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Sexualidad y tercera edad
© Salvador M. Camacho/Enkidu
Las primeras consideraciones sobre la sexualidad datan desde casi cinco
mil años, tan solo se dispone de datos muy limitados sobre la
descripción de las conductas y actitudes sexuales, en diversos pueblos
con anterioridad al año 1000 A de C, pero no es hasta el siglo XX se
empieza a investigar la sexualidad desde un punto de vista más
científico. Algunos autores comenzaron a ofrecer una visión mas positiva
de la sexualidad por ejemplo: Sigmund Freud (1856-1939) las publicaciones
de Freud han dado lugar a una corriente del pensamiento, el psicoanálisis
que permanece viva y se ha multiplicado en diferentes teorías y
posiciones y que ha impregnado toda la cultura del siglo XX.

Al abordar la temática de la sexualidad en la Tercera Edad, nos
enfrentamos a un doble inconveniente: ahondar en las particularidades de
la vejez, suele resultar una tarea agobiante no sólo por la falta de
información y datos investigados al respecto, también porque la
problemática de esta etapa es generalmente abordada desde sus caracteres
negativos, sin valorizar, ni considerar las ganancias y riquezas que
alcanza dicha etapa. La palabra sexualidad no designa solamente las
actividades y el placer dependientes del aparato genital, sino toda una
serie de excitaciones y actividades existentes desde la infancia, que
producen un placer que no puede reducirse a la satisfacción de una
necesidad fisiológica fundamental y que se encuentra también a título
de componentes en la forma llamada normal del amor sexual.
La genitalidad es una función de los órganos genitales, un fenómeno
fisiológico. Existe también, sin relación afectiva. En cambio, la
sexualidad tiene una dimensión típicamente personal y humana. También
comprende la genitalidad, pero la supera y trasciende, esta no es solo la
satisfacción de un deseo provocado por un estimulo neuro - hormonal, es
mucho más, por que afecta a toda la persona, no solo al instinto. Esto no
es más que uno de los muchos elementos de una relación sexual en la cual
intervienen sobre todo la afectividad, la fantasía, la emoción, el amor.
(Espina, 1997).
Hay algo que es inherente a la condición humana, es el sentimiento de
soledad, que en la vejez se acentúa por las sucesivas pérdidas que sufre
el anciano/a.
Es la separatividad de Fromm como sensación existencial del hombre que
se hace especialmente consciente en esta etapa. Esa tendencia vital de
unirse a los demás hombres y mujeres para tener posibilidad de utilizar
sus potencias humanas puede encontrarlas en diferentes realidades del amor
(amor paternal, amor a Dios, etc.). Sin embargo, la realidad experencial
del amor sexual o de pareja es demasiado importante como para aceptar la
exclusión de su riqueza.
El hombre demanda afecto mientras viva y es capaz de darlo y recibirlo
mientras existe. La vida sexual es una necesidad biológica, vital, a
cualquier edad y negarlo es negar la condición humana, pero también es
una necesidad social en muchos, incluso siendo ancianos. Es además fuente
de vitalidad en el sentido de longevidad. Investigadores de la Escuela de
Higiene y Salud Pública (Hopkins University), en 1997, han demostrado
otra realidad positiva, en cuanto que cuando los adultos mayores se
vuelven a casar, disminuye notablemente su índice de mortalidad.
La capacidad sexual no desaparece con la edad y la disponibilidad de un
copartícipe atractivo y complaciente es el factor más importante para
lograr mantener una vida sexual satisfactoria. El anciano/a necesita
convencerse que tener deseos sexuales no es anormal, inusual o inmoral.
Tienen que llegar a comprender los cambios psicológicos y físicos que se
producen en esta edad evolutiva, que no significa la renuncia al placer. (Gutiérrez,
1998).
Aunque el envejecimiento puede ser asincrónico en diferentes aspectos,
mientras lo biológico involuciona, lo psíquico evoluciona,
desarrollándose nuevos intereses y funciones que podrán ser integrados a
estructuras forjadas en relaciones más antiguas reestructurándolas,
pudiendo así contrarrestar la tendencia a la angustia y a la regresión.
El contacto, el calor, la palabra y la ternura ganan en importancia,
siendo más precisas las caricias para ambos sexos, de ahí que la calidad
de abrazos, toques y otras manipulaciones influyan mucho en el
mantenimiento de la actividad sexual de la pareja o el individuo. El
adentrarse en el mundo de los ancianos implica involucrarse con sus
realidades y dejaríamos de ser objetivos si no reconocemos los cambios
sexuales funcionales en el anciano.
Es frecuente que la actividad sexual se modifique durante la
senescencia, pero no cabe inferir de ello una determinación biológica
neta. La pérdida de la función reproductora quizás mueva a la mujer al
rechazo de la sexualidad o, por el contrario, acreciente su interés en
ese terreno. El temor de que disminuya su rendimiento sexual es sentido
por el varón como indicio de cierta inferioridad, que le afecta
principalmente en su orgullo viril y su autoestima. Ahora bien, el
interés sexual propiamente dicho no se modifica en realidad. Los cambios
fisiológicos sexuales asociados a la vejez son muy variables de una
persona a otras, pero en general permiten mantener la vida sexual.
Sin embargo, hay dos hechos que merecen subrayarse: El apetito sexual
de los ancianos está directamente relacionado con la intensidad de su
apetito en la juventud. Los hombres en los cuales la aparición del deseo
sexual fue temprana e intensa en la juventud, mantuvieron el máximo deseo
y la potencia mayor en la ancianidad: (Freeman 1981). Un factor esencial
para una vida sexual activa y continua radica en un compañero sexual
activo, deseoso y cooperativo. (Friedfels, 1990). El sexo en la tercera
edad debe abrirnos a un nuevo enfoque en la intimidad con su pareja, en el
largo juego de un preámbulo lleno de caricias sensuales y tiernas que
vayan animando a la pareja; en el romanticismo y la sensualidad que la
prisa de la juventud no dejó disfrutar.
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