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Experiencia
de Dios, amor homosexual
¿Así
o más atrevido el título?, dirían mis alumnos adolescentes
si leyeran este encabezado,
y lo mismo dirían varios curas, algunas monjas y más de tres señoras
de la parroquia... lo sé.

Si hablar de espiritualidad y sexualidad es ya un tabú
aun en nuestros tiempos, la sola idea de unir a Dios y el amor
homosexual en una misma oración debe sonar a blasfemia. Quizá lo sea,
pues las experiencias humanas (la de Dios y la del amor homosexual) son
eso, experiencias humanas falibles, frágiles, con una fragilidad donde
radica todo su poder.
Pensando en que esta reflexión pueda ser de utilidad
para alguien, sea pues el escándalo y la blasfemia, que Dios sabrá
comprender ambas.
El
ser humano, sacramento de Dios
Dios se hace presente en todas las cosas y todas las
cosas son manifestaciones concretas, visibles y asequibles a los
sentidos, de Dios. Toda criatura es un sacramento
no solo de la existencia y presencia de Dios, sino de su amor, pues la
naturaleza más íntima de Dios es Amor.
Esto, que afirmamos de todas las cosas, toma un
sentido más hondo cuando hablamos del ser humano, imagen y semejanza de
Dios. En el ser humano – varón y mujer – Dios Amor se presenta con
claridad y con una realidad que nos asusta por su radicalidad: En cada
ser humano vive Dios, se presenta Dios, se ofrece Dios.
La intuición de Jesús de identificar su suerte con
la de los desheredados de su mundo nos ayuda a comprender la realidad
sacramental de cada ser humano, especialmente de los marginados, en
quienes Jesús se hace presente como un Dios ignorado, desatendido,
rechazado y hambriento.
Desde la fe cristiana, pues, Dios se nos acerca, vive
con nosotros a través de cada rostro humano, de cada historia, de cada
persona con la que compartimos la existencia. Se ha cumplido así la
promesa del Emmanuel, el Dios
que camina entre nosotros.
Amor
divino, amor humano
Dios es amor, sólo es amor y no es nada fuera de amor.
Todo lo que afirmamos de Dios está supeditado a su esencia, que es amor:
su justicia, su poder, su providencia, su sabiduría, su voluntad...
todo nace y se alimenta de la esencia de Dios que es amor.
Ahora bien, este amor que es Dios, ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu. La realidad humana da un paso más,
ya no solo somos sacramento que hace presente a Dios, sino que somos habitados
por el mismo Espíritu de Dios, que nos hace capaces de amar.
En la teología cristiana, Dios es Trinidad, por eso
decir que estamos habitados por el Espíritu, es decir que Dios mismo
vive en nosotros no ya como una representación (imagen) ni como un símbolo
(sacramento) sino como una realidad tan real como Dios mismo.
Somos capaces de amar porque el amor de Dios corre por
nuestras venas. Amamos con el amor de Dios. Si Dios es Amor, toda
manifestación de amor auténtico es actualización, concreción, puesta
en práctica del amor divino.
No hay, pues, dos amores, sino un solo amor – el de
Dios – con el cual amamos los seres humanos . Porque Dios es amor auténtico,
todo amor auténtico es Dios.
Amor
homosexual, experiencia de Dios
Si todo lo anterior es cierto, las personas
homosexuales no solo son sacramento
de Dios (por ser criaturas), sino que son verdadera
encarnación, manifestaciones de Dios en el mundo y, por tanto, son
capaces de amar con el mismo amor de Dios.
A pesar de los calificativos morales que la autoridad
en la iglesia ha hecho de las personas homosexuales en sus documentos, (inmorales,
inmaduros, desordenados) nadie osa afirmar que los homosexuales no
son amados por Dios ni que son incapaces de amar. Ahora bien, si la
persona homosexual es capaz de amar es porque Dios habita en ella y ella
ama con el amor que es Dios.
Por eso el título de la reflexión. En todo amor
homosexual hay experiencia de Dios: a) en el encuentro, b) en ser el
amante, c) en ser el amado y d) en la entrega sexual.
En el encuentro
¿Cuántas personas tienen una relación amorosa? ¿Cuántas
conservan esa relación a través del tiempo? ¿Cuántas viven anhelando
un amor que no llega? ¿Cuántas mueren en la soledad, sin al apoyo de
un amor?
Si pudiéramos acceder a resultados numéricos de las
preguntas anteriores, quizá nos quedaríamos pasmados pues, la parecer,
la experiencia de amor no es tan común ni cotidiana como nos hemos
acostumbrado a pensar, quizá influenciados por las novelas rosa.
