|
Señor Dios, enséñeme a ser un anciano
por © Jan Brash/Enkidu.

Si, mi Señor, una de esas mañanas frías
descubrí con sorpresa que ya soy viejo. Fue un chiquillo, de esos
que venden periódico en las calles. Tendiéndome desde lejos el
Diario, me gritó: ¿Diario, abuelo?
Por si acaso, disimuladamente, miré de reojo a
derecha e izquierda... No, no había nadie más que yo. Decidí
entonces asumir el impacto en toda su cruda realidad. Decidí
aceptar en ese instante, lúcida y responsablemente, el ciclo
total de mi destino biológico.
Me senté despacio en una banca desierta, junto
a un arbusto de rosales que están de cara a la fuente del parque,
donde salpican los gorriones, ¿Vio? Los codos en las rodillas y
la cabellera canosa entre las manos; así, mi Señor, como he
visto tantas veces a los abuelos cansados de la vida recobrar
aliento para continuar su pausada marcha mientras que mil
recuerdos grises se escurren por sus neuronas ya gastadas; así,
mi Señor. Y le fui diciendo despacito, ¿Se acuerda?
Señor, ¡Por favor asístame!
Ayúdeme a ser anciano con la ternura con que
me ayudó a ser niño, adolescente, hombre. Se muy bien que no es
fácil, como aquello. Ahora es momento de rehacer todo lo andado,
de bajar la frente y saber pedir perdón por tantas cobardías;
aceptar con sinceridad todo lo irreparable; dejar atrás todo lo
que con orgullo presumí llegar a ser y no fue; tragar esa rebeldía
contra el destino que incesante aflora; sentirme remando nostálgica
y mentalmente en un agrio mar de soledad, sin fondo y sin orillas;
irme inmovilizando poco a poco, como un pez atrapado entre las
redes, con esa sensación oprimente de no saber a dónde huir;
comprobar con preocupación que se van esfumando alternativas de
la vida y que una sola se agranda y va ocultando todo el foco de
la conciencia: pasar, no más. Pasar al otro lado y, a pesar de
todo esto, reponerse, aferrar el destino entre las manos y aceptar
con coraje el desafío de dejar como herencia un mensaje de vida y
no de muerte.
No, no es fácil, mi Señor, no se crea...
Por eso mismo le estoy pidiendo que me de una
mano, que me ayude a aceptar la vejez con dignidad, que en las
eternas noches de insomnio, no maldiga a nadie, que en los días más
obscuros de soledad no invente achaques ni persecuciones, que no
me irrite cuando ya no me crean las proezas de juventud, o se rían
cuando me oigan por enésima vez la misma historia, o se fastidien
porque tropiezan mis pies y mi lengua, o me tiemblen la voz y las
manos, o se me nublen los ojos y la memoria; que mi fe no se
agriete, ni siquiera cuando adivine que ya sobre mi casa está
aleteando como un fantasma ese engorroso problema: ¿Quién se
hace cargo del viejo? Que no me amargue cuando mi nombre no esté
en ninguna lista, porque ya nadie me necesite más. Que entonces
sepa dar, a tiempo y con discreción, un paso al lado, y tomar el
otro carril: el de la bondad, el del aliento, el del consejo, el
del humor.
Ayúdeme entonces, mi Dios, a irme apagando
callado, sin alegar méritos ni reclamar atenciones, sin trabar el
paso a nadie. Que, si es posible, no se note siquiera la brecha
entre mi presencia y mi ausencia.
Ayúdeme entonces, mi Señor, a irme borrando
despacio, como se desdibuja una nube transparente al viento: con
la frente alta, el corazón tranquilo y las manos cansadas de
ayudar a los que van quedando atrás.
Presiento mi Dios, que ya voy llegando.
Presiento que ya es casi mi noche. Ya siento en mi frente el aire
frío de la gran noche.
Con ojos desencajados de emoción, busco
impaciente en la oscuridad a alguien que, de niño, me juraron
tiene que estar por ahí. Y yo lo creí. Alguien con unos brazos
paternales bien abiertos, ocultos tras ese telón de tinieblas. Ya
estoy por dar ese salto al vacío, que me tuvo intranquilo una
vida entera. Pero yo se que al tocar con mis pies esa tierra suya,
se encenderán todas las luces... y veré claro, mi Dios; veré y
descansaré por fin, mi Señor.
|