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Un volcán hace pública
la pobreza indígena en Ecuador
QUITO, 21/08/2006 (IPS) - - La erupción del volcán
Tungurahua, 150 kilómetros al sur de Quito, puso al descubierto la
fragilidad de Ecuador ante los desastres naturales y sacó a relucir la
pobreza extrema de la mayoría de la población indígena en este país
andino.
Diez poblaciones cercanas al volcán fueron arrasadas
por piedras, lava y ceniza y deberán ser reubicadas. Más de 5.000
personas perdieron sus casas y cultivos, un millón de habitantes de
ciudades y zonas rurales han sido afectados por la ceniza transportada
por el viento, y 40.000 hectáreas de plantaciones agrícolas y frutícolas
se arruinaron. Siete personas murieron y más de 30 están desaparecidas.
La nueva etapa eruptiva del volcán comenzó en 1999, pero se intensificó
el 14 de julio de este año con una fuerte explosión que provocó la
emanación de piedras, lava, ceniza y gases. Pero en los días
posteriores bajó su intensidad hasta el 16 de agosto, cuando se produjo
la mayor erupción desde el siglo XVIII, según informó el Instituto
Geofísico.
En la comunidad de El Altar, que hoy luce desolada por la acción de la
lava y las piedras incandescentes, días antes la anciana indígena
Dolores Chicaiza afirmaba a IPS que "lo bueno del rugido de la Mama
Tungurahua es que ahora el gobierno y los periodistas saben que aquí
hay pobreza".
Con el bramido del volcán de fondo y el temblor en el suelo, Chicaiza
mostraba su respeto por la Mama Tungurahua, como llaman los indígenas
kichuas al volcán.
"Es un ruido de mucho dolor por ella, por nuestras tierras sequitas
y flaquitas, por nuestros cuycitos (cuyes o cobayos), nuestras gallinas,
por nosotros que nos mantenemos en pie", afirmaba.
"Aquí los únicos que estamos firmes somos nosotros y la cebolla.
Nosotros, que resistimos desde hace 500 años y debemos seguir viviendo
con volcán o sin volcán, y la cebolla que también es fuerte y resiste
a la tierra sin agua, al frío, a la ceniza, al cascajo y a los tiros de
la Mama Tungurahua que cada tiempo le habla a las autoridades por el
olvido", decía la campesina.
Se mostraba convencida que ni ella ni la mayoría de las familias de esa
comunidad se irían a vivir a alguno de los refugios improvisados.
"Aquí estamos, y cuando mi hijo me vino a decir que le habían
dado la llave de un cuarto para que se fuera con la familia a un
albergue municipal a protegerse, le dije que no me movía de aquí, y
también sus hijas le dijeron que no se movían de aquí. La tierra se
mueve, pero nosotros y la cebolla estamos firmes", señaló
Chicaiza casi al mismo tiempo en que un hongo de ceniza subía desde el
volcán y el rugido se apagaba por algunos segundos.
Algunos curiosos nacionales y extranjeros se animaron a subir a esta
comunidad para "observar al volcán y su gente" como si se
tratara de un espectáculo.
A pocos metros, Dioselinda Sisa junto a sus hijos de uno, tres y cuatro
años, decía no tener miedo porque conoce al volcán como si fuese un
abuelo que a veces les cuenta de su historia y otras veces les rezonga,
"pero los guaguas (niños) en la noche lloran cuando ruge así...,
como ahora".
Sus ojos serenos y tristes observaban la gran nube gris que subía y que
en poco tiempo volcó su ceniza por las plantaciones de las pequeñas
huertas de la zona.
"El otro día, cuando el volcán dio el tiro, el cascajo y la
candela cayeron hasta aquí y tuvimos que correr a cubrirnos en la casa.
También cogimos a los cuyes y los llevamos adentro. Hay que tapar a los
animales. Fue como un cañonazo que hizo doler hasta las orejas, pero
pasó. Todo pasa", comentó mirando a sus hijos.
A lo lejos, hacia la derecha del Tungurahua el blanco de la cumbre de un
nevado es el único color vivo, diferente.
