| Compañeros y Compañeras:
Después de tres sesiones en las que se
discutieron distintos problemas relacionados con la cultura
y el trabajo creador; en las que se plantearon muchas
cuestiones interesantes y se expresaron los diferentes
criterios representados, nos toca a nosotros cubrir nuestro
turno. No lo haremos como la persona más autorizada para
hablar sobre la materia, pero sí, tratándose de una reunión
de ustedes y nosotros, por la necesidad de que expresemos
aquí algunos puntos de vista.
Teníamos mucho interés en estas
discusiones, y creo que lo hemos demostrado con eso que podría
llamarse «una gran paciencia». Pero en realidad no ha sido
necesario realizar un esfuerzo heroico porque, para nosotros,
ha sido una discusión instructiva y diría sinceramente que
también ha resultado amena. Desde luego que en este tipo de
discusión no somos nosotros, los hombres de Gobierno, los más
aventajados para opinar sobre cuestiones en las cuales
ustedes se han especializado. Por lo menos... este es mi
caso.
El hecho de ser hombres de Gobierno y
agentes de esta Revolución no quiere decir que estamos
obligados (aunque acaso lo estemos) a ser peritos en todas
las materias. Es posible que si hubiésemos llevado a muchos
de los compañeros que han hablado aquí a alguna reunión
del Consejo de Ministros a discutir los problemas con los
cuales estamos más familiarizados, se habrían visto en una
situación similar a la nuestra.
Nosotros hemos sido agentes de esta
Revolución, de la Revolución económico-social que está
teniendo lugar en Cuba. A su vez esa Revolución económica
y social tiene que producir inevitablemente también una
Revolución cultural en nuestro País.
Por nuestra parte hemos tratado de hacer
algo (quizás en los primeros instantes de la Revolución
había otros problemas más urgentes que atender). Podríamos
hacernos también una autocrítica al afirmar que habíamos
dejado un poco de lado la discusión de una cuestión tan
importante como esta. No quiere decir que la habíamos
olvidado del todo; esta discusión —que quizás el
incidente a que se ha hecho referencia aquí reiteradamente
contribuyó a acelerar—, ya estaba en la mente del
Gobierno. Desde hacía meses teníamos el propósito de
convocar a una reunión como esta para analizar el problema
cultural. Los acontecimientos se han ido sucediendo y sobre
todo los últimos fueron la causa de que no se hubiese
efectuado con anterioridad. Sin embargo, el Gobierno
Revolucionario había ido tomando algunas medidas que
expresaban nuestra preocupación por ese problema. Algo se
ha hecho y varios compañeros del Gobierno en más de una
ocasión han insistido en la cuestión. Por lo pronto puede
decirse que la Revolución en sí misma trajo ya algunos
cambios en el ambiente cultural; las condiciones de trabajo
de los artistas han variado.
Yo creo que aquí se ha insistido un poco
en algunos aspectos pesimistas; creo que aquí ha habido una
preocupación que se va más allá de cualquier justificación
real sobre este problema. Casi no se ha insistido en la
realidad de los cambios que han ocurrido con relación al
ambiente y a las condiciones actuales de los artistas y de
los escritores. Comparándolo con el pasado es
incuestionable que los artistas y escritores cubanos no se
pueden sentir como en el pasado y que las condiciones del
pasado eran verdaderamente deprimentes en nuestro País para
los artistas y escritores. Si la Revolución comenzó
trayendo en sí misma un cambio profundo en el ambiente y en
las condiciones, ¿por qué recelar de que la Revolución
que nos trajo esas nuevas condiciones para trabajar pueda
ahogar esas condiciones? ¿Por qué recelar de que la
Revolución vaya precisamente a liquidar esas condiciones
que ha traído consigo?
Es cierto que aquí se está discutiendo
un problema que no es un problema sencillo. Es cierto que
todos nosotros tenemos el deber de analizarlo cuidadosamente.
Esto es una obligación tanto de ustedes como de nosotros.
No es un problema sencillo puesto que es un problema que se
ha planteado muchas veces y se ha planteado en todas las
revoluciones. Es una madeja, pudiéramos decir, bastante
enredada y nada fácil de desenredar. Es un problema que
tampoco nosotros vamos fácilmente a resolver.
Los distintos compañeros que han hablado
expresaron aquí un sinnúmero de puntos de vista y los
expresaron con sus argumentos. El primer día había un poco
de temor a entrar en el tema y por eso fue necesario que
nosotros les pidiéramos a los compañeros que abordaran el
tema; que aquí cada cual dijera lo que le inquietaba.
En el fondo, si no nos hemos equivocado,
el problema fundamental que flotaba aquí en el ambiente era
el problema de la libertad para la creación artística.
También cuando han visitado a nuestro País distintos
escritores, sobre todo escritores políticos abordaron esta
cuestión más de una vez. Es indudable que ha sido un tema
discutido en todos los países donde han tenido lugar
evoluciones profundas como la nuestra.
Casualmente, un rato antes de volver a
este salón, un compañero nos traía un folleto donde en la
portada o al final aparece un pequeño diálogo sostenido
por nosotros con Sartre y que el compañero Lisandro Otero
recogió, en el libro que lleva por título Conversaciones
en la Laguna (Revolución, martes 8 de marzo de 1960).
Una cuestión similar nos planteó en
otra ocasión Wright Mills, el escritor norteamericano.
Debo confesar que en cierto sentido estas
cuestiones nos agarraron un poco desprevenidos. Nosotros no
tuvimos nuestra conferencia de Yenan con los artistas y
escritores cubanos durante la Revolución. En realidad esta
es una revolución que se gestó y llegó al Poder en un
tiempo, puede decirse «record». Al revés de otras
revoluciones, no tenía todos los principales problemas
resueltos.
Una de las características de la
Revolución ha sido, por eso, la necesidad de enfrentarse a
muchos problemas apresuradamente. Y nosotros somos como la
Revolución, es decir, que nos hemos improvisado bastante.
Por eso no puede decirse que esta Revolución haya tenido ni
la etapa de gestación que han tenido otras revoluciones, ni
los dirigentes de la Revolución la madurez intelectual que
han tenido los dirigentes de otras revoluciones. Nosotros
creemos que hemos contribuido en la medida de nuestras
fuerzas a los acontecimientos actuales de nuestro País.
Nosotros creemos que con el esfuerzo de todos, estamos
llevando adelante una verdadera Revolución y que esa
Revolución se desarrolla y parece llamada a convertirse en
uno de los acontecimientos importantes de este siglo. Sin
embargo, a pesar de esa realidad, nosotros que hemos tenido
una participación importante en esos acontecimientos, no
nos creemos teóricos de las revoluciones ni intelectuales
de las revoluciones. Si los hombres se juzgan por sus obras
tal vez nosotros tendríamos derecho a considerarnos con el
mérito de la obra que la Revolución en sí misma significa.
Y sin embargo no pensamos así y creo que todos debiéramos
tener una actitud similar, cualesquiera que hubiesen sido
nuestras obras. Por meritorias que puedan parecer debemos
empezar por situarnos en la posición honrada de no presumir
que sabemos más que los demás, de no presumir que hemos
alcanzado todo lo que se pueda aprender, de no presumir que
nuestros puntos de vista son infalibles y que todos los que
no piensen exactamente igual están equivocados. Es decir,
que nosotros debemos situarnos en esa posición honrada; no
de falsa modestia, sino de verdadera valoración de lo que
nosotros conocemos porque si nos situamos en ese punto, creo
que será más fácil marchar acertadamente hacia delante, y
que si todos adoptamos esa actitud tanto ustedes como
nosotros, desaparecerán actitudes personales y desaparecerá
esa cierta dosis de personalismo que ponemos en el análisis
de los problemas. En realidad, ¿qué sabemos nosotros?
Nosotros todos estamos aprendiendo.
En realidad, todos tenemos mucho que
aprender y no hemos venido aquí a enseñar; nosotros hemos
venido también a aprender.
Había ciertos miedos en el ambiente y
algunos compañeros han expresado esos temores.
