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Trastornos
de alimentación
© Eduardo Nabal/Enkidu
Toda
conversación empieza con una mentira-
leyó Cathy y luego apuntó la frase en su cuaderno de pastas duras y
rojas. Lo llevaría consigo si la volvían a ingresar. Una posibilidad que
debía tener en cuenta. Que la volvieran a meter o que regresara
voluntariamente al hospital. Respiró, cruzó las piernas y apartó la
caja de donettes empezados. El chocolate que los recubría se había
quedado petrificado. Miró la portada de “Fotogramas” desde dónde
Charlize Theron le lanzaba una mirada desafiante. La revista se había
cubierto de las migas de los
últimos donettes. Pastelillos de crema y azúcar.- Toda
conversación comienza con crema y azúcar- se dijo a sí misma,
mientras cerraba el cuaderno y lo metía en el cajón dando un golpe.
Sobre la mesa sólo estaban los donettes, el flexo viejo y el cuerpo
embutido en un vestido rojo, provocativo, sexy, de Theron. Hoy no había
apuntado las cosas positivas que le habían pasado, las cosas que había
cumplido y había hecho bien ese día, como le había mandado Jesús. Pero
Jesús, que tenía su consulta tres calles más allá de dónde ella vivía
con sus padres, le pareció increíblemente lejano. Ahora mismo estaría
jugando al mus con los amigos en algún café o viendo el fútbol en su
casa. Más lejano aún que Theron y su vestido, caro y escotado, nominada
a los oscars. Hoy no escribiría nada para Jesús, ni para mejorarse. Se
levantó de la mesa, que empezaba a agobiarle, y se tumbó en la cama a
seguir leyendo.
Willie
lleva quince minutos en la puerta del vestuario de chicos, sin querer
entrar. Se ha tomado ya dos botellas frías de agua de fresa. Muy vitamínica,
dice la botella. Se ha gastado el dinero que le ha dado hoy su tía en líquido
teñido de rosa. Ahora se siente culpable. Lo
toman los ciclistas y los levantadores de pesas - piensa Willy. Y él no es ni será ningún ciclista, ni un
gimnasta, ni un levantador de pesas. Aunque sienta un peso terrible cada
vez que se acerca a una puerta como esa. Hoy, se dice, se armará de
valor, volverá a coger la bolsa y se meterá, en el vestuario. Empujará
la puerta como otros días y empezará a fingir. Esquivará sin temor los
charcos de agua sucia, que sin duda contienen restos de sudor, orina y
hasta piel. Si hay suerte no
habrá chicos jóvenes como él. Sólo los dos viejos encorvados y
voluntariosos de siempre. Intentando mejorar sus ya gastados cuerpos. Que
se desnudan delante de él. No se molestan en venir cambiados de sus casas.
A Willy le parece repugnante. Se imagina ahora vomitando toda el agua
rosada delante mientras esos
dos viejos se quitan los calzoncillos sucios y siente vergüenza y un
ligero mareo. Agua rosada en lugar de agua gris, chanclas, albornoces y
canas. La imagen del suelo
sucio, lleno de pisadas y pelos, del vestuario cubierto además manchas
lunares de un líquido rosa y vitamínico le hacen volver a dejar la bolsa
y seguir otro rato parado. Reúne hasta el último céntimo, escarbando en
su cartera y se compra otra botella. Esta vez el líquido es verde y
huele a menta. Le recuerda el que usa para enjuagarse la boca. Se ha
gastado ya todo el dinero del día, hoy no podrá salir con sus amigos.
Javi
detesta a la gente que se encuentra allí pero le encanta ir al
video-club. Su afición favorita es repasar esas estanterías siempre tan
mal puestas, a ver si se le ha pasado algún título interesante. Pero él
sólo busca clásicos, películas
antiguas. Para él el cine de Hollywood murió con el macartysmo y la
televisión, el technicolor y el cinemascope. Lo que se ha hecho después
es todo morralla. Y las
películas europeas le aburren, le dejan más dormido que los
tranquilizantes que sigue tomando, aunque su cuerpo ya se haya habituado a
ellos y corran rutinariamente por su sangre de chico gordo de venticinco años.
