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Sexualidad
en las personas con capacidades diferentes
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Salvador M. Camacho/Enkidu
La
sexualidad de las personas con algún signo de discapacidad se ha
percibido de manera irrelevante, en tanto no se expresa en forma de
conductas con un matiz erótico o sexual-genital, en
cambio, se percibe como un problema cuando dichas conductas se manifiestan,
de suerte tal, que es hasta entonces cuando preocupa a las familias de
estas y tratan de “solucionar” de alguna forma las problemáticas que
se les presentan.
Entre
tanto, los profesionales que dedican sus esfuerzos en el ámbito de la
salud y la educación, sólo hasta fechas recientes han comenzado a
ocuparse, en diversos espacios, de los problemas que atañen a las
personas con discapacidad y a los interesados en su educación en el ámbito
de la sexualidad.
Aunque
en la mayoría de los círculos académicos existen acuerdos sobre la
conveniencia y utilidad de proveer una educación de la sexualidad, como
base imprescindible de cualquier programa de intervención, las actitudes
de la población en general ante la sexualidad de las personas con
discapacidad son de rechazo encubierto o abierta negación, debido a la
carga social y valoral que pesa sobre los conceptos de déficit (torpeza,
locura, fealdad, incapacidad) y de sexualidad (pornografía, vergüenza,
pecado).
En
este orden de ideas, las posiciones de los centros educativos y las
familias en relación con estas personas, han estado tradicionalmente
asociadas con una concepción muy limitante del sujeto que presenta alguna
discapacidad, hecho que impide su integración en el entorno escolar,
social y laboral, ya que ha inducido a prácticas educativas segregadoras
que obstaculizan aún más sus posibilidades de desarrollo.
Esta
posición, centrada en el déficit, producido por causas orgánicas difícilmente
modificables, innatas e incurables, ha tenido consecuencias importantes en
su desarrollo integral y por ende en el ejercicio de su sexualidad.
Así,
desde el momento en que padres y educadores reciben el diagnóstico
temprano del niño como "discapacitado", con sus actitudes y
acciones inician un cerco que lo aísla de los contactos que toda persona
necesita para construir las normas y reglas que aseguran su integración a
la sociedad.
Esta
afirmación se realiza con base en que todo intercambio social ocurre
entre sujetos sexuados cuyas conductas están reguladas por sistemas de
creencias, normas, costumbres y valores que circunscriben las formas
permitidas de relación en los diferentes escenarios sociales donde las
personas aprenden y desarrollan sus habilidades para interpretar roles de
padres, madres, esposas, esposos, hijos, hijas, maestros, maestras,
amigos, amigas, novios, novias.
Estas
habilidades para interactuar con otros y otras, se adquieren a través de
un largo proceso de socialización construido fundamentalmente en la
familia y en la escuela, donde el individuo incorpora e introyecta, de
manera inconsciente, los estereotipos sociales en su comportamiento como
hombre o mujer, que a su vez generan en las personas expectativas
relacionadas con su vida adulta, en la que se incluye, por supuesto, sus
posibilidades y derechos a una vida sexual en pareja y a ser productivos.
En
cambio, las personas que no acceden a este proceso de socialización,
presentan dificultades para asimilar dichas formas convencionales de
comportamiento y por ende, las normas reguladoras de la convivencia. De ahí
que uno de los puntos centrales de preocupación en los padres de familia
este relacionado con la toma de decisiones acerca del futuro de sus hijos,
acerca de sus posibilidades de expresión sexual cuando sea adulto o
adulta, de quién debe tomar decisiones acerca de ejercicio de la
paternidad o la maternidad o sobre su posible esterilización, y cómo o
desde cuándo se les debe preparar para ello.
Las
dudas y temores surgen cuando la concepción de sexualidad se liga
directamente a la idea de genitalidad y procreación y genera ansiedad
ante la idea de que la sexualidad activa de personas con discapacidad dé
lugar a más niños o niñas con discapacidad, y moviliza a diferentes
sectores de la comunidad para limitar su derecho a experimentar o
demostrar sus necesidades básicas de relación y afecto en el terreno
sexual.
Estas
restricciones que se imponen al derecho de los individuos de ser dueños
de su vida sexual, se sustentan en criterios relacionados con su grado de
déficit y en predicciones sobre su capacidad o incapacidad para ser
social y laboralmente productivos y para manejar “adecuadamente” sus
relaciones de pareja.
Sin
embargo, frente al cuestionamiento de si la sexualidad de las personas con
algún signo de discapacidad, es diferente de la sexualidad de los
denominados “normales”, los expertos establecen que no
existe diferencia alguna en cuanto al origen, constitución y desarrollo
de su sexualidad; Se
constituye y desarrolla respetando los principios encontrados en cualquier
persona con la salvedad de que por las características particulares de su
desarrollo, y las condiciones que dificultan su proceso de socialización,
tienden a manifestar en ocasiones comportamientos eróticos y sexuales
fuera de la norma, y con ello se refuerza la creencia de que su sexualidad
es anormal o patológica y de que son incapaces de lograr autonomía y
“control” en este terreno.
Por
lo anterior, es importante transformar concepciones, romper con los
estereotipos predominantes y tratar de entender al sujeto a partir de
recursos que provean información y formación en el ámbito de la
sexualidad, tanto entre la población en general, como entre la población
que presenta algún signo de discapacidad, y no a partir de las
“limitaciones” de la segunda, como tradicionalmente se ha hecho.
Desde
esta perspectiva, la educación de la sexualidad se centra en el uso y la
difusión de los recursos disponibles orientados hacia el desarrollo de
procesos de aprendizaje conjunto entre las personas que presentan algún
signo de discapacidad y entre quienes se relacionan con ellas.
La
convivencia con un mundo del que la persona con algún signo de
discapacidad está separado, en el aquí y en el ahora, le puede brindar
una amplia diversidad de experiencias y oportunidades de interacción con
otras y otros. Es en este mundo donde puede y es necesario que aprenda a
construir las estrategias para satisfacer sus impulsos y sus necesidades
afectivas sin ponerse en conflicto con el orden social.
El
determinante papel que juegan en este proceso los profesionales de la
educación y los padres de familia, debe llevar a reflexionar sobre la
necesidad de transformar las creencias, concepciones, actitudes, y
expectativas acerca de la sexualidad humana y que han mantenido, en no
pocas ocasiones, a las personas con algún signo de discapacidad, como
simples espectadores de un mundo en el que también tienen derecho a
participar.
Así,
uno de sus propósitos de este documento es poner a juicio de los lectores,
algunas reflexiones y consideraciones en torno a problemática relacionada
con la sexualidad de las personas con algún signo de discapacidad.
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