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Libro de la Semana: ‘The Survivor’: Measuring His Success [‘El Sobreviviente’: Midiendo su éxito] ALAN EHRENHALT, Revisa para el New York Times, Published: June 12, 2005

Millones de estadounidenses rechazan a Bill Clinton. Lo han hecho desde que se convirtió en una presencia dentro de la política nacional a principios de los 90’s, y han continuado haciéndolo hoy en día, más de cuatro años después de su retiro de puesto público.

THE SURVIVOR, Bill Clinton in the White House. [EL SOBREVIVIENTE, Bill Clinton en la Casa Blanca], por John F. Harris. Illustrated. 504 pp. Random House. $29.95. 

Momentos antes de aceptar la renominación en 1996, el Presidente Clinton tomó un respiro fuerte. La pasión de quienes odian a Clinton es un fenómeno sin igual en las política reciente de Estados Unidos. No está basada en ninguna política en específico que Clinton haya promovido o implementado durante sus años de gobierno. Es casi enteramente personal. En su persistencia e identidad, va más allá de cualquier cosa que un número comparable de personas han sentido sobre Jimmy Carter, Ronald Reagan o cualquiera de los presidentes Bush. Sobrepasa incluso a los liberales que detestan a Richard Nixon. La única obsesión comparable a esto en la última centuria es el odio que una minoría significativa de estadounidenses sintió por Franklin Delano Roosevelt.

En este sentido, el fenómeno es aún más sorprendente. Roosevelt hizo cambios enormes y a veces irresponsables en el gobierno y la economía de Estados Unidos, y cuando sus críticos lo aborrecieron por esto, los aborreció en respuesta. “Son unánimes en su odio por mi,” dijo de ellos en su campaña de reelección de 1936, “y yo doy la bienvenida a su odio.” Clinton, por otra partes, fue un centrista que no implementó transformaciones dramáticas de la sociedad o el gobierno y, lo que es más, se mostró a sí mismo como un conciliador instintivo que creía en el compromiso casi hasta el tope.

Visto con una perspectiva histórica, el odio hacia Clinton no es fácil de explicar. Ciertamente, el asunto de Monica Lewinsky no lo explica. La gente que detestaba al presidente luego de que esa frivolidad [dalliance] se volviese pública, fueron esencialmente los mismos que lo habían detestado en 1992. Sólo que se habían vuelto más vociferantes. Por supuesto que hay un argumento más simple que algunas personas que odian a Clinton utilizan para explicar la persistencia de su pasión. Ellos aseguran que el fue, usando términos llanos, un muy mal presidente – inmaduro, egoísta, indeciso en asuntos domésticos y desastrosamente débil cuando llegó a representar a Estados Unidos en los asuntos del mundo.

Es el argumento que John F. Harris demuele completamente en “The Survivor: Bill Clinton in the White House,” su recuento sistemático, legible y escrupulosamente honesto de los años de Clinton. Harris, quien era el corresponsal del Washington Post en la Casa Blanca de 1995 a 2000, no es un apologista de Clinton. Sus retratos del proceso de toma de decisiones que él observó revelan un presidente que de hecho carece de disciplina en su rutina diaria; examina y reexamina sus decisiones políticas de manera interminable, hasta la frustración de sus consejeros; y temía hacer uso de la fuerza militar en el exterior, incluso a favor de las causas más defendibles. Pero en el curso de 500 páginas, Harris también documenta la historia de un presidente que, independientemente de la frustración que pudo haber tenido en estilo y método, usualmente al final tomó las decisiones correctas – incluso cuando sintió que se estaba hiriendo a sí mismo en lo político. Los recortes al gasto y los aumentos impositivos de 1993, por los que agonizó por meses, al final redujeron el déficit federal, reaseguró los mercados financieros y puso en movimiento la prosperidad que marcó la segunda mitad de la década. La Ley de Reforma al Bienestar de 1996, que Clinton firmó contra el consejo de sus aliados demócratas más cercanos, resultó ser la iniciativa de política doméstica más exitosa de los 90’s.

En Bosnia en sus primeros años y luego en Kosovo en 1999, el presidente careció de acciones militares mientras que continuaban las hostilidades y personas inocentes murieron. Pero la guerra en Bosnia fue negociada por medio de una conferencia de paz impulsada por la administración en Ohio en 1995, y algunas semanas de bombardeo estadounidense persuadió a Slobodan Milosevic a darse por vencido en su asalto a Kosovo en 1999. Para el momento en que Clinton dejó la oficina, Bosnia se encontraba en medio de una recuperación pacífica, y Milosevic había sido depuesto del poder y estaba esperando juicio como criminal de guerra.

Harris cuenta todas las historias importantes de los años Clinton por medio de una prosa fluida y bien trabajada que no sólo sigue los eventos y las decisiones, sino que ofrece juicios precisos de las figuras que estuvieron cercanas al presidente mientras ocurrían los hechos. El consejero nacional de seguridad, Sandy Berger, fue “un hombre político astuto” que, cuando Clinton le gritó, “se sentía confortable gritándole en respuesta.” El jefe de equipo [chief of staff], Erskine Bowles, era un organizador natural que, como Harris lo percibió, protestaba con demasiada frecuencia sobre su preferencia por los negocios sobre la política. El secretario del tesoro, Robert Rubin, tenía “un aprecio por los tonos grises y un desdeño absoluto por los absolutos, lo que era mucho como el de Clinton.”

