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LA RELIGIÓN Y LA POLÍTICA, UNA RELACIÓN BLINDADA
Por María de Jesús González Pérez/Enkidu En ocasiones podríamos pensar que la religión y la política son asuntos diametralmente opuestos, dado que el imaginario colectivo asume que a una le concierne la espiritualidad y el alma del ser humano de manera integral y la otra, es proclive a las cuestiones netamente terrenales, siendo que esta idea se ajusta al quehacer de nuestros representantes políticos, la ambición material y el desinterés de su profesión por un servicio social. Sin embargo, esto no es así, ambas coinciden en un punto, la estructura de la institución tanto eclesiástica como política depende del funcionamiento de una burocracia que implica jerarquías, así como también al interior de cada una, hay corrientes ideológicas que están en pugna por alcanzar ya sea el poder divino o el poder material, respectivamente. En estas últimas fechas la realidad ha demostrado que la religión católica y la política que se práctica en nuestro país guarda una relación casi perversa, desdibujándose así la línea entre lo espiritual y lo terrenal.
ADNKRONOS.
Con la muerte del Papa Juan Pablo II se difundió innumerable información acerca de sus 26 años de pontificado, acaparando totalmente los medios de comunicación electrónicos, en los cuales los apologistas de Karol Wojtyla lo convierte en un hombre que cambio el rumbo de la historia política-social del mundo a partir de su investidura clerical y como Jefe de Estado, al respecto consideramos que fue un hombre que formó parte de ese devenir histórico, pero no fue el pilar fundamental para la reestructuración de Europa, del final de la guerra fría y la transformación política de América Latina; de hecho pensamos que el pontificado de Juan Pablo II fue en muchos aspectos contradictorio, asumió un papel de restaurador de la humanidad oponiéndose a la liberación sexual y al hedonismo de occidente, trabajó arduamente en contra de los teólogos rebeldes y dio cobijo a movimientos más tradicionalistas y místicos como el Opus Dei. Mientras fincaba relaciones diplomáticas con otros jefes de Estado de Europa y Estados Unidos, llevó una ofensiva contra la Teología de la Liberación que se basa en algunos principios marxistas, ésta estaba muy extendida en Latinoamérica que, abogaba por el sufrimiento de los pobres y simpatizaba con los movimientos guerrilleros y sociales que se generaron a mediados de los años sesenta. Johan Hari subraya otros acontecimientos históricos que afirman que el proceder religioso del Papa que abrió el diálogo con otras religiones y pidió perdón por los errores cometidos de la iglesia católica, partía de una ideología ultraconservadora: el primero de ellos fue su acercamiento a América del Sur, donde mostró su indulgencia hacia el fascismo. Afirmó que el dictador chileno, el general Augusto Pinochet y su esposa eran “una ejemplar pareja cristiana” pese a saber que ellos habían montado un golpe de Estado y asesinado a decenas de miles de socialistas y demócratas; el segundo, fue hacer un trato con la administración de Ronald Reagan, cuando prometió apoyar tácitamente su intento de derrocar al gobierno sandinista democráticamente electo y tercero, la respuesta del Papa a la gran amenaza de nuestros tiempos, el sida en África, no se limitó sólo a predicar la abstinencia sino que ordenó a su iglesia a promover la mentira de que los condones son inútiles.[1] En su artículo Hari proporciona elementos para comprender que la crisis que experimenta la iglesia católica no se debe exclusivamente a los acontecimientos políticos, sociales, económicos y culturales del presente como lo ha proferido el clero; señalando con dedo flamígero a la tecnología, la modernidad, la globalización y el neoliberalismo como causantes del gradual desgarramiento de la institución, sin recordar que desde el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración hasta el siglo pasado con la severas críticas que se le hicieron al pontificado del Pío XII, se ha cuestionado el papel que juega la iglesia en la transformación de las sociedades. Sin duda Juan Pablo II representaba tres tipos de autoridad, la legal como Jefe de Estado que trae detrás toda una burocracia eclesial; la carismática que, en la obra de Max Weber el sentido del carisma depende más del grupo de seguidores que de las cualidades que pudiera tener un hombre, es decir, aquí los miles de fieles se guían por la fe y por el hecho de creer que el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra, siendo así que su carisma se basa en la personalización de la divinidad, por ello no es de extrañarse que después del entierro los mismos fieles pidiesen la canonización de Karol Wojtyla y por último, encarnó una autoridad tradicional