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Desde mi aparador

Siento sus ojos recorrerme lentamente, escudriñando mis uñas largas y retorcidas, mis manos deformes, mi piel que otrora era hermosa y hoy sin brillo alguno, como simple cartón; mis cabellos tiesos y opacos.

Pasan frente a mi, uno a uno, formando filas interminables en el estrecho pasillo, sus caras, casi se adhieren al vidrio. Sus miradas, de momento asustadas hieren mi piel, lastiman mis piernas huesudas, aún cubiertas por las viejas medias de hilo, y mis pies enfundados en un par de botines sucios, antiguos, que fueron negros.

 

No se imaginan siquiera de la oscuridad opresiva y asfixiante, tan lejos de la luz solar que tanto extraño, mucho menos de la de los focos que iluminan sus miradas.

No saben de los ruidos ensordecedores.

Mis muecas de terror les hacen gracia. Piensan que ellos si encontrarán la paz, que descansarán plácidamente cuando llegue el momento, y que, si fueron buenos y obedientes, como les fue inculcado, no tendrán nada de qué preocuparse.

Zoila Miró, muy de mañana, sale de su casa, lleva vestido blanco largo, medias de seda blancas, botines de charol del mismo color, nuevos, su cabello va adornado con florecillas que hacen juego con su pureza, pero, en su cara, el reflejo de una sonrisa forzada. A su diestra, va su padre, Don Octavio Miró.

Zoila Miró, regresa a su casa muy de madrugada, casi desnuda, cubierta escasamente por una sábana blanca, no lleva calzado, del brazo derecho, va casi arrastrada por su marido, que la jalonea. En su mejilla izquierda, un moretón se vislumbra y de los orificios de su nariz, escurre un hilillo de sangre.

Zoila Miró, se encuentra en el interior de la casa paterna, en la sala, sentada en lo que fue su sillón predilecto cuando niña. Finge no escuchar -además se encuentra sumamente enojada- a su padre, Don Octavio Miró, quien se encuentra furioso.

-¿Quién fue?

Zoila no abre la boca, su mirada está fija en sus pies lastimados, completamente destrozados por las piedras de la calle.

Ni decirlo, ni pensar en comentar lo del río, lo de las manos de Gustavo en su cintura, de los besos -que todavía siente- sobre sus senos, o de la sangre que escurrió después por sus muslos.

Siente sobre su esbelto cuerpo, el primer desgarro que le produce el cinturón de su padre, ¿Será mejor morir? El padre la golpea sin abrir la boca. Consigue detener la respiración, su corazón se va apagando poco a poco, no siente en su carne ni los golpes, ni la mirada recriminatoria de su marido, ni de su señor padre. ya no sufre la vergüenza de los Miró.

Zoila Miró, abandona su casa al medio día del siguiente, vistiendo un traje negro hasta el tobillo, medias de hilo negras, botines de charol del mismo color, en su cabello lucen florecillas de “huele de noche”, en sus manos lleva un rosario que perteneció a su madre. Ligeramente atrás, con un gesto hosco, le sigue su padre. Doña Zoila María de Miró, completamente de negro, camina como si arrastrara los pies, junto a su marido. Un poco más atrás, ya con la honra recobrada, va el marido.

Zoila va recostada sobre su espalda, sintiendo el movimiento de los hombres que la llevan, que la cargan en su caja de madera forrada de tela negra por fuera y de satín y seda blanca por dentro; la tapa tiene una mirilla de cristal.

Los hombres que la llevan, no detienen su paso para nada, hasta llegar a su destino.

-Siento que me bajan poco a poco, lentamente. La caja toca el piso, la levantan un poco y luego baja de nuevo, despacio, una cuerda se escucha rozar la madera contra la parte de afuera.

Veo las caras de mis amigas; de mi padre, deseo ver una lágrima. Mi madre completamente demacrada, llorosa. Todos me ven pesarosos. La caja está en el fondo. me lanzan flores y tierra. Mis amigas se despiden de mi, con lágrimas, quieren embozar una pequeña sonrisa, no lo logran; Irma, me manda un beso. Sin que lo noten, Alfredo, el amigo de Gustavo, coloca entre las flores de un ramo de gladiolos, un sobrecito, es la última carta, la que no llegó nunca a mis manos, las arroja sobre la caja en el mismo momento en que otros tiran algunas flores.

Poco a poco, la tierra va tapando la luz y ahogando los sollozos de mi madre y amigas. Todo queda en el silencio y la oscuridad es total.

-Tengo miedo, trato de pensar en Gustavo, sólo en él.

-Estoy recordándolo, casi lo siento junto a mi, en esto estoy, pero tengo que dejar esos pensamientos a un lado, porque escucho algo y me da escalofríos.

-He perdido la noción del tiempo, no sé si llevo aquí horas, meses o años.

-Mi miedo no me deja pensar, recordar a mi Gustavo.

Por las rendijas, algo comienza a entrar. No sé que es, pero lo intuyo, un escalofrío me recorre palmo a palmo, me aterro, son cientos de gusanos que se arrastran sobre mi piel, me cubren, son gelatinosos, blandos y fríos; se introducen poco a poco por mis oídos, por mi nariz y boca; me comen sin que los sienta, se alimentan de mi cuerpo, y como si me besaran, mordisco a mordisco, arrancan trozos de mi piel suavemente. En mi desesperación, en el clímax del terror, logro moverme un poco y trato de romper la prisión donde me encuentro, rasgo el forro interior y trato de romper la madera, grito, mi grito es ensordecedor, lo hago de una forma como nunca imaginé que podría hacerlo y en ese mismo instante mi semblante te endurece con la forma de mi grito.

Al cabo de unos segundos, me doy cuenta, que no son los animales los que quieren entrar, lo que quiere entrar son voces de otros que se encuentran en las mismas condiciones que yo, que me rodean, que gritan, se quejan de igual forma, de terror y de frío. Por las rendijas de mi ataúd, penetran los lamentos, que asustan a los mismos gusanos, que huyen de mi lado.

De pronto algo ocurre, una luz intensa me hiere los ojos, un poco de tierra salitrosa se me pega a la piel como una costra. No sé cuanto tiempo pasó, no lo sé, pero hay muchos hombres que me ven con curiosidad, retiran lo que queda de la caja y con pequeñas brochas cepillan mi cuerpo para limpiarlo y no romperlo, lo hacen con mucho cuidado, como cuando me maquillaba. Me examinan el interior de la boca, cuentan mis dientes. Con gran cuidado desprenden de mi cuerpo la poca tela que me cubre, pero dejan mis medias de hilo, mi ropa interior y mis botines, que increíblemente el tiempo no acabó. Uno de ellos, creyendo que no lo veo, se guarda entre sus ropas el rosario que mi madre me regaló. terminan de examinarme y con sumo cuidado, introducen mi cuerpo en una caja, que parece vitrina. Me trasladan a otro sitio, donde, desde el fondo de las cuencas que albergaron en algún momento mis ojos color verde mar, veo los focos que iluminan los pasillos y corredores, y esas caras que casi se pegan al vidrio de mi vitrina, caras de los visitantes que, por tan sólo unos pesos pueden ver la muerte.

                                   Jan Brash

 

 
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