| Recuerdos de la estancia (60)
Un altar Blanco para una rosa muerta
©
Franco Sastre/Enkidu
Otro sábado de música, pinturas y unas líneas de poesía. Hace más
de diez años que sigo fielmente a este programa de radio: "Una noche
en la ciudad", una noche llena de los más famosos musicales de
Broadway, una noche más que me empapa de nostalgia, dolor y de una
emocionante alegría. Una noche que desborda la atmósfera de mi estudio
con recuerdos de mi pasado, con momentos que quedarán en mi memoria por
el resto de mi vida. Creo que dentro de esos tantos, en esa larga lista
que siempre tengo presente, están los de esas típicas obligaciones
infantiles bajo las órdenes estoicas de mamá. Esas largas y tediosas
clases de francés, las clases extra de matemática (que hasta hoy en día
no han resultado en absoluto productivas), las idas a los Boy-scouts de
campamento, los partidos de Volley-ball en un club municipal de deportes
al que nos llevaban con mi hermana menor los sábados a la mañana cuando
comenzaba el verano en Buenos Aires, antes de partir durante todas las
vacaciones a la estancia. Recuerdo que esas mañanas tenían solo dos
momentos de Gloria: las tan esperadas clases de natación donde nadando
unos largos que parecían infinitos podía, entre braceada y braceada con
todas mis fuerzas, abrazar mi soledad y la compra de unos paquetes de
papas fritas pegajosamente engrasadas pero deliciosamente exquisitas.

Imagen: "Double
sin", por Franco Sastre
Pero mis horas de música!, esas interminables y entretenidas horas en
las que sentado a los pies de un sofá leía alguna poesía o simplemente
hojeaba -instruyéndome sobre la vida social de lo que sería mi hogar en
mi futuro - unas revistas de los años veinte repletas de la alocada
frivolidad norteamericana dentro de una época en decadencia, mientras
ella recostada se pasaba las horas planeando un viaje a la provincia de
Córdoba o la construcción de un nuevo gallinero para sus gallos
campeones de riña o simplemente tejiendo los cuadrados multicolores de
una nueva manta, interrumpiendo su labor solo para preguntarme que
sinfonía o que concierto estábamos oyendo, el mejor modo para aprender
sobre música. Más de una vez poníamos uno de esos discos de cera con
los viejos "Fox-Trots" de su juventud y tomándome por los
hombros me enseñaba los pasos de baile que tantas memorias le traían.
Todas esas memorias, todos esos momentos que no hacen más que
recordarme cuanto tengo por agradecerle a la vida, acercándome con el
compás de una melodía llena de zapateos y serpentinas a la persona que
más he amado en ella.
Música, música y más música, nuestra vida se envuelve en ella, como
si flotáramos muy alto y nos transformáramos en una nota armoniosa que
picotea nuestra existencia entre dolores y alegrías.
Mientras diseño el catálogo para mi próxima exhibición y enumero
las pinturas, silbo recordando que estoy vivo y me doy cuenta de que aún,
a pesar de todo este tiempo, no he comprado una cinta para grabarle a ella
el programa que esta al aire. Un modo de estar siempre en falta, siempre
en contacto, siempre en deuda. Como cuando uno se lleva todas las
pertenencias de lo de la "ex", después de una pelea, pero
siempre deja un bolso o un abrigo para inconcientemente tener una excusa
estúpida para volver y sufrir aún mas de lo debido al ver la cara
sonriente de un rechazo.
Y ahora, otro programa: "Horas románticas", aún más
delicadamente emocionante que el anterior. Tuvieron la maravillosa idea de
leer las líneas más románticas entre una selección de cartas de amor
escritas por poetas, por músicos, por intelectuales de siglos pasados. Es
como dormirse delante de un hogar encendido recostado sobre una alfombra
en una noche fría de invierno con la cabeza sobre un almohadón viejo y
descocido; por un lado, una mano rascándole el lomo a mi perro -que se
murió en mis brazos hace más de quince años - que me mira con los ojos
de un alma solitaria perdida en una tormenta y, por el otro, la otra
sumergida en la batalla entre una poesía de Baudelaire y un vaso de vino
blanco, uno entrando para ahogar viejas penas y la otra para salvarlas de
un olvido.
Siempre que oigo este programa me relajo y me sumerjo en uno de esos
instantes sin nombre, sin momento que se pierde entre las dolorosas
líneas de una carta de amor desesperada de George Sand y la triste
poesía de un Víctor Hugo abatido por la muerte de una hija adorada; todo
mezclado en un popurrí de esos ramilletes de flores exóticas que se ven
en las vidrieras refrigeradas de una florería cara y elegante (que sea
cara lo entiendo, pero elegante!). Este debe ser el único país donde las
flores, ornamentos frescos y naturales de nuestros campos, se mezclan con
ramilletes de relojes Rolex y Cartier. Bueno, pero sigamos oyéndolo a
Neruda recitando sus versos mientras se paseaba por las playas de su isla
Negra - ¿Qué reloj usaría Neruda? -
Trato en vano de entender los nombres de los poetas elegidos por la
conductora local en esta noche, checos, húngaros, franceses, una
competencia arrogante de apellidos extraños imposibles de pronunciar por
una lengua sajona, pero que como título de una noche de lujuria quedan
enmarcados en un marco de plata. Cuanto uno más ostenta mejor es, la
vanidad es la reina en una ciudad de vaqueros. Pero no importa, las
líneas son apasionadas y están empapadas de esa nostalgia que solo los
corazones enamorados saben deletrear.
Otro sábado de música, de pinturas y de poesía.
Una noche, dentro de todo, perfecta.
F.S.
27 de mayo '06
www.casabal.com
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