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Los Juguetes de la Niñez
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Juan Pablo Hernández/Enkidu
Los
días en el pueblo en que viví mi niñez eran exactamente iguales, lunes
o viernes, daba igual. El único día que era capaz de sacar de la monotonía
al pueblo, era durante las fiestas patronales, en donde la gente de El
Porvenir se reunía, cada año, en la plazuela para celebrar sus fiestas
religiosas, después de la obligada ceremonia en la parroquia. Lo típico
era subirse a los juegos mecánicos, beber cerveza hasta perder la
conciencia, o caminar entre las decenas de puestos para comprar algo que
casi siempre resultaba inútil. Ahí tuve mi primer juguete preciado, una
rueda de la fortuna en miniatura y hecha de plástico, la cual conservé
con mucho cariño por casi dos años.
Las
fiestas patronales también servían para establecer el quién es quién
dentro de los miembros de las familias más acaudaladas del pueblo. Mi
madre, Azalia, sentía sobre sus hombros el rechazo de la familia de mi
padre, a pesar de los casi cuatro años de matrimonio que ya llevaban. Había
otras dos personas incomodas dando vueltas por la plaza de El Porvenir:
Lupe y Beto, los chicos que había sido sorprendidos teniendo sexo en los
potreros hace más de tres años; anécdota sabida por todo el pueblo,
miema que ocasionaba el cuchicheo a su paso. Los chicos llevaban el mismo
tiempo de noviazgo que mis padres de matrimonio.
Esa
noche, caminando de la mano de mi padre, Pablo ya manifestaba la
preocupación por mis comportamientos “extraños”. No me
gustaban los caballos y me sentía como pez en el agua al lado de las
chicas. Papá no quería un hijo “marica”, pero no hallaba la
manera de comenzar a cultivar en mí las costumbres machistas; sin
embargo, cuando vio en uno de los puestos una motocicleta de plástico en
color amarillo, su cara pareció iluminada por Dios. La compró sin
pensarlo dos veces. Mi papá nunca pensó que estaba comprando SU juguete
preferido, y que no tenía nada que ver conmigo.
Por
esos días tuve, para la alegría de mi padre, mi primer amigo varón,
Betito. El niño tenía una característica que lo hacia ser discriminado
por la mayoría de los niños del pueblo: un evidente retraso mental. Sin
embargo, yo pasé mis mejores tardes de juegos a su lado, sólo que su
juguete preferido era peligroso, las cajas donde las abejas hacían sus
panales de miel. Una de las tantas veces que fuimos a molestarlas, tiramos
una de las cajas; entonces me di cuenta de las capacidades que puede tener
un niño “discapacitado”, él corrió tan rápido que llego a
casa pronto, yo “el niño normal”, fui alcanzado por las abejas
y me dejaron hinchado, por las picaduras, en todo el cuerpo. Betito
demostró ser muy hábil e inteligente, al menos más que yo.
Yo
no fui el único en sufrir consecuencias por el juguete preferido de mi
amigo Betito. A Lupe también le traería consecuencias con su novio Beto.
Los juguetes preferidos de Lupe eran los vestidos reciclados de su madre;
sin embargo, nunca se lo había dicho a Beto, sobre todo porque en los últimos
veces sus conversaciones habían girado en torno a qué iban a hacer con
su relación no formalizada, que ya era un secreto a voces. La incomodidad
y presión de las familias de ambos estaban afectando seriamente su
noviazgo. En esos momentos, estaban considerando vivir juntos al creciente
destino turístico, Puerto Vallarta.
Lupe
decidió pasar una noche de pasión con Beto, para olvidar por un momento
las presiones que les aquejaban. Invitó a su atractivo galán a dormir a
su casa, pues sus papás se encontraban cuidando las siembras y se quedarían
en los potreros toda la noche. Beto aceptó gustoso, esperó el anochecer
para salir a hurtadillas de su recamara y trasladarse a casa de Lupe.
Llegando ahí, se encontró sorprendentemente con la puerta principal
abierta, la cual cruzó con sigilo. Al llegar a la sala vio un cuarto
iluminado con velas, susurraba el nombre de Lupe sin obtener respuesta, al
llegar a la puerta del cuarto Beto se quedó sin aliento. Ahí adentro se
encontraba el amor de su vida acicalado dentro de un fino vestido de
chifon blanco con grandes flores rojas. Lupe se dio la vuelta y salió
casi corriendo de la casa, llegó a la suya y llorando hizo una vieja
maleta rápidamente. Se fue de El Porvenir, se fue del estado, se fue del
país. Pasaría mucho tiempo antes que Beto y Lupe se volvieran a ver.
Mamá
estaba harta con las habladurías de sus vecinas, de sus cuñadas, del
pueblo entero por haberse casado con papá, quien había sido muy cotizado
de soltero. Una mañana en la que amaneció de muy mal humor, se dio
cuenta de que la vecina, conocida por tener un humor del diablo, había
echado su basura enfrente de nuestra casa. Enfurecida fue a reclamarle a
la vecina por el desdichado acto. Nunca imaginó que al calor de la
discusión, la señora del tinaco (le nombrábamos así porque en la
esquina de su casa tenía el tinaco del agua del pueblo) sacaría una
navaja. Después de tan violento episodio, mis padres decidieron mudarse
del pueblo.
Entonces, pienso, no importa la edad, todos tenemos
un “juguete” que refleja parte de nuestra personalidad. Ahora
recuerdo, mi rueda de la fortuna miniatura era rosita; mi amigo Betito
gustaba de ir a los cajones de abeja para robar miel; mi papá compró la
motocicleta porque estaba frustrado al no poder comprar una real para él.
Pero la pregunta del millón sería ¿Qué tan caro nos puede costar
mantener nuestro juguete preferido?
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