que consiste en la pretensión de la misma persona por refrendar esta autoridad por diversos medios, en este caso el Papa se vio favorecido con la creencia por parte de los feligreses de que existen virtudes en la santidad de las normas, esto fue muy claro al utilizar los medios de comunicación y realizar los viajes para ratificar al catolicismo en otros países, estar en contacto con los fieles confirmando su fe y al tanto de lo que ocurría en las diócesis o arquidiócesis de cada nación a la que visitaba. La exaltación de estas formas de autoridad que caracterizaron a Juan Pablo II se enfatizaron aún más después de su muerte y fue, oportunamente aprovechada por las instituciones fácticas de nuestro país: las empresariales y las políticas. Precisamente el día 7 de abril que se realizó el juicio de procedencia en la Cámara de Diputados por el desafuero de Andrés Manuel López Obrador por el presunto desacato de una orden judicial, el Consejo Nacional de Comunicación auspiciado por el clero organizó para ese mismo día el recorrido del papamóvil de la Sede Apostólica a la Basílica de Guadalupe, una especie de veneración a un medio de transporte que rayó en el fanatismo y que la intención principal fue desviar la atención de un acontecimiento político que, más allá de estar de acuerdo o no con las propuestas políticas de López Obrador, demostró que el recinto del Congreso de la Unión está amordazado por el PRI y el PAN que, manipulando políticamente la legalidad, la justicia y el Estado de derecho, ambicionan implantar un sistema bipartidista en el que no existan otras opciones políticas, lo que significa la mutilación de la democracia a la que supuestamente habíamos accedido con el gobierno del cambio. Las principales cadenas televisivas del país en sus noticieros de la noche hicieron referencia en primer plano al recorrido del automóvil y en segundo, al desafuero del ex Jefe de Gobierno capitalino, lo cual manifiesta que, el objetivo era concentrar la atención popular en la exequias de Juan Pablo II, en el proceso del cónclave y ahora será en el alemán Joseph Ratzinger el nuevo Papa Benedicto XVI, número 266 de la iglesia católica, operador de la ortodoxia que impulsó Juan Pablo II, siendo así que la difusión de esta información se ve con beneplácito en la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM). Este panorama internacional que se adueña mediáticamente de los medios de comunicación electrónicos - no así de los medios impresos – favorece indudablemente a los intereses políticos y religiosos de la derecha más recalcitrante, del gobierno federal e iglesia católica. En esta perspectiva observamos que la religión y la política se encuentran en un mismo sendero al manipular por un lado las creencias y por el otro, los principios políticos en nombre de un orden establecido que en ocasiones es más bien un orden simulado. Lo preocupante de este contexto es que estamos retrocediendo paulatinamente en el ejercicio político institucional, violentando las Leyes de Reforma que instituyó Benito Juárez en cuanto a la separación de funciones entre la iglesia y el Estado; de manera continua se transgrede el carácter laico del Estado mexicano con la conducta política del presidente Vicente Fox, desde aquel beso al anillo papal durante la quinta visita de Wojtyla a México en 2002, hasta el viajar al Vaticano en un momento de efervescencia e incertidumbre política, declarar que el día del entierro del Papa sería de luto nacional y que al día siguiente convirtiera su programa radiofónico en una emisión de religiosidad católica acompañado por representantes de la CEM. Soslayando de manera evidente los problemas políticos-sociales que más aquejan a nuestra sociedad, con declaraciones absurdas. Donde el escenario político no es muy alentador debido a la resolución de la Cámara de Diputados, la cual ha determinado que la democracia se alcanza gracias a la estulticia rampante de dos partidos políticos que no sólo han sido condenados por la sociedad civil mexicana sino también por la internacional, que pretenden quitar a la ciudadanía el derecho de elegir entre diferentes alternativas, ciudadanos que quizás cobren la factura en las próximas elecciones, ya que el PRI y el PAN han concretado una vez más sus intereses presidenciables. Por su parte, el PRD tiene que afrontar errores y vicios, reinventarse políticamente para que sea una verdadera opción social e institucional, ataviarse de nuevas propuestas evitando la política populista que, con la mano izquierda da prebendas al pueblo y con el oído derecho escucha los proyectos de empresarios y grupos clientelares. [1] Hari, Johan. “La historia juzgará al Papa”, The Independent, Traducción Gabriela Fonseca, La Jornada, 9 de abril de 2005.
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