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DOS POR UNO
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Charlie Ceballos/Enkidu
Ha
pasado poco más de un año y aun no hemos tenido la fortuna de poder
apreciar, en la pantalla grande, la película argentina Un Año Sin Amor ganadora de varios premios internacionales,
entre ellos el afamado Teddy Bear del Festival de Cine de Berlín en 2005
como la mejor película de temática gay. Salvo un par de presentaciones
en el Festival de Cine de Guadalajara del año pasado. Ni en las jornadas
de cine argentino, muestras internacionales de cine, en el de la Ciudad de
México, circuitos de cine y video gay como el Festival Mix, etc., han
tenido cabida para esta propuesta cinematográfica.
Caso
muy diferente y ampliamente publicitado la presentación comercial de Brokeback
Montain (Secreto en la Montaña, en México), básicamente por el
hecho de ser una película que mostraba la relación amorosa de dos
vaqueros “putos”, como a bien tuvieron referir no pocos espectadores y
cronistas.
A
mi parecer, las dos gozan de cualidades destacables para ser exhibidas y
recomendadas entre la población, cualquiera que sea su orientación
sexual. Sin tratar de vender trama, les comparto en esta ocasión mis
puntos de vista sobre ellas, esperando que muy pronto podamos ver la cinta
argentina, y que quienes dudaron en ver la estadounidense lo hagan antes
de que sea retirada de la exhibición comercial.
UN AÑO SIN AMOR
“Un Año Sin Amor” no es una película porno,
tampoco un documental sobre las prácticas leather o del sadomasoquismo en
Buenos Aires, menos una cinta educativa para la prevención o el
tratamiento sobre el VIH–SIDA. Es una película sobre la búsqueda del
amor (¿Qué es el amor?) de la posibilidad de que, por su medio, permita
ser más soportable la vida, buscando distanciarnos del dolor físico o
emocional que padecemos los humanos cotidianamente; de ese sufrimiento que
no nos provoca ningún tipo de placer.
Sin tremendismos, sermoneos o sentimentalismo ramplón,
la cinta nos confronta con ese ritmo en el montaje tan insoportable como
es a veces la vida cotidiana, sobre todo estando en soledad. Por ello se
vuelve una película incomoda, nos hace reflexionar sobre esos fantasmas y
dudas que viven en nuestro interior y tratamos de evadir muchas veces; es
una película abierta en varios niveles que no ofrece panfletos,
respuestas o milagros, transcurre simplemente como las caminatas de Pablo,
el personaje central: va y viene, busca y se confronta con la vida, con su
vida, del dolor de vivir al placer de seguir vivo, aunque sea
dolorosamente asumido.
El guión se basa en dos libros del autor Pablo Pérez:
EL MENDIGO CHUPAPIJAS y UN AÑO SIN AMOR, en colaboración con la
directora Anahí Berneri. Con gran economía de diálogos se complementa
una historia muy sólida, completamente cinematográfica. El tratamiento,
la cámara, actuaciones y dirección hacen lo suyo de forma acertada; los
encuadres nos narran y crean esos ambientes de opresión, casi
subrrealistas, con una iluminación permanentemente fría, a pesar de
tonos o elementos cálidos. Esto marca una distancia de Pablo en sus
relaciones con el entorno; su aislamiento es considerable entre los
familiares, ligues ocasionales, médicos, burócratas, o la chica
enamorada a quien da clases de francés.
Es notable la calidad y el arte de la iluminación,
complementada por una ambientación realista, casi minimalista, cuando
Pablo es el foco de atención. Dos ejemplos: una tableta disolviéndose
alcanza una relevancia inaudita, el tiempo transcurre lentamente diluyéndose
como la vida; una representación de la vida misma. El otro ejemplo es una
aguja metálica que puede resultar más obscena en su penetración a la
vena, que cualquier escena de encuentro sexual en el cine de acción o en
un calabozo.
La tensión, nerviosismo y soledad de Pablo se
registran en planos que nos vuelven a atrapar, que nos confrontan, la
narrativa esta muy bien lograda.
El trabajo de la directora Anahí Berneri sorprende
con un discurso visual aparentemente sencillo. Berneri nos habla de los
problemas de la incomunicación sin falsos homenajes a Kierlovsky; no lo
necesita, tiene su propio punto de vista, con sutiles detalles a lo largo
de la película establece el ambiente y la situación entre los personajes,
convirtiendo la cinta en un poema contemporáneo permanente, capturando
parte de la esencia lírica y poética que el autor manifiesta en sus
obras. Por supuesto mucho más cercano a Alan Ginsberg que a Neruda.
