Sonia

por © Jan Brash/Enkidu

© Elling Reitan, Oslo. Noruga

Un 29 de marzo, laborando en mi Bufete de Abogado, situado en el interior de un flamante edificio del centro de la ciudad, mi teléfono repiqueteó insistentemente, estuve tentado a no contestar, pero su continuo sonido me hizo levantar el auricular.

Una voz femenina preguntó: ¿Eres tú, Eduardo? Como no se identificó de inmediato, traté de imaginar quién pudiera ser por el tono de voz, cosa que no logré.

Creyendo que se trataba de una broma, intenté acabar con ella, pero la persona que estaba del otro lado de la línea insistió: ¿Eres Eduardo? Por favor no cuelgues. Soy Sonia, estoy desesperada, te necesito como amigo y como abogado.

Al escuchar el nombre, reconocí la voz de Sonia, se escuchaba alterada, sin pensarlo, le dije que la esperaría en mi Bufete, pero ella insistió que como un favor muy especial, fuera a su casa, a la casa de su madre. Yo accedí, tomé la dirección y partí hacia allá.

Habían pasado no menos de 15 años desde la última vez que la vi -recordé-, sentado ante el volante de mi automóvil.

...Sonia y yo nos habíamos conocido en la escuela de bachilleres. Ella era una chica blanca, de mirada dulce, muy tierna. Su cabello lo peinaba con un fleco sobre la frente, que le daba cierto aire de inocencia. Gustaba ir a las fiestas (tardeadas, decíamos) de la escuela a la que asistíamos ambos. Nos hicimos muy amigos; tanto, que nuestros compañeros creían que éramos novios. No fue, sino hasta cinco años después, una tarde fría y neblinosa de la ciudad que, de regreso, después de haber estado estudiando, casi sin proponérnoslo, sus labios y los míos se tocaron suavemente.

A poco pensamos en casarnos, para lo cual, viajé a una ciudad vecina, suspendiendo mis estudios y comenzando a trabajar en una empresa de automóviles.

Sus cartas me decían de su amor, y yo le hablaba del mío, y hacíamos planes para el futuro. Todo era hermoso hasta que un día, el cartero no trajo más la correspondencia, ni en los días siguientes. Pensé que habría enfermado, así que decidí buscarla, y cual sería mi sorpresa que no había nadie en su casa. Estaba deshabitada, pregunté a los vecinos el paradero de la familia, pero nadie supo o quiso decirme nada.

La busqué por toda la ciudad. Pregunté a los amigos, a los compañeros de la escuela, a gente que conocíamos, pero todo fue en vano, no obtuve información alguna.

Así pasaron más de 15 años. Yo me casé y tuve hijos, pero no desistí de buscarla, hasta el día de hoy, que aparece como salida de la nada...

- Estoy estacionado frente a la puerta de su casa, me pregunto: ¿Cómo se verá después de tanto tiempo? ¿Seguirá igual de hermosa? ¿Se imaginará que he cambiado? -

Infinidad de preguntas sin respuesta, pasaban por mi mente, estaba a punto de tocar el timbre, cuando su madre, Doña Elia, abrió.

Pasa, Eduardo, esta es tu casa. Siéntate. En seguida baja Sonny, -siempre la llamó con este diminutivo-.

Así como si nos hubiéramos seguido viendo todos los días, me trató, con el mismo afán amable de siempre.

- Salgo en este momento, los dejo solos para que puedan platicar cómodos, dijo.

Sin más, tomó su bolso y salió.

Desde la planta alta, Sonia dijo:

- Ahora bajo, acabo de bañarme... Espera un poco, ¿Si?

- Mil cosas venían a mi mente. Los nervios de volverla a ver hacían presa de mi ser.

Pasados algunos minutos, apareció. Al pie de la escalera, estaba con su mismo peinado de tanto tiempo atrás. No había cambiado mucho, sólo que ahora tenía ambos ojos golpeados, un color verde-violeta se mostraba sobre sus párpados, que además estaban inflamados. Su labio inferior presentaba una herida -ya atendida por algún médico-, también sobre su frente se notaba un fuerte golpe; su brazo derecho estaba vendado; del mismo modo, un tobillo.

Con lo que quiso ser una sonrisa, me indicó que me sentara y, cuando así lo hice, dijo que deseaba platicarme el porqué me había dejado de escribir hacía tanto tiempo. Yo traté de decirle que eso no tenía importancia, pero ella insistió de tal manera, que diciendo: Si no dejas que te hable al respecto, no tendrá sentido esta charla. No habiendo más remedio, me dispuse a escucharla.

Se remontó a los días en que estábamos en el Bachillerato, cuando ella dijo que esperaría a que yo regresara para casarnos.