Tener un amor, conservar ese amor y crecer con ese
amor pueden ser más bien experiencias de bendición que quizá nos
lleven a preguntar como en la película de Almodóvar: “¿Qué hecho
yo para merecer esto?”
Pensando un poco la situación, resulta que de las
millones de posibilidades de no haber conocido a ese otro, sucedió la
única posibilidad de sí conocerlo. De las millones de posibilidades de
que no hubiera interés en una relación, se dio la única posibilidad
de que sí.
De los millones de homosexuales de la ciudad (si se
supone que hay uno por cada veinte habitantes, y hay 20 millones de
habitantes en la ciudad de México... las matemáticas no han sido mi
fuerte, pero me resultan un montón de gays citadinos) y de las millones
de posibilidades de no encontrarse, resulta que se dio la única
posibilidad de que sí se encontraron.
La experiencia de Dios en el encuentro es esta: el
asombro agradecido porque sucedieron las poquísimas posibilidades que
han permitido el nacimiento de un amor. Para los creyentes, que hayan
acontecido esas posibilidades es un regalo de Dios, por eso muchas
parejas han comentado: “Dios lo puso en mi camino”, o como decía mi
abuela en palabras más populares: “matrimonio y mortaja, del cielo
baja”
¿Suena a romanticismo trasnochado? A mi me suena más
bien a capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas.
En
ser el amante
Las ciencias del alma y del desarrollo personal, así
como las más variadas tradiciones espirituales dicen que la plenitud
del ser humano se encuentra solo a través del amor. A través del amor
– que supera el egoísmo – la persona se abre al otro, constata que
no es el centro del universo, que sus proyectos y sueños no son los únicos
que existen y que, si desea amar, necesita hacer lugar en su vida (en su
casa, en su agenda, en sus proyectos, en su economía y en su sexo) al
otro.
Según varios especialistas (sexólogos, psicólogos,
terapeutas), una sexualidad madura y funcional se vive sólo en
coordenadas de amor, que incluyen el cuidado, el respeto y la satisfacción
mutuas.
Para una corriente filosófica, el ser humano sólo
puede construirse como persona humana cuando se recibe de los demás, no
cuando pretender tener el significado de sí misma en ella misma. Para
esta filosofía, el ser humano va respondiendo a la pregunta por su
identidad sólo a través del encuentro con otros, sólo cuando acepta
que lo que aun no es (persona plena) podrá serlo solo si acepta entrar
en contacto con los demás, preguntar a los demás, saberse aceptado y
amado por los demás.
Igual pasa con la teología: el ser humano – por ser
imagen y semejanza de un Dios que se da y se recibe mutuamente en eso
que llamamos Trinidad – sólo puede encontrar plenitud y sentido a
través de los demás, del otro, del prójimo. La cerrazón sobre sí
mismo, la preocupación exclusiva por el yo que hace a un lado a los demás
es causa de la frustración humana más radical.
De ser cierto, la oportunidad de ser el amante (el que
ama) es una bendición, porque nos ayuda a sanar nuestra psique herida,
nos libera del narcisismo y nos abre a recibirnos del otro, recibiendo
al otro. En la oportunidad de ser el amante nos hacemos personas y vamos
alcanzando nuestra plena realización.
[Y lo siento por esas corrientes psicológicas que han
puesto el acento tanto en la realización del yo sin tomar en cuenta a
los demás, porque el egoísmo nunca ha sido la solución a nada.
Recientemente leí que varios psicólogos norteamericanos han publicado
un estudio sobre los daños que ha provocado esa línea de terapia a
nivel personal y a nivel social. “Primero yo y mis intereses” es lo
que motiva a Bush a bombardear el mundo. El amor a uno mismo y cómo se
relaciona con este apartado será reflexión para otro momento]
En
ser el amado
Nada más plenificante que la conciencia de que somos
amados. Muchas de las neurosis de nuestra sociedad – según yo –
nacen de la no experiencia de ser amados, de nos ser abrazados y besados
lo suficiente.
Y no se trata de una experiencia dulzona y cursi, que
esa de nada nos sirve, sino que es una experiencia de amor realista. Me
explico.
Casi todos fuimos amados de niños, pero en un momento
de nuestra vida nos dimos cuenta que el amor de nuestros padres no era
del todo amoroso, primero
porque era imparcial (o al
menos eso nos decían nuestros padres) ya que nos amaban a todos los
hijos por igual.