Javi, no obstante, conserva en sus rasgos faciales, algo de
la belleza adolescente y la mirada intensa que tuvo un día. Se ha
dejado un poco de barba, unas cuantas greñas a las que da forma con ayuda
de unas tijeras de cortar papel, para disimular que sus pómulos empiezan
a ser como su barriga. Siempre ve las películas acompañado de sus
padres, no quiere que se separen de él, quiere que le sigan en su camino
en blanco y negro hacia Dios sabe donde. Hoy Javi ha llegado un poco más
tarde de lo habitual al videoclub y se ha encontrado con algunos clásicos
nuevos, reeditados en DVD. Está feliz. “Eva al desnudo”, “El crepúsculo
de los dioses”, “La venganza de la mujer pantera” y “Al borde del
peligro”. Todas las ha visto más de una vez, se sabe diálogos y
fotogramas de memoria. Pero sólo con ver las carátulas siente que va a
pasárselo en grande, que va a revisitar el paraíso, empieza ya, en ese
mismo momento, a soñar y pasárselo en grande. Entre ellas descubre “La
gardenia azul”. Esta no la ha visto. Y cuantas ganas tenía de verla. Le
tiembla la mano al sacar el DVD con dificultad de las atestadas estanterías
del local y se le cae al suelo. Ahora la foto de Anne Baxter está
cubierta de serrín. Ve que le mira el dueño y siente un nudo en el estómago.
Un hombre joven, de unos treinta y tantos, se agacha, la recoge, le quita
el serrín y se la da. Javi le da las gracias tartamudeando, sin mirarle,
y el hombre sonríe por aquella presencia tan insegura. El hombre es alto
y guapo pero Javi no le mira. Le ha visto agacharse y ha podido ver
la forma perfecta de su culo marcándose en los vaqueros y el nudo en la
garganta se ha convertido en otro en el apéndice. Javi coge la película
y se dirige temblando al mostrador. Pero para llegar a él tiene que
atravesar la sección que más detesta, aquella donde las películas están
tontamente agrupadas por actores: George Clonney, Mel Gibson,
Nicole Kidman, Keannu Reeves, Gywneth Palthrow, Matt Dillon,
Charlize Theron…se le antoja un mercadillo horrible, para espectadores
horribles que no saben nada de la magia del blanco y negro y que
seguramente no conozcan a Anne Baxter de la que él está enamorado. Al
pasar por los estantes de los actores sus cuerpos le ofenden. Esa portada
con la entrepierna de Val Kilmer bajo un vaquero gris le hace bajar los
ojos y su mirada choca con
violencia en aquella en la que River Phoenix con unas gafas oscuras va
pegado a Keannu Reeves. Los dos con chaquetas de cuero. O esa donde se ven
las piernas desnudas de Colin Farrell, insolente y rubio. Luego el torso
moreno y surfero de Patrick
Swayze. Cierra un momento los ojos y los vuelve a abrir mientras se
encamina al lugar donde se paga el alquiler. Se agarra más a “La
gardenia azul” y trata de deshacer su nudo en la garganta para decir su
número de socio al dueño, que le mira con cierta curiosidad. ¿Me
la das para que pueda pasarla por el desmagnetizador?- le dice é.
Javi se siente ridículo, quisiera que se lo tragara la tierra.