- En tu ausencia -dijo-, me comenzó a buscar todos los días Paco. ¿No sé si lo recuerdas? El hijo de Manolo, el periodista. Todos los días llegaba a la Preparatoria y me llevaba flores, chocolates, en fin, mil cosas. Yo siempre le dije que estaba enamorada y comprometida contigo, a lo que él invariablemente decía que no le importaba, que sería suya por las buenas o por las malas. Siempre demostraba mucha prepotencia, hasta que un día llegó y me dijo que había estado pensando que sí estaba enamorada de otro, que era tonto seguir insistiendo en que le hiciera caso, así que desistía de todo, y que para que viera que no trataría más el tema, me invitaba a tomar un café, cosa que no vi mal, así que acepté.

Salimos y dijo que traería su automóvil, que iríamos a un café que acababan de abrir en las afueras de la ciudad. Desconfié y le dije que iría, siempre y cuando nos acompañara Magdalena, ¿La recuerdas? Aceptó. Busqué a Magda y salimos. Estando en el carro, recordó que había dejado su bolso en el salón de clases, se bajó y nos pidió que la esperáramos. Mientras, Paco, sacó un paquete y me lo entregó. Me dijo que era el último regalo que me haría, que lo abriera, cosa que hice. Adentro había una bolsa que estaba semicerrada, me la arrebató, y de su interior sacó un poco de algodón que contenía una sustancia de olor fuerte. Con una de sus manos tomó el algodón y con la otra me sostuvo la cabeza con fuerza; aplicando esto contra mi nariz. Sentí que me desvanecía. Cuando desperté estaba desnuda, sobre una cama, en un hotel, o lo que parecía un hotel. ¡Me había violado...!

Intenté salir de ahí, pero no estaba mi ropa por ningún lado. Grité y él apareció por la puerta que daba al baño. Me abofeteó y me dijo que ya era de él, que siempre sería suya, que mejor me comportara bien, de lo contrario mi madre pagaría las consecuencias. Yo que tenía la ira en supremo le fui encima, de lo que me arrepiento hasta este mismo día. Me golpeó, volvió a abofetearme. Caí al suelo y aprovechando que estaba tirada, me golpeó con los pies. Después me levantó, me aventó sobre la cama y ahí me siguió golpeando, pero ahora hasta con los puños, hasta que caí desmayada. Al despertar, intenté de nuevo gritar, pero los golpes volvieron, hasta que comprendí que mi destino era muy diferente al que habíamos planeado tú y yo.

A la mañana siguiente, me instaló en una casa que tiene en una población cercana al Puerto. Me dijo que sería mi nuevo hogar, que me comportara como si fuera su esposa. Así lo hice. El terror había hecho presa de mi.

Ahí pasé cerca de un año, y no me golpeaba tan frecuente, pero lo seguía haciendo. Recuerdo que en una ocasión llegó hasta la casa un cartero o un vendedor, no sé muy bien lo que era. Él se enteró que había abierto la puerta, y ese día además de golpearme casi hasta el cansancio, me encerró en el cuarto de las escobas. El intenso calor me hizo desmayar, pero no se preocupó por sacarme, hasta ya entrada la noche, por poco y muero deshidratada.

A los pocos meses nos fuimos a vivir a la capital del estado, a un departamento muy elegante. Al principio pensé que había cambiado, debido a que en una ceremonia muy discreta, nos casamos. Yo, ingenua, creí que ahora todo sería distinto. Había empezado a comportarse muy cariñoso y amable conmigo, hasta me llevó a cenar a un restaurante del centro de la ciudad. Me compró un vestido muy hermoso, que él mismo escogió, sólo que era un poco escotado, -así se lo hice notar-, pero insistió en que me veía muy mujer. Algunos hombres presentes no me quitaban la mirada, porque se me veían los senos, y por la parte de atrás, el escote dejaba toda mí espalda al descubierto. Además era corto y mostraba mis muslos -así era la moda-. También me compró unas zapatillas altas, que estilizaban mis piernas. Cuando regresamos a la casa, me dijo que era una cualquiera, que parecía una prostituta, que no sabía comportarme y esa noche volvió a ser el mismo de antes. Se volcó sobre mí. Me desnudó, y después de golpearme cruelmente, me violó, porque lo que hizo siempre conmigo no tuvo otro nombre.

Quiero decirte que quedé embarazada en tres ocasiones y parí en el interior de ese departamento tres criaturas, las cuales nunca he vuelto a ver.