Luego, descubrimos que el amor de nuestros padres y
madres estaba sujeto a que pagáramos o retribuyéramos siendo buenos
hijos, buenos estudiantes, a que eligiéramos la carrera correcta, a que
no fuéramos homosexuales (la experiencia de muchos de que se les dejó
de amar cuando sus padres supieron su orientación es un buen ejemplo de
este amor no amoroso)
Elizabet Kübler-Ross, la madre de la tanatología,
dijo que la mayoría de los moribundos que había atendido padecían las
secuelas de un amor de prostitución,
que es ser amado porque hacemos algo que agrada o evitamos hacer algo
que desagrada.
Más tarde, quizá con nuestras primeras experiencias
amorosas, descubrimos el amor “universal”, trataré de explicarme
mejor con un ejemplo.
Una noche estaba cenando en casa de un amigo y su
pareja. En la sobremesa salió el tema de la relación, lo típico: ¿y
cómo se conocieron? ¿Y cuánto llevan?, etc. Ya al calor del vino,
alguien preguntó si ellos eran fieles. Al instante, movido por un
resorte interno, mi amigo dijo: “Claro que sí, yo siempre soy fiel en
mis relaciones”
A eso llamo un amor “universal”, abstracto, que
sirve para maldita la cosa, porque ¿quién quiere una fidelidad que
nace de que él “siempre es así”? ¿No preferimos una fidelidad que
nace de “soy fiel porque te amo a ti”?
Luego de estas experiencias (que a lo mejor no has
tenido) lo que necesitamos, lo que anhelamos, lo que en verdad nos haría
sanar y crecer es la experiencia de un amor realista:
Que no esconda mis defectos y no valore en menos mis
capacidades
Que me ame a mí tal como soy y no al Álvaro ideal
que no existe
Que sea individual y único porque yo soy individual y
único
Que me trate de modo distinto a como ha tratado al
mundo entero porque yo no soy uno más en su lista de relaciones
amorosas, sino que soy la persona con la que está AHORA y a la que ama
AHORA
Que no me cobre las facturas de sus relaciones pasadas,
sino que reconozca que NUNCA ha tenido una relación como la que tiene
conmigo porque yo soy irrepetible
Que acepte que el amor es un proceso donde dos vidas
interrelacionan en libertad, y no un producto que se puede conseguir ya
hecho en cualquier tienda
Una experiencia de amor así es una bendición, y en
ella podemos experimentar la presencia de Dios en nuestra vida.
En
la entrega sexual
El acto sexual es un sacramento del amor de Dios. Esto
queda claro para los cristianos pues todo un libro de la Biblia está
dedicado a cantar las maravillas del amor pasional de una pareja. De ser
un poema de amor con tintes eróticos, el Cantar
de los cantares se ha entendido en la iglesia como una metáfora del
amor de Dios por cada ser humano. El mismo san Juan de la Cruz usará el
Cantar como tema para su poema sobre el amor del alma enamorado y Jesús,
el Amado.
Como
dice Ernesto Cardenal: ¿No es Dios el inventor de todas lasa caricias y
el creador de la voluptuosidad y de la pasión? El sexo es símbolo del
amor divino. El sexo es símbolo y sacramento. Mis deseos sexuales han
sido y son tan sólo analogías de mi amor a Vos. Creo que te agradan
mis deseos sexuales.
O como lo expresa William Agudelo, otro místico y
poeta: Dios es el Sexo Perfectísimo, el Único Verdadero Sexo del que
son figuras todos los sexos de la tierra.
La doctrina más oficial de la iglesia ha reconocido
que el acto sexual es símbolo del amor divino y una participación en
la obra de Dios, por eso la santidad del acto sexual (que ha derivado en
la negación de formas de expresión sexual y erótica que se dan fuera
del sacramento del matrimonio)
Si el sexo es un acto sagrado que expresa el amor y el
deseo de la pareja, y en ese amor y deseo manifiesta el amor y deseo de
Dios por la humanidad, cada vez que el amante y el amado homosexuales se
unen, realizan en su unión el amor de Dios, hacen presente el amor de
Dios.
El deseo, la pasión, el erotismo, el coito y el
orgasmo de la pareja homosexual se convierten en acciones sagradas,
acciones de culto destinadas a alabar la grandeza de Dios.
Cada beso, cada caricia, cada palabra susurrada, el
calor de los cuerpos desnudos y entrelazados son himnos a la santidad de
un Dios que se goza en el goce de sus hijos.
De ahí que el sexo del amante y el amado sean oración,
eucaristía (acción de gracias) al Dios de la vida que ha hecho del
sexo una actividad placentera que se comparte.
Por eso, al hacernos conscientes de todo esto, podemos
hacer experiencia de Dios en el amor homosexual.
José Álvaro Olvera I.
Pd. Que puedas tener una experiencia así, es mi deseo
para este año que comienza
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