Hoy
hace diecinueve días que Sandra cumplió dieciocho años y sus padres están
cada vez más preocupados. No ha salido apenas de la habitación. Al
principio, cuando le regalaron el hámster, creyeron haberla defraudado
por la extraña expresión de su cara, por como entornó sus ojos de niña
asustada. Incluso le dijeron que si quería podía cambiarlo por un disco
de Bisbal. No, ella los tenía ya todos. Pero por la
tarde Sandra sacó el hámster de la jaula y se pasó toda noche
jugando con él, poniéndole nombres, dándole de comer sin parar todas
las bolsas de pipas y otros frutos secos y pequeños que venían con la
jaula y el bicho. Su madre no quería entrar si el hámster, que
definitivamente se llamaba David, no estaba bien guardado en la jaula. No
me gustan esos bichos, le había dicho a su marido junto antes de ir a
comprarlo. Por eso llamaba a la puerta del cuarto de su hija,
esperaba y luego entraba. Sandra había empezado a engordar, apenas
salía ya con sus amigas. Sabía que se había peleado con una de ellas
pero no sabía en que había consistido la riña. Cosas
de crías, había dicho su marido. Mientras limpiaba miraba las cada
vez más pronunciadas ojeras de su hija que, en su mesita y con la luz de
su flexo encima, fingía estudiar matemáticas o inglés. El padre no está
tan preocupada por el hámster de Sandra “Ya
se le pasará y al final le tendrás que dar de comer tú” le dice a
la madre. El padre de Sandra protestó cuando esta reveló el nombre
definitivo de su mascota. “Pero si es una hembra, nos lo dijeron en la
tienda”. Sandra se encerró en la habitación dando un portazo. “Esta
niña está muy consentida” se
dijo su padre mientras ojeaba las páginas deportivas del diario. Pasaron
los días pero la pasión de Sandra por David no disminuyó. Su madre habló
de ello con su amiga Maite, la profesora de francés del instituto al que
iba Sandra. ¿Era normal encariñarse tanto con una mascota? Pero Maite no
le habló del tema, ni de Sandra, a la que alguna vez había definido como
“demasiado calladita”, sino que empezó a hablar de la tragedia
familiar que supuso la muerte de su perro, Boris. Desde
entonces no he vuelto a querer tener animales en casa. La madre de
Sandra volvió todavía más agitada a casa. Mientras ella volvía en un
autobús lleno de gente, que le parecía cada vez más lento, con dos
bolsas rebosantes de compra, Sandra, encerrada en su cuarto, comparaba los
ojos de David con los de Alejo Sauras, cuyo póster acababa de colocar en
la pared, encima de un desconchado, después de sacarlo de la revista
VALE. Sandra, que llevaba mucho tiempo sin hacerlo, volvió a empezar a
masturbarse con la ayuda de David. Ponía al bicho sobre su vientre y
dejaba que recorriera su cuerpo desnudo. El pestillo de la puerta estaba
cerrado y con un oído estaba atenta a los pasos de sus padres en la casa.
Su madre todavía no había vuelto. David recorrió, como había hecho
otras veces, los pechos pequeños de Sandra y luego bajo a husmear su
vagina. Entonces ella ya excitada, se levantó y lo volvió a meter en la
jaula. Tumbada en la cama observaba a
David dar vueltas frenéticas en su rueda, su metálico tiovivo. De reojo
miró el póster de Alejo, que la observaba. Y empezó a acariciarse.
Entonces sonó el timbre. Sandra dio un respingo y empezó a vestirse. Sería
su madre que, como de costumbre, se había dejado las llaves junto al
fregadero. Pero una voz masculina, conocida, odiada invadió el pasillo e
inició una conversación ininteligible con su padre. Era su primo Eusebio,
el granuloso y salido Eusebio. Un verdadero cabrón que la llamaba
Sandrita y le decía que cuando iba a crecer de una puñetera vez, aprobar
sus asignaturas y dejar de oír esos discos tan horteras de Operación
Triunfo. Esteban avanzó por el pasillo dando grandes zancadas y dio tres
golpes en su puerta. Sandra dijo ¿Qué
quieres? – con una voz más bien hostil y recelosa. Saludarte,
Sandrita, te quiero enseñar algo.- dijo Eusebio con su voz ya ronca.
Sandra se abrochó la chaqueta azul y le abrió la puerta pero no se
detuvo a mirarle ni le saludó sino que se sentó sobre la mesa donde
permanecían el flexo encendido y el libro de matemáticas con los
ejercicios sin hacer. ¿Estudiando, prima?. ¿No me
das un beso de cumpleaños? Mira esto. Sandra volvió sus ojos
saltones y se encontró con que su primo sacaba un hámster enorme del
bolsillo de su parca. ¿Qué quieres?
Yo ya tengo uno.. El primo abrió la jaula dónde David, cansado de la
rueda, había empezado a beber agua y metió al nuevo animal en la jaula.
Sandra se levantó dando un respingo.
¿Qué haces? Idiota, sácalo de ahí, se van a matar. La voz de
Sandra era temblorosa y a la vez furibunda. Temía a su primo pero le
odiaba todavía más. Es curioso no se pelean-dijo Esteban, riendo. Y eso
que son dos machos. El hámster empezó a husmear a David. Sandra dio un
salto, se levantó de la silla y llamó a gritos a su padre: ¡Papá, papá, dile que pare! ¡Mira lo que ha hecho!. Vete Esteban.
