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Amores registrados y registros amorosos
(9
de Agosto de 1993)
©
Irmita Iztapalapa
¿Alguno
de los trece radioescuchas de Irmita, en algún momento vulnerable de su
vida, ha deseado casarse...? ¿Ha soñado con escuchar campanas
matrimoniales? ¿Anhela recibir quince licuadoras como regalo de bodas...?
Bueno, pues si es heterosexual, podrá realizar sus ilusiones
siempre que reúna dos requisitos: la soltería y la media naranja.
Pero si es homosexual... entonces más le vale jugar a la casita.
Porque casarse, lo que se llama casarse... nada de éso: el matrimonio
está reservado para el uso y abuso de la gente decente.
Aunque
a Madame Iztapalapa la tiene sin cuidado eso de dar un Golpe de Estado
Civil, no por ello deja de comprender que otros puedan tener ganas de
unirse en matrimonio hasta que el fastidio los separe,
independientemente de que se trate de heteros o de gays.
Antes
de continuar, Irmita tiene para ustedes una noticia de última hora:
aunque parezca mentira, la gente homosexual también es gente, ¡sorpresa,
sorpresa...! Y como fue educada por heterosexuales, con frecuencia
aspira a ingresar a ciertas instituciones civiles inventadas para la
Sociedad ‑es decir para el montón‑ por un grupito tan minoritario
como encumbrado, los gobernantes, esas personitas que suponen que
todos los demás son iguales ¡ah, pero eso sí, muy diferentes de sus
autoridades! Y como la más romántica de esas instituciones diseñadas
para controlar a la chusma parece ser el matrimonio, y con tanta
publicidad como se le hace, no es raro que muchos chavos y chavas gay
quieran casarse con el objeto de su amor para sentirse legítimamente
unidos, por lo que de cuando en cuando reclaman ese derecho. Irmita
recuerda las múltiples veces en que Luis González de Alba, escritor y
mandamás del bar gay El Taller, ha presentado esa demanda ante
autoridades propias y extrañas sin mayores resultados; no olvidemos
que México es The Land of the Macho y según las estadísticas
papales, 105% guadalupano.
Pero
en otros países las habas se cuecen de otra manera. Irmita es una dama
que gusta de mantenerse al día en los eventos mundiales, y para la
fecha exacta en que esta Crónica sea difundida por Radio Educación,
con la voz aterciopelada ‑e incomprendida‑ de Tito Vasconcelos;
allá por Noruega se habrán celebrado los primeros enlaces entre
personitas del mismo sexo, gracias a la aprobación de una nueva Ley
que entró en vigor justo el primero de Agosto, a pesar de que la gente
decente de por allá, en especial la Iglesia Luterana, se opuso tenazmente
y armaron escándalo para que dicha ley no pasara en las cámaras
parlamentarias. Irmita se los imagina debatiendo airadamente en Noruego,
idioma que a nuestra culta dama le suena como disco al revés. Pero la ley
pasó. Y aunque también se pasó de tibia, no deja de ser un antecedente
de importancia en la azarosa búsqueda de derechos civiles para los
homosexuales de uno y otro sexos, lástima que además de tibia, les quedó
cucha.
El
asunto es así: dicha legislación permite a dos hombres o a dos mujeres
acudir ante el Juzgado de lo Familiar para solicitar unirse en una especie
de Sociedad Civil en la que nomás caben dos, por lo que la llamaron
"Sociedad de Pareja Registrada". Deben declarar que, para bien
o para mal, desean convivir bajo el mismo techo y que sea lo que el Rey
quiera. Una vez obtenido el registro, hasta ahí llega el asunto.
Nada de arroz, ni de vestido blanco, ni de ramo aventable. En cuanto a si
hacen o no pastel, es cosa de la tolerancia de cada quien a los
carbohidratos. Irmita imagina el auto nupcial festoneado de condones y
con un letrero: "Recién Registrados". Y luego sigue ¿qué...?
No debe ser una Luna de Miel; a lo mucho, una gira de estreno civil. ¡Y
ya....!
Ojo
al parche: la pareja queda registrada, no casada. Casarse es para la
gente decente. No hay, por lo tanto, ni esponsales ni solemnidad
matrimonial. A Su Majestad no le dio Su Real Gana.
Registrados
quedan pues, como automóviles. Como quien levanta un inventario,
por lo que si hay desavenencias futuras, en vez de divorciarse se
darán de baja, como quien desecha un escritorio con los cajones trabados.
