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Casi un mes en la Tres del Divino Valles

Basado en hechos reales

  No veo el sentido de la privacidad.

O, mejor dicho no veo que sentido tiene dejar la memoria

en manos y bocas ajenas

Harold Brodkey

 

 

¿Adónde va el dolor cuando se marcha?

Audre Lorde (Sister, Outsider)

Una mañana agitada, me he peleado con mucha gente a la que quiero, he dormido mal y me siento sólo, acudo no sé bien porqué a psiquiatría -Urgencias del General Yagüe-  Hospital burgalés, casi el único, masificado, vivo cerca. Esta en mi ruta de vuelta a comer. Está en mi ruta de bares solitarios. Yo ya he estado ingresado aquí por una hemorragia, tienen que recibirme.  Espero poco tiempo, cosa rara.  Dudo si debo pasar a la consulta... ¿Es para tanto? ¿Qué voy a decirles? ¿Quién me recibirá? Estoy triste y confuso y necesito una opinión imparcial, un desahogo... Una médica que apenas me escucha me receta un antipsicótico (descubro después), casi nada más olerme, sin conocerme, sin historial, sin datos…y toda el agua, toda la cerveza, todos los excesos y la vida disipada que he acumulado rompen el dique,  traspasan las compuertas. Inundación en mi mente. Los líquidos cubren todo, rompen la capa protectora de mi tejido neuronal, me han dejado mentalmente herido. Voy perdiendo movilidad y ganando fiebre.

Sigo el tratamiento en casa, con los antipsicóticos. Un día me siento raro. ¿Soy Dios? ¿Hay que crucificarme por ello? ¿O sólo estoy en dique seco, transformándome en otra cosa, haciéndome, de pronto, adulto? Zyprexa, que raro nombre, tres veces  al día. Si Dios existe puede aniquilaros con las toneladas de agua sobrante en mi cuerpo. Agua, cerveza, soledad,  rabia y miedo. Beber agua es bueno, dicen. Si, pero no tanta, no tan seguido, no tan compulsivamente. Mi cerebro ya no tiene protección. Mis nervios están desnudos, torcidos. No hay minerales ni rocas que me resguarden. Universal diluvio dentro y tal vez fuera de  mí...  Pero yo hablo de Dios y de Zyprexa-Zaratustra y todos creen que es otra cosa, muy diferente al exceso de líquidos. Y lo creen de verdad. Están asustados.  Es lo que llaman un brote psicótico, un brote de esquizofrenia, o eso parece. Ambulancia. Divino, Infierno. Valles. Sirena. Pesadillas. Calma, Cama… ¿Voy al cielo o de cabeza al infierno? ¿Dante o Tennessee Willliams? ¿Con una inyección bastaría para anularme? ¿Es el fin de Todo o el principio de algo? En la ambulancia nadie responde a mis preguntas.

Ya estoy en la célebre planta tres del Divino Valles o Vallés. En una cama, me llevan a Camas estrecha e incómoda, recostado. Una inyección. Electrodos. Una pastilla negra. Aquí no hacemos daño a  nadie -dice un médico joven y rubio, que inspira cierta confianza-. No como Miguelito, el enfermero cabrón, que juega a los marcianitos con los electrodos y me lanza sonrisas irónicas mientras me cambia los sueros. Neuroléptico maligno, me susurra Miguelito al oído, maligno él. No le gusto. Me llevan a otra habitación. Subimos en un ascensor atestado de familiares y  amigos de pacientes que hablan como cotorras. Adiós Miguelito, muérete ya, machirulo.

¿Estoy en otro Hospital o es el   mismo? Zyprexa tres veces al día  y una rara compañía de chicas en bata que me estudian y me escudriñan por el  pasillo  y un chico anoréxico muy mono que ni siquiera me mira. No es reina ella, ni nada. Me muevo con cierta soltura entre bipolares, anoréxicas, esquizofrénicos de diferente calibre y carácter, fumadores compulsivos, paseantes de corredores eternos y ancianos sin memoria que sueñan frente al televisor  que aún son dueños de tierras, casas, posesiones. Se pelean todo el día, en la sala de  televisión. Dueños de Manderley. Operación Triunfo en la pantalla. Yo estoy aquí porque quiero, sentencia una de las ancianas... pero me iré el lunes. El lunes sigue aquí, algo más drogada. Pero Manderley ya no existe. Lo perdieron o se lo arrebataron o ellos se lo dejaron arrebatar, que más da. Todo es triste y pintoresco a la vez. Estamos incomunicados, no podemos usar el teléfono. Sólo pueden llamarnos desde el afuera y no a cualquier hora. Filtran las llamadas.

