| Poemas de los míos. 80. (Encuentros V)
Tango y sangre

Imagen: Abigor por FS
Tango, tango y más tango, música de un arrabal bordado en el tiempo
que suena al compás de bandoneones mágicos vistiendo las faldas de un
ángel criollo; todo junto con mil violines me despierta de repente y me
arroja contra un buzón oxidado en una esquina de mi querida Buenos Aires.
Un piano melancólico raspa su agonía con un coro de cuerdas que lo
sangra hasta dejarlo ahogándose en un Riachuelo sucio y lleno de
fandango. Las casuchas de lata multicolores sonríen y plasman sus colores
de muerte sobre un caminito que lleva el alma de un pueblo triste. Verdes,
amarillos, rojos, lilas, anaranjados y azules, forman una faja con los
colores que algún gaucho loco le robó al Pampero de nuestras llanuras y
los cinchó a su cintura en una rastra de plata para sostener por siempre
con orgullo su libertad de criollo independiente. Colores, aromas, polvo
del tiempo que se sacude en cada pisada que dejo marcada en mi camino sin
rumbo.
Aprovecho este descanso luego de la hora tediosa del almuerzo y me
escapo por la puerta de atrás de un colegio de doble apellido y cuatro
títulos nobles, que, religiosamente, sólo me enseñó a aburrirme. Por
cuarenta minutos soy libre, soy quien siempre quise ser…
Hoy, como ayer, recorro solitario, acompañado solamente por el ritmo
de la tarde, las calles de tierra de un barrio de San Isidro, elegante y
un tanto pedante, y dejo que mis sueños se duerman sobre inmensos
canteros de violetas y pensamientos.
De repente sintiendo el calor de la tarde sobre mi espalda transpirada,
entro en un patio serpenteado por azulejos moros con caballeros en
armaduras y doncellas vestidas de gloria, sobre ellos, un coro de
espíritus llora su congoja eterna bajo las matas de jazmines que los
acarician durante las noches frescas de verano, y, allí, en el medio de
esa fábula, te encuentro. Sentado sobre el aljibe, me esperas en silencio,
mirándome fijo, como si tu mirada pasara a través de mí y se perdiera
en nuestro propio futuro, adivinando que no existe. Y en esta noche oscura
explota sobre el firmamento negro la más brillante de las lunas. Una luna
mora moribunda que nos sonríe y nos envuelve bajo su manto de reina
cordobesa mientras pronuncia nuestros nombres.
Juntos, en silencio, tapados con una sábana de lino almidonada,
cubrimos nuestro primer pecado. Mis ojos, con miedo, no ven otro cuerpo
más que el mío y se nublan tras mis lágrimas. Tu sonrisa, divertida,
toma mi mentón y lo alza hasta que tus ojos se encuentran con los míos,
y me regalan un primer beso. Tiemblo, sintiendo que mi cuerpo explota en
mil partículas, elevándome hasta empapar mis hombros con un rocío
fresco, y, libre, veo por primera vez mi vida. Miro vidrieras con
maniquíes que me cuentan sus secretos y sus chismes baratos de vecinos
aburridos y sigo mi rumbo hacia el oeste por la avenida mas larga del
universo. Cien barrios la bordean, cien batallas, cien libros de cuentos
de niños. “Pibes” con pantalones cortos de franela tirados entre sus
mocos jugándose la vida por unas canicas de porcelana. Ciudades enteras
construidas hacia el cielo con figuritas de los mejores equipos deportivos.
Una cara contra otra, una cara sobre otra, forman altísimas torres
babilónicas con héroes inmortales que pisotearon nuestras canchas.
Mientras tanto, la Bombonera sostiene la vieja pasión de multitudes sobre
su bastón de jubilada y cubre su orgullo con una capelina agujereada
sobre un río que la acompaña reflejando en un himno de goles patrios,
con el dolor de un hermano acongojado, su grito de madre desesperada. Un
bulevar que se resiste a olvidar el rose de las faldas de seda contra su
rostro, se maquilla con faroles iluminados a velas y tararea el sonido de
cascos y ruedas de madera sobre su pavimento añejado. Me asomo contra una
balaustrada de piedra y siento el saludo de una risa lejana traída por
una brisa de una costa con tono de zamba.
Tu cuerpo, oscuro como la tierra del norte de mi patria, te muestra
bajo un sol que te estampa para siempre en su mirada. Bajo el viento, tus
cabellos, revueltos con el aroma de un delta salvaje, caen sin título
sobre tu frente, y, le murmuran a tu mirada, que te observo desde lejos
escondido tras mi vida. Tres signos ancestrales llevas marcados sobre tu
nuca. Tres metáforas orientales incomprensibles. Tres voces que reinarán
sobre tu lomo bravo, ancho, para el resto de tu vida. Tres frases que
derriten su tinta, única heroína de tus noches, deslizándose hasta
detenerse sobre tus nalgas que reflejaran por siempre mis besos. ¿Qué
palabras habrá elegido el destino para que recuerden tu muerte?
Tu pecho hinchado, serafín de mis sueños, se alza sin miedo contra la
brisa de la tarde que deja pegada sobre él su recuerdo. Gotas de sudor
caen desde tus tetillas duras, erectas, como pasas de uvas rubias
arrastrándose sobre tu vientre plano de animal salvaje, dándole besos de
miel a mí cuerpo rendido.
Un bello corto, enrizado con tu hambre de ser hombre cubre un miembro
que recién despierta. Tímido, aún virgen, balanceando su temerosa
ignorancia entre tus muslos broncos.
Tus piernas salvajes, te sostienen fuertes, sin miedo al mañana y
corren enojadas, con toda su furia, contra una vida que les niega una
independencia todavía no ganada, pasando al galope a mi lado y remolcando
contigo mi alma. La arrastras y la pisoteas sin darte cuenta, dejándome
aquí, vacío, ciego, ya sin ganas.
Solo el ocaso ilumina tu cuerpo que de nuevo me grita histérico con su
belleza, mientras en la oscuridad de mi noche me acurruco en tu huella
dejada.
Esta noche, mientras recorro tus calles mi querida amante silenciosa,
te beso en las esquinas y espero bajo un toldo de dos colores que se
detenga la llovizna mientras me invitas a jugar contigo a las escondidas.
Sigo mi camino protegido por la melodía de un tango malevo que se escapa
de los escaparates apagados y comienzo a silbarlo con un tono sin sonido,
desde siempre, nuestro secreto preferido. Llego a la Nueve de Julio y a
través de un vacío eterno, me saluda el chofer de un taxi detenido en
una esquina dormida. Un personaje barbudo, cansado de ser el héroe de un
bolero olvidado, me recuerda su agonía metropolitana sacudiendo la
banderita del ídolo de su raza. Es allí cuando enfrentado a un obelisco
que apunta hacia una galaxia que de a poco nos destruye, oigo desde una
pequeña ventana de un conventillo sucio, iluminada apenas, en este
amanecer apagado, tu himno de diosa eterna.
Tras los sonidos graves de un disco rayado, se oye el lamento de un
personaje de mi historia…
“Mi Buenos Aires querido…”
F.S.
www.casabal.com |