A 50 metros, una mujer daba algunas sobras de comida a dos cerdos atados
a un palo, nerviosos ante el grito del volcán.
Más acá, Ángel Chicaiza dijo que lo peor es no tener con qué
alimentar y cómo proteger a los animales que sirven de sustento. "Siempre
tenemos poco, pero ahora tenemos menos", aseguró con cierto pesar
pero sin pedir consuelo.
Ningún comentario se parecía a una queja. Nadie pidió que las
autoridades les llevaran asistencia.
"Como cuando no tenemos créditos ni ayuda gubernamental para poder
plantar o criar nuestros cuyes. Como cuando no tenemos ni agua para los
cultivos ni médicos para pelear con tanta enfermedad que anda por ahí",
comentó Ángel.
Ninguno de ellos imaginaba lo que les tocó vivir la noche del 15 de
agosto cuando junto a otros habitantes de la comunidad, decidieron salir,
al escuchar que el bramido del volcán era mucho mayor que de costumbre,
y lograron así escapar de las piedras y la lava.
Este lunes, con el volcán en cierta calma, los pobladores de El Altar
regresaron para ver lo que ha quedado después de la erupción. Hallaron
vacas, cuyes, gallinas y cerdos muertos, los cultivos de cebolla
cubiertos de ceniza, y los techos de chapa de sus casas perforados por
las piedras del Tungurahua.
El director del Instituto Geofísico, Hugo Yépez, insiste desde hace
algunos años en la necesidad de que Ecuador realice un trabajo de
prevención en las zonas afectadas por fenómenos naturales como el
Tungurahua.
Yépez ha señalado que la tarea no se limita a reubicar los poblados
cercanos al volcán, sino a dotar de instrumentos como casas adecuadas
para soportar una erupción a los que inclusive un poco más lejanos
podrían ser igualmente afectados, tal como ocurrió.
La erupción de un volcán o un sismo en Ecuador siempre causa mucho más
desastre que en Japón, porque aquí las edificaciones no son adecuadas,
no hay prevención, los animales no tienen dónde guarecerse, los
campesinos carecen de formas de guardar agua y de medicamentos para
ellos y su ganado, lo que vuelve al país muy frágil ante esta realidad,
señala Yépez.
Luis Macas, presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas
del Ecuador y candidato a la Presidencia por el movimiento indígena y
otras organizaciones sociales, asegura cuando surgen estos fenómenos
naturales se hace más evidente la pobreza de los nativos.
"He recorrido decenas de veces comunidades cercanas al Tungurahua,
y la pobreza del pueblo indígena siempre ha estado y seguirá estando
ahí si no hay cambios profundos en el país", dijo.
"La pobreza está ahí como salida del volcán que la hace famosa,
que la da a conocer a las autoridades nacionales y a los medios de
comunicación, siempre distantes del país. Esas tierras pobres son la
única pertenencia de la mayoría de los pueblos indígenas, por eso no
quieren dejarlas", afirmó Macas.
El ministro de Gobierno (Interior), Antonio Andretta, dijo este lunes
que los efectos de la erupción "son tan graves y tienen tantas
implicaciones que el gobierno trata de atender las cosas más
importantes, las de urgencia".
"Es un problema nacional que hay que asumirlo como una realidad
grave", añadió.
El ministro de Salud, Guillermo Wagner, aseveró por televisión que uno
de los problemas adicionales es "el apego a la tierra" que
tienen los pobladores de esa zona, que a pesar del riesgo y de la
destrucción quieren regresar a sus poblados.
El gobierno ha dispuesto no solo ayuda material para los damnificados,
sino también brigadas médicas para atender a los afectados, sostuvo.
Informes preliminares del Instituto Geofísico señalaron que la nube de
ceniza provocada por la erupción del 16 de agosto llegó a la
estratosfera y tuvo un diámetro de 280 kilómetros. Los gases, piedras
y flujos incandescentes arrojados por el Tungurahua se elevaron hasta
ocho kilómetros de altura.
El último informe del Instituto Geofísico de este lunes mantiene el
alerta pues, pese a la relativa calma, el período eruptivo no ha
terminado y podría repetirse un incidente como el del día 16.
Instituto
Geofísico
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