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Fundido en
rosa: Thelma, Louise y otras fugitivas hartas
de estar al borde del precipicio
Una
fantasía gay masculina sobre un clásico del cine lésbico
© Eduardo Nabal/Enkidu
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Thelma
y Louise de Ridley Scott es una historia de amistad y solidaridad
entre mujeres frente a una de las manifestaciones más virulentas del
heteropatriarcado: la violencia sexual sobre/hacia las mujeres. Eso nadie
lo pone en duda.
Sigue un trayectoria que no
inventa, la de la road-movie
“bola de nieve”, aunque la pone al servicio de una idea interesante:
¿Pueden esas fugitivas-asesinas demonizadas por los mass-media y el orden
social ser dos mujeres que simplemente se han resistido a ser violentadas
por el machismo, o a la inversa, podría la vecina de al lado, que sale en
los telediarios -y basta repasar la cifra
mujeres asesinadas por sus maridos o parejas masculinas en lo que lleva de
año, sin ir más lejos, en el estado español-, volverse hacía su
agresor (conocido o no) y hacerle degustar a punta de pistola lo que él
hace con los privilegios varoniles más arraigados en el código machista?
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Ahora
bien, “Thelma y Louise” es y ha sido también para muchos espectadores
-particularmente para las mujeres lesbianas- una historia de amistad y de
amor entre dos mujeres. Una historia de amor a la que el Hollywood
comercial/liberal, en el que se inserta como producción cinematográfica,
ha despojado de sexualidad. Al menos de la sexualidad tal y como la
concibe Hollywood. Ya que besos y abrazos, coaliciones y solidaridades íntimas
ya fueron nombradas como formas de resistencia lesbiana al
heteropatriarcado por Adrienne Rich en su revolucionario artículo
“Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”.
Cuando,
al final, Thelma y Louise se besan en la boca, al modo en el que aparece
en los filmes de Hollywood; cuando empieza a haber sexo/sexualidad entre
dos mujeres, éstas ya han decidido autoinmolarse, suicidarse, dejando con
cara de poker, no sólo al policía-bueno, paternalista, que encarna
Harvey Keitel, sino también, seguramente, en secreto, a muchas lesbianas
que esperaban que, incluso en un filme comercial, un beso entre dos
protagonistas (y dos actrices famosas) no fuera automáticamente seguido
de una caída en el abismo, de una negación total de su existencia como
sujetos sociales, de una autodestrucción que- no-deja-de-serlo por
estandarizada, escamoteada que aparezca en el montaje final del filme.
El
gesto final, incluso el beso final, se reduce así a gesto de heroínas, a
beso de amigas heterosexuales en
una situación límite, no a un beso entre mujeres que se aman, lo
expresan y tienen sexualidad entre ellas, no a un beso de lesbianas. El hecho de que un beso en la boca entre dos
mujeres en el cine
mainstream sólo sea posible al borde del abismo, o del acantilado,
del mismismo Gran Canyon, icono, como ellas, las actrices, de la cultura
estadounidense y mundial (por extensión y colonización culturales), nos
lleva a pensar una vez más, en la negación de la subjetividad de las
lesbianas en el imaginario común y mayoritario, a su negación misma como
sujetos sexuados y nos lleva a plantearnos, en forma de interrogación, lo
que, en forma de afirmación política, dijo Monique Wittig (Las
lesbianas no son mujeres) y volviéndonos al
público de la sala, que aplaude y come palomitas en el fundido en
blanco final, preguntarle ¿Las
lesbianas son mujeres? ¿O sólo son un fundido en blanco? Pero aquí
más que profundizar en la lectura lésbica del filme, que
corresponde hacer a ellas mismas y que hasta ahora, que yo sepa, no se ha
querido o podido hacer.
Más
que ahondar en el lesbianismo que se filtra por todos los intersicios de Thelma
y Louise, me interesa contar cómo, desde mi posición de espectador
gay saliendo del armario en la época que me pilló su archipublicitado
estreno, en 1992, funcionó también, el filme de Scott, como una posible
fantasía de liberación (o al menos de afirmación) gay masculina. No sólo
porque Thelma se fije y nombre sobre todo y, repetidas veces, en el culo
enfundado en vaqueros de Brad Pitt, todavía actor
secundario, sino sobre todo porque su hábil y algo tramposo guión deja
puertas abiertas al fantaseo aunque, en realidad, bloquee el discurso
liberador en un suicidio/denuncia que sirve de requisitoria contra un
modelo sociosexual, pero que acaba destruyendo a los sujetos disidentes,
en un acto de autoinmolación que en el blando hollywood comercial se
resume con un hábil plano congelado del coche en el aire. No hay sangre.