Muérete Esteban. Fuera de mi
habitación. Sácalo de la jaula. Vas a matar a mi hámster: ¡Papá, ven
corre! Pero el padre tardó unos minutos en aparecer y Sandra se echó
a llorar sobre la cama, con un llanto rabioso y desesperado. Esteban la
contempló, luego miró su habitación, lanzó una mirada hostil a su
decoración, sacó a su hámster de la jaula, que estaba encima de David y
salió cerrando la puerta. ¿Qué
ocurre Esteban? preguntó su tío. Nada,
le había traído un hámster para que jugara con el suyo, pero se ha
puesto histérica. El padre de Sandra se puso serio. – No molestes a
Sandra, no está bien últimamente y le tiene mucho cariño a su rata.
Vale, tío. Dijo Esteban, pero el lunes me dejas el coche. Si,
si, en eso hemos quedado, replicó el padre de Sandra.
Pero ahora vete, que está disgustada, ya nos vemos. Esteban le miro
un rato en silencio y luego torció la cabeza. Bueno,
vale, si además tengo prisa- dijo el sobrino algo ofendido por la
actitud de su tío y añadió con expresión seria: pero
te doy un consejo, lleva a
esa niña al psiquiatra.
Anne
Baxter e Ingrid Bergman están colgadas en la pared, en glaumorosas fotos
juveniles, seguramente hechas a través de filtros y gasas, una
en “Eva al desnudo” y otra en “Luz que agoniza”. Con una hermosa y
larga trenza que la apresa, volviéndose loca en “Luz que agoniza”
Javi está incomodo, a cuatro patas y mirándose las nalgas en el espejo, de espaldas y girando la
cabeza. Se sujeta con una sola mano que siente quemarse en la moqueta. Con
la otra se acaricia el pene y comienza a moverlo. ¿Qué pensarían esas
diosas de Hollywood si le vieran realmente? Javi no se responde a esa
pregunta, casi ni se la hace. Esta es otra parte de su vida. Y además,
después de comer van a ver “La gardenia azul”, va a volver a
arroparse en el blanco y negro estremecedor de Fritz Lang y Nicholas
Musuraca. Un grito suave, amable pero insistente, le interrumpe. Es su
madre ¡A coomeeeer! Javi sigue
masturbándose, está a punto de correrse. Se imagina que sus hermanos ya
estarán en la mesa, y todos le estarán
esperando. Pero no, igual no han hecho tampoco caso. Aprieta la marcha,
aprieta con más fuerza su glande, contiene la respiración y llega el
orgasmo. Pierde el apoyo de
su brazo y se corre con la cabeza aterrizando
en el suelo. Ahora puede ver a Anne Baxter en un terrible contrapicado en
que su sonrisa de mujer malvada le parece especialmente cruel. Luego
respira, se relaja, se sienta en el suelo. Tiene un nudo en el estómago y
ganas de borrar todas las huellas y el recuerdo de lo sucedió. El espejo
no puede retener la imagen de sus nalgas ofreciéndose a la nada. Limpia
las gotitas blancas sobre el parqué verde oliva, se deshace del trozo de
papel en el inodoro, tira ruidosamente de la cadena y se dirige hacia el
comedor mientras oye a la voz de su madre, ahora muy de cerca, rompiéndole
el oído ¡Javi, A coomeeeer!
Cathy
está harta de visitar a Raúl. No puede contarle la verdad. Que sigue
comiendo una gran cantidad de dulces variados y deliciosos y que, luego,
después de comer, los vomita. Hoy es el primer día que no ha ido. Sus
padres ya se han enterado. Lo sabe por la mirada severa de su padre y los
ojos bajos de su madre. – Tendrás
que llamarle y pagarle la sesión- le dice su padre. Silencio, ella
levanta los ojos del plato y los dirige incadensecentes a su padre – Págasela
tú si quieres- musita. El padre de Cathy le da una sonora bofetada.
Cathy se limita a sonreír, trazando una mueca ácida en su mejilla
enrojecida. Hacía mucho tiempo que esto no sucedía. Cathy se levanta y
vuelca los garbanzos hirviendo sobre el mantel. Su madre, salpicada por
alguna gota del potaje, lanza un grito. Cathy se encierra en su habitación.
