| El Codex Romanoff de Estela Leñero bajo la dirección
de Lorena Maza en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural
Universitario

A José de Jesús Olvera
Ciudad de México, 22 de septiembre (Agustin Villalpando/Enkidu):
Velada de degustación que inicia y termina con los clásicos. Empezamos
con Leonardo, el único y exquisito. El controversial maestro florentino
da la tercera llamada en italiano y comparte con nosotros los olores, los
sabores en esta suerte de laboratorio de los sentidos, cónclave de seres
en búsca de su destino. Termina con Sor Juana y sus recetas secretas.
Aunque jamás revelaré el final de esta obra, me limito a subrayar que la
plástica viva, el retrato a la perfección de la Ultima Cena invita a
disfrutar de todos y cada uno de nuestros sentidos.
El Codex Romanoff es una historia que centra su atención en el siglo
XIX, básicamente en un convento. Los goces y los sufrimientos de una
congregación de mujeres, donde está la Madre Pilar (Renata Ramos) quien
es la guía de Aurora, la novicia, (Evangelina Sosa). Entrambas se
convertirán en la mancuerna justa en esta búsqueda de lo propio, en esta
entrañable amistad entre mujeres. Faltó ver a las mozas de las monjas,
pues en el XIX, si éstas eran de alcurnia y más si sus padres eran
dueños de propiedades, tendrían siempre a su lado quien les sirviera.

Es arrollador el efecto logrado por el olor de los guisos, pues al
abrirse el telón inunda esta sensación de apetencia y tenemos frente a
nosotros la cocina de Leonardo que, en un parpadeo es una cocina
conventual y a lo largo de casi dos horas dará cauce y pie a una serie de
encuentros y desencuentros de los sentidos, transformándose, incluso, en
la cocina de un dispensario médico en el estado de Chiapas, lo mismo que,
como ya mencioné, cocina de convento de frailes y de monjas.
Un convento de clausura, donde la idea es entregarse en absoluto a la
adoración a Dios. Es un lugar donde se debe cocinar siguiendo las recetas
oficiales, sin salir ni hechar a volar la imaginación propia. Nada de eso.
Esta prohibido sobre todo probar los platillos antes de ser bendecidos y
servidos. Por eso hasta la Madre Superiora (Norma Angélica), con caracter
ocre, ácido y con una pizca de ironía, escupe luego de probar los guisos.
Sin embargo, la novicia no sabe de las reglas y reune a otras dos
monjas en su espacio donde charlan y prueban los guisos. Al ser
descubiertas por la Superiora, un castigo ejemplar es impuesto sobre una
de ellas, a lo que otra se ofrece para recibir el castigo y finalmente es
la novicia la que deberá guardar ayuno, rezar y para arrepentirse de
haber probado el alimento no volverá a la cocina.
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Esto lleva a una escena donde el gusto por lo diferente entra en
acción. Tal vez de manera sutil, en un coqueteo con el mundo del
sado-masoquismo, observamos cómo la Madre Pilar se autoinmola, dándose
de latigazos e inflingiéndose penas corporales, dolor en su propio cuerpo.
Y todo para que el sentido del gusto, la novicia, regrese al laboratorio
culinaria para continuar preparando las recetas secretas, de aquel libro
prohibido que todos conocen pero jamás lo aceptarán en público. |
Las actuaciones masculinas son importantes, pues el Padre José (Andrés
Zuno) es el hilo conductor de la Madre Pilar, al ser su confesor ayuda al
escape de Aurora, quien zarpa a las Islas Canarias transformada en en
aprendíz de cocina del Padre Ramón (Erando González). Ambos han
saboreado los secretos del Codex Romanoff.
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Todo ocurre de manera rápida: la decisiòn de escapar, la fuga, el
barco, la comunicación entre la dupla de monjas. La comida y ante todo su
preparación. El hacerse a la idea de los goces que vendrán lleva esta
seducción que ablanda al más fuerte. La palabra escrita es imporante y
una carta, la primera que manda la que fue novicia a la que fue su guía,
es tomada por la Madre Superiora y penderá como espada de Democles sobre
el futuro del Padre Ramón. |
Otro escape: la Madre Pilar decide salir del convento y para ello
recurre al Doctor Emilio Zárate. Ella tiene vocación de servicio al
prójimo y por eso desea ser enfermera. Tiene experiencia en heridos,
sobre todo porque su propia necedad/necesidad por causarle dolor a su
cuerpo, para ofrecerlo al Señor Dios, le ha llevado a tener práctica en
la medicina.
El Dr. Zárate está por salir a un dispensario médico en Chiapas, a
lo que la monja accede con tal de salir del convento y dedicar su vida a
ayudar a los demás.
Vemos aquí, en el decurso de los tiempos, un encuentro entre la que
fuese novicia con un marino. A ella la busca la Madre Superiora porque su
padre desconoce el escape y porque éste ha prometido vasta herencia al
convento para que tengan a su hija encerrada ahí.
El uso del espacio y la iluminación de Sergio Villegas son de una
nitidez prístina que permite ubicar el contexto, sin avasallar la acción
dramática. Es un acierto el permitir que el muro de paso a las puertas
por donde llegarán o saldrán los personajes. Casi lo mismo ocurre con la
musicalización de Erando González, pues alguien debió decirle a la
directora que la voz de Aurora se pierde un poco cuando al final ella casi
habla en susurros, casi de espaldas al público y entonces es un momento
difícil para seguir la acción.
| Sin embargo, el vestuario de Eloise Kazan pudo haber subrayado la
rigidez del tiempo retratado, así como la lucha del cuerpo del ser humano
por liberarse de esas restricciones. En realidad, todas las monjas
vestìan cofia blanca y la Madre Superiora no debía haber tenido la cofia
negra. Faltó la capa y, si nos remitimos al s.XIX la medalla que las
monjas debían traer en todo momento. Se trató, entendemos bien, de una
adaptación pero estamos seguros que así como el vestuario masculino fue
digno del tiempo, el de las monjas pudo haber sido más próximo a lo que
se vivía en esos tiempos. |
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El texto de Estela Leñero recibió una dirección encomiable, Lorena
Maza ha dirigido más de veinte obras y esta, El Codex Romanoff se
incribirá en su haber como una de las más sensuales, atractivas y que,
debo confesar, despiertan los apetitos de la carne y del alma. NO puedes
perdértela.
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