La última vez que me golpeó, fue hace cuatro días. Estaba limpiando el departamento, cuando llegó diciendo que algo le había salido mal, así que comenzó a beber licor. Nunca fue bueno para eso, se emborracha con poco y siempre que así lo hace, su agresividad sube de tono; así que yo trataba de que no tomara más de la cuenta, pero él estaba fuera de sí y al cabo de unos instantes, sin que yo hubiera dicho o hecho nada, se me fue encima y comenzó a darme con la mano abierta. Yo me cubría la cara con los brazos, tal parece que eso lo enfureció más, y me desgarró la ropa hasta dejarme desnuda. Me sentía, así, indefensa. Se quitó el cinturón. Lo mojó en una botella que contenía ron y me golpeó con él. Tengo la espalda marcada, lo mismo que las piernas. Estaba loco. Como había tomado tanto, se cayó y se golpeó contra la mesa de la sala, desmayándose. Aproveché ese instante, le quité las llaves -con mucho miedo-. Creía que cuando metiera mi mano en su bolsillo, despertaría. Me puse una bata y busqué la dirección de mi madre. Tomé un taxi y llegué a su casa. Gracias a Dios, ella estaba aquí. De lo contrario, no sé que hubiera hecho.

Ahora ya sabes lo que sucedió, estoy en tus manos. ¡Ayúdame, te lo pido por el amor que me tuviste! ¡Ayúdame!

Sin poderme contener, la tomé entre mis brazos y le prometí que podía contar conmigo.

En breve, inicié los trámites legales de su divorcio, confiado que todo se resolvería pronto, pero no contaba que su marido tenía influencias en el medio jurídico que hicieron se dificultara el proceso. Este hombre trató, en varias ocasiones, de comunicarse con ella, pero siempre por medios violentos. En cierta ocasión la encontró en la calle y tomándola por un brazo, intentó forzarla para que subiera a su automóvil. Gracias a la oportuna presencia de la policía, no logró su objetivo.

La deposité jurídicamente en el domicilio de su madre, para así evitar que fuera lastimada.

Trató de utilizar a sus hijos: Laura, Francisco y Fátima, de 12, 9, y 8 años de edad. Los llevó a la casa de ella para que los conociera, y para que estos la convencieran del no divorcio, pero no los unía nada a su madre, excepto el hecho de la consanguineidad. En lo emocional, no tenían nada en común.

La impotencia de él hacía huella, así que una noche, cuando salía de mi trabajo, un carro comenzó a seguirme, y en una calle oscura y poco transitada, golpeó la parte de atrás del mío, cosa que me alarmó. Tuve que desviarme del camino habitual a mi domicilio. El vehículo seguía golpeando con insistencia. Por el retrovisor pude reconocer a uno de los dos que venían en él, era el ayudante del padre de Paco en el periódico, el que lo repartía por las mañanas. En esto estaba, cuando casi por milagro apareció una patrulla policíaca y, sin más, bajé de mi auto y me dirigí a los uniformados para preguntar sobre una supuesta dirección. Los del carro, al ver esto, pensando otra cosa, se fueron de inmediato.

Al día siguiente, cuando llegué a mi Bufete, mi secretaria me informó que el esposo de la señora Sonia, había tratado de localizarme. Ya había llamado en tres ocasiones. En ese mismo instante el teléfono sonó, personalmente tomé la llamada. Sí, era él. Deseaba hablar conmigo. Le pregunté que cuál era su asunto. Dijo que estaba relacionado con el divorcio de... ella. Así despectivamente, “...ella”.

Le informé que todo lo que podíamos hablar o decir, estaba en el expediente en el Juzgado, pero él insistió. Me pidió que le concediera una cita. Reflexionando un poco acepté, para esa misma tarde, a las 17:30 horas.

Fue muy exacto. Llegó solo. Yo esperaba que fuera acompañado. Cuando le pedí que me explicara, elevando el tono de voz, indicó que vino sólo para decirme que podía quedarme con ella. Que Sonia era una basura. Que no valía la pena hacer nada por ella. No esperé a que terminara de hablar. Sin pensarlo un solo instante y usando como fuerza todo el dolor que por tanto tiempo este sujeto me había causado, descargué una bofetada de tal magnitud que cayó sentado a mis pies. Pensé que se levantaría a pelear, pero no fue así. Simplemente te levantó y salió en completo silencio.

En pocos días, el divorcio se ejecutó. Sonia aceptó que la patria potestad de los menores fuera entregada al padre de ellos y no pidió pensión para ella.

Comenzó una nueva vida. Terminó de estudiar. Se graduó en música. Nos veíamos de vez en cuando. Ella daba la impresión de ser una mujer feliz pero en su interior no era así. Había adquirido una enfermedad que yo desconocía, de lo cual me enteré un día que regresaba del Puerto, y pretendía darle la noticia de que había presentado mis documentos para el trámite de mi divorcio. Pero cuando llegué, frente a su casa, descubrí con asombro que se encontraba una ambulancia de funerales. Me estacioné cerca y caminé, casi corrí al interior de su casa, pensando que algo le había ocurrido a su madre, que apareció de algún lugar. Me abrazó llorando. Me dijo al oído: Eduardo, las últimas palabras fueron para usted...