Al escucharlos teníamos a veces la
impresión de que estábamos soñando un poco. Teníamos la
impresión de que nosotros no habíamos acabado de poner
bien los pies sobre la tierra. Porque si alguna preocupación,
si algún temor, nos embargan hoy, es con respecto a la
Revolución misma. La gran preocupación que todos nosotros
debemos tener es la Revolución en sí misma. ¿O es que
nosotros creemos que hemos ganado ya todas las batallas
revolucionarias? ¿Es que nosotros creemos que la Revolución
no tiene peligros? ¿Cuál debe ser hoy la primera
preocupación de todo ciudadano? ¿La preocupación de que
la Revolución vaya a desbordar sus medidas, de que la
Revolución vaya a asfixiar el arte, de que la Revolución
vaya a asfixiar el genio creador de nuestros ciudadanos, o
la preocupación de todos no ha de ser la Revolución misma?
¿Los peligros reales o imaginarios que puedan amenazar el
espíritu creador o los peligros que puedan amenazar a la
Revolución misma?... No se trata de que nosotros vayamos a
invocar este peligro como un simple argumento; nosotros señalamos
que el estado de ánimo de todos los ciudadanos del País y
que el estado de ánimo de todos los escritores y artistas
revolucionarios, o de todos los escritores y artistas que
comprenden y justifican a la Revolución, debe ser: ¿qué
peligros pueden amenazar a la Revolución y qué podemos
hacer por ayudar a la Revolución? Nosotros creemos que la
Revolución tiene todavía muchas batallas que librar, y
nosotros creemos que nuestro primer pensamiento y nuestra
primera preocupación deben ser: ¿qué hacemos para que la
Revolución salga victoriosa? Porque lo primero es eso: lo
primero es la Revolución misma y después, entonces,
preocuparnos por las demás cuestiones. Esto no quiere decir
que las demás cuestiones no deban preocuparnos, pero que en
el ánimo nuestro, tal como es al menos el nuestro, nuestra
preocupación fundamental ha de ser la Revolución.
El problema que aquí se ha estado
discutiendo y vamos a abordar, es el problema de la libertad
de los escritores y de los artistas para expresarse.
El temor que aquí ha inquietado es si la
Revolución va a ahogar esa libertad; es si la Revolución
va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los
artistas.
Se habló aquí de la libertad formal.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que se respete la
libertad formal. Creo que no hay duda acerca de este
problema.
La cuestión se hace más sutil y se
convierte verdaderamente en el punto esencial de la discusión
cuando se trata de la libertad de contenido. Es el punto más
sutil porque es el que está expuesto a las más diversas
interpretaciones. El punto más polémico de esta cuestión
es: si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en
la expresión artística. Nos parece que algunos compañeros
defienden ese punto de vista. Quizás por temor a eso que
estimaron prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas,
autoridades, para decidir sobre la cuestión.
Permítanme decirles en primer lugar que
la Revolución defiende la libertad; que la Revolución ha
traído al País una suma muy grande de libertades; que la
Revolución no puede ser por esencia enemiga de las
libertades; que si la preocupación de alguno es que la
Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa
preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene
razón de ser.
¿Dónde puede estar la razón de ser de
esa preocupación? Sólo puede preocuparse verdaderamente
por este problema quien no esté seguro de sus convicciones
revolucionarias. Puede preocuparse por este problema quien
tenga desconfianza acerca de su propio arte; quien tenga
desconfianza acerca de su verdadera capacidad para crear. Y
cabe preguntarse si un revolucionario verdadero, si un
artista o intelectual que sienta la Revolución y que esté
seguro de que es capaz de servir a la Revolución, puede
plantearse este problema; es decir, el si la duda cabe para
los escritores y artistas verdaderamente revolucionarios. Yo
considero que no; que el campo de la duda queda para los
escritores y artistas que sin ser contrarrevolucionarios no
se sienten tampoco revolucionarios. (APLAUSOS).
Y es correcto que un escritor y artista
que no sienta verdaderamente como revolucionario se plantee
ese problema; es decir, que un escritor y artista honesto,
que sea capaz de comprender toda la razón de ser y la
justicia de la Revolución sin incorporarse a ella se
plantee este problema. Porque el revolucionario pone algo
por encima de todas las demás cuestiones; el revolucionario
pone algo por encima aun de su propio espíritu creador:
pone la Revolución por encima de todo lo demás y el
artista más revolucionario sería aquel que estuviera
dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística
por la Revolución. (APLAUSOS).
Nadie ha supuesto nunca que todos los
hombres, o todos los escritores, o todos los artistas tengan
que ser revolucionarios, como nadie puede suponer que todos
los hombres o todos los revolucionarios tengan que ser
artistas, ni tampoco que todo hombre honesto, por el hecho
de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Ser
revolucionario es también una actitud ante la vida, ser
revolucionario es también una actitud ante la realidad
existente, y hay hombres que se resignan a esa realidad, hay
hombres que se adaptan a esa realidad y hay hombres que no
se pueden resignar ni adaptar a esa realidad y tratan de
cambiarla, por eso son revolucionarios. Pero puede haber
hombres que se adapten a esa realidad y ser hombres honestos,
sólo que su espíritu no es un espíritu revolucionario; sólo
que su actitud ante la realidad no es una actitud
revolucionaria. Y puede haber, por supuesto, artistas y
buenos artistas, que no tengan ante la vida una actitud
revolucionaria y es precisamente para ese grupo de artistas
e intelectuales para quienes la Revolución en sí
constituye un hecho imprevisto, un hecho nuevo, un hecho que
incluso puede afectar su ánimo profundamente. Es
precisamente para ese grupo de artistas y de intelectuales
que la Revolución puede constituir un problema.
Para un artista o intelectual mercenario,
para un artista o intelectual deshonesto, no sería nunca un
problema; ese sabe lo que tiene que hacer, ese sabe lo que
le interesa, ese sabe hacia dónde tiene que marchar. El
problema existe verdaderamente para el artista o el
intelectual que no tiene una actitud revolucionaria ante la
vida y que, sin embargo, es una persona honesta. Claro está
que quien tiene esa actitud ante la vida, sea o no sea
revolucionario, sea o no sea artista, tiene sus fines, tiene
sus objetivos y todos nosotros podemos preguntarnos sobre
esos fines y esos objetivos. Para el revolucionario esos
fines y objetivos se dirigen hacia el cambio de la realidad;
esos fines y objetivos se dirigen hacia la redención del
hombre. Es precisamente el hombre, el semejante, la redención
de sus semejantes, lo que constituye el objetivo de los
revolucionarios. Si a los revolucionarios nos preguntan qué
es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo y
siempre diremos el pueblo. El pueblo en su sentido real, es
decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la
explotación y en el olvido más cruel. Nuestra preocupación
fundamental siempre serán las grandes mayorías del pueblo,
es decir, las clases oprimidas y explotadas del pueblo. El
prisma a través del cual nosotros lo miramos todo, es ése:
para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellas; para
nosotros será noble, será bello y será útil, todo lo que
sea noble, sea útil y sea bello para ellas. Si no se piensa
así, si no se piensa por el pueblo y para el pueblo, es
decir, si no se piensa y no se actúa para esa gran masa
explotada del pueblo, para esa gran masa a la que se desea
redimir, entonces, sencillamente, no se tiene una actitud
revolucionaria.
Al menos ése es el cristal a través del
cual nosotros analizamos lo bueno, lo útil y lo bello de
cada acción.
Comprendemos que debe ser una tragedia
cuando alguien entienda esto y sin embargo tenga que
reconocerse incapaz de luchar por ello.
Nosotros somos o creemos ser hombres
revolucionarios. Quien sea más artista que revolucionario,
no puede pensar exactamente igual que nosotros. Nosotros
luchamos por el pueblo y no padecemos ningún conflicto
porque luchamos por el pueblo y sabemos que podemos lograr
los propósitos de nuestras luchas. El pueblo es la meta
principal. En el pueblo hay que pensar primero que en
nosotros mismos y esa es la única actitud que puede
definirse como una actitud verdaderamente revolucionaria. Y
para aquellos que no puedan tener o no tengan esa actitud,
pero que son personas honradas, es para quienes existe el
problema a que hacíamos referencia, y de la misma manera
que para ellos la Revolución constituye un problema, ellos
constituyen también para la Revolución un problema del
cual la Revolución debe preocuparse.
