junto a la arenilla hay piedrecillas rojas y negras, del color de las colinas de los alrededores de mi pueblo, las casitas son todas semejantes... Escucho una voz seca y anciana que me llama desde atrás: aprisa, no te entretengas, vamos, es la misma voz que escucho cada mañana, cuando casi salgo para la escuela. Palabras que se repiten y el viento se las lleva junto con el polvo de los caminos. A mi lado camina mi hermana, como cuando vamos a la escuela y nos espera la maestra que, según vamos llegando, nos palmea sobre la espalda, diciendo: una, dos, tres, hasta que estamos todas... La voz que escucho a mi espalda dice: hemos de llegar antes que amanezca. No vamos camino a la escuela, no es el camino. Lo sé, pero no pregunto; no debo hacerlo. Es lejos, estoy cansada, y trato de distraerme arrastrando los pies y levantando polvo, borrando nuestras huellas. Al frente aparece lo rojo del amanecer, estamos casi en las afueras, mi hermana, como siempre, va más rápido, ella camina muy ágil, es mayor que yo..., tan solo un año, es posible que sepa a dónde vamos. No abre la boca, no habla como siempre, tampoco canta, sólo escucho sus suspiros cansados. Atrás, hemos dejado las casas del pueblo, los árboles donde nos gusta subir, saliendo de la escuela. El aire se siente como si fuera a llover, aunque hace muchos meses que no cae una gota. Seguimos caminando, juntas, no me atrevo a decir nada, se que no debo hacerlo. No soy lo suficiente adulta para preguntar, tampoco lo es mi hermana. Durante el camino, voy recordando el día de ayer, que jugamos frente al fuego, donde nos gusta reunirnos. Madre Bwana llegó y se sentó al lado de nuestra madre. Mi hermana dice que Madre Bwana vino volando sobre las alas del pez lagarto, yo no le creo. Ella está frente a nosotras, al lado de las llamas de la fogata; tiene cabeza de león, y manos que semejan mariposas cuando las mueve al hablar, alrededor del cuello lleva collares de muchos colores y se recoge el cabello con un pañuelo rojo, en los brazos tiene brazaletes de diversas pieles. Padre se encuentra callado y serio, como cuando está disgustado, sólo hace trazos sobre la arena. Yo sé que Madre Bwana es buena, eso nos dicen: Padre, Madre, la Maestra y las vecinas... Todos en el pueblo la respetan, bueno, sólo mi hermana no la toma muy en serio, ella la imita muy bien, camina como ella lo hace, como habla, se ríe de ella a cada instante. En este momento, mi hermana, me dice que sabe dónde vive Madre Bwana: en la cola de la pantera, en la cola del lagarto, en las manchas del leopardo, en los hoyos de las termitas. La oigo sin escucharla, yo sé que ella vive en una choza al lado del pueblo. Lo sé porque Madre ha ido a pedirle consejo, y yo fui con ella. Estoy cansada, Madre no dice nada, frente a nosotras un grupo de monos gritan, arriba en los árboles. Me da escalofrío escucharlos; una mona lleva un crío en su espalda. Tal vez, cuando sea mayor, también tenga un hijo, una choza y un esposo que nos traiga la caza. Padre dice que en la aldea vecina viven los Yumogo, que debemos ir para que nos conozcan, para que sepan que Madre y Padre tienen hijas. Los imagino fuertes y con grandes manos, como debe ser todo hombre, para poder cazar.

La luz del día comienza a iluminar el camino. Reconozco la vereda que lleva a Agunda. Hemos caminado bastante, mi espalda está sudada y de mi rostro caen gotas de sudor. Escucho el tam-tam de nuestros pasos; la tierra cruje bajo nuestros pies, algunas aves vuelan cerca, sobre nuestras cabezas sin tocarnos.

A lo lejos y como si se acercaran, varias chocitas de barro cocido; la vereda se abre en dos caminos, como lengua de culebra. Un rumor cercano me hace voltear la cabeza, son varias niñas, que como mi hermana y yo, van por el mismo sendero. Escucho sus risas y como ellas lo hacemos nosotras tapándonos la boca con las manos.

Vamos a la choza de madera que ha aparecido enfrente, justo al salir de la curva del camino. En la puerta hay otras niñas, algunas altas, bajas y negras, y otras mulatas, más o menos de la misma edad de mi hermana y mía. Veo a una mujer gorda, con el cabello recogido con un pañuelo de colores muy vivos. Debe ser alguien importante, porque mi madre y las demás que han traído a sus hijas la saludan con reverencia y respeto, mientras nos dejan en fila al lado de la entrada. Le dicen en voz baja nuestros nombres, que repite a alguien que está allá adentro. No sé que ocurre, estoy intranquila, hasta que escucho el grito de la niña que entró primero. Mi hermana, con los ojos muy abiertos, me aprieta el brazo y se estrecha contra mi, una sensación que no conozco me llega de momento. Se me eriza la piel, entra otra de las niñas y de nuevo el grito, gritos de dolor, de sufrimiento. Una de las niñas que estaba en la fila delante de nosotras, ha corrido, pero la atrapan y regresan sujetándola con fuerza. Escucho el llanto que se confunde con el mío, mientras esperamos. Lloro sin saber qué hacer, ni como reaccionar, todo sucede muy aprisa..., como las palabras de Madre Bwana, que no entendí la otra noche frente a la hoguera. Le toca el turno a mi hermana, que no desea soltarme y no queda más remedio que llevarnos a las dos adentro. Los ojos se me acostumbran rápido a la semioscuridad del interior. Del techo cuelgan unos mechones de fuego, estos producen la poca luz que existe. Distingo a las que han entrado antes. Ellas lloran echadas, encuclilladas, abrazando sus piernas, en un rincón oscuro. Nos separan por la fuerza, mi hermana grita a todo lo que sus infantiles pulmones dan. Me sujetan, me acuestan sobre una mesa, boca arriba, todo está cubierto de sangre. Madre Bwana tiene en la mano un cuchillo, o algo que se le parece, abre la boca y dice palabras que no entiendo, porque mi hermana ha vuelto a gritar. Me levantan la falda, hasta arriba, me tapan la cara, separan mis piernas y entonces, siento el frío que va rasgando adentro mezclándose con el dolor. Siento el calor de mi sangre que se escurre por entre mis piernas. Grito pidiendo que se acabe, que termine este suplicio, que se detenga, para poder llegar temprano a la escuela...

 

 

 

  CUENTO DE LA SEMANA

[04.03.2005]: Señor Dios, enséñeme a ser un anciano

por © Jan Brash/Enkidu.

Si, mi Señor, una de esas mañanas frías descubrí con sorpresa que ya soy viejo. Fue un chiquillo, de esos que venden periódico en las calles. Tendiéndome desde lejos el Diario, me gritó: ¿Diario, abuelo?... más