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Amig@ de Enkidu:
Ayer estaba escuchando las
noticias con Carmen Aristegui por radio cuando la periodista San Juana
Martínez dio una nota que me dejó helado: la agrupación llamada
SNAP (sobrevivientes de abuso sexual de sacerdotes católicos) y su
abogado, Jeff Anderson, pusieron una demanda en una corte
norteamericana contra el sacerdote católico Nicolás Aguilar. Hasta
aquí no parece haber nada que no hayamos visto antes: un sacerdote
que presuntamente cometió abuso sexual contra un menor.
El asunto es que la demanda
no es solo contra el sacerdote, sino que es contra la “red
internacional de protección a sacerdotes pederastas”. Según los
demandantes, hay una red internacional que protege y esconde a los
presuntos delincuentes, esa red es la iglesia católica.
Porque el sacerdote Aguilar
fue acusado, y en vez de ser denunciado por su superior directo, fue
enviado a Estados Unidos en un intento de proteger a la iglesia del
escándalo público. La intención se pude comprender, pero el hecho
es que, al hacer esto, la jerarquía católica está de hecho
encubriendo a un presunto criminal, cosa que es delito, a fin de que
no se sepa lo que en realidad pasa.
Desde este punto de vista la
demanda tiene razón, hay una organización internacional (jerarquía
católica) que tiende a proteger (no los denuncia, con lo que no hay
investigaciones) y a ocultar (los cambia de diócesis) a los presuntos
responsables del abuso contra menores; por lo anterior, la demanda
incluye una acusación formal contra el cardenal Norberto Rivera, que
al parecer fue quien movió al sacerdote acusado de una diócesis a
otra; si a esto le agregamos que el obispo norteamericano que recibió
en su diócesis al acusado debió haberse enterado de las razones del
cambio,. Pues tenemos un obispo más enredado.
El abogado Anderson
explicaba que esta actitud de los jerarcas católicos era, a nivel
legal, comparable con quienes protegen o encubren a quienes hacen
pornografía infantil, ya que ambas cosas son encubrir delitos graves,
de índole sexual, contra menores de edad.
¿Qué
pensar de todo esto?
Ciertamente que los obispos
callen o eviten la investigación de una acusación de esta naturaleza
es una conducta reprobable, más si la hace una persona que predica la
verdad, la justicia y el respeto a los derechos de la infancia. Este
silencio no tiene, de ninguna manera, una justificación, mucho menos
si la justificación es conservar el prestigio de la iglesia como
institución.
Si bien hay que ser justos y
decir que no todos los sacerdotes son abusadores, es verdad que – si
todas las acusaciones son ciertas – el índice de abusos contra
menores (y el silencio que le sigue de parte de la jerarquía) es un
problema real y cada vez más cotidiano.
¿Qué hará el cardenal? ¿Qué
hará el Papa ante un escándalo público de este tamaño, cuando el
derecho canónico (que tanto se defiende cuando se trata de sacerdotes
casados) implica la destitución de las funciones a cualquier ministro
religioso que dé escándalo público grave? ¿Qué haremos los
creyentes ante una autoridad que aplica las leyes y critica conductas
como la homosexualidad, pero al mismo tiempo encubre delitos (en el
caso en que se demuestre la culpabilidad de los implicados, claro)?
En fin, que esta es la
iglesia, casta y prostituta (como la llamaba San Agustín) de la que
formo parte y a la que amo… aun cuando amar signifique denunciar los
graves errores que cometemos.
Por lo pronto, la corte
aceptó la demanda y, por primera vez quizá en toda su historia, la
jerarquía católica enfrentará un juicio civil por un delito grave.
De lo que estoy seguro es de
que, aun en estos acontecimientos, se halla la voz y la acción del
Espíritu de Dios, que nos va conduciendo a la verdad plena y a la
creación de una iglesia más humana y, por tanto, más llena de
errores.
Porque de aquí pude nacer
la práctica de una humildad más cierta de parte de nuestros
ministros, que a veces pecan de señalar con el dedo a otros.
Y puede nacer una visión más
adulta y comprometida de la fe por parte de los laicos y laicas, que
casi siempre dejamos todo a los ministros, hasta las exigencias de
santidad que nosotros no queremos ni tocar con el dedo.
Lo cierto, ya desde ahora,
es que todos los católicos sentimos pena por nuestra iglesia, y una
gran vergüenza ante el mundo de no estar a la altura del amor, la
compasión y la justicia que Jesús nos pidió como distintivos.
J. Álvaro Olvera
I.
Comunidad Católica
Vino Nuevo
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