Pablo nos provoca interés y simpatía. El joven
actor Juan Minujín captura nuestra atención con un trabajo contenido y
natural, apuntalado por los otros actores que resuelven con propiedad su
labor, siendo el único punto débil en ese sentido quien interpreta a Báez,
pues resulta muy poco convincente, aburrido, sin la fuerza o personalidad
que se supondría en un Master; cosa que por poco sucede también con el
interprete de Martín, el Amo joven, quien afortunadamente saca adelante
su papel: un espléndido rostro y un buen físico a veces no son
suficientes.
La pista de audio es pulcra y acertada, no distrae
ni se sobrepone a la acción, ayuda a puntualizar sin grandilocuencias.
Inclusive en las escenas de la vida nocturna, que son los momentos en que
se relaja la tensión dramática, sin dejar también algunos destellos que
permiten comprender las relaciones de Pablo con su amigo Nicolás,
encantador y solidario personaje. La música retrata la personalidad del
personaje central con esos sonidos y frases musicales muy cercanas al
texto, con gran economía de variantes, apenas enunciadas, ajena a
cualquier intención melodramática.
Es de agradecerse la visión que sobre el mundo
leather se expone. Ahí se nota la colaboración y el empeño de
conocedores en el tema para mostrar dignamente y sin reparos, algo de este
submundo tan poco conocido y altamente satanizado. Nos muestra algo que
pocas veces hemos notado en otras películas que han tomado el tema
leather o Sadomasoquista como eje central: la CAMARADERÍA.
Si bien muestra acción ruda y hasta sexualmente
explicita, deja ver que existe un sentido humano en el trato, con rituales
y expresiones que a muchos pueden sorprender, sobre todo para aquellos
abusivos que, para cometer sus tropelías, utilizan el emblema de lo
Leather.
En particular resultó muy excitante observar las
creaciones de cuero hechas por Eduardo, siendo el atuendo para Martín el
de más morbo: reconocer entre los participantes de ese fabuloso calabozo
a amigos queridos emociona y motiva. Es un orgullo contar con semejante
tribu, el pequeño homenaje a Master José Luis, fundador de la movida
leather porteña también conmueve. Se trata de un gran gesto de parte de
la producción al haberlo incluido, desapercibido para el público, pero
muy importante para la gente del palo.
Respecto al manejo del tema VIH–SIDA resulta
también novedoso y lejos de cualquier maniqueísmo. Pablo puede y toma
decisiones, es dueño de su vida y de su cuerpo, puede hacerse responsable
de si mismo; más cercano de la visión de luchar contra el SIDA no por
miedo a la muerte, sino por amor a la vida.
Aquí es donde este tema debe de causar también
escozor entre los practicantes del leather o S & m (y de otras prácticas).
En la década de los 90´s, surgió un mito, como otros tantos, respecto a
la transmisión del VIH, de que los leathers eran inmunes al contagio ya
que por sus prácticas no corrían riesgos. Como indico era otro mito
generado por la ignorancia y acrecentado por la negación a aceptar que
dentro de los círculos leather, el virus estaba también presente, por
ello, una vez más, UN AÑO SIN AMOR se vuelve una cinta incómoda para
quienes se creen inmunes. Nos hace tomar distancia y enfrentar a algo común
que se da en nuestros sitios de acción públicos o privados: la
posibilidad real de interactuar con seropositivos; cosa que no nos tiene o
debe afectar, manteniendo las medidas necesarias de prevención.
Por esto y más, UN AÑO SIN AMOR, no es una mierda
como una vez leí por ahí. Si bien es una película modesta, no por ello
deja de ser una gran película, a la cual el tiempo dará su sitio y
valor. UN AÑO SIN AMOR cuenta con la sencillez aparente de las grandes
obras pero sobre todo, narra una historia que sigue siendo universal: la
dolorosa búsqueda del amor. Ahí se toma de la mano con la propuesta de
la película mexicana Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo... y que hace unos
años ganó también ese Teddy Bear en Berlín, ambas en contextos muy
diferentes transitan por esa búsqueda del amor, una con énfasis en el
dolor físico, la otra en el dolor emocional.
UN
AÑO SIN AMOR no me gustó, ¡¡¡ ME ENCANTO ¡¡¡
*
* *
CON
EL AMOR COLGANDO DEL ARMARIO.
No
hace falta abundar sobre los méritos técnicos y artísticos de la película
“BROKEBACK MOUNTAIN” (en México Secreto en la Montaña), de
2005, dirigida por Ang Lee, resultaría redundante.
Ganadora
de múltiples premios, entre ellos de tres Oscares recientes a la mejor música,
guión adaptado y dirección. Me concentraré en la historia desarrollada
a partir de un relato de Annie Proulx. Hay cintas que parecen haber sido
filmadas fuera de su momento histórico, como en los casos de Nosferatu,
el Vampiro o La última salida a Brooklyn; la primera realizada
a principios de los años 20´s anticipándose al nacimiento y desarrollo
del nazismo, la segunda del año 1986 relatando el obscuro movimiento
obrero y sindical en Estados Unidos de los años 50´s. Algo parecido
sucede con Brokeback Mountain, sobre todo si tratamos de observarla bajo
la óptica del actual Movimiento Gay, su lucha y sus reivindicaciones,
sobre todo considerando lo que sucede en Estados Unidos, Canadá, Holanda,
España, inclusive México, a partir de los años 70´s.
