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Mañana de cumpleaños
(Recuerdos de la estancia. 8 - Para Luís
Federico Lenzi y Beba Sastre)
Siete de Febrero de mil novecientos sesenta y. (Jaja, nunca lo
sabrán, nunca)

Imagen: Rey David , por
Franco Sastre
Me encantaban las mañanas de verano en la estancia, frescas, claras,
llenas de sonidos de la vida del campo. Pájaros por todos lados, aroma de
café fresco viniendo de la cocina, ese olorcito de tostadas de pan hecho
en un horno casero, una mañana perfecta.
Corriendo desde mí cuarto, sin darme tiempo de prenderme la robe de
chambre, empapándome los pies con el frío mármol del pasillo del fondo,
iba como un torbellino hacia el cuarto de mis padres para toparme, de
lleno, contra una gigantesca muralla blanca con finas rayas color verde
agua, encuadrando el enorme trasero de la cocinera que entraba, en ese
momento, con la bandeja de desayuno para ser depositada entre las dos
camas para luego, con gran ceremonia, abrir los postigos de las ventanas
que daban al parque; momento que particularmente recuerdo, fascinaba a
papá. Hoy en día siento el mismo respeto por mis mañanas, en mi propia
casa; cuando entro en mi sala y me baño con el sol que entra a raudales
por mis ventanas, llenando mi día de aire fresco y vida.
-"¡Feliz cumpleaños, Pancho!", me decía con un enorme
abrazo papá, mientras que del otro lado mummy me dirigía un:
"¡Happy birthday, darling! would you like a cup of tea?". Un
tango y un scon, siempre me pregunté que tendrían que ver. ¿Amor,
quizás? Sea lo que fuese, duró cincuenta y tres años.
De cualquier modo, creo que, como todas las madres, tenía razón. El
té de campo siempre es más rico. El agua es mucho más. ¿no sé qué?,
un sabor que nunca logré definir pero que no he olvidado.
Sentado luego a los pies de la cama, con mí mejor cara de "Yo no
fui", esperaba mientras comía una tostada de galleta con manteca y
miel, ese momento que desde la salida de Buenos Aires, cuatro largas
semanas antes, imaginaba de mil colores distintos, ¡los regalos de
cumpleaños!
Pero, "El que te jedi" todavía tenía un as bajo la manga.
Como todas los días al desayuno, siempre estiraba el brazo y tomaba uno
de los libros de cuero azul de la colección del Tesoro de la Juventud, (daría
más de uno de mis cuadros por tenerla nuevamente entre mis manos),
elegía entre cientos de cuentos, el que sería leído esa mañana, desde
uno de los hermanos Grimm hasta una historia de aventuras del viejo oeste.
Momentos que, desde que puedo recordar, siempre he gozado con la máxima
de las atenciones. Pero no en la mañana de mí cumpleaños. Todo lo
hacía para mantenerme, de la manera más discreta, en ascuas.
Observándola a mamá de reojo, veía que se miraban con una pequeña
sonrisa cómplice.
-"¿Qué te pasa; Pancho? ¿Tenés hormigas en la cola? No estás
prestando atención".
El cuento seguía solamente por dos hojas, ya que cuando llegaba a la
tercera yo ya tenía tanta intriga que mi atención estaba a mil
kilómetros de distancia.
-"Bueno, está bien, buscá tus regalos".
Entonces empezaba a revolver por todos lados: dentro de los roperos, en
los estantes del secretaire de mummy, hasta detrás de las cortinas, y al
no encontrar ni sombras de mí futuro tesoro, con cara de niño
desamparado los miraba y les decía casi con lágrimas en los ojos:-
"No los encuentro".
-"¡Jaja! ¡Te has olvidado de revisar debajo de la cama, sonso!
