| Cartas privadas 68
Si supieras que aún dentro de mi alma
Querido H:
En realidad no puedo contestarte nada con respecto a las líneas en tu
última carta, me he quedado demasiado emocionado, sin palabras, solo con
las imágenes de nuestra querida ciudad que no hace más que despertar esa
nostalgia porteña que solamente la tiene como dicen en el campo: "el
que la mamó de borrego".
Dices que para leer mi obra tendría que poner algo de Astor de fondo,
te lo agradezco, me halagas y me honras; tanto a Jorge Luís como Astor,
los conocí de grande; el tango, aunque no lo creas, no era bienvenido en
mi casa. Esa manía tan porteña de creer que estamos en París en ves de
aceptar que vivimos en una Nueva París, la de las milongas, la de los
tangos, la de un café con leche con medialunas o de un licuado de banana
con un tostado de jamón y queso, la de un Café Concert con risas y
puteadas de un gordo simpático ó un varieté de alguna pelirroja ya
gastada por la vida que aún le canta a su primer novio. Tantos sabores
típicos de nuestra patria.
La primera vez que oí a Piazzola fue cuando volvía del cine a casa en
el auto, en medio de una autopista que sollozaba bajo una lluvia de
invierno, de esas frías que te humedecen hasta el alma. Lo transmitían
directamente desde el centro sinfónico Meyerson de esta ciudad; tuve que
parar en una estación de servicio para poder largarme a llorar tranquilo,
entre la lluvia y mis lágrimas, no veía por donde andaba. Me pregunto si
en los desaforados aplausos que cerraron el concierto hubiera podido
sentir palpitar esa emoción que acumulan cientos de recuerdos de una vida
en un solo instante.
Lo más cerca que estuve del tango fue durante muchos fines de semana
que pasaba con mis primos en su estancia en Chascomús. Era como cerrar
mis ojos y entrar en un mundo completamente diferente al mío. Desde la
salida del colegio, en la calle Belgrano frente a la estación Central de
Policía - un barrio porteño hasta la medula, graciosamente en este
último viaje a Buenos Aires estuve buscando una de esas casas viejas con
patio para alquilar - en el momento en que nos metíamos al Falcon y
saludábamos a Luís, el chofer, que entre escupidas de tabaco y un
cigarrillo negro vencido de costado en su boca nos largaba entre dientes
un
- "Buenas Tardes, apurensé que llegamos tarde al campo"; en
ese preciso instante la aventura ya comenzaba.
Después de cuatro horas de viaje nos perdíamos en un camino de tierra
bordeado de extensiones interminables de campos sembrado que cada tanto, a
lo lejos dejaban explotar un monte de eucaliptos. El viejo monte de la
estancia se reconocía desde lejos con sus ombúes y sus plátanos
gigantescos. Una estancia tan patriotamente criolla como el obelisco. Dos
columnas que apenas se mantenían en pie, sostenían cansadas un arco con
el nombre del establecimiento. Una casa colonial con columnas que
protegían una galería siempre fresca saludada por ventanas enormes de
postigotes, nos daba la bienvenida en esos tan añorados viernes a la
noche. Unos cuartos amplios y llenos de nada con unas camas de hierro
forjado nos aguardaban para abrigarnos con sábanas de lino frías
bordadas con las iniciales de mis tíos enarbolando una elegancia pasada.
Me acuerdo que siempre venía Ema, una vieja niñera y nos calentaba las
camas con ladrillos calientes.
Pero la parte del fin de semana que más me gustaba era la de los
sábados a la noche cuando se organizaban las parilladas. Todo un evento
tradicional que se comenzaba a preparar desde esa mañana, mesas, manteles,
vajilla, todas las sillas que se pudieran encontrar, guirnaldas con
faroles de colores, todo para la fiesta.
Luego, la gran cantidad de invitados comenzaba a llegar. Del pueblo, de
las estancias vecinas y hasta de Buenos Aires venían amigos y conocidos
para la Gran Milonga.
Siempre se armaban unas payadas cantadas bajo ponchos salteños y por
supuesto, en su momento de gloria, reinaba el infaltable tango, había en
especial una chica que los cantaba muy bien, era una de las niñeras de
mis sobrinos que años más tarde se casaría con uno de los petiseros
encargados de los caballos.