Aquí se señaló, con acierto, el caso
de muchos escritores y artistas que no eran revolucionarios,
pero que sin embargo eran escritores y artistas honestos,
que además querían ayudar a la Revolución, que además a
la Revolución le interesaba su ayuda; que querían trabajar
para la Revolución y que a su vez a la Revolución le
interesaba que ellos aportaran sus conocimientos y su
esfuerzo en beneficio de la misma.
Es más fácil apreciar esto cuando se
analizan los casos peculiares y entre esos casos peculiares
hay muchos que no es fácil analizar. Pero aquí habló un
escritor católico. Planteó lo que a él le preocupaba y lo
dijo con toda claridad. Él preguntó si podía hacer una
interpretación desde su punto de vista idealista de un
problema determinado o si él podía escribir una obra
defendiendo esos puntos de vista. Él preguntó con toda
franqueza si dentro de un régimen revolucionario él podía
expresarse de acuerdo con esos sentimientos. Planteó el
problema en una forma que puede verse como simbólica.
A él lo que le preocupaba era saber si
podía escribir de acuerdo con esos sentimientos o de
acuerdo con esa ideología que no era precisamente la
ideología de la Revolución. Que él estaba de acuerdo con
la Revolución en las cuestiones económicas o sociales,
pero que tenía una posición filosófica distinta de la
filosofía de la Revolución. Y ese es un caso digno de
tenerse muy en cuenta, porque es precisamente un caso
representativo del género de escritores y de artistas que
muestran una disposición favorable hacia la Revolución y
desean saber qué grado de libertad tienen dentro de las
condiciones revolucionarias, para expresarse de acuerdo con
sus sentimientos. Ese es el sector que constituye para la
Revolución un problema, de la misma manera que la Revolución
constituye para ellos un problema y es deber de la Revolución
preocuparse por esos casos; es deber de la Revolución
preocuparse por la situación de esos artistas y de esos
escritores, porque la Revolución debe tener la aspiración
de que no sólo marchen junto a ella todos los
revolucionarios, todos los artistas e intelectuales
revolucionarios. Es posible que los hombres y las mujeres
que tengan una actitud realmente revolucionaria ante la
realidad no constituyan el sector mayoritario de la población;
los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los
revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos
todo el pueblo; la Revolución no puede renunciar a que
todos los hombres y mujeres honestos, sean o no escritores o
artistas, marchen junto a ella; la Revolución debe aspirar
a que todo el que tenga dudas se convierta en revolucionario.
La Revolución debe tratar de ganar para sus ideas la mayor
parte del pueblo; la Revolución nunca debe renunciar a
contar con la mayoría del pueblo; a contar, no sólo con
los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos
que aunque no sean revolucionarios, es decir, que aunque no
tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con
ella. La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que
sean incorregiblemente reaccionarios, que sean
incorregiblemente contrarrevolucionarios. Y la Revolución
tiene que tener una política para esa parte del pueblo; la
Revolución tiene que tener una actitud para esa parte de
los intelectuales y de los escritores. La Revolución tiene
que comprender esa realidad y, por lo tanto, debe actuar de
manera que todo ese sector de artistas y de intelectuales
que no sean genuinamente revolucionarios, encuentre dentro
de la Revolución un campo donde trabajar y crear y que su
espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas
revolucionarios, tenga oportunidad y libertad para
expresarse, dentro de la Revolución. Esto significa que
dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada.
Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene
también sus derechos y el primer derecho de la Revolución
es el derecho a existir y frente al derecho de la Revolución
de ser y de existir, nadie. Por cuanto la Revolución
comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución
significa los intereses de la Nación entera, nadie puede
alegar con razón un derecho contra ella.
Creo que esto es bien claro. ¿Cuáles
son los derechos de los escritores y de los artistas
revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución:
todo; contra la Revolución ningún derecho. (APLAUSOS).
Y esto no sería ninguna ley de excepción
para los artistas y para los escritores. Este es un
principio general para todos los ciudadanos. Es un principio
fundamental de la Revolución. Los contrarrevolucionarios,
es decir, los enemigos de la Revolución, no tienen ningún
derecho contra la Revolución, porque la Revolución tiene
un derecho: el derecho de existir, el derecho a
desarrollarse y el derecho a vencer y ¿quién pudiera poner
en duda ese derecho de un pueblo que ha dicho: PATRIA O
MUERTE, es decir, la Revolución o la muerte?
La existencia de la Revolución o nada;
de una Revolución que ha dicho: VENCEREMOS, es decir, que
se ha planteado muy seriamente un propósito y por
respetables que sean los razonamientos personales de un
enemigo de la Revolución, mucho más respetables son los
derechos y las razones de una Revolución tanto más cuanto
una Revolución es un proceso histórico, cuanto una
Revolución no es ni puede ser obra del capricho o de la
voluntad de ningún hombre, cuanto una Revolución sólo
puede ser obra de la necesidad y de la voluntad de un
pueblo, y frente a los derechos de todo un pueblo, los
derechos de los enemigos de ese pueblo no cuentan.
Cuando hablábamos de los casos extremos,
nosotros lo hacíamos sencillamente para expresar con más
claridad nuestras ideas. Ya dije que entre esos casos
extremos hay una gran variedad de actitudes mentales y hay
también una gran variedad de preocupaciones. No significa
necesariamente que albergar alguna preocupación signifique
no ser revolucionario. Nosotros hemos tratado de definir
actitudes esenciales.
La Revolución no puede pretender
asfixiar el arte o la cultura cuando una de las metas y uno
de los propósitos fundamentales de la Revolución es
desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el
arte y la cultura lleguen a ser un real patrimonio del
pueblo. Y al igual que nosotros hemos querido para el pueblo
una vida mejor en el orden material, queremos para el pueblo
una vida mejor también en todos los órdenes espirituales;
queremos para el pueblo una vida mejor en el orden cultural.
Y lo mismo que la Revolución se preocupa por el desarrollo
de las condiciones y de las fuerzas que permitan al pueblo
la satisfacción de todas sus necesidades materiales,
nosotros queremos desarrollar también las condiciones que
permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades
culturales. ¿Que el pueblo tiene un nivel bajo de cultura?
¿Que un alto porcentaje del pueblo no sabe leer ni escribir?
También un porcentaje alto del pueblo pasa hambre o al
menos vive o vivía en condiciones duras. Vivía en
condiciones de miseria. Una parte del pueblo carece de un
gran número de bienes materiales que le son indispensables
y nosotros tratamos de propiciar las condiciones necesarias
para que todos esos bienes materiales lleguen al pueblo.
De la misma manera debemos propiciar las
condiciones necesarias para que todos esos bienes culturales
lleguen al pueblo. No quiere decir eso que el artista tenga
que sacrificar el valor de sus creaciones, y que
necesariamente tenga que sacrificar su calidad. Quiere decir
que tenemos que luchar en todos los sentidos para que el
creador produzca para el pueblo y el pueblo a su vez eleve
su nivel cultural a fin de acercarse también a los
creadores. No se puede señalar una regla de carácter
general; todas las manifestaciones artísticas no son
exactamente de la misma naturaleza, y a veces hemos
planteado aquí las cosas como si todas las manifestaciones
artísticas fuesen exactamente de la misma naturaleza. Hay
expresiones del espíritu creador que por su propia
naturaleza pueden ser mucho más asequibles al pueblo que
otras manifestaciones del espíritu creador. Por eso no se
puede señalar una regla general, porque ¿en qué expresión
artística es que el artista tiene que ir al pueblo y en cuál
el pueblo tiene que ir al artista?, ¿se puede hacer una
afirmación de carácter general en ese sentido? No. Sería
una regla demasiado simple. Hay que esforzarse en todas las
manifestaciones por llegar al pueblo, pero a su vez hay que
hacer todo lo que esté al alcance de nuestras manos para
que el pueblo pueda comprender cada vez más y mejor. Creo
que ese principio no contradice las aspiraciones de ningún
artista; y mucho menos si se tiene en cuenta que los hombres
deben crear para sus contemporáneos.