Lo más impresionante es el balance y el trato justo de Harris. Todas las conspicuas fallas personales de Clinton son detalladas, incluyendo las obsesiones sexuales que últimamente le costaron mucho de su reputación. Pero su afecto, su optimismo y su sentido de un propósito más importante también son retratados bien. “Sin importar cuán descuidado él podía ser en algunos momentos en su vida personal,” escribe Harris en las páginas finales del libro, “Clinton trajo una sensibilidad útil a su vida pública.” Habiéndose reunido con el presidente en numerosas oportunidades a lo largo de ocho años de reportar sobre él – y habiendo escrito crónicas sobre algunos de aquellos conflictos de manera abierta en las páginas de su periódico – Harris suena al terminar casi como si disfrutase algunas cenas con Clinton en los años por venir. En esto, él es similar a mucha gente, de todos los estilos de vida, que han llegado a conocer bien a Clinton – incluyendo un gran número de sus enemigos políticos–. Si sólo fuésemos admiradores de Clinton, quienes disfrutamos de su compañía, él no habría sido la celebridad social en la que se ha convertido desde 2001.

La mayoría de los presidentes –la mayoría de los líderes públicos– son seres humanos complejos, y eso es una verdad en el caso de Clinton. Pero como Harris señala con claridad, el fue más que eso: él fue un hombre que apreciaba las complejidades y las sopesaba de manera interminable; quien veía la ambigüedad en casi cualquier situación política; quien gustaba de dejar las sutilezas y las distinciones que las mentes menores encontraban poco interesantes. De manera ocasional, durante la presidencia de Clinton, los escritores buscaron la definición de Scott Fitzgerald de una inteligencia de primer nivel [first-rate intelligence]: aquella de alguien que podía sostener dos ideas opuestas en su cabeza al mismo tiempo y aún funcionar. Ninguno de los políticos estadounidenses, durante el siglo pasado, enfrentó esa prueba mejor que Clinton.

Algunas veces esto le trajo problemas serios, como cuando luchó por decir la verdad literal, pero no la verdad contextual a los fiscales en el caso Lewinsky, y dejó a mucho del pueblo enojado con él. Algunas veces esto lo hizo enloquecedoramente lento para llegar a una decisión. Erskine Bowles se maravilló una vez de la habilidad de Clinton para ”analizar todos los factores, todos los riesgos y oportunidades, y considerarlos de manera brillante.” En esas ocasiones, asegura Bowles, todo lo que necesitaba el presidente era que alguien que se asegurara que no estaba siendo influido para cambiar de opinión por el último amigo con quien acababa de hablar por teléfono. Tal es la vida política difícil de cualquier político bendecido –o maldecido– por la habilidad de ver todas las perspectivas de una cuestión difícil.

Pero si bien Clinton era indeciso, también era supremamente flexible. Esta es la cualidad que parece la que impresiona más a Harris, y la que el título de su libro enfatiza. Clinton podría haber sido un hombre plagado de incertidumbres, pero también era un hombre que nunca se daba por vencido. Ni cuando los republicanos lo humillaron en la elección de 1994, ni cuando parecía que lo tenían acorralado en una esquina sobre las negociaciones del presupuesto al año siguiente; ni cuando el caso Lewinsky parecía como si lo pudiese sacar del puesto en desgracia. “Yo soy el gran payaso de goma que tenías cuando eras un niño,” [”I’m the big rubber clown you had as a kid”] le dijo a Newt Gingrich, su Némesis republicano, en 1995. “Mientras más duro me pegues, más rápido me levanto.” [”The harder you hit me, the faster I come back up”]. Esa peculiaridad suya –documentada por Harris en cada una de las situaciones– retrata una fuerza de carácter que rara vez es reconocida por los muchos críticos de Clinton.

Si, como cree Harris, Clinton fue en muchas de las formas más importantes un presidente competente –y ciertamente no uno combativo o ideológico– entonces el rompecabezas del odio a Clinton continúa esencialmente sin resolver. Harris intenta explicarlo. El sugiere –como otros han hecho– que Clinton, no siempre por medio de sus propios actos, sufrió como la personificación de una generación y un grupo de valores que la mayoría del país nunca había entendido o había estado deseoso de aceptar. El era el símbolo tangible de la generación del Baby Boom, su orgullo, su vanidad, su carencia de disciplina y faltas de responsabilidad. El fue un niño de los 1960’s predicando a millones de personas que nunca se han logrado estar en paz con los 1960’s y que no deseaban recordarlos.

Robert Reich, el secretario del trabajo de Clinton, y un amigo cercano desde los días en que ambos estudiaron en Oxford, dijo a Harris que la historia personal de Clinton sobre la rebelión juvenil y su éxito convencional como adulto, todos fueron logrados sin un sacrificio personal significativo, amenazaba a muchos estadounidenses, incluso si ellos mismos no entendían del todo el porqué. Y de este modo acabaron odiándolo. Y ellos odian a su esposa. Ya sea que Hillary Clinton lograr al fin superar esta marca generacional que puede ser una de las cuestiones políticas más significativas de los próximos años.

El asunto generacional seguramente no es la única explicación del odio hacia Clinton, pero puede ser el más persuasivo que cualquiera haya presentado hasta el momento. A final de cuentas, habrá otras. El debate sobre Bill Clinton, sobre su carácter y sus logros y valor moral, continuará mucho tiempo después que el sujeto mismo haya dejado el escenario. Clinton “era una naturaleza demasiado vital y demasiado problemático para que sea fácilmente olvidado o rechazado,” escribe Harris. Se trata de un libro complejo, interesante y sutil sobre un hombre complejo, interesante y sutil.

Alan Ehrenhalt es editor ejecutivo de la revista Governing y autor de “The United States of Ambition” [Los Estados Unidos de la Ambición] y “The Lost City.” [La Ciudad Perdida]