Belén
se viste de draga…
por Antonio Marquet
…el ángel de la Anunciación, se traviste en Supermana; el Diablo, de
Prada; la virgen es un actor cómico.
Antes de nacer, Jesús se politiza sin que su rating se eleve y el género
de la pastorela, supuestamente “didáctico”, se ve desplazado a
las inmediaciones de una nueva dragmaturgia.
En efecto,
la tradicional batalla entre el bien y el mal, entre el mundo y el espíritu,
fue representada por la compañía de las Hermanas Vampiro, en el
marco de una pastorela escrita por Oswaldo Calderón,
Supermana vs Superperra.
En
un local donde ya no cabía un alfiler, los pastores
debían esperar el momento de su aparición en la misma calle,
en la esquina de Amberes con Estrasburgo, afuera del Bar Papito,
mientras se anunciaba a la purísima virgen Bielleto, que daría a luz
al salvador, Andrés Manuel López Obrador, a quien las escrituras señalan
para que reine por siempre en el Zócalo (se oyen los coros entonar el
“For unto us, a Child is born”).
Advertidos
por un ser angelical (que no es otro que la Supermana, defensora de
las mujeres golpeadas, que aparece con la música de Wonder woman),
los pastores emprenden el camino a Belén… Sin embargo, los pastores
(representados por el DJ Kindra, nueva hermana vampiro, quien hizo su
triunfal aparición en el sexto cumpleaños de Supermana, festejado en
el Living; Sergio,
finalista de Mr. Gay 2007; y Fernando Zamora, coreógrafo de Boyz n
boys) son presa, demasiado fácil, de las tentaciones del diablo que
en vísperas de Navidad, se vistió de Prada (personificado, por
supuesto, por Oswaldo Calderón quien abrió, wide open,
las compuertas de la hiel, mientras entonaba “Mala” de
Astrid Haddad) negándose a regresar al camino que les había trazado
la Supermana. Fue entonces cuando una -única- partidaria de la
Supermana subió al escenario para enfrentarse en duelo de copas al
abogado del superperruno diablo. Después de varias rondas de tequila
y cerveza, en que falsamente se declaró empate con la intención de
embriagar a los contendientes, y quedara derrotada quien fuera
denostada por mujer y por heterosexual, el demonio declaró que era el
colmo que la comunidad LGBT emborrachara a una buga que ni siquiera
había librado una batalla digna al diputado del diablo, y se le envió,
con unánime coro, nada menos que a chingar a su madre… En el rostro
del público era evidente el placer de minoritear a bugas.
La
trama avanzaba con dificultad entre risas y perreadas hasta que por
exigencia del desenlace, la santísima virgen se vio obligada a dar a
luz, operación a través de la cual se descubre que es hombre. Se le
tuvo que practicar una cesárea porque el niño venía “invertido”:
una pierna descomunal salía a la purísima parturienta de santa sea
la parte.
Finalmente
se invitó a un moreno, un rubio y a un pelirrojo a que subieran al
minúsculo escenario para que fungieran como reyes magos. Sin embargo,
fueron echados con cajas destempladas porque no llevaban regalos,
incidente que los libró a inequívocos furores clasistas: ¡pobres
nezayorcas!
Antes
de concluir, se hizo traer la piñata de siete picos, que bien podía
representar a los siete pecados capitales, pero venía vacía:
seguramente la clientela había cometido tal pillaje, dando cuenta del
contenido puesto que estaba guardaba en el baño, expediente que sirvió
para innumerables imputaciones al público y al tradicional despliegue
escatológico: se habían limpiado con naranjas; las cañas tuvieron
doble función escatológica y fálica.
A
lo largo de toda la representación era más que evidente que lo que
menos interesaba era respetar el género de la pastorela que
antiguamente sirvió para propósitos de propaganda de la fe. Sería
un despropósito apegarse a un género que demuestra tan claramente el
racismo de la ideología conquistadora. El absurdo no tendría límite
si optara por apegarse a ella la comunidad LGBT que fue
“doblemente” víctima de una religión devastadora y excluyente
que a lo largo de la historia ha promovido el genocidio.
Por
otra parte, el papel tradicional del pastor, que es un eufemismo por
indígena ignorante, epítome de docilidad manipulada, hace reír por
su fascinación por todo aquello que queda fuera de lo religiosamente
correcto: ¡si son pobres, no estúpidos! Los pastores sólo quieren
divertirse, reventarse (y para prueba cantan “¡Vamos a jugar!”).