No se diga que hay artistas que viven
pensando en la posteridad, porque, desde luego, sin el propósito
de considerar nuestro juicio infalible ni mucho menos, creo
que quien así proceda se está autosugestionando. (APLAUSOS).
Y eso no quiere decir que quien trabaje
para sus contemporáneos tenga que renunciar a la posteridad
de su obra porque, precisamente creando para sus contemporáneos,
independientemente incluso de que sus contemporáneos lo
hayan comprendido o no, es como las obras han adquirido un
valor histórico y un valor universal. Nosotros no estamos
haciendo una Revolución para las generaciones venideras,
nosotros estamos haciendo una Revolución con esta generación
y por esta generación, independientemente de que los
beneficios de esta obra beneficien a las generaciones
venideras y se convierta en un acontecimiento histórico.
Nosotros no estamos haciendo una Revolución para la
posteridad; esta Revolución pasará a la posteridad porque
es una Revolución para ahora y para los hombres y las
mujeres de ahora. (APLAUSOS).
¿Quién nos seguiría a nosotros si
estuviésemos haciendo una Revolución para las generaciones
venideras?
Trabajamos y creamos para nuestros
contemporáneos sin que eso le quite a ninguna creación artística
el mérito de aspirar a la eternidad.
Estas son verdades que todos debemos
analizar con honradez. Y creo que hay que partir de ciertas
verdades fundamentales para no sacar conclusiones erróneas.
Y no vemos nosotros que haya motivo de preocupaciones para
ningún artista o escritor honrado. Nosotros no somos
enemigos de la libertad. Nadie aquí es enemigo de la
libertad. ¿A quién tememos?, ¿qué autoridad es la que
tememos que vaya a asfixiar nuestro espíritu creador? ¿O
es que tememos a los compañeros del Consejo Nacional de
Cultura? En las conversaciones tenidas con los compañeros
del Consejo Nacional de Cultura, hemos observado puntos de
vistas y sentimientos que son muy ajenos a las
preocupaciones que aquí se plantearon acerca de
limitaciones, dogales, y cosas por el estilo, impuestos al
espíritu creador.
Nuestra conclusión es que los compañeros
del Consejo Nacional están tan preocupados como todos
ustedes por que se logren las mejores condiciones para que
el espíritu creador de los artistas y de los intelectuales
se desarrolle. Es un deber de la Revolución y del Gobierno
Revolucionario contar con un órgano altamente calificado
que estimule, fomente, desarrolle y oriente, sí, oriente
ese espíritu creador; lo consideramos un deber y esto ¿acaso
puede constituir un atentado al derecho de los escritores y
de los artistas? ¿Esto puede constituir una amenaza al
derecho de los escritores y de los artistas por el temor de
que se cometa una arbitrariedad o un exceso de autoridad? De
la misma manera podemos albergar el temor que al pasar por
un semáforo el policía nos agreda. De la misma manera
podemos albergar el temor a que el juez nos condene. De la
misma manera podemos albergar el temor de que la fuerza
existente en el Poder Revolucionario cometa un acto de
violencia contra nosotros.
Es decir, que tendríamos entonces que
preocuparnos de todas esas cosas y sin embargo, la actitud
del ciudadano no es la de creer que el miliciano va a
disparar contra él, de que el juez lo va a sancionar, de
que el Poder va a ejercer la violencia contra su persona.
La existencia de una autoridad en el
orden cultural no significa que haya una razón para
preocuparse del abuso de esa autoridad, porque ¿quién es
el que quiere o el que desea que esa autoridad cultural no
exista? Por el mismo camino podría aspirar a que no
existiera la Milicia, que no existiera la Policía, que no
existiera el Poder del Estado y que incluso no existiera el
Estado, y si a alguien le preocupa tanto que no exista la
menor autoridad estatal, entonces, que no se preocupe, que
tenga paciencia, que ya llegará el día en que el Estado
tampoco exista. (APLAUSOS).
Tiene que existir un Consejo que oriente,
que estimule, que desarrolle, que trabaje para crear las
mejores condiciones para el trabajo de los artistas y de los
intelectuales y ¿quién es el primer defensor de los
intereses de los artistas y de los intelectuales si no ese
mismo Consejo? ¿Quién es el que propone leyes y sugiere
medidas de diferente carácter para elevar esas condiciones,
sino el Consejo Nacional de Cultura? ¿Quién propone una
Ley de Imprenta Nacional para subsanar esas deficiencias que
se han señalado aquí? ¿Quién propone la creación del
Instituto de Etnología y Folklore, sino precisamente el
Consejo Nacional? ¿Quién aboga porque se dispongan de los
presupuestos y de las divisas necesarias para traer libros
que hace muchos meses que no entran en el país; para
adquirir material para que los pintores y los artistas plásticos
puedan trabajar? ¿Quién se preocupa por los problemas económicos,
es decir, por las condiciones materiales de los artistas? ¿Qué
organismo es el que se preocupa por toda una serie de
necesidades actuales de los escritores y de los artistas? ¿Quién
defiende en el seno del Gobierno los presupuestos, las
edificaciones y los proyectos, precisamente encaminados a
elevar el nivel de las condiciones en que ustedes vayan a
trabajar? Es precisamente el Consejo Nacional de Cultura.
¿Por qué mirar a ese Consejo con
reservas? ¿Por qué mirar a esa autoridad como una supuesta
autoridad que va precisamente a hacer lo contrario, a
limitar nuestras condiciones, a asfixiar nuestro espíritu
creador?
Se concibe que se preocuparan de esa
autoridad aquellos que no tuvieran problemas de ninguna
clase; pero en realidad quienes puedan apreciar la necesidad
de toda la gestión y de todo el trabajo que tiene que hacer
el Consejo, no lo mirarían jamás con reserva, porque el
Consejo tiene también una obligación con el pueblo y tiene
una obligación con la Revolución y con el Gobierno
Revolucionario, que es cumplir los objetivos para los cuales
fue creado, y tiene tanto interés en el éxito de su
trabajo como cada artista lo tiene en el éxito del suyo.
No sé si se me quedarán algunos de los
problemas fundamentales que aquí se señalaron. Se discutió
mucho el problema de la película. Yo no he visto la película,
aunque tengo deseos de ver la película, tengo curiosidad
por ver la película. ¿Que fue maltratada la película? En
realidad creo que ninguna película ha recibido tantos
honores y que ninguna película se ha discutido tanto.
Aunque nosotros no hemos visto esa película
nos hemos remitido al criterio de compañeros que la han
visto, entre ellos el criterio del compañero Presidente, el
criterio de distintos compañeros del Consejo Nacional de
Cultura. De más está decir que es un criterio y es una
opinión que merece para nosotros todo el respeto; pero hay
algo que creo que no se puede discutir y es el derecho
establecido por la Ley a ejercer la función que en este
caso desempeñó el Instituto del Cine o la Comisión
Revisora. ¿Se discute acaso ese derecho del Gobierno? ¿Tiene
o no tiene derecho el Gobierno a ejercer esa función? Para
nosotros, en este caso, lo fundamental es, ante todo,
precisar si existía o no existía ese derecho por parte del
Gobierno, se podrá discutir la cuestión del procedimiento,
como se hizo; determinando si no fue amigable, si pudo haber
sido mejor un procedimiento de tipo amistoso; se puede
discutir hasta si fue justa o no justa la decisión. Pero
hay algo que yo no creo que discuta nadie y es el derecho
del Gobierno a ejercer esa función, porque si impugnamos
ese derecho entonces significaría que el Gobierno no tiene
derecho a revisar las películas que vayan a exhibirse ante
el pueblo.
Y creo que ese es un derecho que no se
discute. Hay además algo que todos comprendemos
perfectamente: que entre las manifestaciones de tipo
intelectual o artístico hay algunas que tienen una
importancia en cuanto a la educación del pueblo o a la
formación ideológica del pueblo, superior a otros tipos de
manifestaciones artísticas. Y no creo que nadie pueda
discutir que uno de esos medios fundamentales e importantísimos
es el cine como lo es la televisión. Y, en realidad, ¿pudiera
discutirse en medio de la Revolución el derecho que tiene
el Gobierno a regular, revisar y fiscalizar las películas
que se exhiban al pueblo? ¿Es acaso eso lo que se está
discutiendo?