Habla con ella, no está bien- dice la madre de Cathy. El padre da
un puñetazo sobre la mesa. -¡Después
de comer tranquilos, que esta cría nos deje comer tranquilos, por lo
menos una vez…-. A la madre de Cathy le han salido ojeras por la
preocupación, por las noches de insomnio leyendo libros de ayuda para jóvenes
bulímicas. Mientras ella lee o finge dormir su marido ve el partido de la
Liga o baja al bar de abajo a echar unas cartas con los amigos. Cathy sólo
sale los sábados. Pero vuelve tarde. Y a veces medioborracha. Su madre
hace todo lo posible para que su entrada en casa, de madrugada, sea lo más
silenciosa posible, para que su esposo, que tarda también en dormirse
pero cuando lo hace es profundamente, no se despierte. Conduce a Cathy a
su habitación, la ayuda a desnudarse y la arropa. Luego trata de hablar
con ella pero Cathy se limita a mirarla con una sonrisa irónica que le
intimida. – Que una chica tan lista se esté echando a perder así- dijo
una vez el padre de Cathy. Y su mujer se prometió que no lo permitiría.
Su Cathy no iba a autodestruirse, no iba dar esa satisfacción ni a su
padre ni a los que la tenían envidia por ir tan adelantada en el colegio,
ser tan especial, tan inteligente y por leer tanto.
Sandra
observa con preocupación el engorde progresivo de David. – No pueden
haber sido sólo las pipas y los trozos de fruta que le he pasado por los
barrotes. Le cambia el agua del grifo, por el agua mineral. Pero David
parece haber entrado en otro tipo de vida, en un extraño declive. Se
mueve con torpeza y apenas intenta subir a la noria. – Algo le ha hecho
el ratón asqueroso del primo Esteban- le dice a su madre. Ella guarda
silencio. Un día lo rompe y le plantea a Sandra, en la privacidad de su
cuarto, la verdad del tema. Vamos a
esperar y si está embarazada le ponemos algodones y un trapito para que
tenga a las crías. Y
luego- dice su madre para animarla- se
las damos a tus amigos. David no
está embarazado- es la réplica angustiada y enigmática de Sandra.
Si lo estuviera mataría al cerdo de Esteban. Luego se sienta en la mesa
de estudio, con su pequeña cabeza hundida en los codos, y mira sin ver
esos cuadrados y esos triángulos equiláteros. Esos problemas y esos números
y cifras que le agobian, que se amontonan. Falta poco para el examen y
Sandra no se ha preparado lo suficiente.
Willy
compra caramelos de regaliz, una bolsa, un euro y luego lo reparte entre
sus amigas de clase. A los chicos de adelante, que forman una pandilla, no
se atreve ni a ofrecérselos ni a acercarse demasiado a ellos. Hoy ha
comprado dos euros y algún chico, de los que se sientan atrás, como el
que quiere ser misionero, le han cogido alguno. Willy está contento. Ha
pasado el recreo y ahora hay clase de música su asignatura favorita. A
Willy le encanta la música. Aunque lo que más le gusta es oirla en su
walkman, el que le regaló su tía, porque así el puede oirla como si
estuviera en un gran concierto y sin que los demás se enteren. Pone su
libro de música en la mesa, pero lo aparta sorprendido. Hay dibujos extraños
y palabras pintadas en su mesa. “No
te las ligas ni con caramelos, maricón”, “Te
vamos a robar el walkman, hijoputa” y hay, a lápiz, una caricatura
suya, delgado y con ojeras. Le han pintado con los cascos puestos. “Además
de loco, sordo” pone debajo. Willy saca una goma de su estuche e
intenta borrar. La profesora ha empezado poniendo un disco de Bach. “Lo primero escuchad”, “dejaros llevar por la música y luego
hablamos del autor”. A la salida, justo en la entrada, está el
grupo de los mayores. Willy pasa sin mirarles, aunque de reojo puede ver
sus sonrisas irónicas, sus cuerpos arqueados, como esperando una
respuesta o una venganza de Willie. Pero Willy camina sin detenerse y se
dirige a la tienda de caramelos. Pide otra bolsa, la necesitará para
soportar el camino a casa. A Willy le gusta la señora de la tienda de
caramelos, aunque esté tan gorda. Le trata con un cariño maternal que no
ve en sus profesoras ni en sus profesores. Hoy con su desparpajo le hace
olvidarse un momento de los mayores de la clase. Ella hace una broma sobre
Willy y el regaliz y el ríe, en lugar de enfadarse. Pero al salir siente
que el camino de vuelta va a ser largo y pesado, va a tener tiempo para
pensar demasiado, en sí mismo, en su tía, en la música, en el gimnasio,
en los chicos de adelante. Hoy no se ha traído el walkman, lo dejó en
casa con los deberes a medio
hacer. Sin embargo oye una extraña música en su cabeza. Es Bach, ahora
puede oírlo. Antes, absorto en lo que había pintado en su mesa, no le
había prestado atención. “Tocata
y fuga” había dicho la profesora, nada más quitar el disco y
empezar a escribir en la pizarra.