Un bipolar esconde chocolatinas y gominolas que le traen sus padres de estrangis, las esconde debajo del colchón, alguien se ha chivado a la enfermera que más manda. Chivarse está bien visto aquí. Me ofrecen un cigarro pero no tengo fuego. Hay que pedírselo a las enfermeras, no vaya ser que arda Manderley, de nuevo, intencionadamente. Pronto descubres que no eres mejor que nadie. De nada te vale ser más culto o pasear libros que no interesan a nadie. Puedes ser atado a la  cama de pies y manos a la mínima.

Una experiencia psicológicamente inolvidable. Una herida en la mente tarda más en curar que una herida en el cuerpo, es  sabido.  Atado con correas a la cama, igual que la violenta y tierna bipolar, que no se cree que no  me gustan las chicas,  o que la desobediente bulímica que debe pasar horas y horas encerrada en la pecera, pero se escapa, la muy anfibia. La pecera. Una celda acondicionada, de lujo, toda con cristales para ser visto. Allí no comes a escondidas, te ve todo Dios. Permanecen horas entre los vidrios. Yo también quiero entrar en la pecera, pero está prohibido. Pecera, agua con espesante, restricciones… Hay uno que fuma desde las siete de la mañana  hasta las doce de la noche, sin parar ni un momento. ¿Dónde va? No me atrevo a preguntarle nada. Yo paseo altaneramente los libros, que me  han traído mis padres además de su cariño y su  paciencia. Sé que no siempre soy razonable. He escrito, con letra desestructurada, a  mano, carteles contra el puré diario y uno ofensivo donde pone “No hay peor amo que un esclavo con un látigo en la mano”. Debería relajarme. Debería dormir pero no puedo, no quiero, me duele, me  resisto... La enfermedad me ha afectado al área del sueño. A ellos no les importa. Enciendo  la luz  más suave pero se me cae un libro al suelo, trato de atraparlo y caigo de la cama. Me rompo la clavícula. No puedo levantarme solo.

Un ruido estrepitoso retumba en el pasillo. No se  dan cuenta de nada. Yo tampoco,  solo se que me he golpeado en la espalda y duele. Entran tres enfermeros- cancerberos malhumorados -   que me atan a la cama y me llevan al sótano para que  no me oigan gritar. Me duele la espalda, digo. Pero sus ojos brillan de placer. De nada sirven mis súplicas. Estoy asustado. Nadie viene a ayudarme. Está oscuro.  ¿Es la sana traición de Wendy o simple cobardía y el borreguismo dominantes? ¿Nadie tiene compasión? ¿Ahora descubres la crueldad humana? Grito, insulto, parezco la versión gay de la niña de “El exorcista”. Soy un mal paciente, o eso dicen todos. Me oyen. Vaya que si me oyen. Tienen que oírme. Desde el fondo, desde lo más profundo. De profundis El siglo XIX es fashion en el cine pero no agradable para vivir hoy,  no debería admitirse. Sus métodos me recuerdan las viejas películas de miedo de la Universal. Boris Karloff en “Bedlam”. Gritos entre negras sombras. Me juro venganza. En cuanto vengan me vengaré, si mañana, de  mañana, al desatarme. Vendrán de mañana, espero. Venganza sí. Pero ¿contra quién? ¿Qué venganza?

La ansiada hora de la comida. Todos los días son iguales, el menú cambia un poco, al menos. Cocktail de pastillas para todos y todas. Discusiones por la comida. Las enfermeras vigilan como halcones a sus presas. Nadie se libra de su menú y de sus drogas. ¿Quién tendrá más pastillas? ¿Para qué son? Yo no se nada, no debo saber nada al respecto. Soy el último en enterarme de todo. Debo tener paciencia, insisten. Tomo religiosamente montones de comprimidos diferentes.  Solución rápida, que no soluciona nada pero es efectiva, cómoda para los médicos y lucrativa para las empresas farmacéuticas. Desayuno,  comida, merienda, cena. Horas ansiadas en este mortal aburrimiento. El reloj no avanza. Tenemos prisa. Una bipolar que se hace llamar Caty, tiene pinta de gato, lo adelanta, pero la comida no llega antes. Tampoco llega antes la hora de las visitas. ¿Vendrán hoy mis padres y amigos? ¿Les dejarán pasar esta vez? ¿Les echarán antes de tiempo? Cuando vienen los abrazo tembloroso, y les pido que me ayuden a escapar. Todos somos un poco bipolares, pienso.

