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Poesías
del nuevo siglo (138)
Mi
única Navidad.

¿Con
quién pasaré mi próxima navidad?
¿Será
como tantas otras,
rodeado
de mis cuentos y deseos?
¿O
de fábulas que me elevan
donde
nadie puede alcanzarme
con
personaje transparentes
que
peinan mi pelo revuelto
con
suspiros de aliento a menta?
¿Será
quizás recorriendo calles muertas
de
la mano de los sueños
de
un adolescente
que
conversa con la vida?
¿O
caminando por un parque
mirando
desde lejos
como
niños de la mano
sonríen
a sus hermanos
sacudiendo
un juguete nuevo
mientras
niñas coquetas
en
su elegancia pagana
estrenan
un vestido
de
encaje blanco ajustado
con
un moño de terciopelo?
Bajo
dos portones de bronce
que
convidan a una última Cena,
la
salida de una misa
con
un gallo que canta tres veces
sin
despertar a nadie.
La
misma que nos fascinaba de chicos
a
la hora de los grandes.
Doce
campanadas,
doce
apóstoles,
doce
sonrisas.
La
gente alegre,
esperando
a la quimera,
se
saluda entre abrazos y una lágrima
mientras
se desea
una
feliz Noche Buena.
Sentado
en un rincón olvidado
bajo
la sombra del gigantesco Gomero
perdido
en una tormenta de corazón y muerte,
me
escabullo de la noche
y
me subo a una estrella
que
pasa y me ofrece una sonrisa.
La
mañana la ha traído
a
una ciudad vacía, sucia,
dormida
por un instante
sobre
sus adoquines prehistóricos.
Mientras
sobre el altar del veinticinco
duerme
un niño
desnudo
y olvidado,
saco
de mi bolsillo
el
primer regalo serio.
Rainer
María Rilke
desde
ahora mi nuevo amigo.
¿Quién
te ha olvidado en mis manos?
Un
destino bravo y ciego
como
el de un Borges arrugado.
Poemas
solitarios, aburridos,
colgados
de un pino entristecido
me
acompañan al compás
de
un Orfeo que sonríe
entonando
un himno mágico.
Me
arrodillo entusiasmado
y
un pesebre con tinte triste
me
saluda con la sonrisa
de
un niño mimado.
F.S.
24
Dic. '04
24
Dic. '06
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