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Este cuerpo que no me pertenece
-Nuestra venganza es la
felicidad-
Por Alonso Hernández/Enkidu
A Salvador Irys
Este cuerpo que no me pertenece, porque desde mi
nacimiento nunca se me pregunta por mi género, al registro civil sólo le
preocupa mis genitales para legalizarme como un hombre o una mujer, según
sea el caso, con toda la carga moral y cultural que ello represente. Mi
comunidad me enseña los roles y prejuicios con respecto a mi cuerpo, mi
genero y mi sexo; en el hogar mi familia me enseña sobre las cosas que
puedo hacer o no basadas tan solo en mi “sexo”.
Si he nacido “mujer”, mi cuerpo sigue sin
pertenecerme, porque se me enseña que este es para el uso, disfrute,
placer y designios de los varones. Las mujeres no tenemos el control de
nuestros cuerpos, porque legalmente en muchas partes no tenemos el poder
siquiera de decidir si queremos o no estar preñadas, los hombres basándose
en legislaciones o religiones lo han decidido así. Ellos nos condenan
como asesinas porque vamos a clínicas clandestinas para abortar. A ellos
no les interesa, sí nosotras morimos allí desangradas por falta de
higiene o equipo médico.
Si nosotras tenemos trabajo, dinero, amor o desengaños,
salud o enfermedad, sueños o ilusiones, no les interesa. Para ellos
nuestra realización viene con la maternidad y no con las posibilidades
profesionales o de vida. Los hombres nos niegan el control de nuestro
cuerpo y el disfrute de nuestro placer. Si una mujer decide tener una vida
sexual activa, se les llama despectivamente marota o puta, pues desconocen
que las mujeres podemos tener una sexualidad propia y ajena al hombre.
Si por alguna circunstancia hemos decidido cambiar
de género, se nos trata enfermas mentales o de lesbianas por externar el
hecho de que en nuestro interior somos varones. En muchas partes del mundo
se nos asesina por no ser vírgenes, pues para ellos la conservación de
nuestro himen es más importante que nuestras vidas mismas. No por nada en
muchas partes del mundo se nos cierra la vulva cuando consideran que somos
aptas para ser fertilizadas y por ende, una fuente de riqueza familiar,
una variante más civilizada de estos ritos son los XV años.
Si somos bisexuales o lesbianas se nos perdona
“nuestra condición perversa” a cambio de la fantasía que existe de
control machista sobre la sexualidad de la mujer. Muchos varones se mofan
de las mujeres que somos transgénero, drag kings, bisexuales o lesbianas
haciendo referencia a un supuesto afán de superación, cuando lo que se
juega es una identidad genérica, sexual y/o comportamental.
En muchos países, la mujer es asesinada porque el
hecho de que un hombre de la comunidad haya abusado de ella. En lugares
como Pakistán, somos desfiguradas si defendemos nuestro derecho a decidir
con quien casarnos sin aceptar las imposiciones sociales. En muchos a
lugares a las mujeres lesbianas se les impide el derecho sobre la potestad
de sus hijos, incluso se les niega la posibilidad de ser madres por
considerarlas perversas o inmorales. En varias partes del mundo los
parlamentos, asambleas o congresos procuran leyes y toman decisiones sobre
nuestro cuerpo, salud y vida, sin tomar nuestra opinión. Para ellos, el
cuerpo de la mujer no existe.
Las mujeres aprendemos a ser buenas hijas al
compartir las labores del hogar con nuestras madres para en un futuro
poder “ser buenas esposas, buenas madres y buenas hijas” y así
reproducir este mecanismo de control. Si nos preocupamos por el cuidado de
nuestro cuerpo, se nos dice que somos vanidosas. Somos subversivas si
tomamos anticonceptivos o exigimos que nuestro compañero use condón.
Si nosotras enfermamos de bulimia o anorexia, la gente cree que esto se
debe a un desorden mental, todavía no comprenden que esta enfermedad es
el resultado de las expectativas culturales y comerciales, de una
industria del cuidado y embellecimiento del cuerpo. En fin, a los varones
no les interesa en realidad nuestra salud, a ellos les tiene sin cuidado
si necesitamos ir al ginecólogo para poder prevenir el cáncer cervico
uterino e incluso el VIH/SIDA, pues finalmente estamos allí para servir.
