| Cartas privadas 97
La Habana Vieja
Boston Feb. 2024
Querido H:
Que bueno recibir noticias tuyas. Siempre es reconfortante saber que
hay gente que todavía tiene esos recuerdos de antes, de los que se llevó
el viento ¿o será más apropiado decir la historia, nuestra historia?
La Habana Vieja, suena tan romántico y novelesco como uno de esos
cuentos de bucaneros que nos leía papá del "Tesoros de la Juventud"
en las mañanas de los veranos en el campo. El tan admirado Paris de las
Antillas con esas callejuelas de tierra que serpentean los barrios mas
viejos de la ciudad alimentándolos de vida como si fueran venas repletas
de historia.
Al caminar por las calles de tu querida ciudad el aire se mezcla con el
lamento de alguna llovizna matutina que deja abandonada sobre los
adoquines manchados de verdín una poesía negra de la Morejón, esa madre
tan cariñosa y protectora que tiene la poesía de tu tierra, la misma
poesía que deja escapar su rima desde los zaguanes de baldosas viejas y
quebradas hacia las calles con transeúntes fantasmas.
Conocí a Nancy en un congreso de literatura sudamericana en la ciudad
de Dallas hace muchos años. La conexión la hizo ese gran poeta argentino
Osvaldo Sabino que ha sido siempre el padre estricto de mis páginas.
Si alguna vez conocí a un ángel, fue precisamente en esta oportunidad,
era mi primer congreso literario y tu ya sabes bien que no soy muy amigo
de las multitudes. Sentado en una sala repleta de gente observaba a la tan
renombrada escritora desenvolverse de la manera más simple y silenciosa
frente a una audiencia que no paraba de acribillarla con consultas. Una
voz suave, segura en su tono, hasta te diría simple, contestaba sin miedo
todas las preguntas. Cuando todo terminó, me quedé sentado esperando la
oportunidad para conocerla. El momento lo creo ella con su sensibilidad de
cara maga, como la apodé en su retrato días más tarde. Levantándose de
su mesa se dirigió a mí y dándome su mano se presentó, como lo haría
una golondrina a tu ventana. Recuerdo que fuimos todos a mi estudio para
tomar un desayuno, me animo a confesarte ahora, mi querido H., que ese
desayuno me costó mi último dinero en esos días (recuerda que ser
artista a veces no es fácil) pero que mejor inversión que la de
compartir momentos con los grandes de la poesía. Imagina tener tus
paredes escritas por líneas bordeadas con la historia de tu tierra, con
el polvo de tus calles. Luego vinieron unos días maravillosos con paseos
intoxicados de risas y polémicas sobre los últimos trabajos literarios.
Terminé con el mayor de los placeres paseando a siete escritoras
latinoamericanas, divertidas, intelectuales, entretenidas y sobre todo
parlanchinas que rodaban de un lado a otro riéndose a carcajadas dentro
de mí van sin asientos traseros en cada curva que daba.
La última vez que estuve contigo, me llevaste a conocer la parte norte
de la isla que aún no había visitado. Se entremezclan los recuerdos de
nuestras noches pervertidas de aventuras con las anécdotas de mi abuelo
que nos repetía hasta, por entonces, nuestro hartazgo, los domingos
después de misa cuando con mis hermanos íbamos al Tortoni en Buenos
Aires para tomar mis primeras Mimosas. Años más tarde tuve la astuta
delicadeza de comenzar a escribir lo que escuchaba desde que tuve doce
años
Nuestro Tortoni, ese café tan porteño de Buenos Aires y el Europa,
tan habanero de ustedes, donde escribieron garabatos literarios sobre
servilletas blancas tantos grandes en sus visitas de paso por tu vieja
Habana; Rubén Darío, Julián Casal bebiendo su té importado de China
discutiendo ideas sobre su última poesía, para solo interrumpirse, entre
sorbo y sorbo, por su té servido en una taza de porcelana inglesa con
tulipanes rojos. La terraza de Reina, como la solías llamar, donde Reina
María Rodríguez dueña y señora de baldosas reflejadas sobre las
estrellas, compartía escritos con los novelistas de moda. Eres afortunado,
vives en una ciudad que se alimenta de tinta negra, tan oscura como la de
las noches colmadas con los amantes de Arenas, donde escribía su pasión
por la vida en carbonilla sobre paredes escondidas de ojos vigilantes y
celosos de una libertad adquirida.
Tu ciudad, la de las columnas, como la llamaba Carpentier, repleta de
calles viejas, avenidas bordeadas de árboles, plazas con fuentes que
escupen al cielo durante las calurosas noches el drama de sentirse
sofocadas y prisioneras de su angustia.
Esa Habana que durmiéndose como en un cuento de hadas dejó que el
destino ineludible de sus contemporáneas latinoamericanas se deslizara
sin despertarla con su beso de príncipe azul, dejando pasar a ese
urbanismo nefasto y cosmopolita, a lo lejos, para quedarse en una
somnolencia mágica y eterna de bella durmiente, enarbolándose en su
sabiduría de druida gala llena de nostalgia y melancolía.
Tus noticias hoy han llenado mi mañana de memorias con el sabor de tus
playas interminables y enamoradas de sus atardeceres color sangre.
Parado en mi terraza tomo un puñado de nieve y formando una bola del
tamaño de mil poesías comprimidas la lanzo contra un roble que me saluda.
Siempre,
en mi corazón de hermano.
F.S.
Dallas 10 Sep. '06

Imagen: © Mea
Culpa por Francisco
Sastre
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