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Sostente
de pie – Carta a José Cruz
©
J.Arriaga/Enkidu
A
José Cruz.
Y
a todos aquellos
que
hemos sumado a nuestra vida,
el
peso de un diagnóstico médico indeseable.
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“Sostente
de pie
la vida es la bronca, las nubes se van
da vuelta a la hoja.”
José Cruz
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No
siempre escogemos las circunstancias que vamos viviendo. Seguramente no
elegimos despertar una mañana de 1985 en una ciudad que se desmoronaba
y convertía en tumba para miles; pero sí decidimos sobreponernos y
salir en ese momento a las calles a levantar lozas, acopiar víveres y
organizarnos para comenzar de nuevo. José decidió hacer suya
esa lucha y la alimentó con los acordes de su alma que salían a través
de su guitarra y su armónica. Lo mismo hizo para contribuir a las
caravanas de apoyo a las comunidades zapatistas; para fortalecer las
huelgas de los universitarios que bloquearon la privatización de la
UNAM; y así, discreto pero firme, rescató del olvido muchas batallas (por
muy interior y melancólico que fuese el origen) al volverlas poesía;
al volverlas canción.
Hoy
las circunstancias parecen imponerse otra vez sin escogerlas. Palabras
alargadas, falta de aire, movimientos lentos y débiles son apenas
algunos de los síntomas visibles de la esclerosis múltiple que afecta
a José, el compa, el artista, el bluesero, la esencia de la banda Real
de Catorce. También sin escogerlo, al tiempo que la fuerza del cuerpo
lo abandonaba y que la memoria le jugaba malos ratos, fue sintiendo la
exclusión de los que consideró sus amigos, quienes lo tildaron de
flojo, poco profesional e irresponsable: “Pero si te ves tan bien”,
le decían para rematar el juicio sumario disfrazado de buenas
intenciones.
Y
sin embargo… se mueve. Y desde la enfermedad también podemos optar:
vivirla como fatalidad y castigo de un Dios muy cruel, o reconocerla
como otra de nuestras trincheras de lucha; otro espacio de militancia en
el que, desde luego, nos jugamos la vida y el cómo vivirla. Porque
desde este boquete que intempestivamente fracturó al arbitrario y frágil
muro de la normalidad, las cosas se ven distintas. Sí, seguimos viendo
las cosas desde abajo y a la izquierda, pero desde un rinconcito más
solo, menos cómodo, de menos certezas, lleno de miedos que van y vienen
dejándonos cicatrices de una batalla poco comprendida. Desde este lugar
se quisiera “poner la enfermedad en la mesa y compartirla como el
pan, pero hasta la pareja con quien decías compartirlo todo, agarra sus
chivas [sus cosas, N/E] y se va”. Aquí, la revolución, el
cambio social y el hombre nuevo se ven más lejos; su ritmo se mira más
lento si lo medimos con nuestros pasos que a veces no alcanzan para
seguir a esa vanguardia siempre con prisa, siempre sin tiempo. Pero esos
mismos pasos son muy oportunos para fijar la mirada y valorar los
detalles, para agradecer cada gota de aire que recorre el cuerpo y,
sobre todo, para refrendar aquellos lazos que resistieron el peso de
“las malas noticias” y hoy forman redes; fortaleciéndonos, poniendo
su hombro para sostenernos de pie y llenar de amor el alma que en algún
momento estuvo asechada por el miedo.
¿Y
qué sigue? Reconocer con alegría que en esta lucha no estamos solos.
Somos muchos los que deseamos un orden, otro en el que los elementos del
ambiente, el trabajo y la convivencia social no sean una amenaza para la
propia vida; en el que las ciencias, las técnicas y los medicamentos (hoy
acaparados por grandes capitalistas al cobijo de políticos cómplices)
estén garantizados por derecho para todos, sin que la condición
socioeconómica sea la diferencia entre una enfermedad tratable y una
sentencia de muerte. Un orden otro, en el que los espacios de
participación y desarrollo humano no excluyan a quienes por alguna
condición especial de salud, edad, etc., hoy se espera y se acepta con
naturalidad que nos quedemos fuera.
¿Qué
sigue, José? A miles, te consta, nos gustaría seguir caminando a tu
lado entre las sombras de esta ciudad; ver y escuchar cómo los sonidos
del desierto místico exorcizan la enfermedad, cada vez que estás en el
escenario. Nos gustaría, por siempre, disfrutar tu inteligencia, tu
crudo humor, tu líbido… fuente generosa de tantos versos y rolas. Eso
nos gustaría. Pero siempre te has movido por la libre, lejos de la hora
de las complacencias, y por eso, ahí estaremos. ¡Salud!
©
J. Arriaga/Enkidu
La
Buenos Aires
Pisas la patria orinada de un país
que te oculta secretos
besas el rostro de una dama de gis en un muro baleado
ves el amor esparcido al azar como granos de luz sincera
de los amantes que devolvieron sus almas de plástico a Dios.
En este mundo la vida es así:
pagas derechos por comerte una flor
En este mundo la vida es así:
becerros de oro podando el jardín.
Prendes la bacha mojada amparado en un banco de nubes
eres hijastro de un narcopaís, carne de asesinato,
ves el amor esparcido al azar como granos de luz sincera
de los amantes que negaron sus faltas benditas a Dios.
En este mundo la vida es así
pagas derechos por comerte una flor....
En este mundo la vida es así:
becerros de oro podando el amor.
Un alto voltaje en las venas
ascenso a la cruz y descenso
quien lame navajas se corta
y emite discursos de sangre...
En este mundo la vida es así
pagas derechos por comerte una flor.
En este mundo la vida es así:
becerros de oro podando el jardín.
José
Cruz |
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