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Otra
iglesia es posible…
La
esperanza hecha novela
©
José Álvaro Olvera I./ Comunidad Católica Vino Nuevo
Acabo de leer la novela Vaticano
2035, escrita por Monseñor Pietro di Paoli. Por supuesto que el
nombre es un seudónimo (el autor lo reconoce en el prólogo) bajo el que
escribe quien asegura ser un ministro con un importante puesto en la
iglesia católica romana. No sé si esta información – que el autor es
un Monseñor de la curia romana – es real o se trata de un truco
publicitario, lo que es evidente es que Pietro di Paoli conoce al dedillo
los vericuetos de la vida vaticana y la situación actual de la iglesia.
Para no desanimarte de leer la
novela, solo te digo que plantea la llegada a la sede de san Pedro de un
hombre viudo, con dos hijas, que fue ordenado sacerdote en vida de su
esposa como parte de un movimiento de reformas radicales en el seno de la
iglesia.
La novela es eso, una novela,
sin embargo, confieso que al ir leyéndola me emocioné tremendamente al
percibir que un tipo distinto de iglesia es posible. Claro que una iglesia
distinta traería repercusiones sociales a nivel mundial, pero no por eso
deja de ser una posibilidad que me da aliento para seguir.
La novela presenta la apertura
del sacerdocio a los varones casados, con lo que se pone fin a siglos de
una idea demasiado angelical del sacerdocio, a la visión dualista que
separa a Dios del sexo, y las cosas de Dios del placer sexual. Con esta
apertura, los sacerdotes que habían dejado el ministerio para casarse y
que tuvieran una vocación auténtica, podrían reintegrarse a servir a la
gente.
Otra de las novedades en la
iglesia (siempre según la novela) es el papel más activo de los laicos
en las decisiones eclesiales. Con esto se pone fin a una larga tradición
que ve a los laicos como ovejas, como mano de obra barata de los
sacerdotes y religiosas, como si su forma de vivir les negara la
experiencia de Dios, la comprensión de la fe y la posibilidad de ser guías
de su comunidad.
Luego, viene la apertura al
universo femenino que comienza con el reconocimiento de la labor de las teólogas
y culmina en el nombramiento de las primeras mujeres cardenales, poniendo
fin a siglos de silenciosa y velada misoginia. El Papa de la novela acepta
– por fin – que no hay obstáculos teológicos ni dogmáticos para
reconocer, hasta las últimas consecuencias, el papel que le corresponde a
la mujer en la iglesia.
Casi al final de la novela,
luego de eventos mundialmente trascendentales, el Papa escucha la dolorosa
confesión de uno de sus mejores amigos y cardenales. La mano derecha del
Papa acepta ser homosexual y pide a su amigo que rompa el silencio, que
diga una palabra sobre la realidad de las personas homosexuales en la
iglesia, una palabra de aliento y esperanza en lugar de los discursos de
condena moral.
Y el Papa, impactado por la
revelación del sufrimiento de su amigo cardenal, acepta el reto y habla.
Y las cosas comienzan a cambiar
dentro de la iglesia.
Y el mundo atestigua, pasmado
pero feliz, la transformación de una institución milenaria que siempre
ha dicho que es una iglesia peregrina, en constante necesidad de cambiar
para ser más fiel a su Señor.
¡Qué ilusión me despertó la
novela! Porque reconozco que la iglesia, como está ahora, necesita
cambiar, necesita dejarse transformar para ser un signo más accesible de
la presencia de un Dios joven, dinámico, abierto a la novedad.
¿Cuándo llegará un cambio así?
¿Lo verán mis ojos o, como decía mi abuela: eso lo verán mis nietos?
Cuando, no lo sé. Si lo verán
mis ojos, no lo sé.
¿Cómo llegará ese cambio?
Eso sí lo sé: tengo que seguir
trabajando, no desalentarme por las dificultades y las resistencias, no
derrotarme ante las regresiones de los jóvenes que parecen querer vivir
un cristianismo del siglo XIX.
Tengo que ser valiente, para no
callarme, para no pactar con lo establecido por comodidad, porque es más
fácil así, porque “los cambios son lentos y hay que respetar el
proceso de la iglesia” o porque “la gente no está preparada para eso”.
Tengo que ser más fiel al
evangelio, no a las ideologías de moda, no a los caprichos de mi ego,
sino al evangelio de Jesús, que es el criterio de base para toda
transformación eclesial.
Tengo que ser más creativo para
saber cómo y dónde luchar, para propiciar los espacios adecuados que,
como ecosistemas, permitan nacer y crecer una nueva experiencia de ser
iglesia… que los cambios del mañana se puedan vivir (aunque sea a corta
escala) ya desde ahora.
Tengo que profundizar mi
experiencia de Dios, porque solo abierto a la acción de Dios, dejándome
iluminar, siendo receptivo a la voz de Dios que habla siempre en la
historia, podré encontrar los caminos, revisar las actitudes, desechar
los vicios y no desfallecer en el empeño de crear una iglesia con un
rostro distinto, un rostro que las personas del siglo XX puedan mirar y
comprender.
Gracias, Pietro di Paoli, por
alimentar mi esperanza.
J.
Álvaro Olvera I.
Comunidad Católica Vino Nuevo
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