| Recuerdos de la estancia (55)
Mi primera lapicera fuente
©
Franco
Sastre/Enkidu
Imagina que estás en un cuarto vacío, vacío de todo; sólo tú,
flotando de pie en el medio de la nada. De una nada limpia, pura, blanca
como todas las nadas. Flotando, sintiendo tu cuerpo ágil, liviano,
espontáneo.
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Frente a ti, un papiro gigante desenrollado, gastado por el tiempo con
un perfume de jazmines muy suave, casi incoloro, casi insípido, pero que
al mismo tiempo te marea un poco y te roza con una sonrisa fruncida por el
peso sobre su lomo de mil historias apasionadas.
En silencio lo observas, lo palpas, lo tocas, sientes las arrugas de
poesías soñadas por niñas enamoradas, de cartas enardecidas, de relatos
de batallas entre escuadras de dragones plateados con escamas de seda, de
fábulas de emperadores chinos con barbas canosas trenzadas que se elevan
al viento enredándose en las estrellas; sientes el viento que te saborea
el rostro mientras te lleva galopando sobre un percherón gris al compás
del silbido de un coro de sauces que danzan desnudos sobre un lago de
perlas ovaladas. |
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Imagen: Mea Culpa, por ©
Franco Sastre |
De repente, infinitos clic-clac brotan de geranios
multicolores, que montados en mulas blancas, forman un ejército de
castañuelas y te rodean riéndose retándote a bailar una zarzuela mora.
Te volteas y frente a ti sonríe una exquisita dama entretenida en una
danza medieval cantando al compás de un coro de juglares, mientras por
una ventana sin vidrios entran unos copos de nieve, con gorros de
terciopelo rojo, cayendo sobre un piso frió de mármol lustrado; luego,
enceguecido por unas gigantescas luces que te iluminan como cien soles
juntos, apenas alcanzas a abrir tus ojos para enfrentarte a un millar de
cabezas enloquecidas gritando tu nombre con sus brazos en alto y tu cantas,
cantas en voz alta y sonora pronunciando esa zeta que tanto amas.
Al mover un brazo te das cuenta que estas colgando de unos hilos de
seda bordados con amapolas y margaritas, cuando mirando hacia arriba ves
un par de manos gigantescas que te mueven hacia delante y hacia atrás,
hacia un costado y hacia el otro, vuelta vas, vuelta vienes y tu cara de
payaso triste se refleja en un corazón apoyado en una mesita de luz, sin
luz; cuando sin darte cuenta trazas tu primera línea en tinta negra con
una pluma fuente que alguien te regaló en la última Navidad. Un zigzag
que se pierde en el infinito de una vida que aún no comienza. Tu primer
dibujo, tu primer día de escuela. Con tu boca abierta, lo miras y te das
cuenta de que del, depende tu vida, tu mañana, tu propia muerte;
enseguida sonríes y te animas con un grito agudo a dar la segunda,
completando con ella un camino repleto de esperanza, bordeado de violetas
empapadas en un rocío aún tímido de la aurora.
Repentinamente, el ritmo cambia; entre maracas, tambores y platillos
convirtiéndose en una frenética salsa. Frutas de todos los trópicos
golpean sus caderas en una histérica alegría y bailan a tus pies,
elevándote alto, al grito de un estrepitoso: "Azúcar",
te elevan hasta lo alto de una palmera de bronce con farolitos japoneses
colgados de sus divertidas hojas y te arrojas al espacio para terminar
volando sobre una cigüeña de cristal divisando a lo lejos una isla de colol
velde.
Aterrizando sobre la copa de un ombú gigante, dos ardillas te atan una
servilleta a cuadros rojos y amarillos a tu garganta y al mismo tiempo una
zebra con un frac verde te sirve unas guindas con copetes de crema batida
y caracoles de chocolate en una bota de siete leguas.
Por último, una tercera línea dibuja una calle iluminada apenas por
un farol de barrio antiguo y desde lo alto de un balcón con flores, una
milonga endulza el aleteo de una avispa que baila dentro de unos zapatones
olvidados al compás de un bandoneón oxidado. A lo lejos, unos violines
llorando su miseria arrabalera, te conversan con su aliento a menta, y te
dejan oír por un instante el llanto de un niño, histérico en su
magnánima gloria.
Despacio, te acercas a un establo de paredes de dulces y chocolates, te
enfrentas a una puerta entreabierta, y observas en un pesebre, acurrucado
en los brazos de una niña descalza, un querubín envuelto en un manto de
mariposas. Tras ellos recostado contra unos pétalos de rosas, un
unicornio los abriga con sus bufidos de bestia noble, susurrándoles
fábulas de hadas encantadas.
Te arrodillas con un suspiro reconociendo algo mágico en la escena,
empapas tu pluma en una lágrima y escribes tu primera poesía.
Y allí, frente a ese mundo encantado, te despiertas con tus pantalones
cortos de franela gris, tu camisa blanca, una corbata fuera de lugar, tus
manos manchadas con tinta y tu primera lapicera fuente entre esos dedos
arrugados por la aventura de poder escribir tu nombre en mayúsculas.
Hoy desde mi estudio les deseo una noche de paz, una noche de armonía
con sus almas.
Mis mejores deseos en esta Navidad.
F.S.
Dallas 24 diciembre'05
www.casabal.com
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