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Recuerdos de la estancia 39
Los conejos esconden los huevos

Darstellung des
Kaninchens, Histoire naturelle, générale et particulière, avec la déscription
du cabinet du roy. Paris 1750-1751., Georges-Louis Leclerc,
Graf von Buffon
Mientras tomo el desayuno y termino mis últimos dibujos para la
entrega de la materia de Diseño Urbanístico, miro por el ventanal del
comedor y observo como se ha vestido de fiesta la ciudad ésta mañana de
este Domingo de Pascuas. Entre las localidades en que he festejado este
día de gloria, Boston, ha sido la más elegante y festiva.
Una multitud se dirige con calma hacia la Avenida Commonwealth, donde
un gentío espera con ansias el comienzo del desfile. Soldados vestidos
con uniformes multicolores, alumnos de colegios privados entonando
diferentes salmos, un alcalde elegante acompañado por altos dignatarios
con sus señoras cubiertas por enormes sombreros sosteniendo canastas
repletas de huevos de chocolates para delicia de cientos de niños, todos,
caminando en un elegante y sofisticado desfile bajo un sol tibio de
primavera, sonreían a esa maravillosa mañana de Domingo. El famoso
desfile de Pascuas, que todos recordamos tan románticamente en la
película con Judith Garland y Fred Astaire, se repetía nuevamente en el
corazón de esta aristócrata ciudad.
Caminando hoy aquí, por los parques de Dallas, entre una multitud
impresionante acompañada por cientos de canes emperifollados con tules de
colores, sombreros con frutas y capas de superhéroes, me siento, rodeado
de amigos, sobre una manta escocesa para compartir un espléndido almuerzo
de frutas frescas, quesos, patés y champagne. Tratando, entre malabares,
de salvar mis canapés del ataque de tres muy maleducados yorkshires
disfrazados muy ingeniosamente de mariposas (tengo que aceptar el
talentoso diseño de vestuario de mis amigos), mantengo en alto mi plato
de comida. Al atardecer, la gente, en orden, se va acomodando delante del
escenario donde la orquesta sinfónica nos deleitará con un concierto
bajo la luna.
Tirado sobre la manta bajo un cielo cubierto por millares de estrellas,
con un dulce violín de Tchaikosvsky como fondo, mi memoria se levanta
sobre el césped tomando a mis sueños por la mano, y, juntos en un vals
sin nombre ni tiempo, se abrazan en un tango noble; me despierto de
repente en una cama de bronce demasiado grande para mi tamaño.
Calzándome las chancletas con cabezas de conejo y talones de pompones
blancos, corro al comedor a encontrarme con un ejército de niños
sentados frente a una larga mesa servida para el desayuno; hermanos,
hermanas, primos y primas, y un tío, aún joven, todos enfrascados en una
entusiasta charla. Entre tazones de humeante café con leche, tostadas
untadas con manteca y mermelada y vasos de leche chocolateada, se trazan
audaces planes para lanzarnos en la búsqueda de los tan preciados huevos
rellenos de confites escondidos en el parque por los conejos de Pascuas.
Luego de hacer cola en los baños, esperando nuestro turno para nuestro
aseo, nos cambiamos a nuestra almidonada ropa dominical. Una caravana de
seis automóviles se dirige, a paso elegante bajo el saludo matutino de
una avenida de eucaliptos añejos y señoriales, a la capilla del pueblo
donde, con una casi santa paciencia en una reverencia desesperada,
aguardamos el fin de la misa para volver a la estancia e internarnos en la
aventura esperada de ese gran día.
La búsqueda de los huevos de Pascuas!
Bajo la galería de atrás, nos esperaba una mesa larga con un mantel
blanco hasta el suelo, cubierta con: tartas, quiches de queso, ensaladas y
postres; entre ellos mi favorito: alfajor de dulce de leche, y como broche
de oro por la fecha tan importante, una copa de sidra para cada uno de
nosotros. Junto a las faldas del mantel, una hilera de canastas vacías
con cintas de colores esperaba nuestra llegada entre codazos y gritos de
alegría. Niños de otras estancias, hijos de amigos del pueblo, hijos de
los peones, todos juntos, en una aventura fantástica, nos sentábamos en
orden delante de la mesa, sobre lustrosas baldosas coloniales reflejando
nuestros pantalones cortos blancos, esperando el comienzo de la odisea.
El mayor de mis primos tenía como misión la organización de la
búsqueda. El parque se dividía entonces en cuatro zonas: la del norte,
llamada "del Lago de terciopelo", donde se encontraba el
estanque de lirios que mi abuela había construido en los primeros años
de la estancia, la del oeste: "Tierra de los duendes del Roble",
que comenzaba con la tranquera blanca pasando por la avenida de los
nogales, la del este: "la Tierra de la magia Blanca", con el
circo formado por la avenida de los plátanos, los bosques de pinos, y la
del sur: "Galpón de los tomates gordos", pasando por los
frutales y terminando con los gallineros. Odiaba que me tocara esta
sección pues siempre terminaba picoteado por algunos de los pavos reales
que custodiaban celosamente sus harenes de hembras. Recuerdo especialmente
un domingo, que guardaré junto a la más grande de mis sonrisas, cuando
un tío nuestro, el que vivía en Estados Unidos (coincidencias de la vida,
el tenía mi mismo nombre) disfrazado de conejo, apareció en el medio del
parque arrojando por los aires todos los huevos junto a sus canastas
corriendo a alaridos con uno de los pavos campeones de la Rural de mamá
sobre su cabeza picoteándole sus orejas largas. Todos caímos al suelo
retorciéndonos de risa bajo el espectáculo tan cómico.
La emoción indescriptible de un niño, con una canasta en sus manos
buscando una pila de huevos escondidos entre flores silvestres y arbustos
es algo emotivo y mágico.
Esa noche me duermo otra vez en mi enorme cama de bronce lustrado,
rodeado de recuerdos de un día inolvidable lleno de aventuras para
despertar en la mañana con una boca pintada de chocolate y unas manos no
tan bien lavadas.
Mis mejores deseos en este día de Pascuas.
F.S.
Dallas 15 Abril, 06
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