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Amar
a Dios con todo mi corazón
Breve
historia de un conflicto
©
José Álvaro Olvera I./ Comunidad Católica Vino Nuevo
Soy
un hombre de fe. Creo en Jesús y trato de seguirlo de la mejor manera que
puedo. Procuro ser coherente con mi fe y hacer vida aquello que creo,
siempre desde mi limitación y mi fragilidad.
Hace
20 años comencé un camino de seguimiento, desde lo más parroquial hasta
la misión entre las personas con VIH/SIDA, desde el catecismo hasta las
clases de formación teológica. Dentro de la iglesia he sido aprendiz de
todo y maestra de nada. En cuanto a mi experiencia de Dios, él me fue
llevando desde la religiosidad más tradicional de la iglesia, hasta la
gracia de la experiencia de su amor y su presencia.
Sin
embargo, en medio de todo este cúmulo de bendiciones, la cuestión de
elegir entre el amor a Dios y el amor a una pareja – o sea, el problema
entre mi sexualidad y mi espiritualidad – siempre fue una asignatura
pendiente, llena de conflicto, con su carga inmensa de dolor y soledad.
Quiero compartir contigo esta breve historia.
Raíces
de la ruptura
Quizá
te parezca muy fácil resolver este conflicto. Quizá nunca lo hayas
sentido, puede ser que esté ahí, pero no lo hayas reconocido o, puede
ser que, como yo, lo hayas resuelto decidiendo a favor de una de las
partes, haciendo a un lado la otra. Para algunos, la cosa no es tan
sencilla, pues nuestra atracción por Dios y nuestra atracción erótica
afectiva son igualmente poderosas.
Cuando
entré en el seminario – en 1987 – lo hice convencido que mi vida
entera era para Dios y, aunque ya había descubierto mi orientación
homosexual, nunca me pasó por la mente la idea de tener una pareja o un
amante. Estaba firmemente convencido que Dios me llamaba al celibato.
La
formación me ayudó a fortalecer esta idea. Siempre, a cada día, se me
repetía que para seguir a Jesús con radicalidad tenía que renunciar al
amor de una pareja; que si quería tener un corazón indiviso y
absolutamente libre para el servicio de Dios, no podía tener ninguna
clase de relación amorosa, ya que ésta me ataría a una sola persona.
Frecuentemente se me leían los ejemplos de los santos que habían dejado
todo por Él, que habían preferido agrandar su corazón a un amor
universal antes que cerrase al amor particular. Se me dijo que era más
perfecto contemplar todas las flores de un prado sin apegarse a ninguna,
que cortar una sola flor para conservarla.
Así,
la renuncia al amor humano era algo más inteligente, más ambicioso, más
perfecto, más radical y, por supuesto, más agradable a Dios que amar a
una persona, comprometerse con ella y aprender a ser compañero.
Cierto
es que los documentos de la jerarquía han ido valorando más cada vez el
amor matrimonial, pero la verdad es que esa misma autoridad sigue
insistiendo que el celibato y la castidad son superiores, que liberan para
el amor a Dios y que nos evitan dividir nuestro corazón entre dos amores
(y nadie puede servir a dos amos). Cuando algún hermano salía del
seminario, al saber que se había casado o que había dejado la formación
por una mujer, se le consideraba inferior, uno que “no pudo”, “no
aguantó” las exigencias del evangelio.
Y
todo esto es lo que me creí. Y mi vida comenzó a organizarse de esta
manera, aceptando sin más que así eran las cosas, más todavía tratándose
de un homosexual, ya que en mi caso, renunciar a una pareja no solo era
muestra de entrega, compromiso y amor indiviso, sino además era evitar un
gran pecado, la famosa sodomía.
Poco
a poco fue deslizando en mi mente la idea de que el amor, el sexo y el
erotismo humanos eran de segunda clase (de cuarta si se trata de cosas
vividas por un homosexual) y, por supuesto, reaccioné en consecuencia.
Durante
años negué sentir, me cerré a enamorarme, castré mi erotismo en aras
de amar solo a Dios. Claro que las consecuencias llegaron, desarrollé un
sentimiento de superioridad, un “mesianismo” que me hacía creer que
era un ser que estaba por encima de los demás ya que yo sí podía amar
solo a Dios y a nadie más que a Dios. Me sentí puro y comencé a
despreciar a quienes no podían entregarse como yo. Entre menos apegado a
las personas fuera un sacerdote, una religiosa o un santo, más lo
admiraba y quería imitar su radicalidad.
Y
me dividí en dos.
Continuará
J. Álvaro Olvera I.
Comunidad Católica
Vino Nuevo
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