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Oda a una medusa azteca con tentáculos de látex flotando a través de un mar de lunas muertas

Con el grito de un ¡Viva Zapata!, desciendo de un avión en un aeropuerto congestionado con pasajeros que luego de haber pasado por la odisea latinoamericana de combatir cientos de empleados obstinados en venderle a uno algún producto en un pasaje surrealista sin impuestos, llegan para ser recibidos con besos y abrazos de familiares contentos de volver a ver a sus seres queridos.

Bajo una lluvia torrencial me sumerjo en un auto importado y siento como si los brazos ondulantes de una medusa prehistórica me llevaran flotando entre un laberinto de calles que agonizan con la última peste del siglo veintiuno, "el tránsito", de la cual presiento esta ciudad padece desde siempre. Infinitos y microscópicos moluscos se contornean sobre un asfalto oscuro a una velocidad casi invisible, ¡sálvese el que pueda!

Luces multicolores intermitentes golpean nuestro parabrisas y danzan junto a las piedras de un granizo que yacen sobre un asfalto oxidado por las pisadas de dinosaurios eternos dándome la bienvenida. Siempre he tomado como buen augurio la lluvia al llegar a una ciudad como si me purificara bajo un ritual sagrado. En realidad desde que recuerdo siempre me han recibido con el saludo de ese duende mojado de la naturaleza, como si entrara a un océano llamado Algarotopía para nadar entre algas gigantescas que me saludan sacudiendo sus ramas ondulantes que extienden sus sombras y me envuelven refrescando mis huellas en la arena. Rayas y pulpos vigilan mi camino con ojos de dos irises y me escoltan por senderos rodeados de rocas y moluscos que vitorean mi nombre, me adentro en esta jungla acuática y en cada brazada me sumerjo más hondo en su historia marina. Marina, Marina, ¿No es este el nombre de una heroína de esta tierra?

Ni un solo joven camina por las calles sin tener su oído plasmado a un celular gritando a través de un enloquecido transito. Infinitos "Buenos, Chidos, Ándales y uno que otro Pinche Güey se mezclan con las vidrieras garabateadas con precios en oferta de todos los colores. Diferentes aromas a comida picante entran por mi ventanilla y me presentan, como en una galería de arte en la Quinta Avenida, kioscos cubiertos con toldos inmaculadamente blancos, desbordantes de ollas con potajes, pasteles recién horneados, tacos, enchiladas, quesadillas (hasta ahora el único plato regional que sobrevivo) que traen a mi memoria las tempranas mañanas domingueras en mi querida Río de Janeiro, cuando aún dormido me perdía en los mercados escogiendo frutas para mis batidas.

Mis primeras cuarenta y ocho horas han solo logrado intoxicarme de un vértigo mágico desbordante en léxicos, acentos graciosamente diferentes y simpáticos, comidas, vestimentas y una idiosincrasia netamente latina hasta los huesos. Frenesí total hasta entrada la noche, cuando después de recorrer los organizados túneles (muy bien señalizados por cierto) del metro tomo con un nuevo par de amigos un taxi que nos lleva por pasajes oscuros a un lugar más alejado todavía para arribar a nuestro destino. Una bombilla eléctrica se balancea y golpea como si entonara un tango a la distancia contra el arco de un portón desteñido. Después de dar tres golpes casi en código se abre una rendilla y un ojo sospechoso nos pide la contraseña. La puerta se abre con un chirrido y nos recibe la mujer más alta que vi en mi vida ( muy femenina evidentemente hasta que al darle una mirada más de cerca le noto un bulto bajo su minifalda y nada pequeño por cierto).