Y allí estaban, en una caja enorme color verde con soldados, típica
caja para guardar ropa de invierno durante el verano. ¡Enorme! Con todas
mis fuerzas y la ayuda de papá la ponía sobre la cama y me quedaba
mirando como pidiendo permiso para ser feliz. Deshaciendo los enormes
moños de cintas de seda, abría la tapa de esa caja que contenía el
resto de mí vida. En medio de un popurrí de mil y un coloridos
papelillos picados, asomaban varios regalos. Un libro con una fascinante
novela de Sherlock Holmes, diferentes cartas de mesa: españolas y de
canasta, hasta hoy en día no tengo ni idea de cómo jugar al
Truco,(nuestro casi juego de naipes nacional), un juego de ajedrez, otro
de damas, un nuevo par de vaqueros, un traje de baño, un reloj pulsera,
los dos últimos modelos de autitos match-box, en fin, la colección
entera de todo lo que había estado pidiendo a lo largo del año. Ese día
era nada más que mío, era solamente "Yo".
Después nos íbamos al pueblo a comprar todo lo que yo quería para el
té, galletitas, bizcochos, chocolates, Coca-Cola, muchas botellas de
Coca-Cola; el día seguía con el asado con granpa y granma, siempre un
par de tíos presentes, algún primo y por supuesto acompañado de mis
hermanos. Pasaba cien veces por el comedor antes de que sirvieran el
almuerzo para espiar la pila de los regalos que se iba acumulando en mi
asiento (es una tradición en mi familia de poner los regalos sobre el
asiento del homenajeado). Por supuesto al final de ese alegre almuerzo en
familia: "La grande Entrée" de la torta con las velitas.
Después de pasar la tarde como de costumbre, sólo, por el fondo del
parque con mis nuevas pertenencias, iba a la pileta de natación a
esperarlo a papá que siempre venía con su libro a buscar un poco de
tranquilidad cerca del agua. Ya que para la hora del té venían mis
primas de las otras estancias: "Ranchos" y "La Reserva",
Esas primas eran mis favoritas, ya que siempre traían una esponjosa torta
de limón. Ahora que recuerdo también pintaban muebles, y muy bien por
cierto. O sea que, de los dos lados de la familia existen los genes
daliléscos, también Granma pintaba unos enormes cuadros que aún hoy
existen. Solía hacer sentar por horas a sus mucamas y las pintaba como
damas antiguas. Muchas veces suelo preguntarme, ¿qué habré heredado de
ella...?
Corriendo en un momento hacia los galpones, llamaba a gritos al hijo
del jardinero principal y del carpintero, invitándolos a pasar la tarde
conmigo. Ellos eran mis mejores amigos de inolvidables aventuras, nunca
invitaba a nadie de Buenos Aires -nadie que me aburriera más que el
prototipo de lo que llamábamos: "un gringo" -. Estos dos
compinches de travesuras me acompañaban a la pileta. Me impresionaba
mucho la manera cómo contrastaba su piel lechosa con la mía que, para
esa altura del verano, ya estaba completamente dorada. Nos gustaba
competir carreras, yo nadando de punta a punta y ellos corriendo alrededor
de la pileta sobre las baldosas mojadas. La única vez que empujé a uno
de ellos al agua mummy se tuvo que tirar a sacarlo, ya que, a mi sorpresa,
mi amigo no sabía nadar. ¿Qué le podía hacer?, gajes del oficio.
Finalmente, por la noche, metido en la cama, rodeado de mis regalos,
oyendo mi programa de radio favorito: "Modart en la noche" -compañero
de mis noches durante muchos años - caía rendido en el séptimo sueño
que se entremezclaba con migas del trozo de torta que había sacado a
hurtadillas de la cocina, cuando mamá entrando en silencio retiraba de
mis manos uno de los libros encuadernados de la revista Life de los años
catorce que formaban parte de aquella colección tan apreciada por mi
abuela, que desde entonces yo ya adoraba y adoro hoy en día.
Uno más de los inolvidables días de una niñez, agradezco a Dios,
privilegiada e inolvidable.
Hace unos meses atrás mis generosos tíos, Beba y Luís Federico me la
regalaron como recuerdo de tantos veranos felices de mi niñez pasados en
esa acogedora estancia.
F.S.
Dallas Feb. 7. 2003
www.casabal.com
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