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El
Verdadero Déficit de Estados Unidos
Washington,
NYT: Durante la Guerra Fría, mientras la economía del Sistema Soviético
era desenmarañada con lentitud, la reforma interna era imposible porque
oficiales de alto rango, quienes reconocían los desórdenes del sistema,
no podían hablar sobre esto de manera honesta. Estados Unidos ahora se
encuentra en un predicamento equivalente. Su posición débil en el
sistema comercial global es obvio y ominoso, y sin embargo, los líderes
políticos, financieros y de los medios masivos de comunicación no desean
discutir de manera sincera sobre lo que pasa y el porqué. En lugar de
esto, ellos reciclan los bromuros habituales sobre los beneficios del
libre comercio y asegurando que todo resultará con los mejores resultados.
En
mucho como los líderes soviéticos, el establishment estadounidense se
encuentran cautivados por las convicciones utópicas –la ortodoxia del
mercado de la organización del libre-comercio–. Estados Unidos se
dirige a incluso otro déficit comercial récord en 2005, posiblemente 25%
mayor que el año pasado. La posición de la deuda externa de nuestra
economía –acumulada por
muchos años de tolerar déficits más y más grandes– empezó a
aumentar de manera feroz los últimos cinco años. Nuestro endeudamiento
extranjero bruto ahora es de más del 25% del Producto Interno Bruto y al
ritmo actual alcanzará el 50% en cuatro o cinco años.
Durante
años, la elite de opinión se desentendió de la deuda externa como un
asunto trivial. Ahora que es demasiado grande como para negarla, conceden
que este patrón es “insostenible”. Ese es un eufemismo de los
economistas que significa: las cosas no pueden continuar como ahora, no
sin consecuencias desagradables para los estándares de vida
estadounidenses. Pero ¿por qué alarmar al público? Las autoridades nos
aseguran que las políticas de ajuste oportunas compondrán las cosas.
Los
reporteros y los editores de manera típica reciben señales de las mismas
fuentes influyentes así como de expertos en negocios, finanzas y gobierno.
Si los medios noticiosos de comunicación decidiesen dar a conocer estos
hechos como la historia de que la única súperpotencia del mundo está
perdiendo terreno en la competencia global y se está convirtiendo en
dependiente financieramente de rivales estratégicos como China, el público
se daría más cuenta. Pero las elites del gobierno percibirían tal
claridad como algo inflamatorio. El tremendo problema comercial de Estados
Unidos es retratado, en su lugar, como algo más –una disputa técnica
esotérica sobre los valores actuales, el dólar contra el yuan chino–.
El contexto garantiza que los ciudadanos quedarán aturdidos y entumecidos.
La
posibilidad de que Estados Unidos no puede más permitirse la globalización,
al menos no como ahora funciona, es lo que los líderes de opinión no
desean discutir. Algunos opositores valientes han declarado el asunto de
manera directa, instando a cambios significativos en la política a fin de
detener la hemorragia. Warren Buffett, legendario inversionista, afirma
que Estados Unidos está destinado a convertirse no una “sociedad de
propietarios” [”ownership society”], sino en una “sociedad
de aparceros” [”sharecropper society”]. Pero su análisis, y
otros como este, son relegados al margen.
Un
debate auténtico iniciaría realizando preguntas heréticas: ¿Por qué
Estados Unidos es una de las pocas economías avanzadas que sufre de déficits
comerciales perennes? ¿Por qué los nuevos tratados comerciales, a pesar
de las promesas oficiales, siempre dejan a Estados Unidos con un hueco más
profundo en el déficit, con otra oleada de trabajos que se trasladan al
extranjero? ¿Cómo explican las autoridades la estagnación de 30 años
en los salarios de la clase trabajadora que es peculiar de Estados Unidos?
¿Se supone que debemos creer que todos los demás son simplemente más
competitivos o con astucia rompen las reglas? Durante las últimas tres décadas,
quienes hacen la política en Estados Unidos han tenido éxito al cerrar
la brecha comercial con un solo evento: una recesión.
El
predicamento estadounidense toma forma por medio de dinámicas de operación
[operating dynamics] asentadas en el sistema global, fueron
singularmente apoyados por Washington puesto que Washington originó la
mayoría de ellos. En el comienzo, estas prácticas fueron tanto virtuosas
como egoístas para Estados Unidos – promoviendo la industrialización
en países pobres, obligando a que se reuniesen los aliados en la guerra
fría en cuanto a comercio e inversión, promoviendo el avance global de
los negocios y las finanzas estadounidenses. Con su mercado ampliamente
abierto, Estados Unidos jugó – y aún juega – al comprador del último
recurso de las exportaciones mundiales. Sus compañías y bancos líderes
ganaron acceso a los nuevos mercados en desarrollo, con frecuencia
compartiendo trabajos, producción y tecnología con otros. Los políticos
estadounidenses también lograron imperar en el mundo [run the world].
