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Poemas de los míos 78 (Encuentros III).
 
Pizzicato Fortissimo.
 
Mientras  el aullido helado de la noche resonaba a través de la calle oscura haciendo eco contra la escarcha abandonada sobre los automóviles estacionados, una silueta inmóvil, desde la vereda del frente, conversaba con su silencio mientras mantenía su mirada fija en el gran edificio y observaba el movimiento de la gente a través de los vidrios empañados. La fiesta en el gran atrio de la catedral estaba colmada de concurrentes; todos habían llegado puntualmente para celebrar inauguración de los tan esperados murales de la gigantesca basílica. Los invitados, al llegar en sus ridículas galas, se desprendían de los abrigos y tomaban refugio en burbujeantes copas de vino tibio con licor de naranjas y canela, embriagando su frustración diaria, atragantándose como lechones navideños con canapés demasiado sofisticados para su gusto de ciudad cosmopolita sin nombre. Sus bocas coloreadas, acompañadas de manos que danzaban haciendo morisquetas en el aire al compás de un ocaso sin rumbo, se deleitaban en una cacofonía histérica al compás de un Nisi Dominus majestuoso, casi sublime. Sobre ellas, cien imágenes mudas festejaban en silencio, desde sus pedestales inmóviles, esa escena que no comprendían, poniendo un sello de mármol a esa aplaudida ignorancia pagana.

Imagen: Laurenis  por  Franco Casabal Sastre

Todos se quedaban boquiabiertos al entrar al recinto sintiéndose subyugados por los gigantescos personajes bíblicos que se combatían en la que alguna vez fuera la primer batalla santa. Por el lado norte de la gran cúpula, formándose en orden, ejércitos de ángeles resplandecientes montados sobre cientos de pegasos, con Rafael al mando. Gabriel por el oeste, delante de un batallón de ángeles alados vestidos con túnicas de plata, Uriel por el este con un ejército de ángeles flotando sobre botes de cristal; todos ellos al mando del arcángel Miguel, sosteniendo en su mano derecha la espada de doble filo. Un solo ejército magnánimo y poderoso avanzando hacia el sur de la cúpula donde esperaba la hueste embravecida del arrogante Shaitan, con su cuerpo desnudo, arrogantemente humano, desafiando a los cielos.

 
Desde los techos de la capilla Menor, Pedro, Pablo, el bautista, Simón, Andrés y todos los grandes triunfadores del Credo, atentos en una discusión mística entre las nubes de oro y plata, observaban desde lejos la gran batalla y, a lo lejos desde un costado, la Magdalena con sus brazos abiertos daba refugio a una esperanza.
 
Con un sisear grave y ensordecedor el vapor de los frenos golpeó contra la nieve y el cemento congelado del terraplén de la vieja estación; el agudo silbido de la chimenea de la locomotora, anunciando el arribo de su cargamento aterrador, cortó el silencio frío de la tarde. A los costados de las vías las filas de hombres uniformados aguardaban impacientes bajo la nieve, que no cesaba de caer desde esa mañana, deseando, ya cansados y hambrientos, la terminación de la fastidiosa faena del día. Los mastines entrenados y nerviosos no dejaban de ladrar siendo casi imposible contenerlos. Súbitamente el sigilo de la tarde se quebró con el ruido estridente de cien puertas, corriéndose al mismo tiempo, sobre rieles oxidados.
 
Un capitán comenzó a gritar un sin fin de órdenes hasta que se confundieron con el sonar de pitos y más alaridos. De repente se oyeron unos murmullos, el inconfundible lamento de alguien en agonía, gritos de mujeres, de niños, el lloriqueo de ancianos. Un bebe envuelto en una manta gris manchada con sangre cayó entre las ruedas del tren y el parapeto de cemento, su madre desesperada se arrojó a sostenerlo, en menos de diez segundos la criatura murió descuartizada por un doberman entrenado, junto a su madre que yacía en el suelo con la cabeza destrozada por la culata de una ametralladora. La pesadilla había comenzado. Desde lo alto, en un cielo blanco de invierno, un mural de ángeles desesperados observaba la escena mientras un frío insensible transformaba sus lágrimas en copos de nieve transparentes que intentaban en vano silenciar el espanto.
 
