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Bernardo González: entre el ser
y la pintura
Ciudad de México (© Rubén Fischer/Enkidu): Es
lunes 18 de septiembre de 2006, por más que me esmeré en recordar y
prevenir todo lo necesario para el orden del día olvidé algo que luego,
conforme pasaban las horas, se fue convirtiendo en una espina. Desarrollé
bien mi jornada de trabajo, pero me punzaba el hecho de cómo hacer la
entrevista al joven pintor sin siquiera tomarle una foto; igual pensé
en pedirle que me diera una; sin embargo, ninguna reflejaría su expresión
neta de nuestra conversación.
Así que corrí, en cuanto dieron las seis de la
tarde –la cita era a las siete en su casa de Londres, cerca de la Zona
Rosa–, a mi depa en la colonia Álamos para tener la cámara; subí
cinco pisos, bajé otros cinco (sumaron 10); entré al metro: escaleras,
pasillos, trasbordo y ¡llegué 15 minutos antes! Di una vuelta por las
calles aledañas, recordé el cine Electra; aquellos años de ligue
durante las funciones de películas de arte y, por fin, a mi encuentro
con Bernardo González.
Me
recibe en jeans y camiseta, alto, delgado, moreno, de ojos risueños,
gran sonrisa y abrazo conciliador. Al entrar a su departamento hay una
gran cantidad de pinturas, dibujos, antigüedades; de inmediato vienen a
mí recuerdos de casas de amigos entrañables. Sin más me señala una
galería de fotos en blanco y negro, con orgullo me dice que es su
“Trevi calendario”; miro los cuerpos desnudos, su cuerpo desnudo y
su sexo que expresa, con orgullo, parte de su libertad.
Me ofrece vino como aperitivo, le digo que prefiero
mezcal –por ser alguien relacionado con Oaxaca, presupongo que lo
tendrá–, ¡no tiene!, se lo ha bebido todo; claro si apenas hace dos
días celebramos las fiestas patrias. No tomo vino, no me gusta, por más
que se considere chic, culto o cosas así. Se apena y le digo que
no importa, tomaré agua simple y llana.
En lo que prepara algo en la cocina platicamos de
cualquier cosa; eliminamos la tensión y ese odioso deseo de formalizar
“la entrevista”. Por fin se sienta, nos vemos a los ojos y seguimos
comentando. Le digo:
No traje grabadora, así que esto es sólo una
charla.
Está bien –contesta sin más.
En seguida le pido me aclare si es oriundo de
Oaxaca.
No, nací en el De eFe –contesta–, pero
desde pequeño me fui a vivir con mis abuelos, así que casi soy de allá.
Cuidaba chivas, iba a misa los domingos; me encantaban los domingos,
porque después de misa me llevaban a comer tamales de hoja de plátano...
Me cuenta muchas cosas de esos años sin perder la
sonrisa, del campo, de las calles y las iglesias de Oaxaca, de sus tíos,
de sus abuelos, de su bisabuela. Ubica su gusto por los hombres güeros
como parte de su herencia familiar:
A mi abuela le gustaban güeros y se casó con uno;
a mi bisabuela también, alguna vez se lió con uno y hasta tuvo
problemas con la gente por eso. Eso me lo contó hace años, antes de
morir y yo creo que las heredé.
Entre anécdotas de familia y aprovechando su
entusiasmo, le pregunto sobre la relación con sus papás, si no está
enojado con ellos por haber vivido separados tantos años.
Considero no estar enojado con ellos, aunque quizá
es la razón por la cual sí me mantengo un poco alejado. Visito a mi
mamá una vez a la semana y como con ella, veo a mis hermanos, pero no
me relaciono más allá. Vivo mi vida y resuelvo mis cosas. Mi hermano
menor me busca, luego anda por aquí, aunque no tenemos mucha comunicación.
Después platicamos de su formación –Técnico en
Hotelería y Gastronomía–, de su relación de pareja que ya suma 14 años;
considerando sus escasos treinta y... es todo un acontecimiento. También
hablamos de su casa y sus aficiones.
¿Y
la pintura? –pregunto sin más–, ¿a qué edad te diste cuenta que
te gustaba dibujar, pintar, colorear? ¿O fuiste como la Pau Rubio o la
Thalis, que “cantaban” desde que estaban en el vientre de sus
respectivas madres?
No, para nada –ríe divertido–, pues un día me
di cuenta, ya tenía como unos 12 años y de ahí para acá. Fue todo un
descubrimiento. Luego estudié en la Academia de San Carlos y he tenido
un maestro estupendo...