Esta noche con un disco compacto de Piazzola puesto en la computadora (grabado
subversivamente del Internet) me enamoro a cada instante más y
enloquecidamente de nuestra reina, de nuestra Reyna del plata, como
siempre la he llamado. Esa Mirella de nuestro tango tan solamente nuestro.
Esa diosa porteña que puede por un capricho del destino regalarte una
caminata bajo las estrellas inolvidable. Creo que tenía diez años cuando
una noche saliendo del cine Metro, en su momento el cine más grande de la
ciudad (ahora está dividido por el avance contemporáneo en cuatro salas
y aún bastante amplias), me topé de cara con un "Sr. Grande"
con una cara repleta de arrugas y unos ojos casi cerrados por unos
párpados cansados, unos ojos que me enseñaron en ese instante a mirar
hacia el infinito de mí vida, unos ojos que me dieron confianza y paz. Me
preguntó cuál era mi nombre y si lo podía acompañar hasta un
restaurante que quedaba a la vuelta de la manzana. Lo tomé de su mano
centenaria manchada con tinta negra, llena de historia y de poesía. Al
dejarlo frente a la puerta, me palmeó el rostro y dándome un golpe
cariñoso sobre mi cabeza dijo:
- Presiento que nos volveremos a encontrar.
Un mesero muy amable salió a su encuentro y Tomándolo de su brazo, lo
salud diciendo:
-Buenas noches Sr. Borges, sea usted bienvenido, su mesa lo aguarda.
Cómo describir a esa ciudad tan fantásticamente maravillosa, tan
llena de magia, tan llena de curvas sensuales que se convierten en
avenidas interminables para transformarse bajo suspiros
cómplices en callejones sin salida?
"Buenos Aires Hora Cero", me aconsejas oír esa pieza. Mi
querido amigo, Buenos Aires vive desde su primer día en una hora Cero,
siempre nueva, siempre creciendo. El sol se asoma tras el gigantesco
puerto y entra por la Avenida Libertador, desperezándose hasta entibiar
los senos de las ninfas de mármol de esa audaz y vanguardista Lola Mora y
entra por la Avenida del Libertador para refrescar su sueño en el agua
fresca del monumento de los españoles.
Todo, desde su explanada Sur con una costanera excéntrica repleta de
palmeras y frondosas tipas, hasta la Costanera Norte con sus elegantes
restaurantes y piscinas de recreo; todo es parte de ese Cero, de ese
momento en que a cada instante crece y multiplica su aroma de reina.
Has caminado por el centro algún Domingo temprano? Sentir una mañana
fresca que con su brisa insolente te besa el rostro cuando cruzas la
avenida Nueve de Julio y miras hacia un celeste infinito manchado con
palomas volando en círculos alrededor del obelisco, es una experiencia
que vale la pena tener.
Aunque ahora creo que hoy nuestra heroína llora atrapada en una
tristeza oscura, casi negra. Golpeada bajo piquetes de palas oxidadas y
vestida con banderas escritas con hambre, observa entristecida, mientras
llantas de tractores, otrora campeonas de cosechas de oro, hoy yacen
desmayadas sobre la avenida Callao incendiadas echando humo que sube y se
pierde en un futuro incierto. A lo lejos, refugiándose en un cuento de
hadas, los elegantes habitantes de de un barrio Norte moribundo se pasean
ignorantes sobre alfombras persas roídas por los tacos de una
indiferencia malvada y mantienen sus miradas fijas en copas de champaña
vacías.
Qué le han hecho a mi querida amiga? ¿Quién ha bañado los túneles
de sus subterráneos con sangre de niños muertos? ¿Quién le ha clavado
en medio de su alma la lanza de la avaricia?
Hoy, como en el tango, la lloro y la extraño; quiero volver a hacerla
mía.
Si, tienes razón, Buenos Aires Hora Cero; Buenos Aires en su nuevo
canto resiste y se levanta orgullosa de otro de los infinitos golpes de su
historia. Y otra vez más el sol se asoma cansado sobre el puerto y baña
las calles sucias de la City con su inagotable esperanza manteniendo la fe
ciega en otra mañana orgullosa.
Hoy Buenos Aires resiste con la fe eterna de una generación pasada y
se juega la vida y enseñando los dientes con soldados de mármol se
prepara para la batalla que será agria, pero finalmente vencida.
Buenos Aires en su Hora Cero triunfa y rezando un Padre Nuestro se
aferra a su historia.
F.S.
Dallas 25 Marzo '06
www.casabal.com
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