Desde los acoplados de los camiones, la gente apretujada y en un resignado silencio, mantenía la vista en el horizonte. Un zapatito de niño, destrozado sobre una mancha roja en la nieve, les daba la despedida
 
Con las manos en los bolsillos de un sobretodo corto de tweed color gris de los años sesenta, el héroe de la noche mordía su propio aliento congelado y cruzando la calle vacía, llenándose de valor, se dirigió hacia la entrada del recinto. Tomando el picaporte de bronce helado, abrió la gran puerta de cristal tallado con dos cruces y sintió como ese azote venenoso, escupido por el vaho de una humanidad vencida, le encendía el rostro, todas las miradas lo acribillaron de un solo golpe, hasta que, de repente, un aplauso cortó el instante siniestro para ser seguido por cientos de otros aun mas eufóricos y fue recibido con palmadas sobre sus hombros entumecidos por una nieve fría y moribunda.
 
La gente lo felicitaba y lo agasajaba con las copas en alto. Estaba cansado, aburrido de la misma comedia de siempre, sonreírle a extraños que olvidarían su nombre en la siguiente mañana había pasado a ser una costumbre monótona durante los últimos años. El obispo se le acercó con orgullo y le presentó al cónsul de algún país del oriente. Con una elegante reverencia y un inglés extremadamente acentuado le hizo unos comentarios vacíos de su obra, y devolviéndole otra reverencia, el agasajado le agradeció con algunas palabras fútiles su atenta y educada estupidez.
 
Mientras tanto sin que nadie lo percibiera, un niño estaba parado frente a los murales en silencio y con una mano señalaba hacia donde se encontraba el arcángel Gabriel.
 
Separaron a los hombres por un lado y a las mujeres por otro; a los niños los arrancaron de los brazos de sus madres. Una niñita salió corriendo tras su gatito desprendiéndose de la mano de su madre. A los pocos instantes fue acribillada delante de toda una multitud espantada, su mascota murió aplastada bajo la bota sucia de un soldado.
 
Eso fue solo en principio. Mi mamá entre un llanto desesperado me pidió que me olvidara de mi nombre, entregándome un trozo de papel escrito, rogándome lo recordara de ahora en mas. No entendía porque quería que cambiara mi nombre, pero así lo hice. Desde entonces no recuerdo el mío.

Un día entraron en nuestra cabaña y ordenaron que los niños se pusieran en fila afuera.  Habían prendido una fogata y había una especie de parilla como la que teníamos en el jardín de nuestra casa en Varsovia. Sobre ella había unos hierros que con el calor del fuego se tornaban cada vez más rojos. Nos despojaron de nuestras ropas  y nos tomaron por nuestras muñecas. Fui el primero.

Estos números sobre mi panza son los que me hicieron ese día. Me desperté al tercer día, había caído con fiebre, ocho de los veinte niños murieron durante esa semana, no lo resistieron.

 
La música casi ensordecedora no dejaba que el autor de las obras oyera los comentarios vanos de sus admiradores, que no acababan de felicitarlo por su trabajo.

La gente saludaba al artista con grande afecto y admiración, agasajándolo con cientos de invitaciones y promesas de visitas a su nuevo estudio.

 
Las gigantescas fotografías religiosas de su último viaje por África se mantenían en una hilera ordenada sobre las paredes blancas, le volvieron a su memoria las chozas de barro revocadas con cal viva, repletas de diseños en multicolores, pintados con sangre de animales sacrificados y extractos de plantas venenosas. Recordaba la tradición de esa tribu en particular de pintar sus hogares de esa manera para alejar a los malos espíritus y se preguntaba de qué color tendría que pintar el local en que se encontraba para alejar a los que lo rodeaban.
 
Mirando a través de esa tan típica multitud que no hacía más que aburrirle, le llamó la atención el niño parado frente a una de los paneles pintados, estático y al acercarse notó que tenía una lágrima.
 
-Hola, ¿te gusta esa pintura?
 
-Sí, me recuerda a un señor que conocí hace tiempo.
 
-¿Era ese señor un ángel?
 
-Si, era aquel, el de la espada.
 
-¿Cómo te llamas?
 
-Me llamo Sebastian.
 
-Sebastián, que bello nombre.
 
-No, me llamo Sebastian, mi mamá me lo puso.
 
-Está bien, ¡Sebastian! ¿Y qué haces aquí? ¿Estás sólo Sebastian?
 
-Si, estoy solo.
 