Me muestra los cuadros de su maestro, revelan
trazos finos, seguros, llenando de formas voluptuosas y de sueños, el
otrora espacio en blanco. Tiene un buen maestro, concluyo.
También
hay música, pone voces femeninas para que nos ambienten la conversación:
se oye a Susana Harp, luego a Lila Downs; “dos muy ‘oaxaqueñas’,
se nota en los apellidos, son bien zapotecos, ¿a poco no?”, le digo
hilarante y se ríe. A él le gustan. Más tarde pone a Sasha Soköl y
agrega que también oye a la Pau Rubio y algunas más de esa estirpe.
Me da un tour por su casa. Veo más cuadros, más
historia de vida, de su vida, de su relación, de lo que ha tenido que
enfrentar y a lo que ha podido llegar. Sus exposiciones, la gente que lo
ha apoyado, los amigos que están y los que ya se han ido (algunos
fueron sus modelos)... Es atrevido, vive y goza, se ríe, se come la
vida cual rebanada de sandía, aunque también ha vivido enormes
sinsabores.
En su obra hay monjas, ángeles, arcángeles,
santos, muxes, soles, pájaros, personas vivas y muertas. Se mira un
universo de elementos conjugados en pos de un halo místico, muy
personal. También hay caos, irreverencia. Si se observa con
detenimiento se verán cuadros donde el trazo es meramente infantil,
desproporcionado, despreocupado de las formalidades de la escuela clásica,
más cercano a lo que se conoce como arte naïf.
•
¿Cómo te gusta que se refieran a ti, como el pintor o como la
persona?
•
Como persona, porque más que pintor me considero un obrero;
alguien que se esfuerza cada día por mejorar, por llegar a eso que me
identifique, a tener eso que llamaría mi técnica. Siento que todavía
no alcanzo el punto en que me sienta satisfecho, acabado, completo. Por
eso tengo que trabajar y trabajar, estar en la búsqueda. Quizá algún
día yo me pueda llamar así, pero por lo pronto no, todavía estoy en
la búsqueda.
Subimos
a su estudio –está en la azotea del edificio donde vive–, me
presenta su espacio y el de su maestro –trabajan juntos, aprenden
juntos–, me habla más de él, de su trayecto, de sus cosas personales,
de lo que piensa, de lo que siente, de lo que le gustaría. Me invita a
ver fotos de su obra en la computadora, me va mostrando y explicando
cada una. Me habla de sus relaciones interpersonales; me regala un catálogo
que le hicieron en la Embajada de Alemania, para una exposición; me
regala Lolo Bola, un libro de Gualterio Hernández Pérez, del
que ilustró la portada y la cuarta de forros. Me abre, en fin, parte de
su vida y de su sentir, su ser desmadroso [fiestero, N/Enkidu], el no
poder estarse quieto, el cachondearse a la vida y dejarse venir las
veces que sea necesario. Comparte más cosas de su relación de pareja,
de lo que les ha significado ir creciendo juntos.
•
¿Te importa si se habla de ti como alguien que tiene logros por
acostarse con la gente que te apoya?
•
Ay, mi vida, tendría que haberme acostado con un montón, pero
no, no me importa, de todos modos lo van a decir y de eso, a hacerlo,
hay una gran distancia. Yo sé que a los alemanes y a los gringos les
gusta mi trabajo y por eso lo han pedido. Se lo han llevado. He expuesto
en muchos lugares, individuales y colectivas, ya con eso tendría que
haber pasado por la cama (o la sala, el escritorio, la mesa, la cocina,
los baños y así) de mucha gente, pero no, no soy así. Si la gente no
tiene capacidad para ver más allá, es cosa de cada quien.
¿Cómo es Bernardo González? –hago mi última
pregunta de la noche.
Soy un hombre feliz; me gusta lo que hago y lo
disfruto.
Gracias –le digo.
No, gracias a ti –responde a su vez.
El abrazo de despedida. Salgo a la calle y ahí,
afuera, la noche se mezcla con la lluvia; hay ecos de recuerdos
circundando en cada esquina; fantasmas de la noche que salen para dar fe
de la vida a cada instante y en cualquier lugar se hacen cuerpo a cuerpo...
Bernardo
González, pinta y sonríe. Yo intento retener la mayor parte de lo que
me ha contado. Aquí les comparto una parte de lo que platicamos y, si
alguna vez tienen la oportunidad de ver su obra, recuerden que sigue
buscando, día a día, eso que alguna vez y para siempre le hará
denominarse, a él mismo, pintor.
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