Y ¿se puede considerar como una limitación
o una fórmula prohibitiva el derecho del Gobierno
Revolucionario a fiscalizar esos medios de divulgación que
tanta influencia tienen en el pueblo?
Si nosotros impugnáramos ese derecho del
Gobierno Revolucionario estaríamos incurriendo en un
problema de principios porque negar esa facultad al Gobierno
Revolucionario sería negarle al Gobierno su función y su
responsabilidad, sobre todo en medio de una lucha
revolucionaria, de dirigir al pueblo y de dirigir a la
Revolución; y a veces ha parecido que se impugnaba ese
derecho del Gobierno y en realidad si se impugna ese derecho
del Gobierno nosotros opinamos que el Gobierno tiene ese
derecho. Y si tiene ese derecho puede hacer uso de ese
derecho. Lo puede hacer equivocadamente, no pretendemos que
el Gobierno sea infalible. El Gobierno actuando en ejercicio
de un derecho o de una función que le corresponda no tiene
que ser necesariamente infalible. Pero ¿quién es el que
tiene tantas reservas con respecto al Gobierno, quién es el
que tiene tantas dudas, quién es el que tiene tantas
sospechas, con respecto al Gobierno Revolucionario y quién
es el que desconfía tanto del Gobierno Revolucionario que
aun cuando estime que está equivocada una decisión suya,
encuentra un verdadero motivo de terror en pensar que el
Gobierno pueda siempre equivocarse? No estoy afirmando ni
mucho menos que el Gobierno se haya equivocado en esa decisión;
lo que estoy afirmando es que el Gobierno actuaba en uso de
un derecho. Trato de situarme en el lugar de los que
trabajaron en esa película; trato de situarme en el ánimo
de los que hicieron la película y trato de comprender
incluso su pena, su disgusto, su dolor, de que la película
no se hubiese exhibido. Cualquiera puede comprender eso
perfectamente, pero hay que comprender que se actuó en uso
de un derecho. Y que fue criterio que contó con el respaldo
de compañeros competentes y compañeros responsables del
Gobierno y que en realidad no hay razón fundada para
desconfiar del espíritu de justicia y de equidad de los
hombres del Gobierno Revolucionario porque el Gobierno
Revolucionario no ha dado razones para que alguien pueda
poner en duda su espíritu de justicia y de equidad.
No podemos pensar que seamos perfectos,
incluso no podemos pensar que seamos ajenos a pasiones.
Pudieran algunos señalar que determinados compañeros del
Gobierno sean apasionados o no sean ajenos a pasiones; y los
que tal cosa crean ¿pueden verdaderamente asegurar que
ellos tampoco sean ajenos a pasiones?
Y ¿se le pueden impugnar actitudes de
tipo personal a algunos compañeros sin aceptar que las
opiniones propias puedan estar inspiradas también en
actitudes de tipo personal? Aquí podríamos decir aquello
de que quien se sienta perfecto o se sienta ajeno a las
pasiones tire la primera piedra.
Creo que ha habido personalismo y pasión
en la discusión. ¿En estas discusiones no ha habido
personalismo y no ha habido pasión? ¿Es que todos vinieron
acá absolutamente despojados de pasiones y de personalismos?
¿Es que todos, absolutamente, hemos venido despojados de
espíritu de grupo? ¿Es que no ha habido corrientes y
tendencias dentro de esta discusión? Eso no se puede negar.
Si un niño de seis años hubiese estado sentado aquí, se
habría dado cuenta también de las distintas corrientes y
de los distintos puntos de vista y de las distintas pasiones
que se estaban confrontando.
Los compañeros han dicho muchas cosas.
Han dicho cosas interesantes. Algunos han dicho cosas
brillantes. Todos han sido muy «eruditos». Pero por encima
de todo ha habido una realidad, la realidad misma de la
discusión y la libertad con que todos han podido expresarse
y defender sus puntos de vista. La libertad con que todos
han podido hablar y exponer aquí sus criterios en el seno
de una reunión amplia y que ha sido más amplia cada día;
de una reunión que nosotros consideramos como una reunión
positiva; una reunión donde pudimos disipar toda una serie
de dudas y de preocupaciones. ¿Y que ha habido querellas?
¿Quién lo duda? ¿Y que ha habido guerras y guerritas aquí
entre los escritores y artistas? ¿Quién lo duda? ¿Y que
ha habido críticas y supercríticas? ¿Quién lo duda? ¿Y
que algunos compañeros han ensayado sus armas y han probado
sus armas a costa de otros compañeros? ¿Quién lo duda?
Aquí han hablado los heridos, expresando
su sentida queja contra lo que consideraron como ataques
injustos. Afortunadamente no han pasado los cadáveres, sino
los heridos. Incluso compañeros todavía convalecientes de
las heridas recibidas. Y algunos de ellos presentaban como
una evidente injusticia el que se les hubiese atacado con cañones
de grueso calibre sin poder siquiera ripostar el fuego. ¿Que
se han producido críticas duras? ¡Quién lo duda! Y en
cierto sentido aquí se planteó un problema que no vamos a
tener la pretensión de dilucidar en dos palabras. Pero creo
que de las cosas que se plantearon aquí, una de las más
correctas es que el espíritu de la crítica debía ser
constructivo, debía ser positivo y no destructor. Eso,
hasta lo que nosotros entendemos. Pero esto, por lo general,
no se tiene en cuenta. Por algo la palabra crítica ha
venido a hacerse sinónimo de ataque, cuando realmente no
significa semejante cosa. Cuando a alguien dicen: «Fulano
te criticó», ese alguien se enoja antes de preguntar qué
es lo que realmente se dijo de él. Es decir: piensa que se
le destruyó. Si, en realidad, a cualquiera de nosotros que
hemos estado un poco ajenos a esos problemas o a esas luchas
—a esos ensayos y pruebas de armas— nos explican el caso
de algunos compañeros que casi han estado al borde de una
depresión insalvable a causa de críticas demoledoras
contra ellos dirigidas, es posible que simpaticemos con las
víctimas porque tenemos tendencia a simpatizar con las víctimas.
Nosotros que, sinceramente, sólo deseamos contribuir a la
comprensión y a la unión de todos, hemos tratado de evitar
palabras que pudieran herir o desalentar a nadie; pero es
incuestionable un hecho: que pueden darse casos de esas
luchas o controversias en que no existan igualdad de
condiciones para todos. Eso, desde el punto de vista de la
Revolución, no puede ser justo. La Revolución no le puede
dar armas a unos contra otros. La Revolución no le debe dar
armas a unos contra otros y nosotros creemos que los
escritores y artistas deben tener todos oportunidad de
manifestarse. Nosotros creemos que los escritores y artistas
a través de su Asociación deben tener un magazine
cultural, amplio, al que todos tengan acceso. ¿No les
parece que eso sería una solución justa? Pero la Revolución
no puede poner esos recursos en manos de un grupo; la
Revolución puede y debe movilizar esos recursos de manera
que puedan ser ampliamente utilizados por todos los
escritores y artistas. Ustedes van a constituir pronto la
Asociación de Artistas, van a concurrir a un Congreso. Ese
Congreso debe celebrarse con espíritu verdaderamente
constructivo y tenemos confianza en que ustedes son capaces
de realizarlo con ese espíritu. De él surgirá una fuerte
Asociación de Artistas y Escritores a donde deben acudir
todos con espíritu verdaderamente constructivo; porque si
alguien piensa que se le quiere eliminar; si alguien piensa
que se le quiere ahogar, nosotros podremos asegurarle que
está absolutamente equivocado.
Ya es hora de que ustedes,
organizadamente contribuyan con todo su entusiasmo a las
tareas que les corresponden en la Revolución y constituyan
un organismo amplio, de todos los escritores y artistas.