Las
expectativas utópicas tras estos arreglos resultaron estar equivocadas,
juzgando por la evidencia empírica en lugar de por la teoría. Pero ¿por
qué equivocadas? El debate político estadounidense se encuentra envuelto
por la ideología del libre mercado, pero el “libre mercado” de hecho
no describe al sistema global económico. Una descripción más exacta sería
“comercio administrado” [”managed trade”] – una red densa
de negociaciones y de logro de acuerdos entre los gobiernos y las
corporaciones multinacionales, todo con objetivos egoístas que el mercado
[marketplace] no determina ni entrega. Cada nación soberana,
Estados Unidos incluso, utiliza su vasto arsenal de políticas a fin de
persuadir su interés nacional.
Pero
en el cuestión crucial de cómo quienes hacen la política definen
“interés nacional”, Washington se aleja de todos [stands alone].
Europa Occidental, cualquiera que sean sus problemas, maneja la política
económica para conservar superávits comerciales modestos. Japón logra
asegurar ganancias mucho mayores durante las recesiones (sus ingresos por
exportaciones subsidia a los ineficientes patrones domésticos). China se
esfuerza por adquirir una base industrial mayor, más avanzada, a costas
de los ingresos del trabajador y de las ganancias bancarias. Alemania y
Japón, a pesar de sus vastas diferencias, ambos logran mantener sectores
manufactureros avanzados anclados en casa y defender los niveles de
salarios domésticos así como las garantías sociales. Cuando ellos
dispersan la producción y los empleos al extranjero, como ellos deben, lo
hacen de manera estratégica.
En
contraste, Washington define “interés nacional” primeramente en términos
de avanzar en el alcance global de nuestras empresas multinacionales. Las
elites están persuadidas por la ortodoxia reinante que los intereses domésticos
subsidiados también se beneficiarán al final. El poder distintivo de las
compañías globalizadas de Estados Unidos se refleja en patrones
comerciales. Casi la mitad de las exportaciones e importaciones de Estados
Unidos no son tratadas en los mercados abiertos – el precio de subasta
idealizado por la economía neoclásica– sino dentro de las propias
compañías, moviendo materiales y componentes de un lugar a otro entre
sus factorías lejanas. Un déficit comercial no se muestra en el balance
comercial [balance sheet] de la compañía, sólo en el de la nación.
En los años recientes, la mayor parte del déficit comercial ha reflejado
la producción y los trabajos con valor agregado que las compañías han
trasladado a otros lugares.
Estados
Unidos por lo tanto es especialmente vulnerable a las presiones hacia
abajo en los salarios de la clase trabajadora que existe en ambos extremos
del sistema global. Los productores estadounidenses son generalmente
libres –e incluso alentados por Washington– para cambiar la producción
a locaciones con salarios bajos. Las compañías, de manera regular,
utilizan esta técnica de reducción de costos como un arma competitiva
sin importar las consecuencias domésticas. La práctica funciona para las
compañías y para los inversionistas, pero no tan bien para la nación.
DE HECHO [INDEED (sic)], los efectos acumulativos de retrasar los
salarios laborales mundiales de manera repetida amenaza con la estagnación
o peor para todo el sistema. Los trabajadores, para ponerlo de manera
cruda, no puede comprar lo que el mundo puede hacer. Demasiado capital
lleva a “burbujas” especulativas que explotan alrededor del mundo, las
crisis financieras que visitan tanto a ricos como pobres sin diferencia.
En
un momento diferente de la historia, el liderazgo estadounidense podría
haber evitado estos desórdenes y llevar el camino a las soluciones. Si la
globalización debe continuar sin enfrentar más crisis y una destrucción
indiscriminada, los gobiernos deben cambiar juntos el balance de poder, de
forma que los ingresos laborales puedan aumentar al mismo paso que los
aumentos en productividad y ganancias. Si Estados Unidos desea evitar su
propio cálculo, debe tomar acciones para establecer límites firmes en su
exposición a los déficits comerciales, es decir, renunciar a su posición
como un comprador armado del último recurso. De hecho, Washington también
debería reformar sus propios imperativos de interés nacional, de manera
que parezcan más cercanos a lo que otras naciones ya realizan. A final de
cuentas, la acción del remedio estadounidense podría proteger al sistema
global de su propia crisis – el momento cuando los socios comerciales
descubren que sólo han perdido a su mejor cliente–.
Pero
describir remedios plausibles es explicar porqué ninguno es probable. Las
redes de interés mutuas que conectan al gobierno, los corporativos y Wall
Street están demasiado interconectados, como son los hábitos de
pensamiento entre quienes hacen la política y los políticos. Así que no
espero que nada fundamental será alterado en el tiempo. Vamos a descubrir
si los que predicen el desastre están en lo correcto.
William
Greider, columnista de asuntos nacionales en The Nation, es autor de
“One World, Ready or Not.” [Un Mundo, Listo o No],
“America’s Truth Deficit,” WILLIAM GREIDER, NYTimes, July 18,
traducción al castellano © Enkidu Magazine
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