Sandra no le ha dicho todavía a
sus padres que ha suspendido matemáticas. Está demasiado preocupada por
la gordura creciente de David, que ahora, se niega a comer. Su madre
asegura que su hámster está embarazada y le ha metido unos algodones y
un pañuelo arrugado en la jaula. David está tumbado allí con los ojos
abiertos mientras Sandra mira desde su cama los rizos dorados de Bisbal.
Se está cansando de Bisbal, pero no se le ocurre nadie que ocupe su lugar.
Naim Thomas también le gusta, le gustan sus ojos oscuros, parecidos a los
de David, pero sus amigas de clase, las que se sientan juntas, y a veces
con ella, le aseguran que es marica. Sandra ha guardado ya los discos de
matemáticas y mientras se tumba a pensar con los ojos abiertos se va
comiendo las pipas y las golosinas saladas de David que su madre ha traído,
por si acaso le vuelve el apetito. Está atardeciendo, pero no se asoma a
la ventana, porque no va a ver ninguna puesta de sol sino el edifico de la
Campofrío y el colegio donde está acabando de estudiar su primo Esteban,
El es el culpable de todo. Como le pase algo a David, se va a enterar…piensa
Sandra. Luego vuelve a mirar a Bisbal y le encuentra ridículo. Piensa que
si sus padres se enteran de que ha suspendido matemáticas le podrán un
profe o una profesora particular, pero Sandra no quiere que nadie entre en
su cuarto y menos ahora con David en este estado. Cierra los ojos y mordisqueando algunos quicos salados se va
quedando profundamente dormida.
Cathy chatea con cuatro chicos a la
vez. Le ha dicho a su padre que tiene que mirar Internet para hacer un
trabajo de historia. “La historia de las rutas del Cid”. No se le podía
haber ocurrido un tema más tonto. Pero su padre se lo ha tragado. Bueno, que se ponga en Internet pero después tiene que comer que está
cada vez más delgada- ha dicho su madre. Cathy chatea con cuatro a la
vez, sus respuestas son ágiles e ingeniosas, y lo hace de tal manera que
ninguno se entera de que está hablando a la vez con otro. Es un chat de “chica
busca chico”. Cathy no espera encontrar gran cosa en él pero se lo
está pasando en grande. Uno de ellos se ha empeñado en quedar con ella,
en que se conozcan y Cathy le dice que tiene que estudiar, que le deja
hasta otro día, que va a seguir en Internet pero tiene que acabar su
trabajo sobre el Cid. “Hasta luego,
Doña Jimena” ha puesto él a modo de despedida. Y Cathy se ha
limitado a cerrar la ventana de ese idiota. Ahora chatea sólo con tres
chicos. Pero en realidad sólo le interesa hablar con uno. El único que
cree que no le está mintiendo. Se llama Willy y le ha mandado una foto. “Que delgado estás” le ha puesto Cathy mientras piensa que si
él pudiera verla a ella diría lo mismo. Tiene una caja de donettes al
lado del ordenador de su padre. Y cuando hay algún silencio o alguno se
piensa mucho una respuesta se come uno. Luego irá a vomitarlos. Willy le
cuenta unas historias muy raras pero interesantes. Ahora habla del
caramelo de regaliz. Luego habla de la música y del walk-man tan guapo
que le ha regalado su tía. ¿Vives con tu tía? Le ha preguntado Cathy.