No sé si en el congreso se discutirán
las cuestiones aquí planteadas; pero sabemos que el
congreso se va a reunir, y que sus trabajos, así como los
que haya de realizar la Asociación de Escritores y Artistas,
serán buen tema de conversación para nuestras próximas
reuniones. Creemos que debemos volvernos a reunir; por lo
menos nosotros no quisiéramos privarnos del placer y de la
utilidad de estas reuniones, que para nosotros han
constituido también un motivo de atención sobre todos
estos problemas. Tenemos que volvernos a reunir. ¿Qué
significa eso? Que tenemos que seguir discutiendo estos
problemas. Es decir que va a haber algo que debe ser motivo
de tranquilidad para todos y es conocer el interés que
tiene el Gobierno por los problemas y al mismo tiempo la
oportunidad que va a haber en el futuro, de discutir en
asambleas amplias todas las cuestiones. Nos parece que esto
debe ser un motivo de satisfacción para los escritores y
para los artistas y con ello nosotros también seguiremos
tomando información y adquiriendo mejores conocimientos.
El Consejo Nacional de Cultura debe tener
también otro órgano de divulgación. Creo que eso va
situando las cosas en su lugar. Y eso no se puede llamar
cultura dirigida, ni asfixia al espíritu creador artístico.
¿Quién que tenga los cinco sentidos y además sea artista
de verdad puede pensar que esto constituya asfixia del espíritu
creador? La Revolución quiere que los artistas pongan el máximo
esfuerzo en favor del pueblo. Quiere que pongan el máximo
de interés y de esfuerzo en la obra revolucionaria. Y
creemos que es una aspiración justa de la Revolución.
¿Quiere decir que vamos a decir aquí a
la gente lo que tiene que escribir? No. Que cada cual
escriba lo que quiera, y si lo que escribe no sirve, allá
él. Si lo que pinta no sirve, allá él. Nosotros no le
prohibimos a nadie que escriba sobre el tema que prefiera.
Al contrario. Y que cada cual se exprese en la forma que
estime pertinente y que exprese libremente la idea que desea
expresar. Nosotros apreciaremos siempre su creación a través
del prisma del cristal revolucionario. Ese también es un
derecho del Gobierno Revolucionario, tan respetable como el
derecho de cada cual a expresar lo que quiera expresar.
Hay una serie de medidas que se están
tomando, algunas de las cuales hemos señalado. Para los que
se preocupaban por el problema de la Imprenta Nacional, les
informamos que se está considerando una ley que regula su
funcionamiento, creando diferentes editoriales que atenderán
las diversas necesidades de ediciones, subsanando las
deficiencias existentes en la actualidad. Efectivamente, la
Imprenta Nacional, organismo recién creado, que tuvo que
surgir en condiciones de trabajo difíciles, porque tuvo que
empezar a trabajar en un periódico que de repente se
cerraba (y nosotros estuvimos presentes el día en que ese
periódico se convirtió en el primer taller de impresión
del país, con todos sus obreros y redactores) y que además
ha tenido que atender a la publicación de obras de urgencia,
como fueron numerosas de tipo militar, tiene deficiencias
que serán subsanadas. No habrá ya que formular las quejas
que se han expuesto, en esta reunión, acerca de la Imprenta
Nacional. También se están tomando los acuerdos
pertinentes a los efectos de adquirir libros, de adquirir
material para el trabajo, es decir, resolver todos los
problemas que han preocupado a los escritores y a los
artistas y en lo cual el Consejo Nacional de Cultura ha
insistido mucho; porque ustedes saben que en el Estado hay
distintos departamentos y distintas instituciones y que
dentro del Estado cada cual reclama y aspira a poder contar
con los recursos necesarios para satisfacer sus aspiraciones
y cumplir sus funciones cabalmente. Nosotros queremos señalar
algunos aspectos en los cuales se ha avanzado ya y que debe
ser motivo de aliento para todos nosotros, como ha sido el
éxito alcanzado, por ejemplo, con la Orquesta Sinfónica,
que ha sido reconstruida, reintegrada totalmente y que no
solamente ha alcanzado niveles elevados en el orden artístico,
sino también en el orden revolucionario, porque hay ya 50
miembros de la Orquesta Sinfónica que son milicianos.
El Ballet de Cuba también se ha
reconstruido y acaba de hacer una jira por el extranjero
donde cosechó la admiración y el reconocimiento de todos
los países visitados.
Está teniendo éxito el Conjunto de
Danza Moderna y ha recibido también elogios valiosísimos
en Europa.
La Biblioteca Nacional por su parte está
desarrollando una política en favor de la cultura, empeñada
en despertar el interés del pueblo por la música, por la
pintura. Ha constituido un departamento de pintura con el
objeto de dar a conocer las obras al pueblo. Un departamento
de música, un departamento juvenil; una sección, también,
para niños.
Nosotros, poco antes de pasar a este Salón,
estuvimos visitando el departamento de la Biblioteca
Nacional, para niños: vimos el número de niños que ya están
asociados, el trabajo que se está allí desarrollando y los
adelantos que ha logrado la Biblioteca Nacional constituye
un motivo para que el Gobierno le facilite los recursos que
necesite para seguir desarrollando esa labor. La Imprenta
Nacional es ya una realidad y con las nuevas formas de
organización que se le van a dar es también una conquista
de la Revolución que contribuirá extraordinariamente a la
preparación del pueblo.
El Instituto del Cine es también una
realidad. Durante toda esta primera etapa fundamentalmente
se han hecho las inversiones necesarias para dotarlo de los
equipos y materiales que necesita para trabajar. Al menos la
Revolución ha establecido las bases de la Industria del
Cine, lo cual constituye un gran esfuerzo, si se tiene en
cuenta que no se trata de un país industrializado el
nuestro y ha significado sacrificios la adquisición de
todos esos equipos. Además si en cuanto al cine no hay más
facilidades, esto no obedece a una política restrictiva del
Gobierno sino sencillamente a la escasez de los recursos
económicos actuales para crear un movimiento de aficionados
que permita el desarrollo de todos los talentos en el cine y
que será puesto en práctica cuando se pueda contar con
esos recursos. La política en el Instituto del Cine por su
parte será objeto de discusión y además de emulación
entre los distintos equipos de trabajo. No se puede juzgar
todavía en sí la labor del ICAIC. El Instituto del Cine no
ha podido todavía disponer de tiempo para realizar una obra
que pueda ser juzgada, pero ha trabajado y nosotros sabemos
que una serie de sus documentales ha contribuido grandemente
a divulgar en el extranjero la obra de la Revolución. Pero
lo que interesa destacar es que las bases para la industria
del cine ya están establecidas.
Se ha realizado también una labor de
publicidad, conferencias, etc., de extensión cultural a
través de los distintos organismos; pero, en fin, esto no
es nada comparado con lo que puede hacerse y con lo que la
Revolución aspira a desarrollar.
Hay todavía una serie de cuestiones por
resolver que interesan a los escritores y artistas. Hay
problemas de orden material, es decir, hay problemas de
orden económico. No existen actualmente las condiciones de
antes. Hoy no existe aquel pequeño sector privilegiado que
adquiría las obras de los artistas, aunque a precios de
miseria, por cierto, ya que más de un artista terminó en
la indigencia y en el olvido. Quedan por encarar y resolver
esos problemas, que debe resolver el Gobierno Revolucionario
y que deben ser preocupación del Consejo Nacional de
Cultura, así como también el problema de los artistas que
ya no producen y están completamente desamparados, garantizándole
al artista no sólo las condiciones materiales adecuadas, al
presente, sino también la seguridad para el futuro. En
cierto sentido ya con la reorganización que se le dio al
Instituto de los Derechos Autorales se ha logrado mejorar
considerablemente las condiciones de vida de una serie de
autores que eran miserablemente explotados y cuyos derechos
eran burlados. Estos cuentan hoy con ingresos que ha
permitido a muchos salir de la situación de pobreza extrema
en que se encontraban.
Son pasos que ha dado la Revolución;
pero que no significan sino algunos pasos que deben preceder
a otros pasos que habrán de crear mejores condiciones aún.
