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BIG SPENDER

por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu

 

1970. He llegado a Manhattan en el medio de una tormenta de nieve, a buscar trabajo en un congreso del MLA, inconvenientemente programado entre Navidades y Año Nuevo. La 42 se ha convertido en un sueño invernal: nada de tráfico y nieve hasta el tope de los buzones de correo. Quiero probar mis alas juveniles, y decido seguir al primero que me parezca lo suficientemente entendido. Así llego al “Big Spender,” a unas cuantas cuadras de mi hotel. El bar está abarrotado de hombres calientes y ruidosos. Encuentro asiento, pido una cerveza, me siento a esperar y a observar la movida a través del espejo de pared del bar.

Una voz suena a mis espaldas: “!Socorro, socorro, necesito ayuda!” Me volteo y ahí está él, una versión madura, muscular, pelirroja, de ojos verdes, de alguien a quien no he olvidado desde que tenía doce años. Se explica. Se le ha pegado un tipo mayorcito y aburrido que insiste en pasar la noche con él, así que se ha cocinado un plan. Le ha dicho que sólo se puede quedar unos minutos porque tiene una cita para cenar con un antiguo compañero de escuela, al que no ha visto hace años. ¿Podría yo jugar el rol? Intercambiamos datos para no quedar como estúpidos. Su nombre, John Murphy, irlandés del Bronx. Viene de San Diego a visitar a sus padres. Me hará una señal cuando esté listo para mi entrada en escena.

Da la señal, me les acerco, saludo a John y me siento a la mesa. El indeseable ya esta pasado de tragos, así que decido divertirme un poco antes de que acabe la comedia. Lo escuchamos. Mr. X es casado con hijos, vive en Long Island, tiene un fajo de billetes tan gordo como su polla, o así nos dice, cree en Dios, la bandera, la maternidad, el pastel de manzana, administra sus negocios con mano de hierro, aborrece a los judíos, negros, puertorriqueños e italianos, se queda en un lujoso hotel de la Quinta, le gustan las mamadas ocasionales y hasta un culo de mariconcito blanco y caliente, de esos que se consiguen en la zona pero--¡de ningún modo!—no es maricón en absoluto. Interrumpo sarcástico: “¡Pues a mí me parece que usted es otro republicano homosexual tapado! Lo sentimos, ya no nos podemos quedar más. Tenemos una reservación en veinte minutos.”

Salimos a la fría y mágica noche invernal, nos tiramos a rodar en la nieve, muertos de la risa. Bueno, dice John, ya que dijimos que teníamos una cita . . . . y caminamos a lo largo de Octava Avenida hacia un buen restaurant francés, tomados de la mano, cantando a todo pulmón: “!Desde que entraste a la barra/ pude ver/ que eras un tipo con clase !!!”

LA FLOTA DESEMBARCA

Antes de que se marche esa noche me advierte que no podrá verme por los próximos tres días, pero que me recogerá la víspera de Año Nuevo para cenar y una gran sorpresa. Para poder permanecer en Nueva York tengo que cambiar mis planes de viaje, decirle a mi madre que por causa de entrevistas adicionales de trabajo no llegaré a casa por una semana. Tengo mi propia sorpresa para él. El día escogido, a la hora convenida, me alisto para una noche de jolgorios con un traje cruzado color vainilla, exhibiendo un enorme lazo en terciopelo violeta. ¡Cuán diferente y chocante luce mi atavío en medio del helado invierno gringo contra mi bronceado puertorriqueño, mi apariencia mediterránea, mis largas pestañas agarenas!

Mas entonces suena el timbre, se abre la puerta y aparece mi acompañante en uniforme de teniente de la marina norteamericana. Me lleva al lugar más exótico de Nueva York,”Las Cuatro Estaciones,” que está sorprendentemente vacío. El tratamiento preferencial que recibimos a manos del camarero en jefe, quien nos brinda postre y coñac a cuenta de la casa, su mirada húmeda y discretamente sonriente, me hacen pensar que da su aprobación a la gallarda y joven pareja. Antes de que nos separáramos esa primera noche, le había obsequiado una copia de “El principito.” Le toca reciprocar. Bajo mi servilleta encuentro un anillo de oro y jade, comprado en uno de sus viajes militares al Oriente. Explica: “No soy ni puedo ser tu principito. Ese anillo es para que se lo des al que será tu príncipe, el día que lo encuentres. En cuanto a nosotros, pasemos una semana que no olvidemos nunca.”

Después de la cena, regresamos a mi hotel y entramos al bar del vestíbulo, para un último trago. Una maternal cantante afroamericana toca el piano y canta el “bajes.” Nos sentamos junto a ella—admira mi lazo, me lo quito, se lo doy, y coquetamente se lo prende en el moño. Pregunta si alguien quiere cantar algo para un otro/a especial. Mi teniente se le acerca, le murmura al oído. Ella me mira y sonríe mientras él toma el micrófono y se lanza, “¿De qué se trata todo, Alfie?”

Todavía conservo el anillo, recuerdo su nombre...

 

[28.02.2005]: POEMA:  

HOMENAJE A UN MARINO

por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu

Le conocí en diciembre de 1970, teniendo yo 26.  12 años después escribí el poema. Entre el poema y las prosas pasaron  otros 22 años... más

 

   ALFREDO VILLANUEVA-COLLADO

[22.11.2004]: Autopolaroids

EL UNO Y EL OTRO

por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu

Fueron rivales por su amor y su atención.  Uno, el hijo de la querida de su marido; el Otro, el hijo de su amada hermana  Ambos muy solitarios, aterrorizados por la voz tronando desde el garaje en la planta baja, siempre amenazando al Uno y burlándose del Otro... más

[22.11.2004]: THE ONE AND THE OTHER por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu por © Alfredo Villanueva-Collado/Enkidu

They were rivals for her love and attention.  One, the son of her husband’s mistress; the Other, her beloved sister’s boy.  They were both very lonely, both terrified by the voice booming up from the downstairs garage, always threatening the One and mocking the Other.... más