En el imaginario lésbico sí la hay (“Escribe tú en mi cuerpo con
tu sangre menstrual: cuéntame algo sobre mi espalda” decían en el
“Non Grata” las LSD que aquí, serían, Lesbianas Saliendo
Despedidas).
Yo,
y algún marica más que yo, hemos fantaseado sobre la posibilidad de que
en lugar de dos mujeres hubiera dos maricas hasta
el moño montadas en el descapotable (y algo de eso recogió Gregg
Araki en su filme “The living end”), hartos de una sociedad
homofóbica que nos/los sujeta entre la invisibilidad y la hiperidentidad,
dos pasajeros queer. Dos nómadas
hartos de ser nombrados y despeñados con violencias explícitas y
silencios constitutivos. Imaginemos por ejemplo a un adolescente marica,
plumero, español, de Belorado, Torrelavega o Ciudad Real, que vive con
sus padres y visita regularmente a un psiquiatra homofóbico, un
“profesional” de esos que todavía quedan, y muchos, y que actúan en
la más absoluta impunidad. Imaginemos que su mejor amigo (y algo más,
tal vez) es un gay casado, maduro y en el armario, amargado de su
doble vida y de su performance de pater familias en casa o macho
futbolero en los bares. También podrían ser vuestros vecinos, Pedro
y Luis.
Esos
sobre los que sabe y no sabe todo
el vecindario. En el primer giro importante de la imaginada trama El
psiquiatra, con consentimiento de la familia del joven, decide
internar al problemático adolescente en un sanatorio para que curen su
homosexualidad y los “desórdenes de personalidad” que ésta conlleva.
El
hombre mayor trata de impedirlo, se presenta en la consulta del médico,
en plena sesión, o en el hospital mismo, abriendo puertas, y, en el
forcejeo con la autoridad competente, el adolescente (harto de pastillas,
regañinas, sesiones, rezos y terapias verbales aversivas) mata al
psiquiatra, o a un enfermero que va armado. Ambos huyen del psiquiátrico
o de la consulta, salen de la ciudad o del pueblo.
Él
uno, acusado de homicidio en primer grado- tal vez con algún atenuante- (como
Louise) y el otro del secuestro de un joven, tal vez, incluso, de un menor.
Huyen, por supuesto, en el coche de él, coche de padre de familia
trabajador, o al menos de hombre casado con dinero. El adolescente tira
los discos de Estopa, Sabina, Luis Cobos y Chenoa, por la ventanilla del
vehículo y los sustituyen atracando el Corte Inglés de las afueras (“¿Qué
es robar un banco comparado con fundarlo?”) por otros de Gloria Gaynor,
Madonna, Ricky Martin y la banda sonora de “Hedwig and the angry inch”.
Son perseguidos ahora por la Policía, la Sanidad y el Corte Inglés. El
hombre mayor descubre, en los moteles de carretera donde pasan la noche y
hacen el amor ¿por primera vez? que su matrimonio ha sido una farsa, que
su mujer (lógicamente) se ve con otro/a, que ha criado a dos o tres
adolescentes machistas y homofóbicos que juegan a matar chinos, negros y
maricas en la Playstation y que se ha negado a vivir placeres desconocidos.
Ya
no puede volverse atrás, ha sentido cómo se reventaba el eje del
heteromundo en su interior. El adolescente sabe que después de matar al médico
o al enfermero del culo bonito, aunque fuera en una pelea a muerte, después
de robar y, sobre todo, de aterrorizar al seco empleado navideño y a las
familias heterosexuales con niños de la gran superficie, será encerrado
en la cárcel o, más probablemente, psiquiatrizado de por vida. En su
camino sin retorno hacia el Norte se topan con los dueños de los bares y
locales heterosexuales donde paran
a repostar, a beber o descansar, dueños que les recriminan por besarse
ante el público o mirar el culo bonito de algún Brad Pitt alternativo de
turno y ellos se van sin pagar -a punta de pistola- y asustan a la
clientela homofóbica, no sin antes quemar
los Monográficos, los Jueves y los TMEOS.
El
adolescente recibe una ominosa llamada de sus padres para que cese su
carrera desbocada- su iniciada “vida loca”- pero por su tono descubre
que el teléfono, también el móvil, está intervenido por las fuerzas
del orden. Lo tira por la ventanilla. De todas formas quedaba poca batería.