Si somos varones, nuestro cuerpo sigue sin
pertenecernos, porque desde muy pequeños se nos dice que: “los chicos
no lloran”, “los machitos no sienten dolor”, “los varoncitos no
deben expresar sus sentimientos”. La familia, la sociedad y las
instituciones nos castran haciéndonos seres incompletos al cortarnos la
posibilidad de expresar lo que sentimos, lo cual repercute en nuestras
relaciones personales. A estas instituciones les escandaliza el que no nos
guste: los soldados, el fútbol o el box. Se han casado con la idea de que
un cuerpo masculino no puede ser frágil y débil. Nos envían a un psicólogo
o a un ministro religioso si se nos ocurre salir del clóset como gays,
transgéneros o bisexuales ya que la identidad masculina parte de la
negación hacia la mujer o lo que ella representa.
Este cuerpo no me pertenece, porque si llego a
tatuarme, a ponerme una arracada o a vestir de manera alternativa ya sea
dark o leather puedo correr el riesgo de ser despedido de mi trabajo,
expulsado de mi casa o iglesia e incluso de ser detenido por cualquier
policía por “ser sospechoso”. Si decido cambiar de identidad genérica,
la ley no me otorga una personalidad jurídica y un nombre de acuerdo con
el género al que creo pertenecer. Cuando envejecemos se nos despide del
trabajo, sin reconocer nuestra experiencia laboral, pareciendo que la
vejez en un hombre significa inutilidad. Nuestra “hombría” y per se
nuestra validez son mediadas por la fuerza, las conquistas amorosas, el
cabello, nuestra pedantería, la salud, la edad o los centímetros de
genitales.
En muchos países los hombres son asesinados
impunemente por el Estado, si se sospecha que son afeminados o si sabe que
amamos a otros hombres, o si no deseamos pertenecer al género masculino o
no nos comportamos como “los demás hombres”, pareciera que el placer
y redención social, solo se encontrara en una relación heterosexual y
monógama. En muchas comunidades religiosas a los hombres se les practica
la circuncisión, lo que perjudica nuestra sensibilidad sexual. En varias
partes del mundo existen ritos de paso a “la madurez” que nos lastiman
o se nos pone en riesgo tanto física como emocionalmente e incluso hasta
en los países mas occidentales el hecho de permanecer soltero es motivo
de sanciones económicas, sociales o legales por parte de la sociedad
entera. Nuestro cuerpo no nos pertenece pues pareciera ser que debemos
seguir los designios impuestos por una sociedad que les interesa
reproducir sus mecanismos de control y no la búsqueda de la libertad.
Se nos censura el que podamos amar a otros seres
humanos de maneras distintas a las permitidas por la tradición o la
interpretación misma de los textos religiosos y se nos enseña que
violentar y abusar de los demás no solo es permitido sino deseado,
promoviendo en nosotros la violencia como un valor masculino. Los políticos,
quienes hacen las leyes nos niegan la posibilidad de realizarnos
como padres si somos homosexuales, transgénero u hombres solteros, pues
desconfían de nosotros. En el arte nuestro cuerpo desnudo se presenta
como algo pornográfico y grotesco mientras que el cuerpo desnudo de una
mujer es considerado como algo bello y estético.
Si enfermamos nuestros cuerpos pasan a ser
propiedad de doctores, enfermeras, hospitales o farmacéuticas. La idea de
fortaleza nos obliga a los varones a ocultar muchas enfermedades y
padecimientos que son tratados ya cuando se muy tarde. Si vivimos con VIH
inmediatamente se nos etiqueta de homosexuales, bisexuales o drogadictos
con una carga peyorativa como si las enfermedades fueran decentes o
indecentes. Se nos separa de nuestras parejas homosexuales, por odio y se
nos condena a morir en el silencio y desprecio absoluto sin permitirnos
despedir del ser que nos ha amado.
En muchos casos se nos niega el derecho a tener
mantener en privacidad sobre nuestra salud, se nos despide por tener
enfermedades “poco sociables”. A las farmacéticas no les interesa las
reacciones secundarias de los medicamentos, en muchos casos nuestros
cuerpos sufren ya no las secuelas de le enfermedad misma sino la de las
altas y bajas bursátiles de estas instituciones. Nuestros cuerpos no nos
pertenecen, porque el Estado decide por nosotros desde el inicio al final
de nuestras vidas negándonos el derecho a la eutanasia o suicidio
asistido basándose más en creencias religiosas que en la laicidad de un
Estado moderno.
¡Y a pesar de que este cuerpo no nos pertenece!,
este es nuestra única posesión irrenunciable, a la cual feministas,
ancianos, madres solteras, homosexuales, bisexuales, transgéneros y otros
heterosexuales conscientes han decidido proteger con una serie de luchas y
proyectos en materia de salud, no-discriminación, equidad e igualdad
social.
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