-¿Y dónde se encuentra tu mamá?
 
-Allí, entre esos ángeles. Me dijo mientras con su pequeño brazo señalaba hacia el ejército de ángeles comandado por Miguel. Al levantar el niño su brazo, se quedó estupefacto al notar una marca sobre su pequeño estómago.
 
-¿Quién te hizo ese tatuaje? ¿Me lo muestras? Levantándose su camisa blanca mostró con orgullos su tatuaje. Era un número de serie, no cabía la más mínima duda, no podía creer lo que estaba viendo. Por un instante se quedó frente a la criatura paralizado.
 
-Me lo hicieron ellos, los ángeles malos. Pero ya no importa Decía mientras mostraba con sus cejas fruncidas al malvado, Shaitan.
 
-¿Cómo que ya no importa?
 
-Si, ya no importa, ahora está todo bien.
 
Me quedé mirándolo, tratando de entender que estaba sucediendo.
 
Nos metieron a todos en un gran galpón sin ventanas, primero a las mujeres que entraban llorando, mi mamá se separó sin dejar de pedirle a mi tío que me cuidara con su vida. Luego me separaron del y metieron a los hombres en el mismo edificio. A lo último siguiendo las órdenes enojadas de un comandante nos alzaron y arrojaron sobre las cabezas de esa multitud, estábamos todos desnudos. Las olas de brazos me condujeron alzado hasta donde se encontraba mi madre. De repente se apagó la luz y fue cuando todo comenzó. La gente gritaba y se pegaba tratando de salir de allí, luego todo el mundo comenzó a toser y a caer al suelo. Mi madre me dio un beso y echándome entre sus piernas introdujo mi cabeza sobre su sexo y me ordenó que aguantara la respiración.
 
Sobreviví escondido durante dos semanas entre los cadáveres. Mi tío menor, un primo y un amigo de nuestro antiguo barrio estaban entre los cuerpos que me protegieron. Mi tío era el hermano menor de mi padre, siempre me llevaba al parque los domingos. Era mi favorito. Pude sobrevivir al frío gracias al calor de sus cuerpos, durante las mañanas temprano una mujer prisionera encargada de repartir el pan a su pabellón dejaba sobre el borde de la ventana unos trozos de pan para que pudiera llevármelos. Luego vinieron los aliados y me encontraron. Recuerdo al soldado que me tomó entre sus brazos y me recostó sobre la tierra. Lo vi llorar y hacer un signo extraño con su mano derecha sobre su pecho y su frente, luego antes de retirarse dejó sobre mi frente un racimo de margaritas juntadas del campo junto al papel que me había dado mi mamá ese primer día en que habíamos llegado a ese lugar. Un papel arrugado y sucio que había escondido durante mucho tiempo dentro del bolsillo trasero de mis pantalones. Un papel con mi nuevo nombre.

Una mujer con los cabellos revueltos, una copa coronada con lápiz labial, un fuerte aliento a pasada de copas lo tomó del brazo e insistió en presentarle a una amiga. Sacudiendo el brazo logró liberarse de ella y al darse vuelta no vio más a su pequeño compañero. Dejando a la admiradora conversando con el mural a solas buscó entre el gentío al niño de la camisa blanca. Recorrió desesperadamente todas las alas de la basílica, el atrio, la sacristía, los baños, pero no encontró al pequeño.

 
No aguantando más, abriendo una puerta trasera se dirigió al fondo de un jardín vacío y sacudiendo la nieve de un banco, se sentó a mirar las estrellas. Le gustaban esas noches frías, silenciosas, con cielos oscuros donde se podía mirar hasta un infinito que a veces lo llamaba desde lejos por su nombre. Cayendo de rodillas en medio del jardín, harto de la simple hipocresía que lo rodeaba largó un desesperado grito, y, desnudo en el centro del espacio comenzó a recitar un himno a su propia muerte.
 
Esta madrugada, sólo en su estudio, desconecta el teléfono y luego de darse una ducha se sienta en silencio frente a una tela vacía, cuando de repente como por descuido ve un pequeño trozo de papel arrugado y sucio en el suelo. Extrañado se levanta y lo toma en sus manos, enciende su lámpara de mesa y con una lágrima cayéndole por su mejilla, lee tembloroso, el título de su último retrato: "Sebastian".

F.S.
 
Dallas 7 mayo '05
 

 

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