Presenciamos
un romance que corre a la par con el miedo, el señalamiento, la amenaza;
situaciones representadas por lobos u osos que merodean el rebaño de
ovejas que resguardan Ennis y Jack, de los binoculares expurgadores del
altanero contratador, el asesinato por odio, del rumor…
Situada
en un período previo a la despatologización de la homosexualidad, la política
ultra nacionalista y persecutoria del Senador MacCarty; el fisgoneo
institucionalizado hacia lo privado por parte de la C. I. A., teniendo
como director a Edgar Hoover, partícipe de una doble moral y aficionado
al travestismo; de un movimiento gay aun disperso, activado sólo hasta
1969, teniendo como detonador la revuelta en el Bar Stonewall de Nueva
York; en el medio oeste estadounidense, caracterizado por una ferviente
moral y fundamentalismo proveniente de la religión; un inexistente
discurso homosexual de liberación y sin medios para difundirlo.
No
resulta nada raro que no vaya más allá. Con esto no estoy haciendo una
justificación a la vida dentro del armario. Mas bien apelo a la reflexión
sobre ello y sus repercusiones; una reflexión que nos puede incomodar,
pues se trata de un silencio culposo y resulta más perjudicial que buscar
vivir de la manera que nos sea conveniente, sin la necesidad de
ocultamientos. Esta reflexión nos puede situar en medio de lo que podemos
considerar que nos da libertad de ser, basando la argumentación al
respecto, en el compartir o convivir en lugares de ambiente, adquiriendo
cada mes una publicación de temática gay, escuchando o viendo nuestros
programas favoritos de contenido homosexual en privado, acceder a los
sitios o chats gay que existen en Internet… pero guardando silencio
sobre eso que queremos, sentimos y deseamos hacia nuestro compañero,
pareja o amante con nuestra familia, amigos, condiscípulos de escuela o
colegas del trabajo; atemorizados que al explayar nuestra orientación
sexual seamos reprendidos, expulsados, señalados, dejándonos con las
entrañas expuestas o sin ellas, como la oveja en la película, luego de
una incursión de los depredadores.
Ejemplificado
también en casos como el crimen de Matt Shepard en 1998, por parte de dos
jóvenes homófobos (McKinnley y Henderson), quienes lo golpearon hasta
que pensaron que había muerto, dejándolo colgado de una cerca de púas
en uno de esos idílicos paisajes del medio oeste de Estados Unidos.
Ang
Lee nos ofrece un drama sensible, apelando al amor y la coherencia,
creando una fuerte sacudida al criterio de esos sujetos y sectores que lo
invocan y proclaman, aunque en muy pocas ocasiones son capaces de
experimentarlo. Cierto que nuestros vaqueros comparten su intimidad fuera
de miradas indiscretas, enmarcada en la naturaleza, sólo al cobijo de la
luz del sol o la luna, en descampado, muy lejos de los atestados y
obscuros centros de convivencia que frecuentamos. Lee nos invita a
explorar fuera del armario, no a caer en la norma o conducta
irreflexivamente asumidas, sin que en esto se proponga como una consigna
sexo política, tan sólo haciendo un ejercicio de coherencia.
Las
interrogantes que quedan no son para que las respondan los personajes o el
director, sino cada uno de nosotros mismos, a la luz de lo que contamos
para ello hoy en día, lo que se ha ganado con tanto esfuerzo. Por ello
Brokeback Mountain se vuelve un documento representativo de una época, de
un tiempo en que hubiera resultado imposible filmarla, cuya referencia más
cercana sería Midnight Cowboy (Vaquero de Medianoche), dirigida
por John Schesinger en 1967, en donde se arriba a la homosexualidad por
una necesidad de supervivencia mas no por placer en la Ciudad de Nueva
York.
Sabemos
de practicas y fetichismos, momentos como un vaquero desnudo con las botas
puestas; otro lazando por las piernas al amante; la adrenalina que emerge
en un rodeo; los abrazos o golpes entre machos; tocar u oler una prenda
ajena… son escenas más poéticas que simbólicas. Su aparición no es
lo básico en la estructura. Quienes piensen que contemplarán el
“Kamasutra Gay Vaquero” se desilusionarán. Lo que resulta muy
importante de tomar en cuenta, es el peso de las miradas reales o
supuestas que recorren esta travesía, aunque más significativos son los
silencios que apretujan en cada secuencia.
Por
siempre leather y en botas: Carlos Ceballos, Chiquileather.
Cd.
de México, 24 abril 2006.
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