Habitaciones separadas por el sexo  y el  género. Los chicos con los chicos, ye, ye,…ya se sabe. Normas útiles, inamovibles o normas que permanecen, de momento. Me equivoco una vez  y entro en la habitación de las chicas. Cruzo la puerta y me paro en seco. Sólo hay una anciana dulce pintando flores amargas. Soy reprendido duramente. No hay que despistarse. No en esas cuestiones. Los chicos con los chicos, respondo, sumiso. El anciano senil, agradable por el día, me amenaza con un cachavazo, con romperme la crisma, si no apago todas las luces por la noche. Pero yo quiero leer, no puedo estar tumbado sin más. Necesito un haz de luz. Mándenme a casa, así no molestaré a nadie. Debería ser más valiente frente a la oscuridad y la quietud. Estarme quieto en la cama.  No ser como Sylvia Plath temblando por Johnny Panic y la Biblia de los sueños, con miedo a las pesadillas. Me siento como un niño su primer día en un internado religioso. Quiero hablar con alguien de lo que sea, pero apenas nos comunicamos, sólo nos acercamos un poco, unos a otros, un par de confidencias íntimas, echamos pestes del lugar, criticamos al personal y hacemos algún plan de futuro. Alguno piensa, no muy en serio, en fugarse. Luego nos peleamos. No me dejéis aquí. No tengo paciencia. No quiero estar con ellos ni con ellas. Una  enfermera simpática me bautiza “El Divino Impaciente”. Luego me deja solo. ¿Dónde ha ido?

Una anciana quiere obligarme a ver la Santa Misa, en el cuarto de la tele, pero yo le digo: Dios ha muerto y luego me avergüenzo de mi in-genio, de mi  pobre capacidad de respuesta.

Quién es quién en la habitación de fumadores. Confidencias de desencantos amorosos y rupturas con la familia. Yo no vuelvo a enamorarme, dice una chica gordita que vocaliza casi tan mal como yo. Yo no vuelvo a enamorarme, repite. Parece el título de una canción de Rocío Jurado. Ha decidido buscarse un trabajo y comprarse un perro. Los prefiere a los hombres. Yo no. Ella no quiere depender de la familia, que la ha metido aquí. Algunos hablan mientras escuchan en discman, otros lo llevan sin pilas pero cantan, pese a todo, canciones pasadas de moda, como si las oyeran realmente. Una mujer pequeña inicia  un patético baile al son de canciones con la letra equivocada, con los compases cambiados.

En los días peores, al principio de todo,  o mejor dicho en los días del medio, Urgencias del General Yagüe, mis padres me visitan en la UVI, o la UCI como la llaman ahora. Allí yo estoy hecho un vegetal, inmóvil, drogado al amanecer  y entubado totalmente,  pero no les está permitido hablar por la mañana, ni decirme nada Yo creo que se  han quedado mudos para siempre y lloro y me muevo y la enfermera me da la vuelta por si estoy incómodo y yo quiero la postura de antes  y me agito como un pez recién cogido con el anzuelo. Está perdida. No sabe qué me pasa. No entiende nada. ¿Qué busca? ¿Que  hacer? Me pone  una inyección, y acierta con la vena a la quinta intentona. Algo de dolor en el brazo. Me siento algo más vivo. Por la tarde los pocos que vienen a verme han recuperado la voz, me hablan, me dicen cosas bonitas al oído, pero yo estoy casi dormido, se  me cierran los ojos, trato de abrirlos...las pastillas de por la mañana…no  puedo oíros bien…me duermo…no os vayáis. Volved.

Desfile de enfermeras jóvenes y viejas, delgadas y gordas. Me preguntan si me han puesto esto o lo otro, pero yo no tengo fuerzas para contestarles. Ninguna se queda. Tengo fiebre. La enfermera abre la ventana y me cubre de bolsas de hielo. Luego desaparece.  Tengo sueños raros, calcinados y heladores. Logro tirar una de las bolsas al suelo pero no puedo gritar cuando me la vuelven a poner, la boca no me responde. La fiebre se va yendo, a pesar de todo.