Resulta mucho más atractivo la insolencia y las malas palabras de
Oswaldo Calderón que los pálidos argumentos de una Supermana
modosita. Miss Marko, por su parte, que representa el papel de Isabel,
prefiere animar la fiesta enfundada en un vestido de noche cuya pedrería
lanza destellos y bailar “¡Fiesta! ¡fiesta! ¡vamos a la
fiesta!…” Esta pastorela gay contrasta fuertemente con la de los
diputados panistas quienes participaron en una pastorela tradicional.
Nada extraño pues su identificación con el conquistador, les permite
y justifica su compulsión a la monótona reiteración. A ellos no les
preocupa siquiera ocultar una belicosidad para hacerla que coincida
con una fe que en su remotísimo origen fue pacifista. Las Hermanas
Vampiro tienen razón en anunciar el reino de López Obrador porque la
pastorela cobra sentido en el contexto de una religión de pobres y
perseguidos.
En
marcado contrapunto con la ovación cerrada del público, no falta
quien decrete que las jotipastorelas que se escenifican ahora (se
representa Pachecas a Belén
en el Contempo) son un espectáculo de mal gusto; que los travestis y
las dragas no son sino de una vulgaridad insoportable. Su pregunta ¿y
eso qué fue?, al final de la representación de las Pachecas,
revelaba no solo disgusto sino una auténtica contrariedad. La
interrogación se acompañaba de un rictus que concentraba todo el
desprecio posible: ¿eso es arte? ¿merece convertirse en objeto de
estudio? ¿vale la pena reflexionar, o escribir, sobre algo tan
elemental, tan trivial? Su preocupación no era por el dinero y el
tiempo perdido sino por el desagradable efecto que les causó. Se
trata de una generación que se ha parapetado en la estetizante
coartada del arte, en el buen gusto, y viven en una torre de marfil
desde donde desprecian tanto la vulgaridad heterosexual e impugnan a
la comunidad: ellas se colocan por encima de todo. No hay nada nuevo
en su actitud. Por el contrario, es una generación que fue retratada
por el pintor Fabrizio Lupo, sin duda uno de sus más conspicuos
representantes, en los años cincuenta. En aquella época
pre-Stonewall, la homosexualidad se planteaba como una apuesta por lo
bello. Se “justificaba” porque era una manifestación de talentos
creativos a quienes todo debía estar permitido. Se sumaban de esta
forma a las estrategias del Antiguo régimen aristocratizante que
reclamaba prebendas para mentes privilegiadas.
¿Desde
dónde ver la pastorela en el siglo XXI? Ciertamente no cabe colocarse
en el canónico “buen gusto”, que finalmente remite a tecnologías
que apuntalan planteamientos clasistas, al tiempo que desconocen la
fuerza cuestionadora de la ironía. Tampoco se puede apelar a una
tradición porque en este caso remite al sometimiento, al lavado de
cocos, a una educación de cuenta gotas, que difunde sólo lo
elemental, mientras reserva para sí el saber teológico. La pastorela
crea la disimetría de poder catequista y el público catequizado.
Ciertamente
hay que apreciar el hecho de que la compañía drag aplique los parámetros
heteronormativos con una lógica estricta, de tal manera que
“seres” que no la respetan, como los ángeles y la corte
celestial, se vuelvan más que sospechosos: sustituir al ángel por la
Supermana no es solamente una actualización de tal mitología: la
mitología católica una entre muchas otras y por lo tanto sus
elementos son perfectamente intercambiables. Ello también apunta a
las paradojas de la heteronormatividad compulsiva en donde, de acuerdo
con un régimen selectivo se desprecia (al marginal y terrenal) al
mismo tiempo que se reverencia (al ser alado y celestial). Al abordar
la pastorela, la dragmaturga manipula los códigos; los cuestiona, lúdicamente
los deforma, los intercambia, los actualiza; se burla... Los expone
con un espíritu fársico para evidenciar las contradicciones del
sistema. El cuestionamiento apunta más allá que lo que pudiera
imaginar la estrategia asimilacionista del buen gusto que ahora no
parece nada más que una manifestación de una mentalidad de solterona,
tan severa como ridícula. Ante las pretensiones de la pastorela
tradicional no queda sino reír.
La
Navidad de las Hermanas Vampiro cierra la presentación: la música
proviene de Cabaret; la
letra es una apropiación drag: la pastorela se actualiza con la
comedia musical…