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Othelo sobre la mesa
o sobre los deportes extremos y las relaciones humanas
Ciudad de México, 11 de noviembre (Agustin
Villalpando/Enkidu): En esta ocasión, la Universidad Nacional Autónoma
de México (UNAM) trae consigo un verdadero ejercicio para el cuerpo
y el intelecto. Los sentidos se agudizan al ingresar en una especie
de cubículo-gimnasio, en la vastedad más básica del cerebro donde
se perciben los avatares del pensamiento y la acción.
Una historia sólida, la del Othelo clásico,
es retomada por el Maestro Jaime Chabraud Magnus, quien hoy ha
recibido el Premio Victor Hugo Rascón Banda por una obra donde
aborda los ataques a Estados Unidos que resultaron en la desaparición
de las Torres Gemelas de Nueva York, con la teoría de que los
mismos estadounidenses dieron pie y permitieron que sucediera la
tragedia. En esta propuesta de Othelo sobre la mesa vemos una
intensidad y la disposición dramatúrgica características de
Chabraud, misma que recibe corporeidad de manera convincente, por el
joven Maestro Alberto Villarreal Díaz, Director de esta puesta escénica
y quien la aguza con fragmentos de Sören Kierkegaard, el Marqués
de Sade, Ernesto Sábato, Fernando Pessoa y Daniel Veronesse. Othelo
sobre la mesa es un acierto impresionante pues enriquece las
actuaciones y la calidad del texto con la presencia de la actividad
física como parte integral de nuestra cotidianidad.
| De entrada, la agresión verbal parece constante y forma un
laberinto creciente de términos castellanos, un ir y venir de
cuerpos y una especie de trabalenguas que se dirigen, en
realidad, a la voz interior del espectador en una aparente
dicotomía de géneros, donde la mujer, en esta primer impresión
queda muy mal parada. |
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Y sin embargo, es una obra profundamente
feminista –en su acepción más humana, no por ello menos
controversial–.

Este primer eslabón forma parte de una
cadena de escenas bien armadas, cuadros perfectamente dimensionados,
donde los actores y el público podemos –o no– entender que más
allá de un triángulo amoroso, somos testigos de una historia donde
el poder, el imperio de las creencias basadas en una aparente
realidad circundante, marca las relaciones interpersonales entre los
personajes: Othelo (Rubén Olivares) es un publicista exitoso.
Su ambición por el perfeccionismo llega al extremo de buscar
conflictos donde no los hay, de lograr descubrir las tramas más
nimias, las infidelidades más descaradas y ocultas; Desdémona
(Maricela Peñalosa),
su pareja –pues nunca se han casado– parece frágil, pero al
mismo tiempo es seductora y posee la seguridad en su potencialidad,
lo que le permite sobre-vivir y traspasar los cánones
convencionales de género; Casio (Rodolfo Blanco), quien está
corriendo todo el tiempo, se mueve sin descanso, subraya su discurso
corporal prístino, directo y hace un uso exquisito de su gran
presencia física, la calidez de su voz y su mirada; Casio es un
seductor de almas y esto le perderá al final; finalmente pero no
menos importante, Yago (Gabino Rodríguez) es hilo conductor
de todo este entramado. Es el mensajero que da validez a las
verdades a medias que le interesa comunicar, cada una partida en
gotas diminutas de información plagada de estertores de instintos,
en dosis cotidiana, perenne como la respiración o la transpiración
al hacer ejercicio: Instintos-Celos, instintos-In-Fidelidad,
instintos-Amistad, instintos-Amor, Instintos-Poder.

Todo parece una atmósfera que se enrarece,
una donde quedan atrapados los elementos más inocuos de la
cotidianidad, como son los diálogos en la oficina, las
conversaciones en el hogar, el carrito de compras en el supermercado,
un arete perdido, un saludo no dado, un tropezón al salir de casa.
El discurso de los cuerpos, la disciplina que
muestran los actores, desde la cabeza a los pies donde, siempre
vestidos, muestran la verdadera desnudez del interior del Ser Humano.
Al mismo tiempo, todos los involucrados cubren sus intenciones,
ocultan sus recelos, desvelan sus temores y ambiciones sin
involucrarse mucho y sí dejando llevar sus energías ante la fuerza
del destino, el dominio de sí mismos y el aparente imperio sobre
los demás.
Destaca el hecho de que la obra es en
realidad corta, pero extremadamente esencial. El entrenamiento físico,
a cargo de Bruno Zamora López rinde frutos en una sutileza álbica
que sobrepasa las tres dimensiones y nos involucra de inmediato con
los pensamientos y la íntimidad que es necesaria para vivir esta
existencia que se desenvuelve entre una tumbling, las barras
paralelas olímpicas y dos caminadoras. ¿El juego de la vida, como los deportes extremos, son impredecibles
y sólo es el reto- adrenalina lo que le da valor? Ya no son los
detalles en sí mismos, pues valores como compromiso, verdad o bueno
y malo (remordimiento) son vencidos por sí mismos y se convierten
en obstáculos, sea el trabajo, el amor, la amistad, la fidelidad y
quién se sale con la suya.
Un vestuario atemporal-contemporáneo (Paty Sánchez)
permite ubicar la acción en cualquier urbe del planeta. Un
maquillaje sutil pero enfático (Josefina Arellano) permite que los
labios, las manos, los cuellos no opacan, a veces, parte de las
nalgas, las piernas y los abdómenes, que apenas quedan
suficientemente visibles. La iluminación (Alberto Villarreal), da
el terminado a la obra con un efecto iridiscente y una textura que
permite visualizar dónde se encuentra la acción circundante, el
interior y la lucha de poder.
Todo lo anterior permite que Othelo sobre
la mesa se convierta en un tobogán de emociones, donde la tarea
del respetable es sujetarse a sus experiencias propias y donde el
mayor reto es no dejarse desnudar por las voces inmemoriables de
estos cuatro personajes que, por igual, destilan sudor, sensaciones
y las pasiones más íntimas con las que, en sólo 50 minutos, el
respetable sale como si acabara de participar en una sesión intensísima,
maratónica, en el gimnasio de su propia historia.
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