Calderón
Total
por
Antonio Marquet
Lo
que el virus se llevó de
Oswaldo
Calderón, es protagonizada por
Oswaldo
Calderón, con números interpretados por
Oswaldo
Calderón y bailes de
Oswaldo
Calderón; como Reina emperatriz, la actuación especial de
Oswaldo
Calderón; y en el papel de SP (Superperra)
Oswaldo
Calderón, todo basado en la vida de
la cachorra
Oswaldo
Calderón.
El martes dos de octubre, los espectadores llegaron desde antes de las
ocho al café 21 de
la colonia Condesa
, que ofrecía menos de setenta lugares iluminados por la media luz de
velas que con pequeñas mesas y mullidos sillones, creaban una atmósfera
íntima para lo que se iba a oír: “Mi nombre es
Oswaldo
Calderón y soy seropositivo”. Una cosa es que la lipodistrofia
facial, que la delgadez de la SP lo proclame. Otra es hacer de esa
declaración el punto de arranque para contar
la vida. Todo
gira en torno al hecho fundamental de la infección y de las
arrasadoras consecuencias que tuvo en una vida comandada por la
velocidad, las revoluciones, y toda clase de excesos: laborales,
sexuales, verbales, orales, creativos.
La
sorpresa cede a la emoción en crescendo
desatada por las cifras abrumadoras: sólo treinta y siete kilos en un
cuerpo de 1,80; por el ocaso de una vida a los veintinueve años; por
el abrupto fin de una carrera tan exitosa como sui
generis; silencios, inmovilidad del propio
Oswaldo
Calderón en el mismo escenario para traducir el estado de parálisis
ante el filo de la vida en la bancarrota emocional… Todo salpicado
por la risa, la jotería y las perreadas infaltables, incesantes,
incontrolables.
Como
todo lo que es verdaderamente importante y trascendente para el sujeto,
la seropositividad no se dice: por precaución, por protección de la
intimidad, por todos los peligros que acechan, desde un cortón
laboral hasta la estampida social y la soledad, si la homosexualidad
crea el vacío y el repudio social, la seropositividad intensifica la
exclusión generalizada.
A
diferencia de los graznidos de las chachalacas, de los rebuznos
religiosos, de los balidos de las campañas políticas (que tienen de
todo menos visos de realidad), de la bazofia de la palabra mediática,
esa palabra basura que nos ensordece con su martilleo incesante, la
palabra de
Oswaldo
teje una vida, trenza una depresión, borda sobre sus fracasos con
todas las soluciones que en su momento ha ofrecido, creando un
instante de comunión del sujeto y el actor con el público. A fin de
cuentas la comunidad entera navega por las secuelas emotivas que el
VIH ha desatado: el duelo por un amigo, las batallas que uno mismo
libra, los temores, dudas y fantasmas que nos acechan…
Acompañada
por Carlos Vergara, Calderón hace de la infección el punto de
partida de la evocación de su vida, así como el punto de inflexión
para nuevos retos profesionales y sobre todo lances simbólicos que
significan la remoción de las losas del silencio. Decidirse a
asumirlo públicamente, presentarse en vivo como un cuerpo asediado
por el virus y por el remolino de fantasmas y temores que se agrupan
en torno de la enfermedad: es un acto temerario, suicida y, al mismo
tiempo, el acto más vihtal, tonificante, desafiante que un sujeto
pueda (a)cometer.
El
espectáculo es intenso, tanto como el vuelo de los vestidos creados
por Emilio Rebollar (de reina y monja; de cabaretera y mujer enlutada;
de virgen y fauno); tanto como los cambios de atuendos-estados
emocionales que representan otros tantos cambios de piel de
la víbora. Ante
los escenarios de la verdad, se ríe y se llora. En eso consisten los
poderes de la Superperra, dirigida escénicamente por Artús Chávez.