Pero Willy no ha contestado y, en cambio, a empezado a hablar de grupos de
música que Cathy no conoce. Se come dos donettes de golpe. Uno se le
atraganta. Abandona el ordenador y la habitación a todo correr y vomita
sobre el lavabo, dejando la puerta abierta. Desde fuera su madre la mira
con severidad y preocupación. Su padre ha aprovechado para entrar en el
despacho donde está el ordenador y ha visto lo que está haciendo Cathy.
¿Esto es la ruta del Cid? piensa ¿o el comportamiento de una adolescente
idiota y salida? No oye las arcadas de fondo de Cathy, a su mujer llorando,
y se dispone a cerrar todas esas ventanas virtuales, a apagar el ordenador
y a acabar de una vez por todas con las tonterías de esta niña.
Sandra abre los ojos. Está
amaneciendo. Su madre ha tenido que salir fuera, a un congreso la empresa
donde trabaja ayudando a hacer perfumes y cosméticos. Si no la habría
despertado, arropado y habría bajado la persiana. Pero ahora Sandra está
despierta. Cae una luz matutina sobre su estantería con cuatro libros: El
de Mates, el de ciencias, la biografía de Bisbal, Platero y yo, del año
pasado y La Regenta. Aún no lo ha empezado. Es demasiado gordo. Y la
letra es muy pequeña. Y tiene que leerlo para la semana que viene. Mira a
Bisbal, como pidiéndole ayuda pero su sonrisa bobalicona no le hace
ninguna gracia. Oye unos ruiditos extrañas que vienen de encima de la
mesa. Es en la jaula de David. Se levanta de espacio y se asoma. Sus ojos
saltones, como de pez, tardan en registrar lo que ha sucedido. David ha
parido. Está tumbado con expresión de cansancio, y cinco bichitos rosa,
como insectos de caramelo, le están chupando las tetillas. Sandra querría
avisar a su madre, la única capaz de ayudarle ahora, pero no volverá
hasta mañana por la tarde. Se acerca, tambaleándose por el pasillo,
hasta la habitación de sus padres. Oye los ronquidos de su padre. Dice en
voz baja Papa, para, es David, pero a sus palabras se ven sepultadas por
otro ronquido más profundo y desagradable. Sandra vuelve llorosa a su
habitación. Vuelve a asomarse a la jaula. David está empezando a comerse
a sus crías, una por una. Con deleite y delicadez las va devorando.
Sandra da un grito. Los ronquidos de su padre cesan. El algodón y el pañuelo
se van llenando de sangre, mientras David sigue comiendo, empezando por la
cabeza, a aquellos ratoncillos rosados, minúsculos. Sandra arranca el
poster de Bisbal y lo pone sobre la jaula para no ver más. Se pincha con
una de las chinchetas. Tira los cuatro libros de la estantería, después
parece serenarse, y trata de abrir la jaula pero no puede. Empieza a
temblar, a agitar la jaula. Llora y grita. ¡Papa,
Papa, Papa! Se aparta de la jaula y tropieza con la silla de estudio.
Ahora se ha dado con el borde de la cama. Pero no le duele. Está
demasiado asustada. Vuelve a la jaula, que ahora está en el suelo. David
está persiguiendo a la última de las crías que quiere escaparse y se ha
escondido en el comedero. Sandra lanza un grito parecido al de una vaca al
ser sacrificada. Su padre esta en la puerta. Y ella ahora le tiene miedo.
Va a comérsela. ¿Qué ocurre? Sandra abre la jaula.
Vete- le dice a su padre. Pero su padre, frotándose los ojos, vuelve
a preguntar ¿Qué coño pasa, Sandra? Sandra grita, llora, le tira los libros.
Se baja los pantalones del pijama y pone a David entre sus piernas. EL
suelo está lleno de papeles, sangre y pipas No
le hagáis daño, lo ha hecho por mí, no ha sido culpa suya, no quería
que estuvieran encerradas, grita ferozmente. Trata de introducir al
hamster en su vagina. Su padre se vuelve para no mirar, sale dando
zancadas de la habitación de Sandra. Coge el teléfono de la entrada y
llama a Urgencias de Psiquiatría. Marca un número, se lo sabe de memoria.
Ya lo ha hecho otras veces. Distrito tres, unidad dos. Por fin cogen y
suspira aliviado. – Mándenme una
ambulancia al cinco de Arzobispo Pérez Platero, por
favor, dice con voz serena, la
paciente es Sandra Antón.
Eduardo Nabal Aragón
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