Hay la idea también de organizar algún
sitio de descanso y de trabajo para los artistas y los
escritores. En cierta ocasión, cuando andábamos
peregrinando por todo el territorio nacional, se nos ocurrió
la idea en un lugar muy hermoso, de Isla de Pinos, de
construir un barrio, una aldea en medio de los pinares para
premiar (en ese tiempo estábamos pensando establecer algún
tipo de premio para los mejores escritores y artistas
progresistas del mundo) y homenajear a los escritores y
artistas. Ese proyecto no tomó cuerpo, pero puede ser
revivido para hacer un reparto o una aldea en un remanso de
paz que invite a descansar, que invite a escribir, y yo creo
que bien vale la pena que los artistas, entre ellos los
arquitectos, comiencen a dibujar y a concebir el lugar de
descanso ideal para un escritor o un artista y a ver si se
ponen de acuerdo en eso. El Gobierno Revolucionario está
dispuesto a poner de su parte los recursos en alguna parte
del presupuesto, ahora que todo se está planificando. Y ¿será
la planificación una limitación impuesta al espíritu
creador, por nosotros los revolucionarios? Porque, en cierto
sentido, no se olviden que nosotros, los revolucionarios, un
poco por la libre, nos vemos ahora ante la realidad de la
planificación; y eso también nos plantea, a nosotros, un
problema, porque hasta ahora hemos sido espíritus creadores
de iniciativas revolucionarias y de inversiones también
revolucionarias que ahora hay que planificar. Así que no
vayan a creer que estamos exentos de los problemas y que
desde nuestro punto de vista pudiéramos también protestar
contra eso. Es decir, que ya se sabe lo que se va a hacer el
año que viene, el otro año y el otro año. ¿Quién va a
discutir que hay que planificar la economía? Pero dentro de
esa planificación cabe el construir un sitio de descanso
para los escritores y artistas, y verdaderamente sería una
satisfacción que la Revolución pudiera contar esa
realización entre sus obras.
Nosotros hemos estado aquí preocupados
por la situación actual de los escritores y artistas. Nos
hemos olvidado un poco de las perspectivas del futuro. Y
nosotros, que no tenemos por qué quejarnos de ustedes,
también hemos dedicado un instante a pensar en los artistas
y en los escritores del futuro y pensamos lo que será si se
vuelven a reunir, como deben volverse a reunir los hombres
del Gobierno en el futuro, dentro de cinco, dentro de diez años
—no quiere decir esto que tengamos que ser nosotros
exactamente—, con los escritores y los artistas, cuando
haya adquirido la cultura el extraordinario desarrollo que
aspiramos a que alcance cuando salgan los primeros frutos
del plan de academias y de escuelas que hay actualmente.
Mucho antes de que se plantearan estas
cuestiones, ya venía el Gobierno Revolucionario preocupándose
por la extensión de la cultura al pueblo. Nosotros hemos
sido siempre muy optimistas. Creo que sin ser optimistas no
se puede ser revolucionario, porque las dificultades que una
Revolución tiene que vencer son muy serias y hay que ser
optimista. Un pesimista nunca podría ser revolucionario.
La Revolución ha tenido sus etapas. La
Revolución tuvo una etapa en que una serie de iniciativas
dimanaban de distintos organismos. Hasta el INRA estaba
realizando actividades de extensión cultural. No dejamos de
chocar con el Teatro Nacional incluso, porque allí se
estaba haciendo un trabajo y nosotros de repente estábamos
haciendo otro por nuestra cuenta. Ya todo eso va encuadrándose
dentro de una organización, y así, en nuestros planes con
respecto a los campesinos de las cooperativas y de las
granjas, surgió la idea de llevar la cultura al campo, a
las granjas y a las cooperativas.
¿Cómo? Pues trayendo compañeros para
convertirlos en instructores de música, de baile, de teatro.
Los optimistas solamente podemos lanzar iniciativas de ese
tipo. Pues ¿cómo despertar en el campesino la afición por
el teatro, por ejemplo? ¿Dónde estaban los instructores?
¿De dónde los sacábamos, para enviarlos más tarde por
ejemplo a 3 000 granjas del pueblo y a 600 cooperativas?
Todo esto ofrece dificultades pero estoy seguro que todos
ustedes estarán de acuerdo en que si se logra es positivo,
sobre todo para comenzar a descubrir en el pueblo los
talentos y convertir al pueblo actor en creador, porque en
definitiva el pueblo es el gran creador. No debemos olvidar
esto y no debemos olvidarnos tampoco de los miles y miles de
talentos que se habrán perdido en nuestros campos y en
nuestras ciudades por falta de condiciones y de
oportunidades para desarrollarse. En nuestros campos, de eso
estamos todos seguros, a menos que nosotros presumamos de
ser los más inteligentes que hayan nacido en este país y
empiezo por decir que no presumo de tal cosa, se han perdido
muchos talentos. Muchas veces he puesto como ejemplo el
hecho de que en el lugar donde yo nací entre unos mil niños
fui el único que pudo estudiar una carrera universitaria,
mal estudiada por cierto, sin librarme de atravesar por una
serie de colegios de curas, etc., etc. Yo no quiero lanzar
ningún anatema contra nadie, aunque sí digo que tengo el
mismo derecho que tuvo alguien aquí a decir lo que quería.
A quejarse. Yo tengo derecho a quejarme; alguien habló de
que fue formado por la sociedad burguesa y yo puedo decir
que fui formado por algo peor todavía; que fui formado por
lo peor de la reacción, y que una buena parte de los años
de mi vida se perdieron en el obscurantismo, en la
superstición, y en la mentira.
Era la época aquella en que no lo enseñaban
a uno a pensar sino que lo obligaban a creer. Creo que
cuando al hombre se le pretende truncar la capacidad de
pensar y razonar se le convierte de un ser humano en un
animal domesticado... No me sublevo contra los sentimientos
religiosos del hombre: respetamos esos sentimientos,
respetamos el derecho del hombre a la libertad de creencia y
de culto. Pero eso no quiere decir que el mío me lo hayan
respetado. Yo no tuve ninguna libertad de creencia ni de
culto sino que me impusieron una creencia y culto y me
estuvieron domesticando durante doce años.
Naturalmente que tengo que hablar con un
poco de queja de los años que yo pude haber empleado, en
esa época en que en los jóvenes existe la mayor dosis de
interés y de curiosidad por las cosas, en el estudio sistemático
que me hubiera permitido adquirir esa cultura que los niños,
hoy, de Cuba, van a tener ampliamente la oportunidad de
adquirir.
Es decir, que a pesar de todo eso el único
que pudo entre mil, sacar un título universitario tuvo que
pasar por ese molino de piedra donde de milagro no lo
trituraron a uno mentalmente para siempre. Así que el único
entre mil tuvo que pasar por todo eso.
¿Por qué? Ah, porque era el único
entre mil a quien le podían pagar el colegio privado para
que estudiara. Ahora ¿por eso me voy a creer que yo era el
más apto y el más inteligente entre los mil? Yo creo que
somos un producto de selección, pero no tanto natural como
social. Socialmente fui seleccionado para ir a la
Universidad y socialmente estoy hablando aquí ahora por un
proceso de selección social, no natural. La selección
natural dejó en la ignorancia a quién sabe cuántas
decenas de miles de jóvenes superiores a todos nosotros.
Esa es una verdad. Y el que se crea artista tiene que pensar
que por ahí se pueden haber quedado sin ser artistas muchos
mejores que él. Si no admitimos esto estaremos fuera de la
realidad. Nosotros somos privilegiados entre otras cosas
porque no nacimos hijos del carretero. Lo antes expuesto
demuestra la cantidad enorme de inteligencias que se han
perdido sencillamente por falta de oportunidad. Vamos a
llevar la oportunidad a todas esas inteligencias; vamos a
crear las condiciones que permitan que todo talento artístico
o literario o científico o de cualquier orden, pueda
desarrollarse. Y piensen lo que significa la Revolución que
tal cosa permita y que ya desde ahora mismo, desde el próximo
curso, habrá alfabetizado a todo el pueblo, y con escuelas
en todos los lugares de Cuba, con campañas de superación y
con la formación de los instructores podrá conocer y
descubrir todos los talentos y esto nada más que para
empezar. Es que todos esos instructores, en el campo, sabrán
qué niño tiene vocación e indicarán a qué niño hay que
becar para llevarlo a la Academia Nacional de Arte, pero al
mismo tiempo van a despertar el gusto artístico y la afición
cultural en los adultos, y algunos ensayos que se han hecho
demuestran la capacidad que tiene el campesino y el hombre
del pueblo para asimilar las cuestiones artísticas,
asimilar la cultura y ponerse inmediatamente a producir. Hay
compañeros que han estado en algunas cooperativas que han
logrado ya que las cooperativas tengan su grupo teatral.