Y con el móvil se deshace del tubo de antidepresivos. Lágrimas maternas
y amenazas paternalistas ya no le amedrentan. Algo ha cambiado también,
dentro de él, de su eje heterocentrista. Deciden buscar refugio y trabajo
en otro país, por ejemplo, Francia, se dirigen hacia la frontera, y después
de desembarazarse de un grupo de neonazis lepenianos, lo encuentran en el
escalafón más bajo de una empresa de venta ambulante, cerca de París.
No están satisfechos, tienen que ir vestidos de heterosexuales con
corbata y reír chistes machistas y homófobos con sus compañeros de
trabajo.
Ellos
acuden el primer día de la mano, se dan un beso al entrar y el jefe los
echa a los dos, los echa definitivamente del trabajo, como el chaval fue
expulsado del instituto, descubierto un día en los baños en sospechosa
situación con otro chaval. Una experiencia de la que se niega a hablar.
En lugar de revivir tan doloroso suceso, vuelan los ordenadores de la
empresa a balazos. El hombre maduro le confiesa, mientras conduce el coche
a toda velocidad, sus aventuras nocturnas en los parques urbanos y
servicios de las estaciones, su hartazgo de ocultarse y mentir. Después
de negarse a pagar el plus por consumición en un pijísimo bar de
ambiente donde les miran raro por su aspecto polvoriento-¿Por qué
tenemos que pagar cuatro veces más que los heteros por una cerveza?- van
a un parque y descubren a la policía de paisano, marcando paquete,
haciendo cruissing, al estilo del “cap” que cazó a George Michael. Se
produce un tiroteo y el policía sale malherido. Ellos huyen riendo,
cantando al ritmo de “I will survive”.
Todo
el ejército francés - o la policía armada que dice haber “disuelto”
recientemente los disturbios
parisinos- les persigue a lo largo y ancho del país galo y ellos acaban acorralados al borde del precipicio, pero no pueden
volverse ahora atrás, “sigamos adelante, no nos dejemos coger”, pisan
el acelerador y se tiran al vacío desde un acantilado, muriendo en una cala en la costa de Brest, con beso de despedida y homenaje a Genet, incluidos.
Una
sociedad homofóbica ha sido puesta al descubierto y sobradamente
denunciada, pero a costa de suspender la narración y la muerte en un
congelado final. Fundido en rosa. El coche familiar sólo pierde una rueda
y el asiento para los niños en el aire, al final de la película. No hay
sangre. Y en la realidad hay mucha, mucha sangre, también marica. La
denuncia del modelo social homofóbico y los que lo reproducen/sustentan
se ha hecho a costa de no dar soluciones reales a sus protagonistas más
allá de los esquemas -hábilmente utilizados por Ridley Scott en su película-
de la road-movie-terminal (un camino de trasgresión onírica que, a su
modo, ya recorrió Dorita en “El mago de Oz”). En la película
de Araki “The living end” (uno de los filmes pioneros del
“new queer cinema”) la seropostividad de uno de sus protagonistas añadía
ese componente de urgencia, esa necesidad de huida por la carretera de una
sociedad enferma por homófoba y sidófoba, pero ellos dos seguían vivos,
sudorosos, airados, y en un macarrónico letrero final se dedicaba la película
“A todos/as los que han muerto de
SIDA porque la Casa
Blanca está llena de
republicanos jodecerebros”. Aquí se denunciaba un modelo social,
económico y sexual que catalogaba entonces y jerarquiza todavía a las víctimas
en víctimas de primera o de segunda, y a los asesinos en asesinos de alta
o baja intensidad, a la sangre en sangre de primera o de segunda.
Una
sociedad que condena a muerte, también, a mujeres, gays y lesbianas, por
el mero hecho de serlo ¿Pero sólo es posible la huida hacia delante como
plantea Ridley Scott? ¿O el tufillo nihilista del final de Araki en la
playa? ¿Sólo es posible el beso en los labios de dos mujeres si estas
van a morir, si están al borde de ser
borradas de la narración? ¿No queda otra salida que el precipicio para
un deseo no regulado, no psiquiatrizado, no normativizado? Mucho más
retadoras que la propuesta que nos hizo Ridley Scott en su marketinizada
“Thelma y Louise” e incluso que la de Araki me parecen las
alianzas y coaliciones que el movimiento feminista, gay y lesbiano ha
actualizado, plantando cara, desde posiciones raritas, impropias, no
integradas, a ese “eje del mal”, a esa matriz de dominación, que
ahora, todas sabemos, es heterosexual: “part
of me, part of you”.
Eduardo
Nabal
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