Me vuelven a cambiar de Hospital. Pierden mi historial por el camino, luego lo recuperan. Empiezo a recobrar el habla y los temblores empiezan a ceder. Me ayudan a componer palabras con una pizarra de letras, mis amigos. Comienzo a hablar, despacio, ellos me acompañan. Yo digo cosas amargas. El Hospital sigue mudo.

Un enema. Que olor. ¿No bastaría con un supositorio? Me limpian ya, una hora después, menos mal. Ya era  hora. El olor sigue en la habitación. Trato de abrir la ventana pero no tengo fuerza suficiente. Sigo sin poder hablar bien. Ni escribir, casi ni leer. La rabia me impide mejorar. Mis músculos están rígidos y me tiemblan las manos. Otra vez solo con la enfermera de las punciones y las extracciones. Trato de gritar pero no tengo suficiente voz. Paso dos días casi mudo, gimiendo, diciendo tacos, yo no nunca he dicho tacos...  El tiempo sigue transcurriendo, despacio, en esta cárcel blanca. Hay ruido de obras por la mañana. El Hospital está en obras y despiertan a los enfermos. Temo la hora de la noche. Me arranco la sonda de alimentación y me atan con furia a la cama. Mama Roma, pienso. Cuando amanece una enfermera promete soltarme una  pierna si dejo de gemir y gritar, pero yo  no  acepto el trato. Encefalograma, scanner, resonancia (canto, desafino para no oír los ruidos de la resonancia). Canto de Sirenas. Este chico no es esquizofrénico. Lo dicen todas las pruebas. Sólo bebe para destruirse, para hacerse de agua, disolverse como un efervescente pececillo en un mar devorador. Ha bebido por cuarenta. Tiene que empezar a cuidarse. Mielonelosis, un nombre bonito para una enfermedad fea. Personalidad obsesivo-compulsiva. Pido un chorrito de agua sin espesante pero no me lo dan. Es el protocolo.

Yo no siento más que deseo por el enfermero guapo y cruel, el sádico y sexy aprendiz de verdugo que se ensaña con las niñas asustadas y las anoréxicas respondonas. Pero hasta el deseo se ha amortiguado, ya no tiene prisa. Le oigo golpear a una chica y mi deseo muere de indigestión. Ya no me gustas, cerdo. De acuerdo, es un trabajo duro, no tienen dinero, ni personal, ni apoyo de la gente del pueblo, no hay fondos públicos para  esto. Pero ¿Dónde está el cariño, el trato personalizado?  Esto es sólo un vertedero. O algo peor…

Un enfermero joven me conoce de vista y él y las enfermeras ríen y comentan sobre mi tatuaje en el culo. Ya soy famoso por mi tatuaje en el culo. Yo no les hago caso.  No merece la pena. Creo que más que la araña que surge de mi nalga les escandaliza que otro, que no sea ellos, haya podido poseer, moldear, castigar mi cuerpo. Creen que es un privilegio de su profesión.

Pijamas franquistas, pantalones anchos, de tela áspera y lazada única que se caen hasta los tobillos y me ponen en apuros cuando ya logro andar por los pasillos, apuros y semidesnudos salvados por mis sufridos cuidadores. Te duchamos. El agua sigue fría. Unas me duchan con cariño, otras con miedo a que me caiga, otras con desprecio. Límpiate tú tus partes. ¿Sólo tengo esas partes? ¿Las demás no son mías? Estoy partido.

Los médicos en la sombra, dirigen todo lo importante. No se mezclan demasiado con los mortales. Ellos manejan este improvisado purgatorio desde un Olimpo donde no hay tiempo de sobra para nadie. Quién sale, quién entra, quien regresa, quién come o no come esto y lo otro. Mi madre lucha porque me den ya el alta. No aguanto más, quiero salir de aquí. Déjenme ir a casa,  ya estoy algo mejor. Hay una forma, aunque hay que hacerla bien. Hay que fingir alegría, empatía  y conformidad cuando te reciben. No falla. No hay que quejarse de nada ni nadie, menos del personal. Me he reconciliado con el mundo, soy uno más en esto, tengo ganas de vivir, trabajar y hacer nuevos amigos, miento. Estoy mucho mejor, repito. Y me sueltan, me mandan a la calle empastillado y con libro de instrucciones, al cabo de unos días. Soy libre. Afuera hay una extraña luz blanca. Pero ya me da igual. He visto a la muerte cara a cara. Los que están allí tal vez me entiendan. Yo ya  no puedo visitarles. No me está permitido.

Eduardo Nabal