Además ha quedado demostrado recientemente con las
representaciones dadas en distintos lugares de la República
y los trabajos artísticos que realizaron los hombres y las
mujeres del pueblo el interés del campesino por todas estas
cosas. Calculen, pues, lo que significará cuando tengamos
instructores, de teatro, de música, de danza en cada
cooperativa y en cada granja del pueblo.
En el curso sólo de dos años podremos
enviar mil instructores, de cada uno de esos; más de mil,
para teatro, para danza y para música.
Se han organizado las Escuelas. Ya están
funcionando e imagínense cuando hayan mil grupos de baile,
de música y de teatro en toda la Isla, en el campo —no
estamos hablando de la ciudad, en la ciudad resulta un poco
más fácil— lo que eso significará en extensión
cultural, porque han hablado aquí algunos de que es
necesario elevar el nivel del pueblo, pero ¿cómo? El
Gobierno Revolucionario se ha preocupado de eso y el
Gobierno Revolucionario está creando esas condiciones para
que dentro de algunos años la cultura, el nivel de
preparación cultural del pueblo, se haya elevado
extraordinariamente.
Hemos escogido esas tres ramas, pero se
pueden seguir escogiendo otras ramas y se puede seguir
trabajando para desarrollar la cultura en todos sus aspectos.
Ya esa Escuela está funcionando y los
compañeros que trabajan en la Escuela están satisfechos
del adelanto de ese grupo de futuros instructores, pero además,
ya se empezó a construir la Academia Nacional de Arte,
aparte de la Academia Nacional de Artes Manuales. Por cierto,
Cuba va a poder contar con la más hermosa Academia de Artes
de todo el mundo. ¿Por qué? Porque esa Academia va situada
en uno de los repartos residenciales más hermosos del mundo,
donde vivía la burguesía más lujosa de Cuba: en el mejor
reparto de la burguesía más ostentosa y más lujosa y más
inculta, dicho sea de paso, porque si en ninguna de esas
casas faltaba un bar, sus habitantes no se preocupaban,
salvo excepciones, de los problemas culturales. Vivían de
una manera increíblemente lujosa y vale la pena darse una
vuelta por allí para que vean cómo vivía esa gente; pero
lo que no sabían es qué extraordinaria Academia de Arte
estaban construyendo y eso es lo que quedará de lo que
hicieron, porque los alumnos van a vivir en las casas que
eran residencias de millonarios. No vivirán enclaustrados,
vivirán como en un hogar y asistirán a las clases en la
Academia; la Academia va a estar situada en el medio del
Country Club, donde un grupo de arquitectos-artistas han
diseñado las construcciones que se van a realizar. Ya
empezaron, y tienen el compromiso de terminarlas para el mes
de diciembre. Ya tenemos 300 mil pies de caoba. Las escuelas
de música, danza, ballet, teatro y artes plásticas estarán
en el medio del campo de golf, en una naturaleza que es un
sueño. Ahí va a estar situada la Academia de Arte, con 60
residencias, situadas alrededor, con el Círculo Social al
lado, que a su vez tiene comedores, salones, piscinas y
también una planta para visitantes, donde los profesores
extranjeros que vengan a ayudarnos podrán albergarse. Esta
Academia tendrá capacidad hasta para tres mil niños, es
decir, tres mil becados y con la aspiración de que comience
a funcionar en el próximo curso.
E inmediatamente también comenzará a
funcionar la Academia Nacional de Artes Manuales con otras
residencias y con otro campo de golf y con otra construcción
similar. Es decir serán las Academias de tipo nacional. No
quiere decir que sean las únicas escuelas ni mucho menos,
pero a ellas irán becados aquellos jóvenes que demuestren
mayor capacidad, sin que cueste a su familia absolutamente
nada, jóvenes y niños que van a contar con condiciones
ideales para desarrollarse. Cualquiera quisiera ser un
muchacho, ahora, para ingresar en una de esas Academias. ¿Es
o no cierto? Aquí se habló de pintores que sólo vivían
de café con leche. Imagínense qué condiciones tan
distintas habrá ahora, y digamos si el espíritu creador
encontrará ahora las condiciones ideales para desarrollarse.
Instrucción, vivienda, alimentación, cultura general...
Habrá niños que comenzarán a estudiar en esas escuelas
desde la edad de ocho años, y recibirán, junto con la
preparación artística, una cultura general... ¿No podrán
desarrollar plenamente, allí, sus talentos y sus
personalidades?...
Esas son más que ideas o sueños: son ya
realidad de la Revolución. Los instructores que se están
preparando, las Escuelas Nacionales que se están preparando,
las Escuelas para aficionados que también se fundarán.
Esto es lo que significa la Revolución... por eso es
importante la Revolución para la cultura. ¿Cómo pudiéramos
hacer esto sin Revolución? Vamos a suponer que nosotros
tenemos el temor que «se nos marchite nuestro espíritu
creador estrujado por las manos despóticas de la Revolución
Staliniana» (RISAS)... señores ¿no sería mejor pensar en
el futuro? ¿Vamos a pensar en que nuestras flores se
marchiten cuando estamos sembrando flores en todas partes?
¿Cuando estamos forjando esos espíritus creadores del
futuro? ¿Y quién no cambiaría el presente, quién no
cambiaría incluso su propio presente por ese futuro? ¿Quién
no cambiaría lo suyo, quién no sacrificaría lo suyo por
ese futuro? y ¿quién que tenga sensibilidad artística no
tiene la disposición del combatiente que muere en una
batalla, sabiendo que él muere, que él deja de existir físicamente
para abonar con su sangre el camino del triunfo de sus
semejantes, de su pueblo? Piensen en el combatiente que
muere peleando, sacrifica todo lo que tiene; sacrifica su
vida, sacrifica su familia, sacrifica su esposa, sacrifica
sus hijos ¿para qué? Para que podamos hacer todas estas
cosas. Y ¿quién que tenga sensibilidad humana,
sensibilidad artística, no piensa que por hacer eso vale la
pena hacer los sacrificios que sean necesarios? Mas la
Revolución no pide sacrificios de genios creadores; al
contrario, la Revolución dice: pongan ese espíritu creador
al servicio de esta obra, sin temor de que su obra salga
trunca. Pero si algún día usted piensa que su obra pueda
salir trunca, diga: bien vale la pena que mi obra personal
quede trunca para hacer una obra como esta que tenemos
delante. (APLAUSOS).
Pedimos al artista que desarrolle hasta
el máximo su esfuerzo creador; queremos crearle al artista
y al intelectual las condiciones ideales para su creación
porque si estamos creando para el futuro ¿cómo no vamos a
querer lo mejor para los actuales artistas e intelectuales?
Estamos pidiendo el máximo desarrollo en favor de la
cultura y muy precisamente en función de la Revolución,
porque la Revolución significa, precisamente, más cultura
y más arte.
Pedimos que los intelectuales y artistas
pongan su granito de arena en esa obra que al fin y al cabo
será una obra de esta generación. La generación venidera
será mejor que la nuestra, pero nosotros seremos los que
habremos hecho posible esa generación mejor. Nosotros
seremos forjadores de esa generación futura. Nosotros, los
de esta generación sin edades en la que cabemos todos:
tanto los barbudos como los lampiños, los que tienen
abundante cabellera o no tienen ninguna o la tienen blanca.
Esta es la obra de todos nosotros. Vamos a librar una guerra
contra la incultura. Vamos a librar una batalla contra la
incultura. Vamos a desatar una irreconciliable querella
contra la incultura y vamos a batirnos contra ella y vamos a
ensayar nuestras armas. ¿Que alguno no quiera colaborar? Y
¿qué mayor castigo que privarse de la satisfacción de lo
que están haciendo otros? Nosotros hablábamos de que éramos
privilegiados. ¡Ah!, porque habíamos aprendido a leer y a
escribir en una escuela, a ir a un instituto, |