En cuanto a la prole... también hay malas noticias. Como era de esperarse
no podrán tener hijos, pero por razones muy diferentes a las biológicas:
a las parejas homosexuales les está prohibida la adopción
"en beneficio del niño". Y si acaso uno de los registrantes ya
tiene chilpayates de cuando anduvo jugando al hetero, seguirán
siendo sus hijos, nomás de un él o de una ella. El otro o la otra no
pasan a convertirse en madrastros o padrastras. Traducción: por más
porras que dicha ley les echa a las parejas homosexuales, no dejan de ser
un par de desviados que pueden pasar sus malas mañas a un infante. Cita
textual: "...los tabúes que generalmente rodean a la homosexualidad,
hacen difícil para gays y lesbianas (sic) aceptar sus propios
sentimientos y desarrollar una autoimagen positiva". Irmita añade
que será aún más difícil cuando la tal "autoimagen positiva"
se sigue cuestionando en nombre de la buena onda de cuidar los intereses y
la salud mental de los huerfanitos.
Lo
único realmente civilizado de la Ley de Pareja Registrada, es que
cada quien conservará sus apellidos, a diferencia de las
mujeres heterosexuales que, al casarse y tomar el del marido, pasan a
convertirse, virtualmente o de facto, en propiedad privada del
macho.
La
Ley Noruega sobre Sociedades de Pareja Registrada para Parejas
Homosexuales, no difiere en nada de su equivalente Danés, nacido en 1989
y para los mismos fines, y aunque los legisladores bacalaos y demás arenques
presuman a sus vecinos que la ley Danesa similar "tiene tan sólo
cinco artículos, mientras que la nuestra tiene siete", el resultado
es el mismo: si los mariconcitos y las marotas quieren jugar a la casita
ante la ley, órale, pero ni crean que se los vamos a tomar en serio. Esto
se comprueba en el siguiente párrafo, citado textual:
"Dar
a los homosexuales el derecho de legalizar sus relaciones de pareja,
ayudará a reforzar el valor de las relaciones de pareja permanentes.
Las parejas que desean formalizar un compromiso mutuo y emocional, obtendrán
responsabilidades y derechos mutuos. Esto ayudará a los homosexuales
a estar más integrados con los principios morales fundamentales de
nuestra Sociedad, sin poner en tela de juicio la importancia de dichos
principios".
Traducción:
la única manera de que los horrorosos invertidos se asemejen un poco
a la gente decente, es a través del control de las instituciones, que
los ayudarán a que parezcan casi seres humanos... Hombre, pues
gracias por la flor; mañana venimos por la maceta.
Hay
otro agravante en la tal Ley: como la decentísima Comunidad Económica
Europea tolera aún menos a los homosexuales que los hijos de Erik el
Rojo y Thorhilda la Saltarina (así se llamaba, no es mala leche de
Irmita) el registro no tiene ningún valor fuera de sus fronteras, excepto,
por supuesto, en Dinamarca. Aún peor: para registrarse como pareja,
es requisito insalvable que al menos uno de los dos sea Noruego y/o resida
en el país. Amadísimo radioescucha gay: si de cualquier manera ya te
habías entusiasmado para viajar a Arenquelandia a registrarte con tu
muy amado o amada, más te vale ser o volverte Noruego.
Esta
homofobia disfrazada de buena onda, se parece muchísimo a la de los
santísimos preceptos del Nuevo Catecismo católico, que aclara
que la homosexualidad, aunque es un "desorden objetivo"
(sic tan misterioso como los caminos del Señor) no es un pecado en sí,
pero a condición de que el homosexual permanezca casto. Ni hablar, la
mano que maneja el sartén, maneja al mundo.
Sin
embargo el sartén es nuestro, lo hemos pagado nosotros, no nuestros
gobernantes. Incluso de nuestra bolsa pagamos los salarios de nuestros
gobernantes, es decir, les pagamos por manejar el sartén con el que nos
golpean a diario la cabeza. ¿No sería ya hora de que les recordáramos
el lugar que les corresponde y nos corresponde...?
Casémonos
todos, sí. Pero no ante la ley: casémonos con nuestros propios derechos
civiles y humanos. Ya basta de recibir las migajas de nuestra propia dignidad
que caen de la mesa de los heterosexuales. ¡Fuera del closet ya; a
exigir se ha dicho! No somos machos, no; pero sí somos muchos. Muchísimos
más de los que la gente decente se imagina en sus peores pesadillas.
Tantos,
como para partirle la cabeza al sistema.
9 de Agosto de 1993.
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