En solo el tiempo que he tardado en subir una escalera en espiral me encuentro en el medio (con bastante imaginación) de un club nocturno privado en el Berlín nazi de lo años cuarenta, donde soldados y elegantes civiles pernoctaban en una fiesta prohibida. Un grupo de amigos en el festejo del cumpleaños de la dueña de casa esta desparramado por varias mesas en lo que de día es una peluquería barata de barrio y de noche se convierte en un bar casi simpático completamente Underground. Mesas, vasos, platos y una mesera (mesero) con no solamente su delantal de plástico me recuerdan a aquellos filmes de ese gran director italiano. No cualquiera puede recrear una escena Felinescamente sórdida con tanta facilidad. A mi izquierda una mesa con una conocida actriz metropolitana, una reconocida escritora y un director de teatro no mayor de treinta y cinco años me saludan levantando sus livianas copas. Cuanto talento en un galpón viejo, cuantas ganas de encontrarse con la vida juntas en un solo lugar. Una pequeña comedia musical con unos actores extremadamente talentosos y con la voz fabulosa de su primera estrella nos deleitan por una hora y media. Los admiro mientras imagino lo bien recibidos que serian en un teatro de Broadway o de mi tierra. La vida del actor, supongo. Les ofrezco un contacto con unos amigos míos muy reconocidos en el ambiente artístico de Buenos Aires, el resto de su destino correrá por su cuenta.

Más tarde, una reunión con jóvenes amigos que en tres horas pueden bajarse tres botellas de brandy sin el menor parpadeo mientras desfilamos a través de diferentes bares ( veo en este paréntesis lo que nuestros padres llamaban: Diferencia Generacional, jamás se me ocurriría perder el tiempo y sobretodo bastante dinero por no comentar mucho, en alcohol y hablar boberías, pero supongo que todos fuimos jóvenes alguna vez y no vimos nuestra propia imbecilidad) se extiende entre risa, carcajadas y alguna que otra confesión de algún camarada ebrio hasta las seis de la madrugada.

Pero la noche tenía aún guardada una sorpresa, tras un telón en un escenario de un pequeño café que se desperezaba con esa mañana temprana, de repente de ningún lado, apareció uno de esos personajes que trastornan nuestros sueños para siempre. Entre las últimas copas de la noche despertó con su danza algo que yo creía dormido hacía mucho tiempo. Una sensación ya olvidada con los años que me hizo sentir más vivo que he estado en veinte años, sólo con mirarme, acercar su rostro al mío, soplar mi cabello y susurrar su nombre indígena dándole un nuevo rumbo a mi aventura azteca. Narowee, Narowee.

A las horas del evento cuasi amoroso aterrizo en una plaza con gente que en una cacofónica realidad sopapea mi presente con un millar de historias fascinantes que reflejan en sus rostros oscuros pintados con el linaje de unos dioses centenarios sus historias milenarias. Tatuajes de panteras, calaveras y hasta algún puño cerrado en acción no muy placentera, por lo menos para mí. Se desparraman en el más exótico de los mercados.

La tarde me convida un té en un patio de mil colores, de mil sensaciones, de mil plantas exóticas rodeándome de una paz y una tranquilidad que solía sentir en un solo lugar, en una casa de campo en la provincia de Buenos Aires donde pasaba acompañado de mis tardes tiempos maravillosamente solitarios. La casa de Frida quedará en mi memoria por mucho tiempo.

De repente me encuentro en medio de una pradera oriental con infinitos árboles Bonsái que dejan caer sus sombras sobre perros guardianes de mármol blanco transparente por la lluvias de centurias y un gigantesco buda de bronce refleja su vientre hinchado por el sol que se esconde bajo una catedral barroca. Una taza de té de jazmín, un minuto y medio de meditación Zen, una silla Thonet y un caballo de ébano de algún carrusel de un príncipe malcriado me rodean en una tarde mágica y me cuentan fábulas de algún druida traído hace cuatro siglos en una galera por alguna familia irlandesa a estos confines de la tierra. De esta tierra que cada vez siento más mía.

Toda esta energía junta, todo este talento, este amor incondicional y abrumador por la vida que cuanto más difícil es, más se adora, ha dejado un sabor exquisito en mi paladar; pero no ese exquisito tan brasilero que nos es del todo agradable, sino ese exquisito que solo legamos a saborear cuando un ángel nos toca el rostro para despertarnos con un beso transparente.

 

F.S.

Ciudad.de México 1 de Julio 2007

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